Madrid, 26 de septiembre: retorno al gris

25 de septiembre, plaza de Callao, 18.15.

El problema se ve cuando tu rutina habitual es interrumpida. Esa tarde tenía una agenda completa, el típico plan de la jovencita que no se quiere perder nada. Había decidido, con un amigo, ir a comprar ropa barata de una franquicia sueca y hacer acto de presencia después en la concentración del 25-S: coquetos y concienciados, podíamos hacer lo uno y lo otro, pasar con ligereza de la multinacional ala concentración. A nuestros veinte años nada nos ha atado nunca a ninguna de las dos cosas. No hemos tenido por qué elegir.

Al salir del metro en Callao, nos encontramos con un cielo plomizo y un montón de furgones policiales. Sólo se oía el rumor de la gente y de cuando en cuando el zumbido del helicóptero suspendido sobre la plaza. La manifestación caía hacia Sol con paso moderado, mirando a los que permanecíamos quietos; alguno nos miró suspicaz, pero pronto descubrimos que todos los que estábamos allí habíamos ido a lo mismo. Las caras tenían un gesto grave, y ahora me doy cuenta de que eso llamaba todavía más la atención a aquellos que tuvimos ocasión de ver la segura indignación, el hambre y sed de justicia que brillaba en las primeras concentraciones del 15-M. Ayer se sabía que iba a pasar algo. La protesta era retórica, y eso la hacía más triste. Había familias con niños, de nuevo, y mucha gente de mediana edad, y muchos jóvenes sin ninguna gana de juerga ni de bronca. Esta vez no había indignación ni ira divina que encendiera los, así se decía, recién abiertos ojos. Precisamente porque de haber fuego ya no sería metafórico, la protesta empezaba por ser retórica, y no esperaba respuesta. El aire estaba cargado de ese pesimismo y de cabreo. Un visceral y profundo cabreo.

De vez en cuando alguien soltaba una consigna, que nunca era seguida con mucho entusiasmo, y si a alguien le daba por tocar el silbato el pitido sonaba a tañido de muerto. Aquello parecía un funeral, y sí, supongo que el Estado del bienestar era uno de los difuntos, pero mucho me temo que no el único. Rodear el Congreso de los Diputados era un acto simbólico, una especie de velatorio, un certificado de defunción de las instituciones democráticas. Porque, como ha dicho atinadamente Eduardo Madina, que se empeña en ser uno de esos raros miembros de la clase política sensibles a las reclamaciones ciudadanas, lo que evidencia el 25-S es una preocupante fractura social. Fractura social, fractura social, es la letanía que martilleaba ayer en mi cabeza. Irónicamente, para la prensa reaccionaria (me niego a otorgar el digno adjetivo de “conservador” a dichos medios), es así como se rompe un país. La conciencia de que hay cada vez menos pastel para los que estamos en la calle no suele alimentar el instinto de cooperación, sino el de competitividad, porque a todos nos da miedo quedarnos con hambre y sin pastel. Hay cosas muy simples. El desprecio, de raíz ideológica y con reflejo inequívoco en la política social y económica, con el que este Gobierno trata a las clases medias y bajas de nuestro país corroe el tejido social. Estamos solos y nos tenemos que ir.

 

Plaza de Neptuno, 19.45.

 Como ya decíamos, la protesta era simbólica, y allí estaban lecheras y lecheras y lecheras para confirmarlo. Infundir miedo a la población y alentar acciones ensañadas como las de ayer  es, de nuevo, una estrategia de raíz ideológica y con el mismo destructivo resultado. Es muy difícil atemorizar a quien tiene poco que perder, así que es obvio que esta orientación de las fuerzas del orden público, válgame la paradoja, se saldará en incidentes cada vez más violentos. ¿Tan complicado es esto? ¿Tan poco pastel hay? ¿Tan mezquinos son nuestros representantes? Cualquiera que sea la respuesta a estas preguntas, dan ganas de ir a Neptuno y quedarse, el 25 y el 26. Ojalá llegue el día en el que estemos tan a gusto en nuestra casa que prefiramos quedarnos en ella antes que salir ala calle. Hoy por hoy, incluso a mí, que soy de espíritu blando, se me olvida que en cierta franquicia sueca hay ropa divina y a buen precio; en un momento dado eché a correr, dándome cuenta de que no podíamos ir, livianos, de aquí a allá: nuestra juventud había adquirido cierta pesadez. Desgarrar el pacto social, apelando a instancias ignotas, es criminal; hacerlo en un país frágil como es España, y hacerlo al tan español modo de la (pseudo)moral y el gusto por la apariencia, es aterrador.

 

26 de septiembre, plaza de Neptuno, 22.00.

 Dicen que hemos sido miles de personas y que hemos cortado el tráfico. La policía no ha venido hasta las 21.00 y hoy tocábamos a menos agentes por cabeza; también el aire se había aligerado de malos augurios y el cielo estaba más despejado. Había menos gente y estábamos un poco a la expectativa de qué podría suceder. No rodeábamos el Congreso, no hacíamos exactamente nada:  hubiera sido una estupidez soberana – si bien nada extraña – que la policía repitiera los métodos de ayer. Hemos estado allí, nos hemos sentado, hemos gritado ante un buen puñado de cámaras y micrófonos. La policía ha bloqueado el paso y he dado un rodeo para salir al paseo del Prado. A esas horas la cosa se empezaba a disolver y mientras a nuestras espaldas relumbraban los faros azules de las lecheras muchos caminábamos hacia Atocha, quizá porque en Neptuno ya no sabíamos qué hacer.

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