Miguel Hernández y la Delgada Línea Roja…

Ya no tenemos ni la menor idea de lo que fue antaño la poesía, y como cuando digo “tenemos” me incluyo el primero a mi mismo, no voy a intentar ofrecer aquí explicación de mi cosecha alguna, porque no la tengo. Hoy, por “poesía” entendemos una de tres cosas: o frases cortas que riman para halagar a algo o a alguien con ocasión de alguna conmemoración, o la letra de las canciones inclusive de la música Rap, o eso que hace Elvira Sastre para conjugar de mil formas ingeniosas y lacrimógenas que “sin ti no soy nada”. No tengo nada en contra de ninguna de las tres, se puede disfrutar lícitamente de cada una de ellas. Pero convengamos en que antes de la televisión y los electrodomésticos, (e incluso todavía unos años más, que nada desaparece de la noche a la mañana, pongamos de ejemplo los poemarios de Philip Larkin, Sylvia Plath o Ángel González) la poesía era algo muy distinto. Tan distinto que sus autores creían que podía servir incluso para la guerra. Miguel Hernández, que ya le había cantado maravillosamente al amor en El rayo que no cesa (al amor de verdad, que “engendra en la belleza”, como quería Platón) y a la propia forma poética en Perito en lunas (vaya dos títulos, por cierto: sólo ellos ya ameritan atención verbal), con el comienzo de la Guerra Civil se lanzó a componer estrofas que enardecieran al bando republicano y que luego fueron recogidas en Viento del pueblo.

Hernández es un poeta realmente extraordinario, a la altura de Lorca, aunque de modo muy diverso, casi opuesto. A Lorca hay que leerlo en voz baja, como un rito iniciático, como un Eleusis andaluz, con recogimiento mistérico -o, como el decía: “pena que no es dolencia de ánimo, pena andaluza que es una lucha de la inteligencia amorosa con el misterio que la rodea y que no puede comprender”. A Miguel Hernández, en cambio, hay que recitarlo, declamarlo, y especialmente en Viento del pueblo incluso gritarlo, como hacía él subiéndose a un cajón entre los soldados del frente. Hoy sabemos que Miguel Hernández jamás fue exactamente un pastor autodidacta, a la manera de Virgilio, como se nos ha hecho creer, al igual que sabemos que en su triste muerte tuvieron algo que ver, aunque fuera por omisión dolosa, ilustres amigos suyos que se decían tan comunistas y tan combativos como él. Pero el karma en el que me gustaría creer es implacable: aquellos nunca fueron tan buenos poetas como él. Hoy, 28 de marzo, se cumplen 79 años de su muerte por consunción en una miserable celda. Si alguien todavía sigue leyendo poesía de la que se hacía antes, “antes de los dolores” quiero decir, pero cuando esos dolores dolían profundamente, tienen el núcleo más esencial de Viento del pueblo en la siguiente página web. En él encontraréis prodigios poéticos como el siguiente, una suerte de mapa o recuento de nuestras regiones e idiosincrasias en “Vientos del pueblo me llevan”:

Asturianos de braveza,

vascos de piedra blindada,

valencianos de alegría

y castellanos de alma,

labrados como la tierra

y airosos como las alas;

andaluces de relámpagos,

nacidos entre guitarras

y forjados en los yunques

torrenciales de las lágrimas;

extremeños de centeno,

gallegos de lluvia y calma,

catalanes de firmeza,

aragoneses de casta,

murcianos de dinamita

frutalmente propagada,

leoneses, navarros, dueños

del hambre, el sudor y el hacha,

reyes de la minería,

señores de la labranza,

hombres que entre las raíces,

como raíces gallardas,

vais de la vida a la muerte,

vais de la nada a la nada:

yugos os quieren poner

gentes de la hierba mala,

yugos que habéis de dejar

rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes

está despuntando el alba.

Los dos últimos versos, que se refieren a que van a caer los yugos antedichos, son realmente increíbles, sin más, o es que yo soy un pésimo lector. Pero lo son más todavía los versos que en “Los cobardes” se emplean para insultar de modo más sublime, pero más escatológico a la vez (recurso que continuaría Rafael Alberti en sus burros explosivos1):

Estos hombres, estas liebres,

comisarios de la alarma,

cuando escuchan a cien leguas

el estruendo de las balas,

con singular heroísmo

a la carrera se lanzan,

se les alborota el ano,

el pelo se les espanta.

