Un fracaso sonado

Los cambios en la técnica (esos que nos atavían de prestaciones para hacernos la vida mas placentera) suelen venir acompañados por disyuntivas casi cruciales para el dubitativo sujeto. En su momento fue todo un dilema escoger entre un video Beta o VHS, Nintendo o Sega si hablamos de videoconsolas y si nos quedamos en algo mas actual tenemos que inclinarnos por ventanas o manzanas. Todo esto visto desde la perspectiva de un modesto usuario-consumidor te puede quitar un poco el sueño, incitarte a pasar tiempo cotejando datos en comparadores o tal vez animarte a pedir asesoramiento al cuñado. Pero que sucede cuando la decisión por una tecnología u otra puede encumbrarte a las mas altas esferas del olimpo, o por el contrario convertirse en la losa que selle la tumba del proyecto y de la propia carrera. En el caso que nos ocupa, la cinematográfica de Feliciano M. Vitores.

Llevado por la imitación de esas preguntas que emplean algunos monologuistas de mayor o menor talla,  me dio un día por cuestionarme si en aquellas películas de cine mudo se gritaba eso de “¡Silencio! ¡Se rueda!”, o quizá este enérgico imperativo quedase acuñado en la primera película sonora. Todo un misterio.

Juegos como el trivial han sido fundamentales para saber identificar como primer largometraje sonoro “El cantor de jazz”, producido en Estados Unidos hacia 1927. En España, hace ya casi una década, cuando el cine parecía una carrera por acicalar las salas con los últimos efectos especiales, nos llega una película como las de antes… antes… pero muy antes. Muda y en blanco y negro. Ignoro cual fue la recaudación de Blancanieves, pero la academia la premió con diez Goyas. Y creo que desde esta película de Berger no se ha vuelto a producir otra con estas características así que aquí tendríamos el epílogo al cine mudo en España. (Bueno, ahora Bajo Ulloa estrena una peli sin diálogos pero como es en color no la contamos, como diría Pazos lo importante es el “conceto”).

Hace cien años, cuando empezaban los felices veinte (casi como ahora) un estadounidense, emprendedor de los pies a la cabeza, nacido en el estado de Iowa pergeñaba la manera de sincronizar sonido e imagen. Para Alexander Lee de Forest este tipo de retos formaban parte de su modus vivendi, pues al cabo de su vida pudo patentar una cifra cercana a los 300 inventos, entre los que destaca el Triodo, una válvula que permitía amplificar las ondas al mismo tiempo que controlar su volumen del sonido. En 1923 Lee de Forest patenta un sistema que permite grabar sonido e imagen en la misma película, al que bautizó con el nombre de “Phonofilm”. Un suculento invento para la industria cinematográfica y para su bolsillo si hubiese alcanzado las expectativas tan sofisticadas que prometía ofrecer. Lamentablemente para el inventor, el siguiente peldaño en la evolución iniciada por los hermanos Lumiere no fue el suyo, este honor quedó para otros “artilugios” mas elaborados que su Phonofilm, el cual, se quedó a las puertas de Hollywood. Pero Lee era un hombre de recursos y no se rindió. Como buen inventor siguió analizando el mercado y en seguida se dio cuenta que el público hispanohablante también era numeroso, con lo cual, había un gran número de potenciales clientes mas allá de sus fronteras. Cuba y Mexico, quizá por tenerlos mas a mano fueron sus siguientes opciones, pero también declinaron su invento. Así que cruzó el charco y en España  la cosa cambió. El prestigio del estadounidense le precedía en nuestro país y además, y no menos importante, tenía amigos políticos que le llevaron (en 1927) hasta el jerezano Miguel Primo de Rivera al que convierte en protagonista de un cortometraje argumentado en la buena relación con las naciones americanas y con remate final de alabanzas para el invento que lo estaba inmortalizando. (También se dice que el Borbón de turno quedó aún mas encantado con el nuevo artilugio).

Con políticos apadrinando el invento y la prestigiosa bendición del dictador, la entrada en escena del emprendedor estaba escrita para la siguiente secuencia. A la manera de Julio Cesar podríamos decir que Lee de Forest al llegar a España rodó, exhibió y vendió. En poco menos de dos meses retornó a su país con el invento metamorfoseado en una bonita suma de dinero. Cantidad reunida por la sociedad anónima, creada ex profeso, Hispano de Forest Fonofilm. Feliciano Manuel Vitores,   Enrique Urazandi y Agustín Bellapart fueron los tres socios que aunaron capital para emprender un proyecto (efímero) del que pronto toma las riendas Vitores.

