Trintignant y las líneas de la vida

Dice Eduardo Nabal en su adiós trintignantiano una suerte de aproximación tríptica y resbaladiza sobre su rara filmografía; que: “Posiblemente Claude Lelouch no era consciente, cuando realizó ‘Un hombre y una mujer’ (1966) y sus dos secuelas, ‘Un hombre y una mujer, 20 años después’ (1986) y Los años más bellos de una vida’ (2019) con Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée, de que continuaba con una antigua tradición artística, que desde Tiziano a Klimt había mostrado durante siglos la alegoría de la vida como una lección sobre la fugacidad del tiempo a través de tres edades”. Hay quien dice que de la primer entrega solo permanece –dando vueltas por el fonógrafo– la sintonía de  A l’ ombre de nous, una de las muchas hermosas canciones que Francis Lai compuso y Pierre Barouh y Nicole Croiseille, cantaron en duetos enamorados, que llevaron a la película a obtener la Palma de oro en Cannes y el Oscar a la mejor película de habla no inglesa de ese año.

Y esa fugacidad y la consecuente decrepitud que formula el tiempo abrasivo, es parte de la materia y del legado actoral trintignantiano, que no elude ese acontecer que erosiona y vence, como vence la vida y como quema el tiempo visto desde detrás de la existencia y desde los bajos del recuerdo. Por eso ese legado ingente de actores y actrices que se resisten a envejecer y salir de escena, como hiciera Billy Wilder en Sunset boulevard (1951). No tanto como un interrogante Hamlet –de sus primeras representaciones teatrales, llegado a París– cuanto un Heráclito que sabe que ‘Todo pasa y nada permanece’. Fugacidad del tiempo e imposibilidad de su captura, como ya desplegara el cinematográfico empeño triple de Richard Linklater –Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013)–. Pero, más allá de ello, de esa obviedad evidente de volver a filmar lo mismo –si es que ello fuera posible aún– con los mismos protagonistas-otros, que ya no son los mismos porque el tiempo ha modulado otras miradas y otras conciencias. Más aún, creo que en la densa filmografía –unos 120 títulos diversos, algunos fundamentales otros secundarios– de Jean Louis Trintignant, se traza una línea vital nítida que viene a producir un autorretrato personal en sus diversas interpretaciones, como si de un guante aplicado a sus manos curtidas y arrugadas se tratara. O de esa buenaventura que dicen leer las pitonisas en las rayas de la mano que se les ofrece. De ese largo trayecto actoral, da cuenta Carlo Colón en su obituario de Diario de Sevilla. Con “su larguísima filmografía a las órdenes de Zurlini, Doniol-Valcroce, Risi, Costa-Gavras, Robe-Grillet, Lelouch, Chabrol, Rohmer, Bertolucci, Granier-Deferre, Scola, Truffaut, Téchiné, Tanner, Kieslowski, Chéreau o Haneke, en una carrera que va de 1956 a 2019, deja una larga sombra de belleza, unas veces romántica y otras trágica, unas veces idealizada y otras comprometida, siempre marcada por su extrema sobriedad interpretativa, por su capacidad para expresar con un mínimo de gestos caracteres introvertidos, por su naturalidad que permitía a los mejores directores con los que trabajó insertar los más complejos temas políticos, humanos o religiosos en la cotidianidad”. Incluso esa rara conclusión de cierre del Washington Post: “Como presencia cinematográfica, no tenía nada de la mística sexual abierta de otras estrellas francesas de la época: la picardía de Jean-Paul Belmondo, la belleza de Alain Delon, el hastío del mundo de Yves Montand. La marca registrada de Trintignant era una vulgaridad superficial y agradable que enmascaraba profundidades de fuerza o desesperación”.

Cuando bien a las claras, Trintignant llegó al cine de rebote desde un pueblo apacible del sur de Francia, donde podía haber cultivado setas, caballos o vino. Y creció, desde el Sur verde y luminoso en las cercanías de Pont-Saint-Esprit y Aix-en-Provence en lo que podía haber sido una carrera como piloto profesional, siguiendo la tradición familiar de sus propios tíos, triunfadores en las 24 horas de Lemans. Abandonó todo ello, todo el Sur luminoso y suave, como ese joven estudiante opositor del tórrido verano romano, abandona los libros reclamado por el seductor Gassman de Il Sorpasso (1962), donde Dino Risi anticipa su futuro próximo. Trintignant, rebelándose contra los deseos de sus padres, abandonó la facultad de derecho y pronto comenzó a actuar en París, donde había obtenido buenas críticas por su trabajo teatral en papeles exigentes como el repetido e interrogante Hamlet; dando comienzo a una agitada carrera cinematográfica y vital. Como ya había ocurrido en 1957, cuando con Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, descubrió las sinuosidades del amor y de las mujeres. Con Vadim repitió en 1959 –pese a la historia sostenida con Bardot en el rodaje anterior– en la adaptación de Chordelos de Laclos Las amistades peligrosas. Tan peligrosas las amistades, como las sostenidas con Bertolucci, que le lleva en 1970 a dirigirle en El conformista, según la novela de Alberto Moravia de 1951. Una reflexión cabal sobre el fascismo y sus transformaciones, que abre la trayectoria del cine político en la trayectoria de JLT, como ya ocurriera con Z de Costa-Gavras (1969) o con El atentado (Yves Boisset, 1972). La excelencia interpretativa de Trintignant lleva a que Bertolucci le proponga el papel protagonista para El último tango en París, que JLT rechaza desde su falta de apego al exhibicionismo exigido por el guion. Que sería más tarde fagocitado por Marlon Brando en su memorable papel.

No sólo la Bardot primera, también Deneuve, Françoise Fabian, Fanny Ardant, Rommy Schneider y el descubrimiento del amor imposible de Anouk Aimée en 1966, en el rodaje de Un hombre y una mujer. Luego su corto matrimonio con Stephan Audran antes de matrimoniar con Claude Chabrol, su segundo matrimonio, con la cineasta Nadine Marquand, y ya en 2000 su tercero con la piloto de carreras profesional Marianne Hoepfner, su compañera durante décadas, otro designio. Tres años, en 2003, más tarde, se hundió en una depresión después de que la hija de su segundo matrimonio, la actriz Marie Trintignant, muriera a causa de las heridas sufridas en una paliza propinada por su amante, la estrella de rock francesa Bertrand Cantat, quien fue condenado por homicidio involuntario. Lo que podría concluir en otro esbozo de guion como otra película final y siniestra. Por ello, el justo entendimiento del tramo final de su trayectoria de un abatido Trintignant cuando rueda en 1994 Tres colores: Rojo, con Kristof Kieslowski –como un juez huraño, abatido, vigilante y terminal– y ya, el testamento, de Amour de Haneke, en 2012 con Enmanuelle Riva. Cuando Trintignant se consideraba ya como superviviente. Un superviviente que permanece en el recuerdo.

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