Caballero Bonald: examen final

Toda reconstrucción arqueológica de una época implica un suplemento de inautenticidad”.

Juan García Hortelano

Esas precisiones sobre la inautenticidad cierta, de tantos trabajos de reconstrucción literaria en España, son las palabras visionarias de Juan García Hortelano en el prólogo de su, hoy por hoy, imprescindible trabajo –a pesar de los cuarenta y tres años transcurridos desde su publicación–, El grupo poético de los año 50 (Una antología). Donde ubica a José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera 1926-Madrid 2021), junto a otros nueve poetas del corte generacional de los años 1925-1934, con procedencias geográficas significativas y quizás desproporcionadas para el momento, por el peso excesivo otorgado a los naturales de Barcelona (de los diez antologizados por Juan García Hortelano, cinco son barceloneses, frente a un asturiano, un gaditano, un gallego, un valenciano y un zamorano).

Y quizás de ese convencional acuerdo sobre el sostenido Grupo poético de los 50, se derive su carácter de ficción, como reconoce el antólogo al decir, con justeza, que “hemos aplicado la ficción de leer los poemas en los años de aprendizaje de los poetas cuando todavía no han sido escritos”. Incluso ese carácter ficcional del Grupo literario proclamado se extiende al método de captura desplegado por el antologo. Recurrir como arranque de su relato expositivo, a una foto –como un daguerrotipo revirado de sepia, conservado a su pesar–. Foto improbable del pasado inexistente del Grupo poético, capturada en 1936, poco antes o instantes antes del estallido brutal de la Guerra Civil –Una foto retrospectiva, llama Hortelano a la fotografía virtual de los jóvenes y niños, capturados en espera paciente del mañana profético–, para hacer buena la afirmación de que “un prólogo sin kodak es un prólogo perdido”. En una captura anticipada de cómo las nuevas avenidas visuales incidirían y se abrían paso en el valor poético del lenguaje. Cuando bien sabemos que esa foto imaginaria y ficcional nunca existió, ni se disparó agrupando a todos esos jóvenes y niños que aún no soñaban con la escritura poética que les estaba aguardando a todos ellos a la vuelta de la esquina. En su voluntad de establecer analogías y diferencias del Grupo literario –que a la postre iluminen cierta sensibilidad poética compartida–, Juan García Hortelano recurre al establecimiento de parámetros de individualización, “antes de enredarnos en la maleza del análisis crítico”. Parámetros de individualización que se hacen patentes, cuando al recorrer esos años formativos, sostenga que “sólo lograrán sobrevivir los que se eduquen a sí mismos. Tras precoces, autodidactas” Y ese autodidactismo proclamado, contrasta con la pretensión de unidad formal y conceptual del Grupo Poético.

Ángel González, Caballero Bonald y Francisco Brines

Más aún, afirma Hortelano “esa desolada autoeducación provocará por reacción inversa, el culto a la amistad”. Con todo lo cual queda visiblemente claro lo afirmado al principio sobre ‘la inautenticidad de toda reconstrucción’. Que no es que sea una impostura, sino una imposibilidad verdadera. Salvo que aceptemos que todo ejercicio de reconstrucción del pasado sea un ejercicio fuertemente ficcional. Si ello es cierto para el Grupo, algo parecido podríamos decir para cada uno de sus integrantes. ¿Cómo dar cuenta de una vida desde la obra resultante y final? Y ello sería aplicable al caso de Pepe Caballero Bonal, que, capturado exclusiva y esencialmente, en 1978, como poeta por García Hortelano –cuatro entregas en los años cincuenta, sólo cuatro entregas más entre 1964 y 1997 y ya la Poesía completa, Somos el tiempo que nos queda, en 2004, con revisiones y codas en 2007 y 2011–, se nos desborda en su desarrollo sucesivo y posterior de las escrituras diversas, como novelista, ensayista, flamencólogo y memorialista.

