La Psicología de las Convicciones morales


“La moralidad une y ciega. Nos une en equipos ideológicos que luchan entre sí como si el destino del mundo dependiera de que nuestro lado gane cada batalla. Nos ciega al hecho de que cada equipo está compuesto por buenas personas que tienen algo importante que decir.”

Jonathan Haidt, La Mente de los Justos

En esta entrada voy a repasar las características que hacen que las creencias morales sean diferentes a cualquier otro tipo de creencias. Las actitudes que se mantienen con una convicción moral se viven como “mandatos morales”, como los denomina Linda Skitka, la autora a la que voy a seguir para hablar del tema, y psicológicamente son muy diferentes a otras actitudes y creencias, lo cual tiene importantes consecuencias a nivel político y social. Una característica de los principales debates que dividen a la sociedad (aborto, matrimonios del mismo sexo, pena capital, eutanasia…) es que por lo menos uno de los bandos (y casi siempre los dos) define su posición en términos morales, es decir, en términos de bueno o malo, bien y mal. Cada bando siente que es evidente y obvio que su postura es la moralmente buena y que mantener la contraria es no sólo estar equivocado sino ser inmoral y malvado. Los asuntos que se contemplan con una perspectiva moral quedan cerrados al compromiso o a los acuerdos y la gente se siente motivada a actuar y a luchar contra lo que consideran indudablemente malo desde el punto de vista moral.

Fotografía Stuart Franklin

Existen importantes diferencias entre entre actitudes que reflejan preferencias personales, convenciones normativas o imperativos morales. Las preferencias personales se dejan a la discreción de cada uno y no están reguladas socialmente. Por ejemplo, si una persona o familia prefiere veranear en la montaña o en la playa es una cuestión de gusto, otras opciones no se consideran buenas ni malas, simplemente diferentes. Las convenciones, por contra, son nociones que se comparten social y culturalmente acerca de la forma en que normalmente se hacen ciertas cosas. Las autoridades, las normas y las leyes a menudo sancionan esas convenciones. Aunque se espera que todas las personas que pertenecen al grupo entienden y se adhieren a esas convenciones o normas, no se considera que las personas que no pertenecen al grupo tienen que adherirse a ellas. Por ejemplo, en Inglaterra hay que conducir por la izquierda pero en otros lugares se debe hacer por la derecha y en unos lugares hay que llevar cierta indumentaria a una  boda y en otros no. Pero los asuntos que se consideran imperativos morales sí se generalizan y se aplican con independencia de los límites de grupo: el bien es el bien y el mal es el mal, para todos. Por poner un ejemplo, la persona que  considera que matar es malo no adopta la postura de que él mismo no va a matar pero que el quiera que mate. No es una cuestión de gustos o preferencias personales, es algo que se considera universal, como vamos a ver. Y aquí empezamos a ver el problema que las creencias morales tienen para la democracia, la convivencia y la política al limitar la tolerancia para opciones alternativas. Las creencias morales no sólo obligan al que las tiene sino a los demás, y ahí empezamos a apreciar el conflicto que se genera con la libertad personal. Las creencias morales no determinan sólo la conducta del que las sostiene sino la conducta de todos los demás.

Skitka y sus colaboradores llevan décadas analizando las características de las actitudes que reflejan convicciones morales (mandatos morales). Los mandatos morales se experimentan como universales y objetivos, son también más motivadores de acciones y están íntimamente ligados a las emociones. Vamos a ver estas características con un poco más de detalle a continuación.

Universalidad

Las personas piensan que sus normas morales personales deben aplicarse a todo el mundo. Si uno tiene la convicción moral de que la circuncisión femenina está mal moralmente, seguramente considerará que está mal en todo el mundo y que es algo que no se debe hacer. Las personas experimentamos las actitudes que sostenemos con una convicción moral como absolutas, como normas universales verdaderas que otros deben compartir de manera que, como decía, proyectamos nuestras convicciones morales en los demás. Tal vez podemos llegar a comprender que hay diferencias de opinión en lo que consideramos imperativos morales, pero probablemente estamos convencidos de que si pudiéramos explicar a esas personas que piensan diferente “los hechos” acerca de ese asunto en el que hay desacuerdo, esas otras personas verían la luz y aceptarían nuestro punto de vista.

Objetividad

De la misma manera, las personas experimentan sus creencias morales como algo observable, como propiedades objetivas de las situaciones o como hechos acerca del mundo. Si le preguntáramos a una persona que considera que la circuncisión femenina está mal por qué está mal, probablemente se quedaría algo confundido y respondería: “Porque está mal”. Que está mal es algo evidente, tan claro como que dos más dos son cuatro.