Valientemente se esconden,

gallardamente se escapan

del campo de los peligros

estas fugitivas cacas,

que me duelen hace tiempo

en los cojones del alma.

Es en este tipo de imprecaciones donde yo encuentro que Miguel Hernández pisó esa delgada línea roja que te conduce de la exhortación a la lucha al odio fratricida, y de hacer amigos y grandes camaradas con tus creaciones a terminar olvidado de todos en una cárcel con los ojos abiertos y devorado por la enfermedad. Y no por el valor que exhibió el poeta al comprometerse tan explicita y casi violentamente con la causa republicana (y “en última instancia”, como diría Althusser, revolucionaria), que me parece admirable sin reservas, sino porque esa mismo clase de versos podrían cumplir perfectamente la función contraria a aquella para la cual fueron concebidos, quiero decir: que lo mismo podrían haber sido utilizados por el bando nacional, si ellos hubieran contado entre sus filas con algún poeta de altura de Miguel Hernández -que nunca es el caso en los fascismos, por motivos que se pueden intuir pero imposibles de verificar. Pongo más ejemplos, todos de estrofas realmente geniales, pero que, si se miran bien, serían igualmente válidas en manos del enemigo, al que le gustaba lo mismo o más cantar al valor y al honor en la batalla:

Un clamor de oprimidos,

de huesos que exaspera la cadena,

de tendones talados, demolidos

por un cuchillo siervo de una hiena.

(En “Visión de Sevilla”). No se puede escribir mejor, pero como si la furia y la rabia de Miguel Hernández en estas palabras fuese, ya digo, idéntica en ambos lados del frente, como si definiera la forma misma y la razón de (no-)ser de la guerra, de la española y de la mundial que vendría justo a continuación. Lo que he llamado “la delgada línea roja” es (no la famosa batalla que lleva ese nombre, sí un poco más la película de Terrence Malick…) ese momento de la civilización europea en que el ansia de matar brotaba de todas partes, y entonces ya daba igual a quién pertenecieran estos versos, que nada tienen que envidiar a los de los poetas antibelicistas (Sasson, Owen, etc.) de la Primera Guerra Mundial:

Una extensión de muertos humeantes:

muertos que humean ante la colina,

muertos bajo la nieve,

muertos sobre los páramos gigantes,

muertos junto a la encina,

muertos dentro del agua que les llueve.

(En “Ceniciento Mussolini”). De nuevo, el último verso es sencillamente un hallazgo casi sobrenatural, pero lo que yo quería destacar es que la verdad de estas palabras es la misma de norte a sur de España, y expresa por igual el horror en toda la península, por más que cada uno interprete el origen y la naturaleza moral de la contienda en el sentido que sus lecturas o sus tendencias le den a entender. Yo creo que Miguel Hernández no podía evitarlo, y que era tan gran poeta precisamente porque llega ya un punto en que tu ferocidad entra en ósmosis con la de tu enemigo, y todo se convierte en un continuo de odio e instinto asesino. En “Sudor”, la alabanza al heroísmo físico del trabajador podría ser tan comunista como fascista, aunque, ya digo, no conocemos a un poeta fascista capaz de esto:

Vestidura de oro de los trabajadores,

adorno de las manos como de las pupilas.

Por la atmósfera esparce sus fecundos olores

una lluvia de axilas.

(…) Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:

que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,

con sus lentos diluvios, os hará transparentes,

venturosos, iguales.

Con todo, Miguel Hernández creía en la revolución inminente, que parecía que la guerra venía justamente a propiciar, y esa revolución se diferenciaba de la revolución fascista -que también consistía en una movilización total de las fuerzas humanas y de la industria al servicio del estado totalitario-, en los agentes económicos que se tenían detrás:

Fuera, fuera, ladrones de naciones,

guardianes de la cúpula banquera,

cluecas del capital y sus doblones:

¡fuera, fuera!

(En “Jornaleros”). Pero tal vez la expresión más acabada y explícita de lo que Miguel Hernández quiso denunciar, así como de su inquina sin límites, esté en el magnífico “Canto de independencia”, del cual doy aquí, y para concluir, tan solo cuatro estrofas:

Sois los que nunca abrís la mano, la mirada,
el corazón, la boca, para sembrar verdades:
los que siempre pedís, los que jamás dais nada,
cosecheros que sólo sembráis oscuridades.

