A orillas del río Tirón, en la villa de Belorado (provincia de Burgos), desde el siglo XIV moraban en el monasterio dedicado a la Virgen Bretonera devotas monjas Clarisas. En todos estos siglos desde su fundación, las distintas generaciones de hermanas que allí vivieron contribuyeron a la dignidad del cenobio apoyándose en las Artes, tales como la arquitectura, escultura, pintura, literatura o la música. Atesorando por tanto, un legado patrimonial que estratifica su historia y que puede traducirse como la huella de todas y cada una de aquellas mujeres que “cortaron sus cabellos enrededor” para vivir intramuros siguiendo la regla de Santa Clara.

En esta época que nos ha tocado vivir, donde no parece que corramos peligro de sufrir invasiones chovinistas, ni que aparezca por hacienda sucesores de Mendizábal o los rojos vuelvan a las andadas de extender las fallas fuera del señalado día dedicado al “pater putativus”, el principal problema que amenaza a los monasterios está en la falta de vocación. La comunidad envejece, las monjas se agrupan en otras casas de su congregación y el cenobio se cierra. Pero el caso del monasterio Beliforano parece estar avocado a un destino mas bizarro.
También podemos calificar como raro o fuera de lo común el caso de la desaparecida comunidad clarisa de Lerma (Burgos). La que fuera su abadesa, Madre Verónica, tomó un camino propio al mas puro estilo Santa Teresa de Jesús y fundó Iesu Comunio. Las monjas de la villa ducal se desprendieron del cordón franciscano para vestir el nuevo hábito azul vaquero y seguir a sor Verónica (María José Berzosa Martínez, hermana del que fuera obispo de Ciudad Rodrigo, Cecilio Raúl B. M.) en su instituto religioso católico contemplativo ubicado en La Aguilera, junto a los restos de otro que profesó la Orden Francisca, San Pedro Regalado. Y aunque geográficamente esto que les escribo sucede en Burgos, este párrafo no es ninguna morcilla, seguidamente se comprobará su enjundia.
De aquella comunidad de Lerma salieron varias hermanas hacia la casa Clarisa de Belorado, pues esta comunidad necesitaba revitalizarse social, arquitectónica y económicamente. No sin dificultad, la Madre Pureza materializo con los años del nuevo siglo XXI una nueva etapa de esplendor en la historia monástica de la Bretonera. Se consolidó o renovó la fábrica del cenobio según su necesidad, la comunidad se amplió con jóvenes postulantes y se abrió un obrador de repostería que rápidamente alcanzó fama. Madre Pureza, al terminar su ciclo como abadesa dejó el cargo y tras la correspondiente votación se nombró una nueva abadesa (que seguro conocen por los medios de comunicación) quien pretendió serlo “in saecula saeculorum”. Pues a pocas semanas de tener que abandonar el cargo (los estatutos impedían prorrogarse por mas años como abadesa) manda una misiva describiendo las nuevas creencias de su comunidad. (En resumen, ya no aceptaban al Papa y solo rendirían obediencia a su abadesa). Aunque se diga que las comparaciones son odiosas, no me resisto ha comentar la brillantez que tuvo sor Verónica frente a su antigua hermana de noviciado, quien empezó pergeñando un estrambótico sainete con el distinguido reparto de uno que fue coctelero antes que cura, acólito del obispo con mitra de humo y quimérico palacio episcopal.
La respuesta del arzobispado de Burgos ante semejante herejía no podía ser otra que la excomunión de la que fuera abadesa y sus secuaces, siendo además expulsadas de la Orden de Santa Clara por parte de la superiora de federación. Pero como la justicia civil no ha podido ser tan diligente, dentro del monasterio de Santa María Bretonera nos encontramos a fecha de hoy (enero de 2026) con un atajo de impostoras que están cometiendo sacrilegio. Y para ahondar mas en la profanación del lugar sacralizado profesan el expolio, motivo por el cual, dos de ellas conocieron otro tipo de celda donde no escuchaban el tañer de la campana a maitines. Aunque claro, como ya no son ni cristianas ni clarisas, las horas canónicas ya no estarían en sus preocupaciones.
El carácter metafórico de la popular frase: “ para lo que me queda en el convento…” se torna perversamente real, pues hasta que se consiga liberar la Bretonera no podremos conocer el daño causado a su patrimonio. Por el momento la guardia civil ha conseguido recuperar entorno a la treintena de obras entre oleos, tallas y documentos históricos. Y precisamente dentro de este último grupo se encuentra la pieza mas notable, posiblemente, que haya atesorado el cenobio beliforano. Una obra teatral manuscrita que se data a caballo entre finales del siglo XV y comienzos del XVI, que al carecer de título, se bautizó como “Auto de la huida a Egipto” por Justo García Morales quien publico en 1948 el estudio de la obra junto con el facsímil de la misma. El original se encuentra actualmente en la Biblioteca Nacional.