Autonomía

Las personas consideran que las convicciones morales representan algo diferente, o algo independiente, de las preocupaciones de cada uno por ser aceptado o respetado por las autoridades o los grupos. En otras palabras, los mandatos morales son autónomos, no heterónomos. En las convicciones morales las personas piensan que los deberes y derechos se siguen de los propósitos morales que subyacen a las normas de grupo, los procedimientos y los dictados de las autoridades. Es decir, no es algo que hacemos porque lo dicen las autoridades o nos lo imponen desde fuera. No es que las creencias morales sean anti-grupo o anti-autoridad, y sirven de hecho para unir al grupo, pero la fuente de legitimidad no es la autoridad o el grupo y no depende de ellos, es algo que está por encima de la autoridad incluso. La gente se centra más en sus ideales, en lo que se debe o no se debe hacer y esto está por encima incluso de las autoridades. Tanto es así que  las personas piensan que los mandatos morales obligan incluso a Dios. En este estudio se llevan a cabo dos experimentos y la conclusión es que la gente piensa que ni siquiera Dios puede convertir hechos morales que se consideran malos en moralmente buenos. Curiosamente, la gente cree que Dios puede hacer cosas lógica y físicamente imposibles pero los hecho morales no puede cambiarlos.

Emociones

La intensidad de las emociones que las personas experimentan en relación a las convicciones morales es mucho más fuerte que la intensidad de las emociones asociadas a cualquier otra convicción. La indignación que sentimos ante las transgresiones morales no tiene nada que ver con la que sentimos ante violaciones de preferencias o de convenciones. Puede que sintamos también malestar o ira ante la violación de convenciones normativas pero la magnitud de la reacción afectiva es mucho menor. La satisfacción y orgullo de cumplir con las normas morales es asimismo mucho mayor que la de cumplir con convenciones o normas que no son morales. Este componente emocional está relacionado con la capacidad de motivación que tienen las convicciones morales.

Motivación y Justificación

Las convicciones morales mueven a la acción. Reconocer un hecho es independiente normalmente de cualquier fuerza motivacional. Si yo reconozco que las moléculas de agua están formadas por dos partes de hidrógeno y una de oxígeno eso no supone ningún mandato para la acción. Pero si yo creo que el aborto (o, alternativamente, interferir con la voluntad de una mujer de proseguir o no un embarazo) es algo que está mal moralmente, esto lleva incorporado una etiqueta del tipo “se debe” o “no se debe” hacer que motiva la conducta posterior. Y las convicciones morales proveen también una justificación para nuestras respuestas y nuestras acciones. Que algo está mal -que es malo moralmente, incluso monstruoso- es la justificación para nuestra posición y nuestra conducta. Así que las convicciones morales se experimentan como una combinación única de algo objetivo, verdadero, que impulsa a la acción y que justifica nuestras acciones.

Intolerancia

Una implicación de las características tratadas hasta ahora es que la tolerancia de diferentes puntos de vista no tiene cabida cuando hablamos de convicciones morales: lo bueno es bueno y lo malo es malo, punto. La gente no quiere trabajar, ni vivir cerca ni siquiera comprar en una tienda de alguien que sabe que no comparte sus convicciones morales. Las personas mantienen una distancia física mayor con aquellos que no comparten sus convicciones morales  e incluso los discriminan si tienen la oportunidad. Las convicciones morales se asocian con intolerancia.

Inoculación contra la obediencia a autoridades

Este punto es una derivación del de la autonomía tratado más arriba pero conviene remarcarlo por separado. Cuando las personas tienen una certeza moral, juzgan incluso a las autoridades según su concepto de bien y mal y deciden si el sistema está bien o si está roto y no funciona como debiera. Es decir, la gente se guía por sus principios morales y si considera que las autoridades no los siguen, se pueden sentir liberados de su obligación de obedecerlas. Recordad que hemos comentado que ni Dios puede saltarse las normas morales así que de ahí para abajo ninguna otra autoridad puede tener legitimidad si se salta los mandatos morales. Pero no se nos escapa la trascendencia de lo que estamos estamos tratando, estamos hablando de la posibilidad de no cumplir leyes o normas promulgadas por esas autoridades con el riesgo de violencia y conflicto social que ello implica. Hay investigaciones que cita Skitka donde se observa que las personas rechazan a las autoridades y el gobierno de la ley cuando perciben que violan sus convicciones morales. 

Sabemos que las personas son influenciables y tienden a mostrar conformidad con la opinión mayoritaria. Son famosos los experimentos de Asch o de Cialdini acerca del conformismo y de la influencia social donde se observa que la gente se deja llevar por la opinión de la mayoría. Pero cuando las personas tienen fuertes convicciones morales, no se dejan influenciar por los que las tienen diferentes y -como hemos visto- se distancian, se resisten a esas otras visiones y hasta se oponen. La gente mantiene sus puntos de vista y sus convicciones morales a pesar de las presiones para ceder y seguir a la mayoría y lo hace, como decimos, a pesar de que la presión provenga de las autoridades y las leyes. 

