La vida sin revelar de una fotógrafa desconocida, Vivian Maier

Recrear respuestas y situaciones es una de las pocas cosas que se pueden hacer para resolver dudas acerca de Vivian Maier, una fotógrafa norteamericana de la que sólo se conocen algunos datos sueltos que nos ofrecen una imagen a carboncillo de su vida. Esos trazos biográficos nos perfilan la historia de una niña francesa que llegó a Nueva York en 1926, con su familia judía, sin recursos y que dedicó toda su vida a cuidar niños. Desde ahí, el resto de su existencia es un misterio, sólo iluminado de forma fugaz cada vez que observamos una de sus fotografías, que la sitúan en un espacio y momento concretos. Justo cuando decidía que era necesario disparar su cámara para atrapar momentos de vida que pasaban ante sus ojos y que no podía dejar escapar.

No es difícil imaginársela llegando a su habitación, agotada después de un largo día de trabajo al cuidado de tres pequeños con demasiada energía. Lo mismo, día tras día, durante años.

Cada una de sus noches, ella sigue un ritual: deposita su enorme abrigo marrón sobre la cama, coloca perfectamente alineados los zapatos junto a ella y, ya descalza, se sienta a mirar con detenimiento su Rolleiflex, esa cámara que le acompaña allí donde va y cuyos carretes, paradójicamente, pasan desde el compartimento trasero de la máquina a una caja, sin revelar ni una sola de las sorpresas que hay dentro. Pero a Vivian Maier no le hace falta. Podemos aventurar que repasa mentalmente las situaciones en las que ha hecho cada disparo. Las imágenes están reveladas en su mente. No le hace falta más.

Y es que recrear respuestas y situaciones es una de las pocas cosas que se pueden hacer para resolver dudas acerca de una fotógrafa norteamericana de la que sólo se conocen algunos datos sueltos que nos ofrecen una imagen a carboncillo de su vida. Esos trazos biográficos nos perfilan la historia de una niña francesa que llegó a Nueva York en 1926, con su familia judía, sin recursos y que dedicó toda su vida a cuidar niños. Desde ahí, el resto de su existencia es un misterio, sólo iluminado de forma fugaz cada vez que observamos una de sus fotografías, que la sitúan en un espacio y momento concretos. Justo cuando decidía que era necesario disparar su cámara para atrapar momentos de vida que pasaban ante sus ojos y que no podía dejar escapar.

Su historia podría seguir hoy escondida en decenas de cajas llenas de negativos hasta los bordes, sin nombres a primera vista. Pero la casualidad juega un papel fundamental en el curso de muchas historias. Y en ésta, la reina del azar quiso que esas cajas se convirtieran en objetivo de compra para John Maloof, un agente inmobiliario de Chicago, en 2007, durante la subasta de un guardamuebles, en la que se ofrecía el contenido de varios trasteros cuyos propietarios habían dejado de pagar hacía tiempo.

Aficionado a la fotografía, y a la busca y captura de fotos con las que contar la historia del pasado de un barrio de Chicago, comenzó a escanear algunas de las tiras de acetato impresas que iba sacando de esas misteriosas cajas y, como él mismo cuenta en www.vivianmaier.com, las imágenes que iban saliendo le ofrecían pistas sobre cómo enfocar, la manera de decidir encuadres, o de jugar con la luz. Pero no había manera de saber quién le estaba enseñando a utilizar la cámara con su ejemplo, mostrándole aquella ingente cantidad de perspectivas sobre Chicago, pero también de Nueva York, algún rincón de Francia y, lo que es más sorprendente: había imágenes de la vida cotidiana en Egipto, el desierto de Yemen o Canadá. Pero ningún rastro de su autor en ninguna de las cajas, hasta que encontró una pequeña anotación a lápiz en el sobre de una tienda de fotografía: “Vivian Maier”.

