Fotografías literarias para el tiempo y la distancia

 ” La belleza es injusta y necesaria “
Karmelo C. Iribarren.

I

Leo las cuatro condiciones para la felicidad de Allan Poe en el tren de camino a casa de mis padres: “el amor de una mujer, la vida al aire libre, la ausencia de toda ambición, la creación de una belleza nueva”.

Reconozco el sendero. La intimidad que posibilita la piel del otro, más vida en el bosque, acallar la pulsión que solo anhela los frutos, la curiosidad creativa y creadora, el calor de tu tribu.

II

Olé! Olé! Olé! Hay algo vivo, libre, festivo, en esta expresión liviana que, cuando se escucha en algún tablaó, conecta con sensaciones profundas que nunca se olvidan. Cuenta la leyenda que la expresión viene del árabe, de aquel tiempo remoto donde las grandes celebraciones se hacían a la luz de la luna del desierto y el crepitar de las hogueras. La música y el baile representaban el combate humano frente a lo desconocido, frente a todas aquellas fuerzas y espíritus que ensombrecían los sueños de las tribus. Los bailarines contoneaban su músculos con furia, con violencia, con dulzura, en una lucha solitaria donde dejaban traslucir todos sus demonios. Había días misteriosos en los que alguno de ellos parecía poseer un salto más poderoso,
una postura más grácil, una mirada febril. El público reconocía de inmediato aquellos gestos bellos y distintos y creía ver en ellos la sombra de la protección divina. Por ello gritaba: “Alá! Alá!”

Ese impulso divino de los grandes días que no se imposta, que acontece como acontece la flor del cactus, para no durar.

Lorca lo llamaba el duende y escribía:

“El duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: «El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies». Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto”

“El duende… ¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas.”

III

Escribe Cesare Pavese en sus diarios: “La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta este sentimiento -prisión, enfermedad, costumbre, estupidez-, querríamos morirnos”

*
Ordenar las fotografías como se ordenan los libros, con mimo, con calma, con tacto, con tiempo para perderse y reencontrarse con aquel que un día se fue (aquella mueca sombría, la intención de aquel subrayado amarillo, aquel intento de verso a raíz de un concepto sencillo, aquella cara conocida cuyo tono de voz ya no recuerdas).

Crecer es darse cuenta de que somos todo aquello que hemos olvidado, de que el pasado desde el que nos construimos no es más real que una novela de Milán Kundera, ni siquiera más real que un capítulo de “Los Simpsons”.

Pavese, otra vez: “El arte de vivir es el arte de saber creer en las mentiras”

 *

En Paris, donde llueve demasiado y la lluvia no tiene el encanto de las películas de Woody Allen, hay un momento en el que todo parece certeza, comienzo. Es el instante después de la última gota, cuando todo amaina y los primeros destellos de sol convierten el suelo en un espejo infinito, en un calidoscopio de adoquines sugerentes que reflejan el sueño de la arquitectura Haussmann.

Aquel día, Nika y yo, habíamos salido a hacer fotografías y nos habíamos refugiado de la lluvia en una pequeña iglesia en Saint-Germain-Des-Pres, donde estuvimos solos, empapados, en silencio, escuchando el crujir de las maderas viejas entre un olor a incienso intenso. Al salir todo brillaba y Nika ,en un impulso, decidió correr detrás de aquel tranvía al que sabía que no podia llegar.

La fotografié e intuí que ese gesto había revelado una verdad: lo importante son las huellas.

Comencemos.



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