E: Evidencias y pruebas

John HodgsonLobley, The Queen's Hospital for Facial Injuries, Frognal, Sidcup: The Operating Theatre; IWM (Imperial War Museums);
Reflexiones de un cirujano

“Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias” — Carl Sagan

Entre indicios y conjeturas

Reconozco que no siempre distingo bien entre una suposición y una evidencia. Cuando un dato encaja con lo que ya pensaba tiendo a aceptarlo sin demasiada resistencia; si lo contradice, necesito más tiempo —y más pruebas— para darle crédito.

Por otro lado, ante una noticia, dudo entre confiar en unas pocas fuentes que me parecen sólidas o apoyarme en muchas voces distintas esperando que sus sesgos se equilibren o que aporten nuevos matices. Ninguna de las dos vías me garantiza acertar, pero ambas pueden inclinar mi juicio.

Esa inquietud me ha empujado a establecer, dentro de mi esquema CEFALICA, un criterio propio para valorar las evidencias en las que baso mis decisiones.

Ver, oír… y dudar

Las evidencias casi nunca llegan en forma de certezas absolutas. Suelen ser solo indicios que, aun siendo provisionales, resisten mejor la duda que las simples opiniones.

A veces, un simple detalle que no esperaba me obliga a revisar lo que daba por sentado. Ese nuevo dato no siempre cambia mi criterio, pero lo coloca bajo sospecha, y eso ya es un avance.

En medicina las pruebas adoptan formas distintas: una radiografía, un ensayo clínico, un síntoma que se repite. También tienen valor la intuición, afilada por la experiencia, o el prestigio de un colega; pero procuro mirarlos con la misma lupa crítica.

“Tres cirujanos” Ubaldo Oppi

Pisar terreno firme

Los deseos, las impresiones o los supuestos rara vez bastan como conocimiento. Pueden inspirar preguntas, pero no sostienen respuestas sólidas. Contrastar mis hipótesis con la realidad no me hace por eso menos creativo, pero sí más juicioso.

En la práctica clínica la distancia entre un presentimiento y un diagnóstico no la marca el instinto, sino las pruebas que lo respaldan. Lo que entra en el quirófano sin evidencia puede salir convertido en negligencia.

Fuera del hospital ocurre algo parecido. Si no someto mis convicciones a contraste decido y opino apoyándome en lugares comunes o ideas heredadas, en lugar de construir un criterio propio. 

En la historia y los ensayos

A mediados del siglo XIX, Ignaz Semmelweis observó algo inquietante: si los partos eran atendidos por comadronas, había menos muertes por fiebre puerperal. Propuso que los médicos se lavaran las manos después de las autopsias y sus resultados mejoraron drásticamente. Aún no existía una teoría microbiana que lo explicara, pero la prueba estaba ahí, incómoda y clara. Fue ignorado y ridiculizado. Las pruebas no siempre bastan de entrada, sobre todo si obligan a cambiar hábitos arraigados.

Sin ir tan lejos, y fuera de la medicina, hay ejemplos más ligeros. En experimentos de neuroeconomía se sirvió exactamente el mismo vino con etiquetas de precios distintos: muchos participantes describieron como mejor el que creían más caro, encontrándole matices exquisitos. La experiencia parecía objetiva, pero solo reflejaba expectativas. Incluso nuestras percepciones más directas pueden confundirse con evidencias.

Pistas falsas

Muchas afirmaciones que oímos a diario circulan, igual que los refranes, como verdades que no necesitan demostración. “La vitamina C evita los resfriados”, por ejemplo. Los estudios muestran que puede acortar ligeramente su duración, pero no prevenirlos. Aun así, la creencia persiste, inmune a los datos.

A menudo confundimos presencia mediática con veracidad. “Está en las noticias, así que será cierto”. Lo único cierto es que está en las noticias. La manipulación informativa —por omisión, énfasis o falsedad directa — es un problema cotidiano. Y repetir algo con insistencia no lo convierte en cierto, sino en eslogan.

Mark Twain lo resumía con humor: “Si no lees el periódico no estás informado. Si lo lees estás desinformado”.