Con Octavio Paz

Y de aquí el empeño del ciclo memorialista bonaldiano Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001), que componiendo asuntos estrictos de memorialismo y de la memoria, son bosquejados como texto ficcional, al llamarlos como La novela de la memoria. Para establecer no sólo ‘las serias dificultades para mirar de lejos’ –así llama al primer capítulo de Tiempo de guerras perdidas, sino el carácter hibrido y mestizo de toda escritura. Incluso Pepe Caballero Bonald llega a producir con Entreguerras (2012) una improbable y dificultosa autobiografía poética; de igual forma que la apertura de La costumbre de vivir la verifica con la duda cervantina de la cualidad de los asuntos vividos por Quijano en el pasaje oscuro y alterado de la Cueva de Montesinos; asuntos vividos como verdaderos o como soñados. Por ello, y más allá de todo debate formal y analítico sobre géneros y formas, creo que lo central de este análisis postrero sobre la obra de Caballero Bonald es que nos quedemos con la impronta bonaldiana del tema y del estilo. Así lo resumía tempranamente García Hortelano –tras una oblicua comparativa de Ángel González, JMCB, Barral y Brines “con el parangón de los pintores italianos del renacimiento”– al decir de nuestro hombre: “El fragante barroquismo de Caballero Bonald destila ácido jugos, que un designio agudísimo transforma en dorado paneles del retablo”. Verificando Hortelano, no tan sólo una recapitulación sobre la poética bonaldiana como una transustanciación: Hortelano escribiendo a lo Caballero Bonald.

Y ese efecto de recuentos y de transustanciaciones, es vivido en sentido inverso en Examen de ingenios (2017), que bebe de la denominación del tratado de Huarte de San Juan. Yo examino, al tiempo que juzgo y al mismo tiempo que me retrato. Pieza tardía y trabajo de cierre de estación memoriosa, en la que Caballero Bonald, siguiendo las trazas del trabajo de Juan Ramón Jiménez Españoles de tres mundos (1914-1940) utiliza la lupa como espejo y el espejo como lupa. La lupa permite la captura amplificada de lo observado por delante del observador, mientras que el espejo azogado –entre otras posibilidades– permite volcar la mirada sobre uno mismo, en una suerte de mirada retrospectiva, de mirada pospuesta y aplazada. Una –la lupa amplificadora– tiene una dimensión dinámica, fruto del aumento dimensional del objeto anterior al observador; mientras que otro –el espejo– condiciona el estatismo de la mirada de todo lo que ocurre en el plano posterior al ojo. Con ello quiero decir que Caballero Bonald en esa captura aleatoria –por más que quiera cumplir un solo mandato personal, y por ello subjetivo– de un centenar de retratos literarios, verifica un retrato final de sí mismo y del tiempo que le tocó vivir. Para ello, baste observar cómo permanecen desperdigados sin orden ni concierto, en distintas páginas del texto –y sin responder a orden alguno cronológico o biográfico, o a prioridad afectiva alguna– los otros nueve integrantes del Grupo poético de los 50 –Costafreda, Goytisolo, González, Valverde, Valente, Barral, Rodríguez, Gil de Biedma y Brines–. Retratos con distinto alcance y eficacia, porque la finalidad no es tanto hablar de ellos –aunque lo parezca– y valorarlos, como hablar de uno mismo. Junto a ellos –y justo, a mitad del camino, en esa vuelta entre lo real y lo ficticio– emerge el antólogo de aquel invento, Juan García Hortelano. De quien puede decirse que “compartí por supuesto muchas horas de diversión, entre las que no eran las menos vistosas las dedicadas a oírlo relatar de modo inolvidable sus particulares versiones de los hechos. De unos hechos fidedignos o inventados, que eso daba igual. Lo que importaba era el aparato léxico, la continuidad discursiva del relato oral”. O sea, léxico y discurso. Ahora sería, por tanto, Caballero Bonald el que –escribiendo sobre Juan García Hortelano y como García Hortelano– invertiría la lupa y la transformaría en espejo profundo. Pura especulación de la escritura.

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