¡Fuera de aquí, egoístas de retorcidas manos,
dispuestos a negar la pureza en la nieve!
Sois también invasores como los italianos,
como la dinamita que sobre España llueve.

La vida que prorrumpe como una llamarada
comunicando al cielo su resplandor de avena,
vuestra existencia seca de cárcel encerrada
que no sabe obtener la libertad, condena.

Blandos de peticiones y blandos de lamentos,
se mueven vuestros labios que tan sólo provoca
una voracidad brutal por los sustentos,
sucia y abierta en tanto que otros cierran la boca.

1Verbigratia, el que el poeta dedicó a Franco en 1938:

Tú todavía, general botijo,
caudillo cantimplora sin pitorro,
liliputiense, hijo
de zorra cabezorra y cabezorro.
Di, Francisco, ¿hasta cuándo,
con tus bordados camisones nuevos,
de cara al sol y caraculeando,
nos tocarás la yema de los huevos?
Contempla, rebozado cochifrito,
la desgraciada Italia de Benito,
la Alemania de Adolfo destrozada.
Pero siendo tan chico de estatura
para contemplar nada,
sube a admirarlas, paticuesco enano,
desde la interminable sepultura
de tanta España muerta por tu mano.
¿Qué ves? Verde te veo,
no de aquel bello azul, azul de Prusia,
que la Falange (luego Falangeta
cuando se le encogió y heló el respiro
traseramente en Rusia)
viera desvanecerse en la puñeta.
¿Duermes tranquilo, Franco?
Cómo son al sentarte tus mañanas,
si atacado de espaldas y de flanco
por tus erectas guardas africanas
velas sin vela, ¡oh Canco, Canco, Canco!
Arriba ya, paneque! baila, andorga;
peonza que al final democratizas;
baila, culo hecho trizas,
baila, Generalismo pandorga,
sieso manido, sieso
patibulario, tieso y patitieso!
Muerto estás ya, Paquita la Católica,
Isabel del Ferrol y de Castilla.
Tu España carajólica
te despide: ¡Presente!,
mientras en los luceros, amarilla,
sube tu gloria de mojón caliente.

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7 Comentarios

  • La opinión de Ramón Gaya en el momento que se publicó el libro: 1937 según refiere Andrés Trapiello en “las armas y las letras”

    “Fue con ocasión de la publicación del libro de Miguel Hernández “Viento del pueblo”. Fue Gaya el encargado de hacer la reseña para “Hora de España.” La tituló «Divagaciones en torno a un poeta: Miguel Hernández».

    Lo mismo que se dijo de Renau, se diría de Miguel Hernández. Aunque Hernández había tenido una breve trayectoria literaria anterior a la guerra, fue ésta quien lo catapultó al estrellato político y poético. Los comunistas vieron en él la encarnación del hombre nuevo, del poeta nuevo. El mito del poeta cabrero, escribiendo poemas en el monte, no enteramente exacto, se extendió muy pronto a todos los rincones. Incluso su nombre, en la ponencia que los jóvenes presentaron en el Congreso de Valencia de julio del 37, figuraría, por oposición al de Gil-Albert, para probar la distinta procedencia de los luchadores antifascistas.

    La publicación del libro de Miguel Hernández, por esa razón, fue precedida de una gran campaña de la prensa revolucionaria, que luego se confirmó con la que habría de ser la consagración definitiva de su autor, saludado como «poeta extraordinario y revolucionario modelo».

    El momento político, como puede suponerse, era delicado, ya que disentir de las ideas literarias de alguien tan señalado políticamente como Hernández podía dar lugar a pensar que se disentía de las ideas políticas en las que aquéllas estaban sustentadas, y seguirse de todo ello acusaciones embarazosas cuando no gravemente lesivas para la reputación del disidente, y aun para su vida, como nos dice Francisco Ayala de un compañero y amigo suyo desaparecido en la embajada soviética de Valencia.

    Gaya, con la audacia que proporciona la mezcla de inteligencia y juventud, escribiría: «Poesía en la guerra. Quizá fuese más exacto subtitular este libro Versos en la guerra. Versos, porque es el verso lo que en Miguel Hernández vive, es el verso, es tal o cual verso lo que aquí se alza y luce, lo que aquí sorprende. Pero si siempre sus versos son verso (cosa que no consiguen totalmente otros poetas actuales), en cambio, no todos esos versos que son verso siempre, son siempre poesía. (…) Esa desmedida facilidad (que es la misma que tuvieron Sorolla y Blasco Ibáñez, cada uno en lo suyo, pero los tres sin duda por ser levantinos), esa pasmosa facilidad para lo que es propiamente hacer resulta casi siempre perdición y salvación a un tiempo. (…) Por Viento del Pueblo circula un vigor que no siempre encuentra empleo apropiado y se extravía, se pierde entonces como una fuerza inútil. Es un libro desigual y sin medida»… Y continúa Gaya razonando, pensando, reflexionando libremente sobre esa poesía como lo habría hecho en tiempo de paz, sin que la guerra le condicionase ni el gusto ni el juicio.”

