El genio bicentenario: caída y auge de Charles Baudelaire

Coubert. "Látelier du peintre". Baudelaire leyendo a la derecha

La contemplación de la belleza es un duelo en que el artista grita de espanto antes de caer derrotado.  

El confiteor del artista, Spleen de París, Baudelaire 

El Capital no tiene quien le escriba. O por lo menos no tiene quién le escriba versos. Charles Baudelaire estuvo tras las barricadas del alzamiento de 1848, armado y pidiendo a gritos el fusilamiento de su padrastro, generalote rígido y austero al que odiaba y a cuya vera fue enterrado a su muerte por cabronadas del destino. Concretamente, varios amigos suyos fueron testigos de haberle visto jugándose la vida en las barricadas levantadas en el cruce de la rue Buci, en el Barrio Latino, lugar donde se libraron los más arduos combates de la orilla izquierda del Sena. Poco después, y al amparo de la efímera libertad de prensa que instauró la Segunda República, fundó un periódico que tan sólo alcanzó los dos números con el delicado nombre de Le Salut Public. De manera que el Baudelaire reaccionario que conocemos, lector de Joseph de Maistre y partidario del poder de la Iglesia y de la pena de muerte (ese que Antoine Compagnon denomina “anti-moderno”) fue el resultado del amargo desengaño -ese vocablo español que entusiasmaba a Schopenhauer- sufrido por el poeta frente a la poca combatividad de la clase obrera en el momento de desmantelarse la revolución a favor del Segundo Imperio de Luís Napoleón. Fue entonces cuando expresó su renuncia a toda utopía social y política, ese, como dijo, “arte de hacer felices a los pueblos en 24 horas”, y como era un exaltado en todo, como había que ser “sublime sin interrupción”, paso del jacobinismo radical al más absoluto descreimiento en la especie humana. Somos pérfidos, somos estúpidos, el progreso es falaz, el comercio es el corazón de las tinieblas, y no hay más flores que las del Mal… Alfred de Musset también era poeta y también había sentido esa derrota como un fracaso personal suyo que le llevó a escribir versos tan tristes como estos: 

He perdido mi fuerza y mi vida, 

mis amigos y mi alegría, 

hasta he perdido la altivez   

  que hacía creer en mi talento.   

Cuando he conocido la verdad,     

he creído que era una amiga; 

cuando la he comprendido y sentido,  

  estaba ya hastiado de ella.    

Y sin embargo es eterna,  

y los que han prescindido de ella 

en la tierra lo han ignorado todo.

Dios habla, es preciso

responderle; 

el solo bien que me queda en el mundo 

es haber llorado alguna vez. 

Pero a Baudelaire le caía gordo Alfred de Musset, Baudelaire execraba de esa clase de sentimentalismo romántico. Si no es posible ser un ángel de la revolución, seamos demonios de la estética. Al Capital nadie le dedica versos, ni siquiera Baudelaire cantándole a los vicios, al pecado y a la depravación. El Mal que se esconde en los márgenes sociales contiene de modo latente destellos de una intensa belleza fatalmente amoral que Baudelaire aprendió de Edgar Allan Poe y que desde luego está completamente ausente en un banco o en una sociedad comercial. Fue una fantasía desbocada la que luego condujo a Fernando Pessoa a soñar un “banquero anarquista”; aquel que le escribía con fervor al Capital fue un viejo Marx sentado incontables horas en las salas del British Museum de Londres, pero Marx no era precisamente poeta, salvo alguna que otra loa de juventud al dios Prometeo. Mas incluso Marx, en contraste con el empuje de la economía capitalista moderna que en ese siglo conquistaba el globo, no es más que un simple trovador. Los filósofos, a menudo tan duros e implacables (la imagen del filósofo hippy que invita a todos al amor y a la reflexión es invención de Herbert Marcuse en California y ulteriormente del baño laminador que la televisión imprime a toda realidad puntiaguda), no son más que mirlos blancos, ruiseñores cantores, al lado del más tirado de los economistas. Baudelaire iba de malote a partir de los años cincuenta del s. XIX, e incluso consiguió que le procesaran por las indecencias y el mal gusto manifestado en Las flores del mal, pero en realidad lo que nos dejo fue radiante belleza, gran poesía y esa indecencia y ese mal gusto[1] transfigurados en arte. He leído que en Francia se está celebrando con sordina el bicentenario de su nacimiento por eso mismo, porque las autoridades incultas siguen encontrando en Baudelaire, seguramente el mayor genio de sus letras autóctonas, a un tipo peligroso, grosero y pre-fascista. Me parece que no han entendido que es por ese mismo motivo por el que debían homenajearle, ya que él poseía la virtud alquímica de convertir esa mierda en oro. Escribía sobre las prostitutas, la miseria, las drogas y Satán, pero ya digo, ni una palabra contra los bancos, el imperialismo o los malos gobiernos. No se entiende bien entonces porque llevarle de nuevo virtualmente y en efigie a juicio a estas alturas de la película… (Bueno, en realidad sí se entiende, pero resulta patético y estúpido).

