Música para una pandemia

Dedicado a Guadalupe, por aguantar con valor y serenidad la soledad de la pandemia

En el principio fue el silencio

El silencio imperaba en los reinos celestiales. Pero como los dioses que habitaban en las cumbres del Edén se aburrían empezaron a ingeniárselas, a separar el cielo de la tierra, lo seco de las aguas, el aire del viento, y crearon la naturaleza con sus sonoridades serenas para la cabeza y sus ritmos cordiales para el corazón.

Luego a los dioses, por su ingénita inquietud, les dio por crear seres a su imagen y semejanza, para lo cual mezclaron la abundosa arcilla del desierto con la sangre de un dios menor y prescindible. Pero, ¡ojo!, no lo hicieron por generosidad sino por necesidad, para que los aliviaran de las tareas y trabajos fatigosos y les surtieran de todos los bienes necesarios para sus mullidas existencias. Es decir que los dioses, o quienes los representaban, inventaron el trabajo y los esclavos, y de paso el bullicio y la suciedad.

Todo esto, sucedió por la zona de Babilonia, donde, a la sombra de una palmera, con dátiles y agua fresca, los humanos descubrieron el pecado, y enseguida se multiplicaron y extendieron tanto que acabaron siendo molestos para los dioses creadores: ¡Qué guerreros nos han salido estos humanos sucios y ruidosos, con sus algarabías chillonas, las estridencias de sus herramientas, y sobre todo esos retumbes de tambores a ritmo de reguetón! Eso decían los dioses.

Hasta que un día, el dios Enlil, el de los cielos y los aires, cansado de soportar tanto ruido y tanta molestia, intentó exterminarlos mediante una peste, la primera pandemia de la que ha quedado constancia escrita:

El país era tan ruidoso como un toro que bramaba.

Los dioses crecían agitados y sin paz, con los disturbios ensordecedores,

Enlil también tuvo que escuchar el ruido.

Él se dirigió a los dioses superiores,

El ruido de la humanidad se ha hecho demasiado grande,

pierdo el sueño con los disturbios.

Dé la orden de que la surrupu (la plaga) estalle.

Esto, aunque lo parezca,  no un mito, es real, y así consta en uno de los primeros textos conocidos, el Astrahasis, escrito en tablillas de arcilla hace más de 3600 años por un tal Kasap-aya, copista de un texto aún más antiguo, con el que se inició la larga relación entre lírica y pandemia. Por primera vez los dioses y los humanos, que por entonces mantenían relaciones íntimas, intentaban aliviar los desastres de sus vidas con algo de un poco más de ingenio y otro poco de inspiración.

Quizá por eso, también por aquellas tierras y tiempos, se inventaron los primeros instrumentos musicales, la lira, el arpa, el laúd, la flauta, las chirimías, las sonajas y los timbales. Lo sabemos porque sus inventores dejaron constancia escrita o esculpida que milagrosamente ha llegado hasta nosotros, más concretamente hasta el British Museum, donde los cuarenta ladrones tienen su mayor cueva.

Por fin los dioses y los hombres lograron separar el silencio del sonido, compensar el ruido con la música, aliviar la pena con el canto, el aburrimiento con la danza, y afrontar las penalidades de la mente y el cuerpo con la primera terapia conocida, una mezcla de la serenidad de la belleza y la alegría de la música, la comida, la charla, etc.

Quizá por eso, fue en aquellas tierras donde, siglos después, se inventó la musicoterapia, que según viejos documentos, ya se utilizaba en el primer hospital psiquiátrico del mundo, fundado en Bagdad en el año 792, dotado de amplios jardines con fuentes sonoras, donde se relajaban los enfermos, se supone que ricos, que eran tratados con paseos por los jardines, música y danzas, y también con hidroterapia, pues no en vano, para aquellos seres el agua era algo más que un líquido elemento.

Es decir, que desde hace miles de años, los humanos aprendimos a asociar sufrimiento con ruido y alivio con música, y como nuestra vida siempre ha estado, está y estará plagada de problemas y amenazada por calamidades, siempre hemos necesitado de alivios y terapias, especialmente cuando las calamidades se amontonan en catástrofes y las epidemias se sublevan y se convierten en pandemias.

Desde entonces, ha habido muchas epidemias y bastantes pandemias devastadoras, y entre los denominadores comunes de ellas están la incertidumbre aterradora, la percepción de nuestra debilidad y nuestras carencias y la presencia cierta de la muerte. Sufrimos síntomas y nos duelen las pérdidas, buscamos explicaciones y protecciones, inquirimos culpables y castigos, y también investigamos, ingeniamos, creamos y creemos cosas: Alivios, terapias, culturas, avances, técnicas, artes, vacunas, y, también, supersticiones y supercherías, mitologías y religiones.

De hecho, según sólidas teorías históricas, la mayoría de los grandes cambios sociales y culturales de la humanidad, los verdaderamente transformadores, se han producido tras la superación de grandes catástrofes, entre ellas las cinco o seis grandes pandemias de la historia, como la Peste Negra que abrió las puertas al Renacimiento, o la Gripe Española que abrió los ojos a la ciencia.

Pero no hablemos más de la innombrable, volvamos al ámbito más ligero de la música y el canto, tratemos de escuchar y relajarnos, que para gravedad pesada y tensa ya tenemos bastante con la pandemia recalcitrante y la fatigante infosaturación.

Jardines de Babilonia

Canciones para una pandemia

En el principio fue la música.