Barrera para la resolución de conflictos

Si las personas no ceden ni ante las autoridades o la ley cuando tienen fuertes convicciones morales, una consecuencia es que es muy poco probable que estén dispuestas a aceptar compromisos, o acuerdos o a ceder en ningún tipo de negociación que implique asuntos morales. Tanto en el laboratorio como en los conflictos que ocurren en la vida real, buscar procedimientos o soluciones para conflictos que implican convicciones morales es difícil, doloroso, complejo o directamente imposible.

Activismo político

Diversos estudios han corroborado que si las personas tienen convicciones morales es más probable que voten y que participen y se impliquen activamente en la vida política, en buena medida porque viven como una obligación hacer algo al respecto del problema moral que perciben. Es más probable que la gente participe en manifestaciones, boicots a productos o que incluso sacrifique sus propios intereses para cumplir con lo que ordenan sus mandatos morales. Las convicciones morales motivan a las personas a votar o a implicarse en actividades políticas incluso cuando estas conductas pueden ser costosas para ellas. Parece que aportan a la gente el coraje y la motivación necesaria para implicarse en la creación de un mundo mejor. Por otro lado, las convicciones morales no admiten ser votadas y resueltas por mayoría, lo que entra en conflicto con las reglas del juego democrático. Por ello es letal para la convivencia moralizar las opiniones políticas.

Moralidad frente a justicia. El fin justifica los medios

Cuando las personas tienen fuertes convicciones morales ponen los fines por encima de los medios para conseguirlos -su foco principal son los fines- y están dispuestas a aceptar cualquier medio que conduzca al resultado deseado, incluida la mentira y la violencia. El fin justifica los medios. Lo importante es que la autoridades tomen la decisión “buena” y eso es más importante que el camino por el que se llega a esa decisión. La moralidad es imperativa, la justicia es normativa y negociable. Por lo tanto, cuando la justicia y la moralidad entran en conflicto, no hay ninguna duda: las personas perciben las convicciones morales como universales psicológicos y verdades objetivas. La moralidad bate a la justicia. Por ejemplo, si  una persona cree que un acusado es culpable y merece el castigo, está mas dispuesta a saltarse las garantías procesales y los procedimientos que garanticen un juicio justo y la presunción de inocencia.

Violencia Moralista

Un corolario o consecuencia que se deduce de todo lo anterior es que las personas tienen mayores probabilidades de saltarse los frenos existentes en la sociedad contra la violencia (limitaciones establecidas por las leyes y las autoridades) cuando se mueven por convicciones morales. Hemos visto asesinatos de médicos que realizaban abortos, atentados terroristas y limpiezas étnicas que tenían algo en común: la gente que hizo todas esas barbaridades estaba motivado por convicciones morales. De esta violencia moralista ya hemos hablado aquí.

Si repasamos todos estos aspectos comentados, se nos hace evidente el lado oscuro de las convicciones morales y de nuestra mente moral. La historia está repleta de atrocidades que fueron justificadas invocando los principios morales más elevados y que fueron perpetradas sobre personas que estaban igualmente convencidas de su superioridad moral. La justicia, el bien común, la ética universal y Dios han sido utilizados para justificar todo tipo de opresión, asesinato y genocidio. Como dice Haidt, las convicciones morales unen y ciegan, son a la vez pegamento y dinamita social. Dado que las convicciones morales se asocian a considerar que el fin justifica los medios y a apoyar la violencia, es una prioridad de la ciencia investigar cómo promueven formas constructivas pero también destructivas de acción política.

Referencias:

Jonathan Haidt. La mente de los justos: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata. Editorial Deusto. Planeta 2019.

Skitka LJ, Hanson BE, Morgan GS, Wisneski DC. The Psychology of Moral Conviction. Annu Rev Psychol. 2021 Jan 4;72:347-366. doi: 10.1146/annurev-psych-063020-030612. Epub 2020 Sep 4. PMID: 32886586.

Skitka, L.J. and Morgan, G.S. (2014). The Social and Political Implications of Moral Conviction. Political Psychology, 35: 95-110.

Skitka, L. J. (2010). The psychology of moral conviction. Social and Personality Psychology Compass, 4(4), 267–281.

Tugendhat, Ernst. (2006). El problema de una moral autónoma. Estudios de Filosofía, (34), 255-268. Retrieved January 10, 2021

Reinecke, M. G., & Horne, Z. (2018, September 19). Immutable morality: Even God could not change some moral facts.

