C:  Claridad y precisión

La Lección de Anatomía del Dr. Willem Röell, de Cornelis Troost (1728)

“Si no puedes explicarlo de forma sencilla, probablemente ni tú mismo lo entiendes” — Albert Einstein (atribuído)

Limpia y cristalina

Mi esquema parte de algo bastante obvio: abordar una cuestión sin claridad es como operar a ciegas. Ni puedo expresar bien mi idea ni decidir con criterio.

A lo largo del tiempo me he dado cuenta de que, cuando algo se torcía —un diagnóstico inconcreto, una conversación tensa, una discusión absurda— casi siempre había un denominador común: yo no había expresado fielmente lo que quería decir.

Yo creía tenerlo claro… hasta que intentaba contarlo; entonces empezaban a aparecer fisuras. A veces hablaba tan directo que sonaba seco; otras, daba tantos rodeos que acababa embarrándolo todo. Con frecuencia, ambas cosas. 

Este artículo es una exploración personal, desde mi esquema CEFALICA, sobre el arte (y la responsabilidad) de pensar con claridad.

La Operación. Henri Gervex 1887

Disipar la niebla

A menudo las discusiones se estancan, no por falta de razones sino porque nadie ha definido bien de qué estamos hablandoPensar con claridad me obliga, antes que nada, a preguntarme qué quiero decir exactamente.

Y no siempre lo consigo. Oscar Wilde también lo reconocía: “A veces soy tan inteligente que no entiendo una sola palabra de lo que digo”.

Concretar no es simplificar la realidad. Es quitarle adornos que confunden: palabras innecesarias, matices superfluos, los supuestos que damos por ciertos sin comprobarlos. La claridad no empobrece el pensamiento; al contrario, lo hace visible, lo rescata del ruido.

He descubierto que escribir mis opiniones actúa como un bisturí: corta la niebla y deja al descubierto inconsistencias, revelando dónde me engaño. Quizás porque me obliga a una reflexión más sosegada.

A veces ser claro consiste, simplemente, en admitir sin dramatismos que “no termino de entenderlo”.

La precisión importa

En el hospital se aprende que una palabra poco clara es un riesgo. Un pase de guardia confuso, una orden ambigua o un diagnóstico inconcreto no son simples malentendidos: pueden desencadenar errores en cadena. La comunicación clara es, en la práctica, la mejor herramienta de seguridad clínica. Los estudios de seguridad del paciente señalan que la mala comunicación está presente en muchos eventos adversos graves, los llamados “errores médicos”.

En la vida diaria el precio suele ser menor, pero el mecanismo es el mismo: una frase mal elegida cambia el tono de una reunión, enrarece una comida familiar o complica una decisión sencilla. No siempre hay un accidente, pero casi siempre alguien sale de la conversación con una idea distinta de la que quisimos transmitir.

“La autopsia” Enrique Simonet

Cuando las palabras iluminan

Steve Jobs no presentó el iPhone como “un dispositivo multifuncional de comunicación móvil con interfaz táctil”. Repitió varias veces: “Un iPod y un teléfono con acceso a internet, ¿lo entendéis?”. Su mensaje era nítido. La claridad no solo comunica, enfoca.

Lo contrario también ocurre: cuando el lenguaje es brumoso, las palabras, en vez de mostrar, ocultan. En los años noventa, dos estudiantes canadienses se inventaron una “profecía de Nostradamus” solo para demostrar lo fácilmente que la gente ve lo que quiere ver. Tiempo después, tras el 11‑S, aquella broma académica se difundió como si hubiera sido un anuncio innegable del desastre. Cuando el mensaje es lo bastante borroso, cualquiera puede proyectar en él su propia revelación.

La concreción en el día a día

¿Cuántas veces, en la vida diaria, damos instrucciones mentales del tipo “según necesidad” y luego nos sorprendemos del resultado? Formuladas con precisión: “Si el dolor es mayor de 4/10, dar 1 g de paracetamol cada 8 horas. Máximo 3 dosis”, todos sabemos exactamente qué hacer.

En las publicaciones científicas vemos, por otro lado, que los títulos rebuscados de muchos artículos suelen esconder resultados modestos. Un lenguaje complejo no hace un estudio más sólido, solo más difícil de leer. Dennett ironiza al definir “profundancias” (deepities), esas afirmaciones aparentemente inteligentes pero vacías, que descubre en textos sesudos, pero que también empleamos en la vida normal: “todo pasa por algo” o “cada paciente es un mundo” no dicen nada útil si no concretamos.