  • Otro fragmento de “las armas y las letras” de Trapiello que ilustran la vida del poeta (hay más en el libro)

    “A todos los que o no pudieron o no consiguieron huir, cuando ése fue su deseo, les representa sobradamente Miguel Hernández. Sus penalidades son espejo de las de todos ellos y su muerte, injusta y brutal, un eco siniestro y no extinguido de la de Lorca.

    Miguel Hernández había sido el poeta revelación de la guerra, alguien hecho a medida de ella. Desde luego, como tal fue aprovechado en muchas ocasiones, como propaganda viva, activa, lista para ser distribuida. Recordemos cómo en la ponencia que Serrano Plaja lee ante los congresistas de Valencia era presentado Miguel Hernández como un poeta del pueblo, precisamente en un momento en que el pueblo y los valores del pueblo eran punto de mira de los ejércitos republicanos y de muchos de sus intelectuales en la que se pensaba una revolución popular.

    Era Miguel Hernández alicantino de muy modesto origen, hijo de un cabrero y, en relación a la literatura y la poesía, un autodidacta. Había publicado Perito en lunas en 1933, había fundado con Sijé una revista, El Gallo Crisis, de orientación católica muy reaccionaria, y luego en el 36, El rayo que no cesa, pero esos libros, de un barroquismo surrealizante, no dejaban adivinar al poeta en el que se convertiría, no obstante sus portentosos sonetos quevedescos.

    En 1936 Juan Ramón Jiménez saludaba desde las páginas de El Sol la aparición de su hermosísima elegía a Ramón Sijé y seis sonetos, «que tienen su empaque quevedesco, es verdad, su herencia castiza —nos dirá J. R. J., y sigue—: Pero la áspera belleza tremenda de su corazón arraigado rompe el paquete y se desborda, como elemental naturaleza desnuda. Esto es lo escepcional poético, y ¡quién pudiera esaltarlo con tanta claridad todos los días! Que no se pierda en “lo rolaco (sic), lo “católico” y lo palúdico (las tres modas más convenientes de la “hora de ahora”, ¿no se dice así?) esta voz, este acento, este aliento joven de España».

    Antes de la guerra conoció a José María de Cossío, que lo protegió desde su llegada a Madrid y le buscó una colocación en la Editorial Espasa-Calpe, donde el erudito santanderino preparaba la edición de su obra monumental sobre los toros.

    Aparte de Aleixandre, fundamental en su vida, en Madrid Hernández conoció a Neruda y a Alberti, y la amistad que les unió hubo de ser determinante para él: lo convirtieron al comunismo y en muy poco tiempo, como se vería en Viento del pueblo, la violencia verbal y la exaltación poética del alumno superaría con creces las de los maestros en una poesía que fue durante años el emblema de la militancia comprometida de izquierdas. Años después, Jorge Semprún, cuando abordaba con Federico Sánchez el problema de militancia y poesía, diría: «No es posible olvidar que el precursor de todos nosotros, el maestro inigualable, fue Miguel Hernández. Su poema de Viento del pueblo dedicado a Pasionaria es prototípico. “Y es muy interesante de estudiar, porque es del año 1937, momento en que se desarrolla impetuosamente el culto a la personalidad en la Unión Soviética, después de los grandes procesos políticos que han eliminado a todos los posibles oponentes a la política de Stalin. Interesante también porque en Miguel Hernández, de origen católico y campesino, se expresan con fuerza (y con eficacia poética) todos los tópicos religiosos del culto a los líderes propios de una cultura católica y campesina, que ha venido a fundirse en la cultura marxista, pervirtiéndola».

    Al empezar la guerra se enroló en el Quinto Regimiento, donde actuó, con Alberti, como «miliciano de la cultura». En plena guerra visitó Rusia en una de aquellas comitivas que se organizaban tanto con fines instructivos como propagandísticos, y a su vuelta fue comisario político con el Campesino y agregado, como miembro del Partido Comunista, al Comisariado del Grupo de Ejércitos de la Zona Central.

