Mitos progres

Jean Paul Sartre y Michel Foucault

Tengo el honor de haber escrito el prólogo del libro de Michael Huemer Mitos Progres y la Editorial Deusto además me permite compartirlo con todos vosotros. Así que aquí lo tenéis:

¿Era necesario un libro sobre los mitos de los progres? ¿No son los progres los partidarios de la ciencia y la razón frente a una derecha que es negacionista y anticientífica? Creo que sí era necesario y muy oportuno un libro como el de Michael Huemer ya que ni la derecha ni la izquierda tienen el monopolio de la lógica y la razón. Como dice Jonathan Haidt en la conferencia Boyarsky de 2013, ambos lados del espectro político niegan verdades que les resultan “inconvenientes” y pasan de la ciencia cuando no les viene bien, sólo que suelen ignorar la ciencia e ir contra verdades que les resultan incómodas en temas diferentes y/o por razones diferentes.

Por supuesto que la derecha tiene sus mitos en el campo de la ciencia, como la negación del cambio climático o la negación de la teoría de la evolución a la que se han enfrentado con teorías como la del “diseño inteligente” intentando incluso que el creacionismo se admitiera en las escuelas. La izquierda suele arrogarse una superioridad tanto intelectual como moral y se presenta a sí misma como defensora de la ciencia, lo que les otorga un supuesto aire de “prestigio”. Pero la realidad es que la izquierda sostiene también una serie de mitos que es necesario combatir: la negación del Cociente Intelectual y toda la investigación alrededor del concepto de inteligencia, la negación de la heredabilidad y los genes o la negación de las diferencias entre hombres y mujeres, tanto las psicológicas como las físicas. La izquierda tiene un largo historial de negar los genes, la biología y la evolución y de aferrarse al mito de la Tabla Rasa, esa idea de que los seres humanos somos pizarras en blanco sin predisposiciones biológicas y que toda nuestra conducta se debe a la socialización y al ambiente. Este mito de la Tabla Rasa está desacreditado científicamente y ya en 2002 Steven Pinker escribió un maravilloso libro desmontándolo. La realidad es que, lejos de haber perdido fuerza, la creencia en la Tabla Rasa en las filas de la izquierda no ha hecho más que aumentar desde entonces.

Noam Chomsky Fotografía de Jean Baptiste Paris.

A la izquierda se le han atragantado la biología y los genes ya desde los inicios, como ilustra el caso de Trofim Lysenko. Lysenko fue un ingeniero agrónomo soviético que promovió una teoría pseudocientífica que rechazaba la genética mendeliana, asegurando que los cultivos podían adaptarse rápidamente a condiciones adversas mediante modificaciones ambientales, sin necesidad de herencia genética. Fue apoyado por Stalin y sus teorías dominaron la ciencia agrícola de la URSS en los años 30 del siglo pasado. Genetistas que se oponían a sus ideas, fueron perseguidos, encarcelados y mandados al Gulag donde algunos fallecieron. Los métodos de Lysenko, aplicados a gran escala, contribuyeron a desastres agrícolas y hambrunas, como los ocurridos en los mencionados años 30. El ejemplo de Lysenko ilustra muy bien la razón por la que es necesario combatir los mitos: porque no son inocuos sino que hacen daño y generan sufrimiento en toda la sociedad.

La Teoría de la Evolución siempre lo ha tenido difícil y ha sido vapuleada tanto desde la izquierda como desde la derecha. Decía Peter Singer en su libro La Izquierda Darwiniana del año 2000: “la izquierda necesita urgentemente de ideas nuevas. Quiero proponer como fuente de tales ideas una aproximación al comportamiento humano basada firmemente en la comprensión moderna de la naturaleza del hombre. Ya es tiempo de que la izquierda tome en serio el hecho de que hemos evolucionado desde otros animales; llevamos las pruebas de esta herencia no sólo en nuestra anatomía y en nuestro ADN, sino en nuestros anhelos y en la manera en que muy probablemente tratemos de satisfacerlos. En otras palabras, ya es tiempo de desarrollar una izquierda darwinista”. Bueno, pues seguimos esperando. La izquierda no tiene demasiados problemas con la teoría de la evolución siempre que se aplique a los otros animales o al ser humano pero del cuello para abajo. Otra cuestión es reconocer que el cerebro (el órgano de la mente y la conducta) también es producto de la evolución. Reconocer que existen los genes y una naturaleza humana no te viene bien cuando quieres crear un hombre nuevo mediante la educación y la reestructuración social, como era el objetivo del socialismo soviético.