Los diez folios en que se escribió se agruparon cosidos a un tomo que encuadernaba otras dos obras mas voluminosas, una sobre la vida de San Jerónimo y la otra “Retablo sobre la vida de Cristo”. Siendo en la portada de esta última donde su dueña primigenia se preocupó en identificarse como donante, señalando incluso la fecha de entrada. En el manuscrito se lee: “este libro pertenece a este monester de la Bretonera truxole la Sa. doña Marya Velasco, año de (1)512”. (La casa Clarisa de Belorado estaba de enhorabuena, pues años venideros de bonanza económica estaban garantizados al entrar en su comunidad la hija del Condestable de Castilla, Bernardino Fernández de Velasco, III Conde de Haro y I Duque de Frías). Es pues, que tras pasarse cuatro siglos y medio aproximadamente en la clausura mas estricta, estas obras encontraron un resquicio para salir, no sabemos en manos de que tipo de ralea nobiliar esta vez, y viajar hasta Madrid.
Escamoteo, expolio, furtivismo de bienes han sido maniobras contempladas en iglesias y conventos conforme la necedad e ignorancia se acrecentaba con los cuatro duros ganados al malvender “los trastos viejos”. Como ejemplo en Belorado y parroquias cercanas tenemos el caso de tablas catalogadas dentro del taller de León Picardo, (pintor muy solicitado por estos parajes en el primer tercio del siglo XVI) de quien podemos disfrutar de una única obra de aquellas en la página web del Museo del Prado (https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/maria-magdalena-y-santa-catalina-de-alejandria/ec6555f1-6de6-497d-b160-30a255db6a72). Y para el resto nos debemos conformar con las imágenes en blanco y negro tomadas por Foto Club de Burgos y las descripciones dejadas por el hispanista Chandler R. Post.
Un artículo encontrado en la prensa nos permite constatar que al menos hasta el verano de 1962 estas pinturas cumplían sus funciones devocionales para donde fueron contratadas.

Y no solo de tablas renacentistas se nutrieron los ladrones (a buen seguro conchabados con algún morador de la casa parroquial) pues tallas y esculturas medievales estaban también en sus preferencias. (La imagen titular de la parroquia beliforana, una escultura gótica de la virgen que aun conservaba su policromía, no la conservamos ni en fotos). Las pruebas nos las aporta Narciso Sentenach, pionero en el inventario artístico religioso de la provincia de Burgos (1922-1924) a través del cual comprobamos como ha mermado la representatividad del santoral en los lugares de culto burgaleses.

