Desde que tenemos historia las criaturas humanas compramos. Podría decirse, en tono clásico, que somos “homo emptor”(comprador, adquiridor) o, más modernamente, “homo consumens” (consumidores, consumistas).
Compramos por necesidad (ir a la compra), pero también sin ella, por gala o divertimento (ir de compras). ¡Qué pequeño detalle, pero qué significativo!
Cada cual lo hace a su manera, se refleja en ello su forma de ser. Tímida, mesurada, comedida en unas; abrupta, impulsiva, híbrida en otras –quizá ¿tacañas vs pródigas? Incluso presumimos de ser las mejores compradoras, ya sea rebuscadoras en las rebajas, como si fuéramos seteros, o expertas cazadoras o pescadores de gangas, sin perder por ello los criterios (cribado) de la elegancia –saber elegir lo que nos conviene– y la calidad –cualidad y bondad–, aunque, ya sabes, “dime qué presumes y…”, o “lo bueno y bonito…”, casi siempre es falso.
Ahora bien, todo eso es puro exceso, desmesura, hybris, vicios derivados de la natural debilidad humana, pero no es patológico, de pedir ayuda debería ir al confesionario o al banco, no al médico. Mas, como los humanos “somos lo que repetimos”, cuando caemos en las ansias posesionistas (tener para ser), y las trampas de la publicidad y la mercadotecnia (Black Friday, Cyber Monday…), acabamos escorándonos de la impulsividad a la compulsividad, es decir al impulso insoslayable, irrefrenable y reiterativo, y eso ya sí es patológico, eso es “Compra compulsiva” o “Lujorexia”, dos viejas patologías (oniomanía, se decía a principios del XX), solo recientemente nominadas y difundidas.

Son alteraciones o anomalías del comportamiento debidas al fallo de los mecanismos de regulación y control de la conducta (autocontrol). Ahora bien, la buena noticia es que, así como la impulsividad compradora excesiva es casi universal, la Compra compulsiva es muy infrecuente, por mucho que se exagere desde el mercadeo del “saludmentalismo” clientelista. No piense que, por darse un garbeo por las rebajas, o dejarse seducir por vicios ajenos, como el Black Friday, está enferma. ¡No!, como mucho está deslumbrada o desorientada.
Las personas con Compra compulsiva, es decir patológica, son incapaces de frenar su impulso de compra de forma reiterativa y prolongada; están obsesionadas por adquirir cosas; gastan más tiempo, energía y dinero de lo que disponen; compran casi siempre las mismas cosas, repetidas – docenas de bufandas, o guantes en pleno sur, pongamos –, que no necesitan ni utilizan, que acumulan en armarios hasta los topes, o regalan, o tiran; y sufren por ello consecuencias personales, familiares y laborales, no sólo económicas. A veces delinquen, estafan, roban, se venden, prostituyen, para poder seguir comprando; y siempre presentan otros problemas psíquicos asociados: estrés, ansiedad, depresión, bulimia, abuso de sustancias, trastornos de la personalidad, etc. Es decir, están y son enfermas, y requieren tratamientos psiquiátricos, no solo psicoterapia de autoayuda, ni consejoterapia influencer. Menos confesionario y más consultorio.
Pero quizá más importante que esa estadísticamente irrelevante patología, que esa punta del iceberg del consumismo, es la asentada reflexión que propicia la pérdida del control de una conducta – comprar, adquirir – que puede ser necesaria o entretenida, benefactora para una saludable construcción del yo –ego– y la salud social y cultural en la que nos humanizamos.

En efecto, la reflexión que se deriva de todo esto es que, pese a que comprar no es malo, lo hacemos malo nosotros cuando perdemos el control (autocontrol), cuando somos víctimas propiciatorias de la mercadotecnia y la publicidad, cuando nos escoramos hacia la anomia acultural asumiendo que vicios ajenos son más lujuriosos que los nuestros. Entonces, lo que podría ser un día de diversión y compartimiento, puede acabar siendo un “black-day” para la “bolsa y la vida”.
Para evitarlo, antes de lanzarse a la selva del Black-Friday, a la que le siguen – ¡hay que ver qué inteligencia mercantil! – las inmensas tundras navideñas, conviene sentarse en un taburete seguro y pensar en ti misma, reconocer bien tus gustos e intereses (autoconocimiento), regirte por tus propias normas (autonomía), por las de tu cultura y entorno, no por costumbres ajenas (anomia), y aprender a conducir ese difícil automóvil que es tu propia vida (autogobierno).
En tres ideas, contra la impulsividad, la desmesura y la impostura del Black Friday y sucesivos, el autoconocimiento, el comedimiento y nuestra clásica, elegante y sabia cultura tradicional.