Barro entre mis dedos

Siento mi mundo interior como un océano que casi siempre está tranquilo, con la arena tibia acariciando mis pies. No hace calor ni frío; el sol roza mi piel con dulzura, y respiro con calma, observando la danza silenciosa de la vida que se agita entre el mar y la orilla. Bestias enormes se deslizan bajo la superficie, pausadas y libres, disfrutando casi tanto como yo de la brisa suave que nos acompaña.

Pero a veces hay tormenta y me asusto. La marea sube poco a poco, nunca predecible: a veces se detiene rápido, otras veces avanza con ímpetu y fiereza. Ahora tengo más ansiedad que miedo; veo todo inundarse, cada fragmento de vida mezclarse y revolcarse entre el barro, la arena y los escombros que el mar arrastra con violencia.

Entonces tengo que huir a mi choza, esa casi fortaleza inconclusa que jamás logro terminar. A veces basta; a veces la lluvia cae tranquila y puedo esperar en paz a que se aleje. Otras veces sacude cada rincón, y el frío y la oscuridad se filtran entre las frágiles maderas que corté en vano para protegerme.

Tengo que huir en medio de la noche, empapada, asustada y helada, resbalando con el barro que se mete entre mis dedos. Me arrastro, casi ahogada, hasta alcanzar la montaña y refugiarme en esa cueva húmeda y silbante. No me gusta estar aquí. Alimañas y cienpiés son las compañeras que intento alejar encendiendo la poca madera húmeda y mohecida que encuentro en cada esquina. Hay más humo que calor; la poca luz que aparece se tambalea cada vez que el viento logra colarse hasta el fondo donde estoy.

Entonces no hay mucho más que hacer. Espero y contemplo la oscuridad. ¿Cuánto tiempo tengo que quedarme aquí? A veces solo son días, a veces semanas. Mi corazón se arruga del miedo recordando aquella vez que nos quedamos atrapados por algunos años. No quiero volver a bloquearme tanto tiempo, ni enfrentar nuevamente el amargo sabor de los hongos, ni secuestrar a los pequeños crustáceos que tristemente están confinados a nacer y morir aquí… Es mejor no pensar en eso.

Intento calentarme con la fría cama que logro improvisar. No consigo dormir; el goteo incesante de las estalactitas, mezclado con el retumbo de los truenos, hace temblar mis huesos. Tengo hambre y estoy desnuda, porque intenté secar mi ropa húmeda y raída tras subir la empinada ladera de la montaña. Mis manos sangran un poco; mis rodillas ya tienen cicatrices, testigos de cada subida.

Pero espero, espero que la tormenta se vaya, que no me mate, y mientras las horas pasan me lleno de pintura como tatuajes en el alma y de palabras siempre escritas, nunca habladas, hasta romper el silencio que por las noches me quiebra las muelas y me rompe la quijada.

Afuera todo llora, todo llueve, todo se desmorona, y entonces, sin el ritmo asimilado del tiempo, poco a poco todo por fin se detiene. Un poco de luz aparece rompiendo las gruesas nubes que cubrieron mi azul cielo. Me levanto de mi casi tumba y veo cómo la cueva empieza a brillar con la luz que se cuela entre sus grietas.

Es hora de salir. Me visto con los harapos que alguna vez fueron mi vestido y lentamente intento ponerme de pie; caminar ya no se siente tan natural. Entonces por fin salgo y veo la grandeza de mi mundo desde arriba de la montaña: todo está destruido, todo está revuelto y mojado.

Comienzo a descender con cuidado, paso a paso, apoyando mis pies en las resbaladizas piedras que tengo memorizadas en su orden exacto. Estoy en lo plano; ya no hay peligro de caer. Busco los restos de mi choza y empiezo a limpiar, ordenar y trabajar lo necesario para volver a construirla, aunque sé que nunca la terminaré.

El sol ya brilla; los árboles me reciben con sus frutas a los pies, caídas y mezcladas por la tormenta, algunas ya no se pueden comer. Es mucho trabajo para un solo día. Contemplo todo a mi alrededor y me doy cuenta de que estoy viva, que no he muerto. Desde mi playa levanto la mirada hacia la cueva siempre oscura y me despido de esos fantasmas que me miran siempre erguidos, con la severidad ancestral que no castiga ni consuela; simplemente me registran hasta nuestro próximo encuentro.

Etiquetado en
Para seguir disfrutando de Cindy Elizondo Zúñiga
Murciélagos en la mente
¿Alguna vez usted ha sentido que le pesa el corazón? Como si...
Leer más
Participa en la conversación

4 Comentarios

  1. says: Gabriel Porras

    Maravilloso relato que introduce al lector en su pequeño mundo y lo hace sentirse parte del mismo. Quiero más historias de esta autora.

Leave a comment
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.