A grandes rasgos podríamos definir a Feliciano Vitores como un hombre de negocios. Su capital principalmente provenía de la importación de café liofilizado (marca “El morito”) y exportación de armas, comercios estos, realizados con países sudamericanos. Así que Vitores, aunque neófito en la cinematografía pero con cierto poso en áreas de compra-venta transatlántica, emprendió nueva andadura sobre un producto dirigido al ocio del incipiente cinéfilo y al de una industria que estaba sobre plano.

Este proyecto del cine parlante comienza con la exhibición de la treintena de cortometrajes que venían con el paquete del castellanizado “Cinefon”. En las salas, teatros o cines donde recalaba la proyección, tan solo se requería de ciertos ajustes en el proyector, colocar estratégicamente los altavoces y controlar el sonido durante el pase.

El paso dado a continuación estaba marcado por la producción propia. Vitores comienza a rodar sus propios cortometrajes para enriquecer el archivo de la compañía y ampliar la cartelera. Y no cabe duda que aquí tuvo un acierto mayúsculo, pues a imagen de Lee toma un protagonista sobre el que centrar la cámara, lo lleva un día soleado del verano de 1928 al Parque del Retiro, lo sitúa ante el estanque, y rueda “El orador”, también conocido como “La mano”. La crítica define estos poco mas de cuatro minutos de película como el primer monólogo humorístico de la cinematografía protagonizado por un tal Ramón Gómez de la Serna.

Estas pequeñas cosas le invitan a uno a perderse mentalmente dentro de la historia-ficción, pues si Vitores además de conectar con de la Serna hubiese tenido la oportunidad de pasarse por la famosa residencia de estudiantes, tal vez lo que nos hubiese llegado sería la…

El largometraje debía ser la cumbre del invento y el camino para amplificar su demanda social, de manera que el productor beliforano invierte todos sus esfuerzos y capital para rodar la primera película sonora de la cinematografía española: “El misterio de la puerta del sol”. Se rodó durante el verano de 1929, siendo realmente la última esperanza para nivelar la deficitaria balanza económica de Vitores, e incluso ser ariete sobre los competidores tecnológicos (mucho mas competitivos y sofisticados que el “Cinefon”) que ya se estaban instalando en cines de Madrid y Barcelona (RCA Photophone y Wester Electric).

No veo ahora oportuno entrar en una sinopsis de la película pues en la web se encuentran fácilmente, pero si me gustaría apuntar la similitud en el desenlace con la realizada por Fritz Lang en “La mujer del cuadro”. Lejos de pretender establecer ninguna comparación si podemos ver como desde la humildad y la inmadurez cinematográfica se toman recursos narrativos que mas adelante serían pulidos por grandes directores.

La ópera prima del productor tendrá su estreno en Burgos el 10 de enero de 1930. Y como Vitores era de la tierra y para ser la excepción que confirme la regla de eso que se dice: nadie es profeta en su tierra, la crítica del Diario de Burgos fue favorable y edulcorada. Al mes siguiente llegó a Zamora donde se encontró con la cruda realidad y con la pluma de un antepasado (en oficio) de Carlos Boyero en uno de sus días donde los adjetivos peyorativos no tienen fin. Valga como ejemplo solo un párrafo:

No queremos hacer la crítica de “El misterio de la puerta del sol”, porque nos sería muy penoso. Es digno de tener en cuenta el refrán castellano “tu que no puedes, llévame a cuestas”. En España se hacen mal las películas silentes y en vista de ello hay quien la acomete sonoras. Es como si el que teje paño en astudifo, quisiera competir con los sederos de Lyon. Heraldo de Zamora. 6 de febrero de 1930. Feliciano no pudo hacer frente al descomunal gasto de su fallida producción y quebró. Y para mayor desgracia su vida fue extinguiéndose rápidamente a causa del cáncer que padecía, falleciendo unos pocos años después y con el su legado cinematográfico. Pero casi como la mítica ave, “El misterio de la puerta del sol” volvió a ver la luz de un proyector en 1995 tras la pertinente restauración de una copia que había permanecido guardada en Belorado (Burgos), a buen recaudo en la casa familiar del malogrado productor. Y del que ahora podemos conocer mas gracias a la publicación de “F. M. Vitores. El origen del cine sonoro en España” por Alicia Grueso.

Lee De Forest

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