En el principio del asunto Covid, cuando nos confinaron durante semanas y meses entre las cuatro paredes del miedo, todos nos asomábamos a las ventanas, balcones, terrazas y jardines, según el poderío de cada cual, y cantábamos y aplaudíamos alegres aquello de Resistiré.

La música puso melodía a la psicología del estrés, pues como es sabido, la resistencia es el primer eslabón en la cadena de la lucha contra las circunstancias que implican percepción de estrés y amenaza. La resistencia es necesaria para enfrentarse al miedo, a la incertidumbre, al dolor, al duelo, y es el fundamento de la resiliencia, que es una expresión particular de la resistencia que consiste en aguantar el sufrimiento sin padecer y sin enfermar. Que yo sepa no hay ninguna canción española para la resiliencia, si alguien la conoce le invito a comunicárnoslo. Si acaso esta colombiana solidaria nos servirá como ilustración, aunque no como himno.

Pero la resistencia siempre tiene límites. Se agota y da paso, obviamente, al agotamiento, o se cambia por otras formas de afrontamiento, y da lugar a la superación, en unos casos o a la negación en otros. Esta es peor, ya que convoca a la negligencia o el pasotismo. Por eso la canción de la resistencia duró algunas semanas y luego nos callamos, porque la lucha no había servido para nada, confinados, aburridos, hastiados pasamos a otra cosa, a otra canción para sustituir la fatiga de la resistencia por el color de la esperanza:

Y en esas estábamos cuando llegó el desconfinamiento y se abrieron las puertas del campo a los urbanícolas y las calles de las urbes a los campuzanos. Y volvimos a pasear, a correr y cantar como los jilgueros y los grillos, y volvió la libertad, ¡oh la libertad!:

Pero al tiempo que salíamos en tromba y sustituíamos el confinamiento por la convivencia, nos obligaron a respetar las normas de seguridad, y llegaron las mascarillas y las distancias. De hecho muchos padecimos una neurosis de distancia, y nos cruzábamos de acera para esquivar a otros seres humanos desconocidos, sospechosos, peligrosos. Y contra el miedo a la distancia solo teníamos los abrazos abiertos al amor y los besos familiares que cimentan la convivencia:

Sin embargo otras personas más normales y alegres se echaron a la calle sin temor, sin precaución, sin neurosis, y arrasaron en tropel caminos y calles, campos y jardines, bares y terrazas, restaurantes y merenderos, y nos fuimos a los pueblos y a las playas, con María Isabel:

Pero otros, más sensatos, o quizá más aprensivos, nos apuntamos a la nostalgia y la melancolía, y adaptamos, como buenamente pudimos, una bella canción del insigne Luis Eduardo Aute, que había fallecido poco antes, y no precisamente por la Covid:

Y con esas llegó julio y subió la fiebre colectiva, y agosto acaloró aún más al virus, y la soltura veraniega de prendas y precauciones pronto se volvió a agarrar a nuestras gargantas, que, con menos voz y más afonía, volvieron a cantar las melancolías de septiembre, como cuando éramos jóvenes enamoradizos y cada año se acababan los amores eternos del verano:

Septiembre pasó con más pena que gloria y el otoño llegó confirmando lo que ya nos temíamos, que la segunda ola era lenta pero insegura, y que volvíamos a estar como al principio, rodeados de virus y miserias. Y eso nos dolió, nos fatigó, y empezamos a preguntarnos por cuándo iba a ceder de verdad esa maldita pandemia, que hasta entonces parecía cosa de unos meses, un fuego fugaz propio de los tiempos veloces, que como había venido se iría, pero como la cosa duraba y duraba, volvimos a cantar aquello de, cuándo, cuándo, cuándo, cuándo:

Pero nadie respondió a esa preguntas, y octubre trajo los repuntes y rebrotes, y noviembre trajo días de penumbra y restricciones, y cuando pensábamos que ya no podíamos más, curiosamente, sin saber muy bien si por causalidad o por casualidad, la curva se fue aplanando y empezó a descender, y de nuevo volvió la esperanza, cruzamos el puente de diciembre y empezamos a pensar que quizá podríamos disfrutar de las fiestas navideñas, con mascarillas y distancia, sí, pero con la ilusión de las compras, los regalos, las reuniones familiares y la lotería. Y, a falta del villancico apropiado para una pandemia, cantamos aquello de quizás, quizás, quizás:

Llegaron por fin las navidades 2020, las más atípicas y peligrosas de la historia de la humanidad. Las reuniones familiares pocas y breves. Las cenas menos alegres y las campanadas más austeras. Y los Reyes Magos, en vez de incienso nos trajeron vacunas. Pero de nuevo, como no hay villancico que se avenga al virus, y con más incertidumbre que nunca acabamos cantando aquello de, qué será, será, será:

Y claro que fue, y que vino, y que aquí está, la tercera oleada, la que esperábamos y que ojalá sea la última por favor, como sucedió en el 18 con la gripe. Que el virus tienda a rendirse, que se avenga a las razones de la inmunidad y el día después venga con más libertades y menos distancias, con más besos y menos mascarillas, con menos desinfectantes y mas alegría, para volvamos a disfrutar de ese reto tan esquivo ahora es la felicidad.

Y en este momento seguro que está esperando que le ponga aquella famosa canción de Palito Ortega, La felicidad ja ja ja ja. Pero no, tengo una mejor. La de una joven alegre y cantarina, que busca la felicidad, aunque no sabe ni qué es, ni dónde está, pero que la encuentra en la calle, en la lluvia, en el azul del cielo y en el baile vencedor de tanta gravedad:

…pero, sobre todo, en las PERSONAS y en la VIDA.

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