Asch, S. E. (1956). Studies of independence and conformity: I. A minority of one against a unanimous majority. Psychological Monographs: General and Applied, 70(9), 1–70.

Cialdini RB, Goldstein NJ. Social influence: compliance and conformity. Annu Rev Psychol. 2004;55:591-621.

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1 Comment

  • Debo reconocer que exhibes una gran valentía al proponer la “circuncisión femenina” (que entiendo que es la ablación de clítoris, o sea, la práctica de extirpar el órgano de placer femenino a un bebé para que jamás sienta placer sexual y de ese modo no sea infiel a su futuro marido, mutilación que se lleva a cabo de modo rudimentario y que ha menudo ocasiona la muerte por hemorragia) como un ejemplo de relativismo moral. Yo, que tengo mis relativismos, hubiese colocado esa barbarie imperdonable entre la universalidad moral incuestionable, y de hecho así lo hago en mis clases.

    Por otra parte, Kant no hubiese estado de acuerdo con qeu el fin justifica los medios, y Hegel, a su vez, con que la moralidad se eleve a eticidad, en su lenguaje. Para ambos (y nuestra cultura está más hecha de ellos que de Maximilien de Robespierre o Steven Seagal), el ordenamiento social es ordenamiento jurídico, no pasión moral. Hubo, de hecho, un debate interesantísimo sobre todo esto entre el s. XVII y el s. XVIII acerca de lo que se vino a llamar entusiasmo. El entusiasmo era eso, la intolerancia en nombre del arrebato moral o religioso, y venció la opción del bando (no sólo suele haber dos bandos, muy a menudo hay varios, también en ciencias) anti-entusiasmo y pro-tolerancia. De menor proyección histórica, pero sin duda la postura más salvable de todas hoy fue la de Lord Shaftesbury, chaval discípulo directo de John Locke que vino a recomendar, muy argumentadamente, no se crea, el perfecto remedio contra los entusiasmos descontrolados, y que era para él nada más y nada menos que el humor -y hablamos de principios del XVIII, ya digo. Lástima que no se le recuerde más, y se lea, a Shaftesbury. No obstante, pocas bromas cabrían, a mi modo de ver, con la ablación de clítoris: se extirpa por grado o por fuerza a los y las extirpadores de órganos ajenos y a otra cosa mariposa.

    Tocas, además, otra temática que mola, y bien gorda. En la teología existen dos corrientes principales, y todas las demás son derivadas. La primera, de raigambre griega, señala que decir el nombre de Dios es equivalente a decir Su Divina Lógica y Su así mismo Divina Moral. De manera que pedirle a la divinidad que se saltase la moral es pedirle que se salte a sí mismo, que incumpla su propia esencia, lo cual es absurdo. No es que Dios no pueda hacer que 2 más 2 sean 5, es que de hacerlo se estaría haciendo la guerra a sí mismo, puesto que Él es la matemática, no la matemática se le impone incluso hasta a Él. Esta es la opción, a mi juicio, de los grandes autores, Tomás de Aquino, Leibniz, Hegel, etc. En contra de ellos está la nómina de los que no han entendido bien la cosa: Guillermo de Ockham, Lutero, Descartes, etc. Estos recalcan tanto el carácter antropormorfico de la divinidad que piensan que Dios es en primer término una macropersona sufriente cuya naturaleza es únicamente su voluntad, y a menudo tiene una mala hostia que te cagas. De ahí aquello de “si a Dios se le antojase, habría hecho que 2 más 2 fueran 5 y que matar fuera santo”. Vaya porquería de Dios, diría Leibniz, carente de criterio, caprichoso, cuyo Sumo Entendimiento y Máxima Bondad se disocian de Él, como si no le perteneciesen de suyo y más bien pareciesen movediza y relativa opinión humana. Lo más razonable parecería pensar que no es que Dios se obligue a sí mismo a condenar el asesinato, sino que condenar el asesinato como un mandato trascendente es la misma cosa que la esencia de Dios. En fin, no sé si me he explicado -es demasiado tema para mi poco talento-, pero lo más curioso es que, de esas dos grandes alternativas, dos en este caso, sí, es la voluntarista que la que en realidad se delata como no más que la proyección del revoltijo humano en la figura del Absoluto, y no la intelectualista. Quiero decir, que sería a Ockham, y no a Tomás, a quién se le podría reprochar que usted ha construido un Dios a su imagen y semejanza, puesto que para Tomás o Leibniz Dios no se quita su intelecto como un sombrero cuando emite leyes lógicas, ni se se desprende de su Misericordia como una chaqueta cuando formula leyes morales. Estas, unas y otras, son la expresión de su mismo ser, y no prescripciones tan arbitrarias que fácilmente se adivina su origen humano, demasiado humano…

    Gracias, una vez más, por tu texto.

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