Daniel Cohn-Bendit en Mayo del 68

El último episodio, por ahora, de la negación de la biología, los genes y la evolución por parte de la izquierda es la negación del sexo, un tema que también toca Huemer en el libro. Pero aquí es muy interesante el viaje de ida y vuelta que ha completado por lo menos una parte del feminismo. Simone de Beauvoir tuvo aquella ocurrencia, muy celebrada por el feminismo, de que la mujer no nace sino que se hace y a partir de ahí vino toda una negación de la biología por parte de ese movimiento. Pero he aquí que llegan los trans y les toman la palabra y les dicen que ellos se “han hecho” mujeres y que por lo tanto son mujeres. Y entonces ha ocurrido que algunas de las feministas, las que son llamadas Terfs de forma despectiva, dicen que no, que la biología es importante para ser mujer. Ahora se acuerdan de la biología. Curiosa peripecia.

Dados los efectos perjudiciales de los mitos, de derechas y de izquierdas, es evidente que es necesario combatirlos pero a la hora de combatirlos nos encontramos con muchas dificultades. Una de ellas es que hay que ser valiente y los académicos no suelen ser muy valientes, como señala Huemer. Pero tampoco otras instituciones. Alan Sokal y Richard Dawkins escribieron en 2024 un artículo sobre este asunto del sexo y el género donde dicen que el sexo no se asigna al nacer sino que se observa o se reconoce. Explican que el sexo en biología se determina por el tamaño de los gametos y que hay dos sexos. Pues bien, los diarios progresistas New York Times y Washington Post rechazaron el artículo y cuenta Sokal que al final el Boston Globe tuvo “el coraje” de publicarlo.

¿Y por qué es necesario el valor y el coraje para combatir los mitos de cualquier tipo pero más los mitos progres? Pues porque los mitos llevan incorporado un “sistema de defensa ideológica”, como lo llama Huemer, que es básicamente un blindaje moral. El núcleo de este sistema de blindaje o defensa es que es moralmente incorrecto cuestionar el sistema de creencias en cuestión o el mito concreto de que se trate. Los progresistas actuales no utilizan la misma terminología que las religiones tradicionales pero emplean ideas similares, considerando el desacuerdo con ellas como inmoral. A quienes discrepan de los progresistas se les tacha de «racistas» «transfóbicos», etc., y sus declaraciones se califican de «discurso del odio», la versión moderna de la herejía. Así que hay que ser muy valiente para atreverse a ser el malo, un malvado que transgrede las normas y tabúes establecidos. No es nada fácil y por ello es de agradecer que pensadores como Huemer se atrevan a dar ese paso. Ya dijo Chesterton -o por lo menos eso se le atribuye- que llegaría un día en que habría que desenvainar una espada para decir que el pasto es verde. Ese día ya ha llegado.

Anna Karina y Jean Luc Godart

Dice Huemer que una ayuda importante para combatir los mitos sería encontrar intelectuales públicos fiables que nos sirvan de guía y que reúnan requisitos como éstos: intelectuales escépticos, rigurosos, que verifican las fuentes; que escuchan a los críticos (si no sabes el otro lado de un debate entonces no sabes nada); que matizan sus afirmaciones, dirán que algo es probablemente cierto, o casi siempre cierto, en lugar de definitivamente cierto; que tienden a reconocer las razones que apuntan en distintas direcciones, sobre todo en cuestiones controvertidas; que tienden a discutir las objeciones a sus argumentos, los autores que nunca abordan las objeciones o bien nunca han pensado en ellas (en cuyo caso su proceso de pensamiento no es fiable) o bien han pensado en ellas pero han decidido no mencionarlas (en cuyo caso puede que no sean del todo sinceros); y que son claros escribiendo. Huemer demuestra en este libro que cumple esos requisitos.

Dicho todo esto, Huemer no sólo aborda mitos científicos en este libro sino también mitos económicos, raciales o feministas como la brecha salarial entre hombres y mujeres o las denuncias falsas. En conjunto, Huemer es ese tipo de intelectual fiable que necesitamos, un pensador riguroso al que da gusto leer. Nadie es perfecto ni posee la verdad absoluta pero Huemer nos ofrece un esfuerzo honesto y valiente por encontrarla.

Me gustaría concluir de la misma manera que Jonathan Haidt concluye la conferencia Boyarsky que he citado al principio. Dice Haidt: “Todos los grupos valoran la verdad. Todos los grupos valoran lo sagrado. Cuando la verdad y lo sagrado entran en conflicto, cosa que ocurre inevitablemente, todos los grupos tiran la verdad por la borda y se aferran a sus valores sagrados”. Ojalá caigan los mitos, los de derechas y los de izquierdas, y consigamos ver la realidad como es, porque es la mejor manera para, a partir de ese conocimiento, cambiarla, si es eso lo que queremos. Pero, como decía T.S. Eliot, el ser humano no puede tolerar demasiada realidad… ni el ser humano de derechas, ni el de izquierdas.

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