Destellos

Recomendaciones

Thomas Mann, la sinceridad y sus máscaras

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En su primer novelón, Los Buddenbrook, retrato de familia de la sociedad alemana del diecinueve, Thomas Mann hace morir a Thomas Buddenbrook mientras describe su rostro petrificado, como de máscara. El cónsul Thomas Buddenbrook ha sido joven aplicado, exitoso comerciante, marido cumplidor y uno de los hijos más destacados de la ciudad de Lübeck. Ha sabido distinguir la diplomacia de la adulación, algo crucial para ganarse el respeto de una sociedad reformista como la hanseática; Buddenbrook ha empleado, por supuesto, la primera de las estrategias. Mann demuestra bien cómo, para concitar el favor de nuestros contemporáneos, conviene atenerse exquisitamente a lo convencional dejando de cuando en cuando un toque de excentricidad, lo justo para que parezcamos auténticos en nuestro saber estar. Buddenbrook posee visión comercial e inquietudes artísticas, y eso satisface las necesidades materiales y sentimentales del capitalismo, aún adolescente, de la época.

Memoria de un cinéfilo: mi entrada en el cine

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Paco Badía es un crítico de cine que ya forma parte de la historia española del séptimo arte. Fue capaz de llevar al centro de la Península la segunda unidad de rodaje de “55 días en Pekín”, tras convencer al productor Samuel Bronston, en 1962, de que la Puerta de Toledo de Ciudad Real podía ofrecer buenos exteriores. Empieza su colaboración en www.hypérbole.es confesando cuáles son sus películas favoritas.

El zombi perfecto

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Es un error muy común pensar que la selección natural va creando individuos cada vez mejores o “más perfectos” siguiendo como paradigma las cualidades de los seres humanos. La selección sólo hace que sobrevivan los individuos más aptos para un entorno dado, nada más. Ser consciente es muy costoso, hay que dedicar mucho tiempo a aprender cada nueva situación mientras que es mucho más económico tener toda nuestra conducta programada a priori en el ADN.

El sueño de carbono de Oscar Pistorius

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El pequeño Oscar tenía once meses cuando los médicos fruncieron el ceño. Algo no iba bien. Sin haber vuelto todavía por completo las doce hojas de un calendario de pared, aquel mico que braceaba y lloraba a partes iguales, pataleando también, tenía que pasar por el quirófano para corregir una malformación ósea que con el tiempo hubiera degenerado de mala manera. Y la única forma de corregir era amputar. Así, sin haber bajado apenas de la cuna, el pequeño pretoriano se enfrentó, sin saberlo, a un momento que iba a cambiar su vida al principio del otoño de 1987. El pequeño Pistorius entró al quirófano con una malformación ósea y salió sin ella, pero pagó un precio elevado: le amputaron, de la rodilla hacia abajo, sus dos piernas.

Diamantes en el barro: Truman Capote en “Música para camaleones”

Diamantes en el barro: Truman Capote en “Música para camaleones”

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Truman Capote logró su objetivo: su escritura es transparente como un arroyo de montaña. Es tan fina la lente con la que mira que incluso su vanidad se refleja en el cristal; llegamos a ver doble, su yo y el yo que él quiere proyectar. La prosa de Capote se independiza de su pluma y se convierte en bisturí, instrumento científico, disecador de la maravilla y miseria de la carne humana.