Cuando el suelo se mueve

Mi propia incredulidad se derrumbó cuando Warren y Marshall demostraron que muchas úlceras pépticas no eran fruto del estrés ni de una dieta descuidada, sino que tenían un origen bacteriano. Durante mi formación, la cirugía formaba parte natural del tratamiento. De pronto, algunas destrezas que había adquirido —entre ellas las vagotomías— quedaron prácticamente obsoletas y la cirugía de la úlcera desapareció casi por completo.

No fue un comité de expertos el que lo demostró. Fue un investigador quien, con audacia y convicción, decidió ingerir Helicobacter pylori y sufrir las consecuencias para poner a prueba su hipótesis.

Recuerdo la sensación con nitidez: algo que parecía inamovible cambiaba de sitio sin pedir permiso. Pero no era una moda ni una opinión: eran datos. La medicina no avanzaba contra los cirujanos, avanzaba a pesar de nuestras inercias.

La cirugía como ciencia

La evidencia a veces surge de la propia cirugía para poner en cuestión nuestras dudas y nuestros entusiasmos.

Cuando la laparoscopia empezó a difundirse, muchos la mirábamos con recelo. Operar sin tocar, renunciar a esa conexión casi artesanal con los tejidos, confiar en una pantalla fría… sonaba a traicionar a un oficio de siglos. Pero los datos hablaron pronto y terminamos adoptándola. 

Quizás con demasiado ímpetu. Yo mismo me entusiasmé con la laparoscopia en hernias convencido de que ofrecía ventajas claras: menos dolor, recuperación más rápida. Me lancé incluso a hacer una serie. Para mí fue un aprendizaje valioso en técnica laparoscópica. 

Pero con el tiempo empecé a ver otras caras: la curva de aprendizaje era dura, los tiempos quirúrgicos se alargaban — y con ello, las listas de espera—, el coste aumentaba, la anestesia era más exigente. Y cuando incorporamos movilización precoz y optimizaciones técnicas a la cirugía abierta, las diferencias en dolor y recuperación dejaban de parecer tan evidentes. 

No me arrepiento de haberlo hecho. Aprendí con esas hernias, y ese aprendizaje después fue útil. Pero la lección fue clara: mi convicción no era una evidencia.

Veo a mis compañeros viviendo algo parecido ahora con otras técnicas, como las robóticas, todavía definiendo cuándo realmente aportan ventaja. No siempre es fácil saber si te estás resistiendo por inercia o adoptando novedades sin suficiente fundamento.

Consideraciones y matices

Hay algo que no quiero dejar de lado: las evidencias no son inmunes a mi forma de interpretarlas. A veces el dato es fiel, pero mi lectura lo traiciona. Leo con demasiada seguridad, convencido de que sé lo que significan, cuando quizá solo veo lo que ya esperaba encontrar. 

Intento no confundir correlación con causalidad, ni identificar la opinión mayoritaria con la verdad. Tampoco delegar en la autoridad lo que debo examinar por mí mismo. Pero reconozco que mi capacidad para leer evidencias tiene límites, y a menudo los descubro tarde

Por otro lado, los mismos enfoques con los que interpretamos la realidad pueden impedirnos ver precisamente lo que no encaja en ellos (Kuhn). Y la ortodoxia en la búsqueda de evidencias tampoco es infalible porque algunas realidades solo se hacen visibles cuando alguien se atreve a mirar fuera del guión.

Las pruebas son indispensables, pero no hablan por sí solas. Para que me orienten de verdad debo escucharlas con modestia, sin dar por hecho que ya sé lo que van a decirme.

En pocas palabras

Entiendo que, aunque escuche a intuiciones propias o consejos ajenos, cuantas más pruebas y de mejor calidad disponga, menos riesgo tendré de equivocarme. Esto vale para cualquier decisión, dentro y fuera de la consulta

En las ciencias hemos aprendido a distinguir grados de certeza: no toda información merece el mismo crédito.

Un argumento que se queda en el “a mí me funciona” apenas roza la superficie del conocimiento: describe lo que ocurre, pero no explica por qué, ni lo contrasta.

En CEFALICA, las Evidencias me muestran que dudar de lo obvio no es desconfianza, sino una forma de respeto por la verdad.

Las pruebas actúan como un cedazo que separa lo que sé de lo que creo saber; pero disponer de ellas no basta; también debo estar dispuesto a que esos mismos datos, si es necesario, me lleven la contraria.

Escrito por
Para seguir disfrutando de Antonio Rebollo
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.