La visita del médico, Jan Havicksz Steen

Cuando la claridad todavía no es posible

Recuerdo el ingreso de mi nieta con aquel cuadro febril tan grave como desconcertante. Lo más difícil era no saber qué nombre ponerle. Ni los síntomas ni los estudios permitían establecer una causa clara.

Poco después, con el COVID ya sobre la mesa, pensamos que probablemente había sido uno de los primeros casos pediátricos, cuando nadie sospechaba de un coronavirus ni se disponía de pruebas concluyentes.

Aquello me enseñó que, aunque en ocasiones no podamos poner nombre a lo desconocido, reconocer que no lo entendemos —por ahora— también es claridad. A veces, lo más honesto es admitir la incertidumbre sin rodeos.

Y cuando ni la cuestión de fondo está clara, incluso la medicina avanza a tientas.

De la fontanería a la biología

En los inicios de la cirugía de la obesidad asistí a una curiosa controversia sobre las técnicas de bypass gástrico. Bajo una visión puramente mecánica, el objetivo parecía simple: reducir el tamaño del estómago y, además, crear un “atajo” intestinal para que parte de los alimentos no llegara a absorberse.

El debate dividía a los cirujanos en dos bandos. Los conservadores medían el intestino desde su inicio y se saltaban un segmento corto; los radicales lo medían desde el final para reconectarlo mucho más lejos, buscando una malabsorción extrema que maximizara la pérdida de peso.

Se creía que todo era cuestión de metros y calorías, pero resultó que las técnicas conservadoras conseguían resultados comparables con menos riesgos. Durante años discutimos medidas sin haber aclarado del todo qué estábamos intentando cambiar.

Los estudios revelaron algo decisivo: la clave del éxito no residía en cuánta superficie de absorción se excluía, sino dónde reconectábamos el intestino. No era simple fontanería intestinal; estábamos ante una profunda reconfiguración de la fisiología. Al alterar el tránsito, provocamos cambios en la regulación del apetito y en la gestión de la glucosa.

La discusión dejó de ser: “¿cuánto intestino puenteamos?” para convertirse en: “¿qué cambios buscamos en el metabolismo del paciente?”. El problema no era solo de técnica, sino de marco conceptual (Kuhn): no estábamos haciendo la pregunta correcta.

“Primeros ensayos del tratamiento del cáncer mediante la radioterapia”. Georges Chicotot

Consideraciones y matices

Debo completar este recorrido recordando que la claridad no consiste en esconder inseguridades tras jerga técnica, ni en dar por hecho que “ya nos entendemos”. Tampoco es simplificar hasta empobrecer lo que contamos. El objetivo real es pensar con más rigor antes de hablar y, sobre todo, antes de decidir.

Ser claro no es tan sencillo como parece. El tono, por ejemplo, también comunica. A menudo me pregunto si digo lo que pienso o me dejo llevar por lo que queda bien; si simplifico para ser concreto o por pura comodidad. Son trampas en las que caigo con facilidad.

En esta búsqueda de claridad, he aprendido también sus límites. Aunque intentemos ser claros hay cosas que solo pueden mostrarse, no explicarse del todo (Wittgenstein). Otras, aunque las nombremos con precisión, siguen siendo complejas. Y siempre queda un margen en el que cada palabra puede interpretarse de más de una manera.

Esto no invalida la claridad; simplemente me obliga a ejercerla con humildad.

En pocas palabras

La claridad delimita el problema con fidelidad y pone nombre a lo que pienso. No me garantiza tener razón, pero sí evita muchosequívocos. A veces, una sola palabra precisa basta para desactivar un conflicto o alumbrar una decisión.

Dentro de CEFALICA, la Claridad me recuerda que pensar bien empieza por explicar bien. 

No lo agota, pero sí lo pone a prueba. Es el primer bisturí para abordar cualquier problema: corta lo superfluo y deja al descubierto lo esencial. Nombrar las cosas con precisión me evita confusiones, pero una historia bien contada no basta. Ahora necesito comprobar si lo que digo tiene fundamento.

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