    “Nos hemos referido ya a lo que en aquel momento Ramón Gaya opinaba de la poesía de Miguel Hernández, algo perdido, ya que no en lo católico, en lo rolaco y lo palúdico. Mucho escribió de la guerra y sobre la guerra y no todo, en poema o en teatro, es memorable.
    Sólo al final, cuando tal vez entreveía su derrota, empezó a escribir el que sin duda será su mejor libro, Cancionero y romancero de ausencias, de 1938 a 1941, y otros poemas últimos, entre los que figuran sus célebres «Nanas de la cebolla», escritos desde la cárcel.
    A la altisonancia guerrera, a los gritos, ha sucedido una voz muy queda:

    Tristes guerras si no es amor la empresa.
    Tristes, tristes.
    Tristes armas si no son palabras.
    Tristes, tristes.
    Tristes hombres si no mueren de amores.
    Tristes, tristes.

    “O aquella «Canción última», que empezaba diciendo: «Pintada, no vacía; / pintada está mi casa / del color de las grandes / pasiones y desgracias»…

    Miguel Hernández estaba justo en ese momento en que su poesía, cada vez más honda, necesitaba del silencio; pero no tuvo suerte. No la tuvo ni en la guerra, ni después de ella. Durante ella había visto nacer a su hijo, suceso, en alguien como él, trascendental, pero también lo había visto morir, de hambre, apenas con ocho meses, aunque luego le naciera otro.

    La muerte de su hijo, unida a la marcha de la guerra, parece que lo sumió en constantes depresiones. En Madrid sabemos que frecuentaba a Aleixandre y a su antiguo amigo y protector José María de Cossío, con el que fue detenido de manera fortuita en la Ciudad Lineal de Madrid, después de los sucesos en que los comunistas atacaron al gobierno de emergencia de Casado, partidario de la rendición de la capital. Según Guerrero Zamora esa revuelta le había llevado al poeta a romper su carnet del partido y a desear, “más que nunca, que todo terminase.

    El final de la guerra le sorprendió en Alicante, donde visitó a Juan Guerrero, «el cónsul general de la poesía», amigo de Juan Ramón y confidente de muchos de los poetas del 27.

    De ahí vuelve a Madrid y en Madrid le convencen los amigos de que pida asilo en una cancillería. Según unos biógrafos, Miguel Hernández solicitó asilo en la Embajada de Chile, y ésta se lo negó. Según otros, no llegó a hacerlo, porque no soportaba la idea de encerrarse entre cuatro paredes.

    Pidió entonces auxilio al poeta sevillano, antiguo director de la revista Mediodía, Eduardo Llosent, y éste se le ofreció para ayudarle.

    Hernández le pidió a Llosent, un hombre rico, que le colocase como pastor en una de las fincas que éste tenía en Huelva, pero parece ser que tampoco Llosent pudo disponer de la colocación que le pedía, por temor a que el encargado de la finca, un hombre peligroso, denunciara al poeta.

    Apareció entonces Miguel Hernández en Sevilla para demandar socorro del alcaide de los Alcázares, el también poeta Romero Murube, con peor fortuna todavía, porque en el momento en que cruzaba una de las puertas de los Alcázares, entraba por la otra Franco.

    No le pudo Murube auxiliar entonces y no se sabe que lo hiciese después, de manera que el oriolano, acosado, decidió huir por Portugal, pero fue detenido en Rosal de la Frontera (Huelva) por autoridades portuguesas y entregado a la Guardia Civil. Esto ocurría a primeros de mayo del 39.

    De Huelva fue trasladado a la prisión madrileña de la calle Torrijos y luego a la cárcel de Porlier, adonde le iba a visitar su amigo Cossío. Cuando ya desesperaban de verlo fuera, fue puesto en libertad en el mes de septiembre.

    Todos sus biógrafos se muestran de acuerdo en que el poeta, desde el momento en que se vio libre, cometió error tras error. En vez de salir de España o guardarse en sitio en que no lo conocieran, se dirigió, contra todo consejo, contra toda prudencia, a su pueblo, Orihuela. Y allí, como Lorca por los suyos, fue detenido por sus “paisanos, y devuelto a Madrid.

    Aleixandre se ocupaba de mandarle alimentos a la cárcel y dinero a la mujer del poeta y a su hijo, al igual que el también poeta José Antonio Muñoz Rojas.

