Un demonio no tan peculiar

«¿Qué fue del traje y de la flauta?
Desnudos se unen en la playa.
Pudor y miedo forcejean
Y la pastora se lamenta:
¡Olvídate de lo que has visto!»

Quién podría olvidarse de una novela como ésta tras recorrerla en reposada lectura. Prácticamente nadie, me atrevo a afirmar. Porque el libro del que hoy les escribo es un clásico muy moderno capaz de seguir dialogando con nosotros en los tiempos desmemoriados que vivimos, donde se ha estrujado el concepto de carpe díem que nos legó Horacio con tan ciega desmesura que en vez de cosechar los días hemos convertido la vida casi en un permanente gag que sería humorístico si no fuera porque es real y trágico, y lo real que es trágico, aunque la reflexión nos invite al humor, termina por atragantar toda la algarabía posible. La voluntad quebradiza, el deseo de poder, el narcisismo al que nos invitan los emoticonos balbuceantes y el sentimiento de culpa se enroscan como la serpiente que sugirió a Adán y a Eva probar el fruto del árbol prohibido. La gran diferencia entre el pasaje bíblico -de tradición sumeria, por cierto- y la culpa en la era digital consiste en que el pecado clásico representa el deseo de conocimiento por encima de los límites de nuestra condición humana, lo que acaba desafiando al poder, representado en la imagen de Dios, mientras que la falta más común de estas décadas es la negación de nuestra propia verdad. Sí, nos engañamos al pensar que somos libres y los constantes estímulos con que la sociedad de consumo nos bombardea no interfieren en nuestras decisiones. Al borde del vacío y de la ineptitud deambulamos entre redes sociales y algoritmos, vida analógica, subsistencia y una noción de la conciencia cada vez más recóndita.

Fiódor Sologub supo transmitir todas estas dicotomías en su novela Un pequeño demonio, publicada en los primeros años del siglo XX. En ella cuenta la historia y vivencias de un profesor, Peredónov, que ansía su ascenso a inspector. Destinado en provincias, la anodina vida de sus convecinos va desdibujando lentamente su mente. ¿O quizá no es así? Porque Peredónov siente que las mujeres de la ciudad le tienen echado el ojo, y cada día que pasa el número de pretendientes se incrementa para el laberíntico profesor. Y entre tanto, el demonio, transmutado en diminuta sabandija, lo persigue como una hembra desaforada más de su imaginación, pero en este caso con intenciones mucho más perversas.

Un pequeño demonio es una obra escrita desde la querencia de Sologub por reflejar una imagen de la sociedad rusa del momento sin ningún filtro literario que la deforme. La moraleja de la novela, que como todo texto la tiene, es que no tiene moraleja: lo que se ve es lo que es. Si algo te espanta, debe espantarte, y si otro rasgo te impresiona, ese es el mensaje. La sociedad y los personajes que perfila el autor peredonovista son equivalentes a cualesquiera que podamos encontrar en nuestros días. La culpa, en forma de deseo abrazado y rechazado, o de un demonio imaginario, en claridad mental o en un estado de alteración, acompaña tanto al protagonista como al resto de los personajes de la novela. Sologub consigue combinar la tradición literaria rusa de los grades autores, como Pushkin, Dostoievsky o Tolstói, con la modernidad estética y hermenéutica de su tiempo, revisando la mirada clásica eslava y, al mismo tiempo, rompiendo moldes. Un pequeño demonio es, en su lectura, entretenida como cualquier creación actual y, a la vez, un regreso al canon de los grandes nombres de la literatura del siglo XIX.

Un libro fascinante, inquietante y ameno que publica en castellano Mármara Editorial en su cuidada colección La balsa de piedra con traducción del ruso del profesor de filosofía Manuel Abella y que, a buen seguro, les deleitará como ya ha hecho con millones de lectores desde su publicación original. No se pierdan esta obra de arte de tinta y papel.

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