Foto nº4. Santa María Bretonera tiene en su historia un episodio de robo al mas puro estilo de novela de bolsillo. En marzo de 1833 una banda formada por cuatro miembros, vecinos de las cercanas localidades de Santo Domingo de la Calzada y Ezcaray, acceden de madrugada hasta el tejado del monasterio mediante una escalera construida con dos chopos y travesaños de sillas como peldaños (apuntar que uno de los ladrones en su vida honrada era sillero). Para evitar que las monjas pudieran dar señal de alarma en caso de ser descubierto, su primer paso fue anular el dispositivo de seguridad, que por aquel entonces no tenia complejas maniobras tecnológicas, quitando las maromas del campanario quedaba desactivada la alarma. Pero la falta de sigilo que mostraron por la cumbre del edificio terminó por delatarlos, pues hacia las doce de la noche Catalina Moral, sirvienta de la hospedería (edificio anejo al monasterio) advirtió la presencia del cuarteto e inmediatamente avisó a su ama (Eduvigis Untrudi) y a los dos frailes que allí residían para la atención espiritual de la comunidad. La tenacidad del padre vicario, al ver que no podían alertar al pueblo con el toque de campana, le llevó a utilizar unos cohetes que a prevención había en el convento. (Con la misma prevención la comunidad estaba armada con una escopeta y un trabuco, ambos adquiridos durante la francesada). El estruendo de los voladores (continua relatando el atestado) tuvieron como respuesta el resonar de las campanas del vecino convento de San Francisco y después contestó la Casa de esta Villa.
El padre compañero Fray Juan Gonzalez procuró defender a la comunidad dando voces para que acudiese gente y advierto a los ladrones que todo el infierno entero no entraría en el convento, fue causa de que uno de ellos le tirara un pedazo de lodo seco a la cara, de cuyas resultas quedó herido. Francisco Fernández, el cirujano que atendió al religioso, dictaminó que había perdido entera y completamente la vista del ojo derecho. Los ladrones huyeron a caballo pero en días posteriores fueron atrapados, juzgados y condenados a trabajos forzados durante seis años en la construcción del canal de castilla.
Las individuas que viven ocupando el monasterio, están despojando la casa que las mantuvo de sus bienes artísticos. Como referí mas arriba, la guardia civil de patrimonio intervino mas de una treintena obras en otro convento del que se han apoderado las “cismáticas” y una talla del siglo XVII en una casa de subastas de Madrid. Para la enajenación de los bienes contaban con un anticuario leones. (Ahora el dicho popular se me antoja modificarlo de esta guisa: “Para lo que las queda en el convento, lo expolian hasta los cimientos”).
Entre las piezas aprehendidas se encuentra una talla del siglo XIV de Cristo crucificado, pieza de gran valor, no tanto por su tasación de mercado (que la tiene) y si por ser decano en su historia; es la única imagen que se conserva desde tiempos de su fundación.

Guiándonos nuevamente lejos del aspecto crematístico podemos señalar los lienzos de Juan García de Riaño y Jacinto de Anguiano Ibarra. A buen seguro que sus nombres no les resultan conocidos, pero al encontrarse unidos por el encargo de este monasterio tienen la capacidad de darnos un mensaje que trasciende a la obra y nos habla de su tiempo. Se lo cuento rápido para ir terminando. En el siglo XVII también era importante hacerse con una buena cartera de clientes y además mantenerla. García de Riaño había realizado obra para la vecina abadía de Cañas y su trabajo parece que gustó en la Bretonera y tuvo otro encargo para representar a Cristo camino del Calvario.

Los maestros solían tener en sus talleres oficiales predilectos y Anguiano Ibarra era el caso, el cual, tras examinarse y conseguir el titulo de maestro ya podía contratar obra y como discípulo de Riaño tenía buenos antecedentes para que las Clarisas de Belorado también fuesen clientas, como así fue, realizando un imponente lienzo de Santa Clara como abadesa. Esta obra, además de firmada esta fechada (1639) y por ello me hace pensar que estamos ante Escolástica Fernández (abadesa entre 1635 y 1642).
El círculo también armado de los talleres del siglo de oro (algunos incluso lo tildan de endogámico) tuvo continuidad al menos con la siguiente generación de Riaño, pues uno de sus cinco hijos, que curiosamente también se llamaba Jacinto, paso a ser tutelado en el taller de Anguiano.

Los ladrones del siglo XIX buscaban dinero rápido, eran necios sin principios ni valores, tampoco gozaban del mas mínimo atisbo de sensibilidad por los bienes patrimoniales (perdón por el presentismo). Suerte que en aquel tiempo la Bretonera tenia voladores y campanas para alertar del intrusismo, hoy… el legado de Madre Pureza ha sido cercenado como los cabellos de todas aquellas novicias que entraron para dar vida a este monasterio.