Aprender a decidir: la raíz de un esquema

"Lección de anatomia del Dr. Nicolaes Tulp", Rembrandt, 1632
Reflexiones de un cirujano

“Quod obstat viae fit via” — Marco Aurelio

(“Los obstáculos hacen el camino”, paráfrasis)

Las preguntas clave

He pasado décadas atendiendo urgencias, médicas y quirúrgicas, y tomando decisiones en espacios de tiempo muy cortos con la consciencia de que equivocarme podía tener consecuencias muy serias. Y no siempre basta con acertar, hay que poder explicar nuestras razones.

Siempre tendré como guía de pensamiento a un tutor muy especial.

En las guardias, cuando yo aparecía, con un taco de radiografías bajo el brazo, “sugiriendo” que a tal paciente habría que operarle, me miraba sorprendido y preguntaba:

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

Su autoridad imponía y me hacía dudar:

Bueno…, igual no.

Entonces exageraba todavía más su gesto de sorpresa: 

¿Ah, no? ¿Y por qué?

Al Dr. Francisco Lor, in memoriam.

Su sombra aún se burla de mi inconsistencia.

¡Eso es tener criterio!, decía con sorna.

Pensar con la cabeza

Aquel doble ¿y por qué? me enseñó más que muchos libros: a detener el impulso, a no confundir convicción con razón y a dar solidez a mis decisiones antes de ejecutarlas.

Poco a poco fui desarrollando una especie de esquema mental para que mis criterios de actuación fuesen lo más racionales, objetivos y mejor fundamentados posible.

Las urgencias suponen duda e inseguridad; son siempre una negociación entre la prisa y la prudencia. Se trata de adoptar en cada caso la mejor solución, desafiando interferencias engañosas, subjetivas o carentes de sustento —incluso teórico—, y hacerlo cuando la adrenalina apremia y el margen de error se estrecha.

Theodor Billroth operando”, Adalbert Franz Seligmann, 1890

El hombre ensartado

Nunca he olvidado aquella guardia. Un obrero llegó, tras caer de cabeza en un edificio en construcción, con un puntal de hierro incrustado en la espalda. Sus compañeros habían cortado la barra de la base de hormigón y del cuerpo del paciente sobresalía un trozo de unos 20 centímetros. El recorte de su mono de trabajo quedó embutido alrededor del metal y taponaba la herida.

El escáner mostraba un milagro improbable: el segmento profundo —de una longitud que duplicaba la parte visible— se había abierto paso hasta encajarse en la concavidad del hueso sacro sin producir una hemorragia masiva. 

La escena imponía, pero lo más revelador del momento fue la conversación entre interrogantes: ¿Debíamos someter el caso a observación? ¿Extraer antes la barra? ¿Operar ya al paciente para descartar lesiones internas inadvertidas? Y, sobre todo: ¿Qué era lo urgente y qué lo sensato? ¿Qué pasaría si decidíamos…? ¿Y si decidíamos no…?

Elegimos intervenir con calma tensa. Abrimos el abdomen, a la vez que extraíamos la barra de forjado desde fuera, preparados para reaccionar a cada milímetro. El paciente sobrevivió sin secuelas.

De la cirugía a la vida

Esa forma analítica de discurrir —revisando, argumentando, contrastando— impregnó el resto de mi práctica quirúrgica, asistencial, formativa y pericial. Los principios de la medicina basada en la evidencia y mi dedicación a la seguridad del paciente añadieron matices y peso a mis razonamientos. 

Con el tiempo, aquel esquema —difuso al principio— se deslizó a otros ámbitos de mi vida: decisiones importantes, controversias menores, cuestiones familiares, incluso dilemas éticos. Me ayudaba a opinar sin quedarme atrapado en mi propio punto de vista.

“La clínica Agnew”, Thomas Eakins, 1889

Una brújula mental

Solo entonces me di cuenta de que llevaba mucho tiempo pensando según un patrón que nunca había puesto por escrito. O quizás simplemente estaba racionalizando, a posteriori, lo que había elaborado por intuición.

Ya retirado del quirófano —pero no de la curiosidad— he recogido estas ideas en unos criterios que ojalá hubiera concretado antes. Pretendo que me sirvan de apoyo para orientarme entre el dogma y la confusión, entre la emoción y la inercia. Quiero, en suma, disponer de un remedo del checklist quirúrgico para detectar mis puntos ciegos de una manera sencilla.

Un acrónimo sugestivo

He concretado la idea en una guía recordable de ocho pilares que recuerdan que el pensamiento riguroso empieza por usar la cabeza: 

C       Claridad, para formular bien el problema

E        Evidencias, para sostener lo que creo saber

       Falsabilidad, para aceptar que puedo estar equivocado

A       Autoanálisis, para vigilar mis propios sesgos

L        Lógica, para ordenar mis razonamientos

I        Importancia, para priorizar lo esencial

     Consecuencias, para asumir la responsabilidad

     Aprendizaje, para reiniciar si es preciso

“Sala de conferencias de Billroth en el Hospital General de Viena Adalberg Franz Seligman

No es la tabla de la ley

Nassin Taleb nos recuerda que el mundo es demasiado complejo para encerrarlo en un esquema, pero CEFALICA no es un dogma ni garantiza acertar; es solo una ayuda para intentar equivocarse un poco menos.

No sirve para todas las situaciones, y tampoco sigo siempre, personalmente, los ocho criterios ni en el mismo orden. Pero muchas veces basta con que uno haga “clic” para que, ante una duda, cambie toda la perspectiva.

Por supuesto que no pretendo dar pautas de comportamiento ni lecciones, sino compartir algunas reflexiones extraídas de mi experiencia. Mi intención es, pues, desarrollarlas poco a poco, justificarlas y acompañarlas con modestos ejemplos.

También el pensamiento —como la cirugía— se entrena. Llegados a este punto, con Dewey entiendo que definir con nitidez un problema es empezar a resolverlo. Ese será, pues, el primer paso.

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