    Fue juzgado y condenado a muerte. Cossío se movilizó de inmediato y con José María Alfaro y Sánchez Mazas, a la sazón ministro, le visitaron en la cárcel para tranquilizarle. Mientras pesó sobre él esa pena de muerte, Miguel dio muestras de extraordinaria entereza. Basta con leer sus cartas de entonces. Al cabo de unas semanas, su pena fue conmutada por la de doce años de prisión menor, lo que fundamentaba la esperanza de conseguir pronto la libertad. Pero tampoco entonces tuvo suerte y empezó para él un penoso peregrinaje por las cárceles españolas: desde la de la calle del Conde de Toreno, en Madrid, se le trasladó al Reformatorio de Adultos de Palencia, de aquí a la Sección de Transeúntes de la prisión de Yeserías y de ésta al penal de Ocaña. De aquí pasaría a la de Alicante, donde, pese a las solicitudes de que se le trasladase a un hospital, murió a causa de una grave afección pulmonar. “Corría el año 42 y fue aquella triste muerte como un tributo más de la poesía a la guerra, de las letras a las armas:

    Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida.
    Con tres heridas viene: la de la vida la del amor, la de la muerte.
    Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte la del amor.”

  • En este artículo una de las visiones de su relación con Alberti y sus amigos basada en un libro de Jose Luis Losa

    https://www.gentedelpuerto.com/2015/02/08/2-378-rafael-alberti-y-miguel-hernandez-historia-de-un-desencuentro/

    en esta entrevista matizaciones sobre todo es de José Luis Ferris autor de ‘Miguel Hernández: pasiones, cárcel y muerte’

    https://www.elconfidencial.com/cultura/2017-03-28/miguel-hernandez-ferris-muerte-de-un-poeta_1298619/

  • Están muy bien, pero supongo que ya es tarde para preguntar a Gaya que demonios significa que en Viento de pueblo “circula un vigor que no siempre encuentra empleo apropiado y se extravía, se pierde entonces como una fuerza inútil”. ¿Qué esperaba, que se pudiese lanzar físicamente contra las cabezas del enemigo, y para semejante desempeño fuera tal vez poco grueso? (la respuesta deber ser cosa de lo que Nietzsche denominaba “Gaya Ciencia”…)

    Tampoco entiendo en absoluto lo que Semprún pueda querer decir con “todos los tópicos religiosos del culto a los líderes propios de una cultura católica y campesina”. ¿Ha habido alguna vez en las casas de los campesinos retratos de los poderosos, como sí que había, por ejemplo, retratos de Don Juan Carlos en las aulas de los colegios hasta no hace tanto tiempo? Me cuesta creerlo, pero también es tarde, me temo, para preguntar al ex-ministro…

    Gracias por los textos y la erudición.

  • Y si bien no fue en absoluto esto a lo que se refería Platón con su concepto del eros, en mi opinión de viejo lector y amante torpe Miguel Hernández versificó en Viento del pueblo lo que deber ser el amor mejor que nunca nadie:

    He poblado tu vientre de amor y sementera,
    he prolongado el eco de sangre a que respondo
    y espero sobre el surco como el arado espera:
    he llegado hasta el fondo.

    Morena de altas torres, alta luz y altos ojos,
    esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
    tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
    de cierva concebida.

    Ya me parece que eres un cristal delicado,
    temo que te me rompas al más leve tropiezo,
    y a retorzar tus venas con mi piel de soldado
    fuera como el cerezo.

    Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
    te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
    Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
    ansiado por el plomo.

    Sobre los ataúdes feroces en acecho,
    sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
    te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
    hasta en el polvo, esposa.

    Cuando junto a los campos de combate te piensa
    mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
    le acercas hacia mí como una boca inmensa
    de hambrienta dentadura.

    Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
    aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
    y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
    y defiendo tu hijo.

    Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
    envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
    y dejare a tu puerta mi vida de soldado
    sin colmillos ni garras.

    Es preciso matar para seguir viviendo.
    Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
    y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
    cosida por tu mano.

    Tus piernas implacables al parto van derechas,
    y tu implacable boca de labios indomables,
    y ante mi soledad de explosiones y brechas
    recorres un camino de besos implacables.

    Para el hijo será la paz que estoy forjando.
    Y al fin en un océano de irremediables huesos
    tu corazón y el mío naufragarán, quedando

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