Teoría de una isla

A mis amigos cubanos

Pongamos una isla. Una isla habitada por personas. Por avatares de la vida se queda aislada. Pleonástica. No barcos, no aviones, no pateras. Nosotros no vamos, ni ellos salen. Incomunicación total. Sin energía, sin suministros, sin intercambios, sin información, sin cosa apenas. Pasa un mes, no pasa nada. Pasan tres, ya nadie se acuerda de ella. Pasa una cosecha, la recolección es esquilmada. Pasa un año, no queda nada en las bodeguitas, en los mercados, no quedan paladares, no hay nada que ofrecer. Las calles se van llenando de gentes sin quehacer. De noche las luces se apagan. Los horarios, rutinas, cambian. Todo tiende a la ley del mínimo esfuerzo: a la conservación de la vida. 

Un vecino cuida dos matas de aguacate, otro cuida sus gallinas, se intercambian, van tirando. Una noche viene otro de fuera. Roba una a cada uno, los dos primeros se acusan, riñen, con la rabia de la hambruna uno mata a otro, el que queda tiene una mata y una gallina, pero la autoridad se las requisa. 

Muchos se echan al monte, a buscar lo que encuentren, fruta, conejos, huevos, pájaros, peces. Paz. Por las noches se ven hogueras, se oyen cantos montunos, intensos, el son la africanidad ha vuelto. 

En la ciudad aún es peor, al principio cobra precio la basura, luego deja de haberla. Mentira, engaño, saqueo, delito. La agresividad más la necesidad, engendra violencia. Las plazas se van vaciando, las casas desmoronando, las costumbres asilvestrando. La higiene, la ropa, la comida, el respeto, la alegría. La carencia, la desgana, la penuria, la miseria, la ruina. Todo se va escombrando, pura entropía: el regreso al desorden original, a la barbarie tribal, a la incultura montaraz. La cultura de la sofisticación no sirve para estas grescas. En un año la población se ha diezmado. Pasan diez, queda la mitad. En cien, ¿quién sabe cuánta?

Pasan décadas.

Una agencia de viajes, de esas que prometen aventuras, experiencias únicas, fleta un crucero enorme. Llega a una enseñada solitaria, de una belleza virginal, inmaculada. En botes hinchables arriban docenas a la playa, sobrecogidos. No ven que desde la selva unos ojos los miran, los temen, los ansían. No recuerdan que antes eran como ellos. Uno, más atrevido, o ingenuo, sale, se deja ver. Los turistas se asustan. Salen más, el susto aumenta. Uno, líder tribal, se atreve a acercarse. Silencio por ambas partes. Se aproxima, temerosos ambos grupos. Tiende una mano. ¿Quién será?, ¿qué querrá? ¿Podemos ayudarle?, dice el guía del grupo. “Si, si…”, responde, con miedo, con pudor: ¿No tendrá un mechero? 

La isla ha vuelto a la edad del fuego.

Pongamos que se llamase Cuba Linda, la ajardinada, la fértil, la montañosa, esa isla. Y que este relato solo fuera ficción. Que nadie hubiera muerto. Ni huido. Pongamos que llega hoy mismo ese crucero, una decena de ellos, que compartimos mangos por mecheros, guarapos por pepsicolas, frijoles por hamburguesas, que cantamos guajiras y bailamos rocanrol. Sin conmiseración, sin limosnas. Con respeto.

Pongamos una isla, habitada por humanos, pero no aislada. 

Pongamos que esta historia nunca hubiera sucedido.

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