Rebrotes y retoños

Fotografía Trung Huy Pham

La libertad covidcionada

Hoy por fin escribo desde la libertad. Tras varios meses de libertad vigilada ahora tenemos, según mi amigo Toño, libertad covidcionada.
Estoy alegre pero tembloroso. Con el pecho oprimido por el asma de la mascarilla, las manos agrietadas por el desinfectante, la distancia oficial mediando en la vida pública y la neurosis de distancia entrometiéndose en la vida privada. Tú seguramente participarás de este sentimiento, o no, si es que has tenido la suerte de tener al virus lejos.

Tras meses de pandemia, parece que se ha atenuado la virulencia de primera ola, aunque las otras pandemias no cesan ni aflojan. En primer lugar la informativa, que no ha disminuido en magnitud ni se ha atemperado en parcialidad y acritud, y de hecho está generando malestares diversos en los perjudicados, que son todos los que tienen un negocio, un local, algo que ver con el turismo o la cultura. La tercera pandemia, la laboral y económica, aún está en fase de pronunciamiento pero se anuncia cataclismo inevitable. Se verá.

Vendrán otras oleadas de virus, como en la gripe del 1918, tres al menos, casi seguidas y con diferentes peculiaridades, pero todas morbosas y peligrosas. Ahora las llamamos rebrotes, por acá y por allá van surgiendo, con palpitante actualidad, con discreta gravedad, aunque amenazantes, como para mantenernos alertados y a veces alarmados. Casi todos generados por la temeridad de unos y generando temerosidad en otros.

Fotografía Trung Huy Pham

La serpiente de verano del 2020 se llama rebrote

Cuando ya nos acercábamos a la extinción del virus y a la pulcritud de la vida social, el ingrato se empeña en demostrarnos que ha venido para quedarse. Ningún decreto, ninguna norma, ningún gobierno sabe matar virus. A los virus los matamos nosotros poco a poco, y ellos acaban rindiéndose, pero eso lleva tiempo. Todos los virus tienden a rendirse, a acomodarse al huésped que lo acoge, y es lo que más les conviene, pues de otro modo, acabamos con ellos. Pero hasta que eso suceda estamos en tiempos de rebrotes.

Hay cientos de ellos, miles de afectados que son personas que dan positivo en los test, y que, aunque no representan una enorme gravedad sanitaria, si concitan una enorme potencialidad de contagio. Son más alarmantes que graves, pero muy negativos para la vida corriente, pues consiguen mantener activa las pandemias mental, social y económica, y no nos dejan dormir a pierna suelta.

Fotografía Trung Huy Pham

La palabra rebrote, si ya era regular tirando a mala, va a acabar siendo nefasta. El español la inventó como un neologismo a partir del término brote. En primer lugar en el siglo XIX se usó con fines agrícolas, rebrotes vegetales. Más tarde, en el siglo XX, se utilizó con fines sanitarios, concretamente epidemiológicos. Provenía del gótico *brut que equivalía a brote y retoño. Aplicada al momento actual equivale a la repetición de un brote epidémico, cosa siempre mala, pero utilizada en el diccionario corriente y moliente tiene cosas malas y buenas, pues entre sus sílabas habitan conceptos como mirar hacia atrás, repetir e intensidad. Un rebrote es algo así como lo que antes brotó y ahora vuelve a brotar con intensidad suficiente.

Pero el suceso Covid no brotó como brotan los pimpollos florales de las plantas, sino se expandió como un hongo de apariencia dudosa y talante venenoso (vírico). Pero los hongos no son flores, son pústulas de naturaleza ambigua, entre lo vegetal y lo animal, saprofitas o parásitas, purulentas o exquisitas, que contribuyen a la descomposición y podredumbre de la materia. Es decir en cierto modo son muy semejantes a los virus, ya que por sí solos no pueden sobrevivir, necesitan un huésped que los acoge y germine, y, por otro, son efímeros y mutables. Hay hongos buenos y malos, buenísimos y malísimos, pero en general, salvo algunos virus buenos, que se han acomodado a nuestra biología y generan mutaciones adaptativas, casi todos son malos o malísimos.

Fotografía Trung Huy Pham

Luego lo que está pasando, más que un rebrote, es la confirmación de que tenemos un okupa que no es nada considerado con la salud y la vida de los propietarios de la casa, y demostradamente hostil con los hosteleros y taberneros que le acogen.

Por eso no me gustan nada los rebrotes, me gustan más los retoños.
De rebrotes a retoños

Esta palabra, de origen latino, significa tallo nuevo que sale de una planta y sus componentes son muy curiosos. El prefijo re- significa hacia atrás y el núcleo -toño entronca con los términos latines auctus (autor, creador) y augeo (auge, aumento), con el griego auxo (aumentar), y está emparentado con el latín annus (año). Si se suman todos estos conceptos el resultado más atinado es el español otoño, que equivale a la plenitud del año, cuando el verano sazonó las vides para colmar de uvas el otoño. Así nos preparamos para pasar el invierno en espera de los nuevos brotes y retoños de la primavera.

Fotografía Trung Huy Pham

Aplicado a personas otoño es madurez, sazón, plenitud, el auge de la vida. Esos conceptos implican aumento, incremento, no detrimento ni deterioro. Luego para pasar con menos miedo los rebrotes, que casi nunca son buenos y casi siempre son malos, les propongo que abramos ojos y oídos a los retoños, que siempre son buenos. El verano promueve el auge de la vida y nos lleva hasta la plenitud del otoño. De nosotros depende que, haciéndolo bien en verano se colme de bondades el otoño.

Claro que hablar de latines a jóvenes de mente distraída y cuerpos anhelantes, es baladí. Ellos son los portadores inocentes de los virus, que ni los sienten ni los padecen, pero los transmiten. Para ellos verano es música y botellón, calor y cuerpo, ardor y coyunda. Y otoño es vuelta a la normalidad y a las penalidades de las rutinas. Es difícil que se fijen en estas verbosidades, si no conseguimos que se percaten de que tras los imprudentes ardores veraniegos solo quedarán los wasap tristes de un otoño confinado.

Por eso, en el verano del 2020, vivimos todos como en un trance, en un trema palpitante, discretamente desconcertados, como jóvenes imberbes en las nuevas sensaciones y actividades, regresando con cautela a los sentimientos y afectos, a las querencias y actividades, sin sobrecogimientos aprensivos ni espantadas masivas pero con la marabunta del virus presente, para unas cosas solo sutilmente denotada, para otras llamativamente cierta, en todo caso como una sombra incierta que todo lo apenumbra.

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