Después de distintas indagaciones, el azar vuelve a hacer de las suyas y Maier muere, a los 83 años, pocos días antes de que Maloof llegase a contactar con tres hermanos a los que cuidó de pequeños. Ellos se habían encargado de los gastos de un apartamento y sus deudas cuando, ya muy mayor, se quedó sin ingresos para seguir viviendo.

Los tres le contaron cómo Maier vestía con enormes abrigos y zapatos masculinos y que llevaba siempre su cámara al hombro. También le relataron que tenía grandes habilidades para hacerles reír; era capaz de cambiar sus lágrimas por sonrisas con ocurrencias tales como convencer a un lechero para que les llevase en su camión rápidamente hasta la escuela o jugar con una enorme serpiente, intentando que dejasen el miedo atrás. Pero hasta ahí llegan, de nuevo, sus datos biográficos, una reseña vital mucho más pequeña que el inmenso legado visual que ha dejado.
Menos mal que el ya ex agente inmobiliario, ante las dudas sobre qué hacer con aquél material, abrió en 2008 un foro en Internet en el que colgó algunas imágenes. La respuesta fue rápida y clara: eran buenas y una auténtica sorpresa que hubieran estado ocultas.  Le llegaron propuestas para exponerlas desde Australia, Canadá, Reino Unido o México.

Y es que las imágenes de Maier transmiten con cercanía extrema lo que ve, como si fuésemos nosotros mismos quienes estuviéramos en plena calle, en el Nueva York de 1957, observando con una sonrisa, por ejemplo,  la curiosidad de un pequeño que trata de descubrir qué se esconde en la enorme caja rota de una televisión, mucho más grande que él, subido en los destartalados restos de un palé; o la mirada perdida de una elegante neoyorkina, mientras espera para cruzar, un rostro que Maier captó desde la ventanilla de su autobús; los ojos llorosos e inmensos de una pequeña rapaz callejera, que lleva en la muñeca un enorme reloj masculino que ya no marca la hora; o que alguien ha perdido o ni siquiera ha recordado que debía ponerse pantalones, ante la atónita mirada de un viandante. Pero las palabras sirven de poco para describir todos los momentos que captó en una sola toma, porque no aparecen repeticiones en sus negativos. Hasta ahí llega la precisión de su arte.

Y de la misteriosa imagen de Maier, esa mujer que click tras click logra contarnos ahora qué pasaba en las calles de dos grandes urbes norteamericanas entre los años 50 y los 80, pueden encontrarse contadas pistas entre esos miles de negativos. En algunos, aparecen sombras fugaces de la propia fotógrafa, un destello de reconocimiento de su propia existencia. Al fin y al cabo, suya es la mirada y es lógico que su curiosidad se dirija, aunque en muy contadas ocasiones, hacia ella: en una sombra proyectada sobre la acera por el sol de la mañana; en el reflejo de una cabina o de un escaparate; como un guiño a sí misma, en un espejo, durante una mudanza, o intuida sobre un charco…

La casualidad se ha hecho necesidad en esta historia. Menos mal que esos 100.000 momentos de la vida de Maier han llegado hasta nosotros, aunque nunca se los mostrase a nadie. Sería inconcebible que se hubieran perdido, porque no conoceríamos la mirada auténtica de esta mujer que dedicó toda su vida a atrapar la belleza en cada rincón de una realidad que no siempre fue amable con ella.

Cumpliendo lo que muchos llaman el sueño americano, Maier culmina ahora su ascenso con varias exposiciones previstas dentro y fuera de Estados Unidos, libros y artículos que hablan de una obra que puede compararse con la de grandes nombres como Diane Arbus, Henri Cartier-Bresson, Garry Winogrand, o de estupendos retratistas españoles de la vida en la calle, como Francesc Catalá-Roca.

Lo que no sabemos es si todo este reconocimiento le gustaría a alguien que ha estado en segundo plano siempre, hasta para sí misma. Lo cierto, en definitiva, es que la conexión con ese público que siempre pudo haber tenido ha comenzado después de irse. Justo tras colocarle la tapa al objetivo de su Rolleiflex por última vez.

 

Imágenes propiedad de www.vivianmaier.com


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