Una ciudad sin bares.

Cabalgan nuestras vidas a lomos de las olas del virus mientras lentamente vamos perdiendo la noción del tiempo real. Mañana quizá serán memoria y piel rota de un pasado, pero hoy los días tienen aún mucho de humillación, de herida intacta.

Cuando abandono mi consulta y subo al coche, vuelvo a recordar que hoy es viernes, y he caído en esa constatación al comprobar que mi instinto finamente adiestrado durante tantos meses, me impulsaba a desviarme en el cruce de salida de la Ronda hacia uno de mis bares preferidos. Entonces me di cuenta de que era el tercer viernes que volvía a quedarme sin la ensaladilla rusa que con tanto esmero prepara Elisa. –”solo los viernes ¡eh!, no te puedes imaginar el trabajo que lleva”-

“Benditos bares” rezaba el eslogan de una compañía de bebidas. “Malhadados bares” debíamos decir en estos momentos.   

Víctimas inocentes sacrificadas ante el altar del nuevo dios injusto y sanguinario que ha decidido gobernar nuestras vidas. No dejo de sentir un estremecido vahído de tristeza siempre que paso por delante de alguno de mis bares favoritos, ahora en penumbra.  De la misma manera  que mi espíritu se nubla cuando contemplo los desiertos soportales de la Biblioteca Pública. No sé si he conocido mas bares que libros he leído. Bares “modestos” cómo los denominaba mi padre. Bares donde uno se empapa de gente, donde se absorbe ese lenguaje soterrado de las conversaciones que se cruzan y se amalgaman con el sonido de las copas, con el ruido de las cucharillas, con el ritmo de quien ha vivido y lo cuenta a su manera. Porque los bares además de resacas, dejan otras cosas. Te permiten reconstruir tus mejores días y también los peores a través de las barras  y de los camareros. Y pienso en el orondo y cotilla camarero que me sirve la oreja en salsa mientras afila la suya para enterarse de la conversación que mantengo con mi acompañante.  

Este virus me ha privado de mis dos placeres esenciales: el tapeo del mediodía  y el semanal peregrinaje por las estanterías de la Biblioteca Municipal.  Aunque es posible que quizá ambos sean la misma cosa. Porque estoy convencido de que los bares son como libros llenos de personajes. Tienen un poco de ese refugio cálido que buscamos sentados en nuestro sillón hojeando las páginas de una novela. Y cualquier tascuzo inmundo, cualquier cubil mugriento puede dejarte una huella profunda. Puede aparecer de pronto Bukowsky con su cínica sonrisa partida, o Valle Inclán blandiendo furibundo su bastón. O Cortázar jugando a la rayuela en un cafetín de Montmartre.  El bar es el único sitio donde puedes degustar la vida de a poquito cómo el buen chocolate negro, o a puñados de forma voraz cómo la haría un animal famélico. En ellos hay hombres tristes que tienen en sus ojos un aroma provinciano. Y hombres que se esconden detrás de los periódicos y saludan con miedo, y otros que hablan mucho y de pronto retornan a su tristeza rendidos bajo el peso de las últimas horas.

Pienso en bares y pienso en sus dueños y camareros, ya amigos. Javi y Charo y “el Calvo”. Y en  Jesús con su simpatía a veces impertinente, y en Carmen con sus gachas y su sempiterna muletilla: “como digo yo”. Y en Elisa, que alterna entre los clientes con esa simpática desfachatez que da  saberse el centro de esos deseados fogones, reinando sublime sobre los potajes y las crestas de pollo en salsa.  Y en “el simpático” del último bar del barrio, siempre en permanente lucha contra sí mismo pero que sabe bordar como nadie los sesos rebozados. Y pienso en la diáspora de toda la parroquia que en ese bar de la costanilla  me ha acompañado con fría indiferencia durante años y que ahora añoro. Dicen que la nostalgia es un detalle de fracaso, pero cuando aparece hay que entenderse con ella. Por eso echo de menos al zapatero de la rotonda, a los ferreteros de la esquina, a la frutera de la tienda del chaflán, y hasta a ese ignoto personaje taciturno y silente que siempre a la misma hora, las dos de la tarde, apura en silencio una ginebra con limón.

Bares que se me antojan lugares saqueados. Es como si la vida los hubiese condenado a que para ellos siempre fuese Domingo.  A colgar de su puerta un cartel anunciador: “Comunicamos a nuestra distinguida clientela, que por orden imperativa del virus  este establecimiento ha decidido establecer un festivo perpetuo”.  

Decía el escritor Juan Tallón: “Un pueblo que pierde la capacidad para convocar una reunión alrededor de la barra de un bar, es un pueblo muerto. Da igual que aún tenga habitantes, porque como pueblo es un cadáver”. Y es verdad, pues no hay sitio donde uno se sienta más vivo que en un bar.  Y una ciudad sin bares se me antoja más infantil y maternal,  con una desnudez de palacio en ruinas, y entre el hombre abandonado y la puerta de un tugurio clausurado cabe toda la inmensidad de la palabra ausencia y la soledad se muestra más viva que la sangre. Por eso, antes de que lleguen las sombras  y la ciudad esté bajo custodia, los amantes se beben la noche al atardecer ensartando las manos mientras sus dedos van cogiendo la textura del tejido de una servilleta de papel  y apuran algo que sabe a vacío y a último.                                                                                  

Hay retazos de mi vida perdidos en las barras y en el suelo de los bares. Han quedado desperdigados, colgados de sus paredes cómo jirones de alma dejados a la intemperie entre racimos de palabras que sobrevolaron  el ahora silencioso comedor y destellos de miradas que se entrecruzaron tangencialmente cuando apareció el temblor de lo imprevisto.

Cómo el palpitar de una confesión inesperada  junto al brillo pálido del vino que choca en dos copas sostenidas por manos sorprendidas de su propia osadía. Cómo ese beso atropellado que se escapa inesperadamente furtivo a la salida del restaurante.  

¡Por favor!: que vuelva pronto la vida a los bares para que cada cual suelte su homilía. Que este tiempo pase de forma indecorosa, pero que pase. Que vuelva el “Marca” a pasearse por el borde acerado de la barra, con la churre haciendo gala entre sus páginas grasientas. Necesito sentir otra vez la vida dentro de unos ojos verdes, delante de una cerveza  y un plato de boquerones en vinagre.

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3 Comentarios

  • ¿Ha querido tu título ser un propuesta de película o novela de terror? Si es así, te recomiendo que lo escribas tú mismo, porque yo no tengo valor…

  • CONVIBAR
    No hay bar sin BARRA.
    Bar viene de barra.Todo bar tiene una barra que separa y reúne. La barra es barrera que promueve la convivencia.

    Convivir en el bar es CONVIBAR
    Convivir es comer con alguien, compartir mesa y comida, bebida y palabras, algo más que nutrirse y saciarse.

    En los bares se CONVIDA.
    Convidar es dar vida. Cuando invitas, a cambio de dinero recibes alegría. En los bares se invierte en felicidad.

    ¡VEN AL BAR, CONVIVE Y CONVIDA CON BARRA DE SEGURIDAD!

    J.J.G.M.

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