En Mon coeur mis à nu, Mi corazón al desnudo (idea de libro, por cierto, que toma completa y asume como un reto de una sugerencia de Poe dejada caer en sus Marginalia), dice: “¿Quién es el hombre superior? No el especialista; sino aquel ocioso y con una educación general”. Se trata de ese mismo tipo de ocio que poco más tarde reivindicará y paseará por Europa Nietzsche –hay que imaginarse a Nietzsche como un verdadero flâneur baudeleriano, deambulando sin rumbo por las calles y por las naciones y parándose de vez en cuando para tomar nota en algún papel mugriento sacado de un bolsillo repleto de ellos. “Mes pensées, ce sont mes catins”, había escrito Denis Diderot al inicio de El sobrino de Rameau, y tales catins, tales concubinas del pensador romántico deben cortejarse caminando, dejándose absorber por la hormigueante ciudad, infestada de apetitos, como el hombre de la multitud del relato de Poe. Nietzsche tenía más escrúpulos que Baudelaire, más “instinto de limpieza” como decía él, y por eso huía de las ciudades hacia unas altas montañas de inspiración pre-nazi. Tal vez por ello es Baudelaire, y no Nietzsche, quien penetra en la esencia metropolitana de su tiempo, eso que tan cuidadosamente estudió Walter Benjamín (pero hay que leer a Benjamín por Baudelaire, no a Baudelaire por Benjamín). Que la modernidad es sinónimo de decadencia es la gran paradoja cuyo descubrimiento debemos a la escritura de Baudelaire. El ocioso, el flâneur, es quien detecta la belleza en el centro mismo de la decadencia, porque también la belleza en la modernidad ha devenido podrida, aunque su pudrición sea incomparablemente más interesante que la perfección de los modelos clásicos. Escribió Theodor Adorno en Teoría Estética, tan tarde como en los años sesenta del pasado siglo: “El arte moderno más significativo carece por completo de importancia en una sociedad que es capaz de tolerarlo (…) Si el arte va a seguir siendo fiel a su concepto, deberá pasarse al terreno del anti-arte, o deberá desarrollar una desconfianza en sí mismo. El arte, para continuar, debería registrar de algún modo en su interior la posibilidad de su inexistencia”. Pues bien: aquí Adorno no está hablando por sí mismo, aunque él crea que sí, puesto que ese es exactamente el espíritu y el legado de Baudelaire reformulado académicamente un siglo después… 

En entrevista con Camilo José Cela, decía Pablo Picasso: “Los cuadros se hacen siempre como hacen los príncipes a sus hijos: con pastoras. Nunca se pinta el retrato del Partenón, ni un sillón Luís XV. Se hacen cuadros con una casucha del “midi”, con un paquete de tabaco, con una silla vieja…” También eso, esta actitud, es herencia directa de Baudelaire. La autonomía del arte, la predilección por lo olvidado, excluido o pisoteado, el amor por lo fugaz, la búsqueda ansiosa del ataque de nervios[2] tras un largo periodo de mortal aburrimiento, las experiencias sensoriales alternativas, la declaración de guerra a muerte a las convenciones sociales[3]… Todo esa constelación “maldita” -término, como se sabe, que aplicó Verlaine- sigue siendo nuestra concepción consciente o inconsciente de la actividad estética legítima, válida (cuando alguien dice que una canción o una película es “meramente comercial” está ya pensado justamente así), y nació toda entera, como en un parto ciclópeo, de la originalidad sin par y la mirada enfermiza de Charles Baudelaire. Lord Byron había tenido algo que ver, tiempo antes, y sin duda Poe y Thomas de Quincey, a los que Baudelaire admiraba explícitamente, pero sólo Baudelaire fue el dandi supremo, ese “hombre travestido de hombre” -como escribía hace unos días Paul Preciado- que odiaba la nueva invención de la fotografía porque, tal como yo lo veo, le estropeaba el tono emotivo de sus espléndidas epifanías en prosa poética acerca de su amado y vilipendiado París (que tenéis, por cierto, aquí. [4]. Baudelaire como poeta cultivaba el Mal[5], ya que no pudo ser Proudhon, y era efectivamente tan malvado estéticamente, tan bohemio muerto de hambre, putero y politoxicómano que era capaz de coger el piadoso Salmo 130, De profundis clamavi ad te, Domine… 

Eugène Louis Lami. “La Nuit d’Octobre” ilustración para ‘Les Nuits’de Alfred de Musset

Desde lo más profundo te invoco, Señor, 

¡Señor, oye mi voz! 

Estén tus oídos atentos 

al clamor de mi plegaria. 

Si tienes en cuenta las culpas, Señor, 

¿quién podrá subsistir? 

Pero en ti se encuentra el perdón, 

para que seas temido. 

Mi alma espera en el Señor

y yo confío en su palabra. 

Mi alma espera al Señor, 

más que el centinela la aurora. 

Como el centinela espera la aurora, 

espere Israel al Señor, 

porque en él se encuentra la misericordia 

y la redención en abundancia: 

él redimirá a Israel 

de todos sus pecados.

Félix Tournachon: Nadar

Y hace con él esta brillantísima brutalidad: DE PROFUNDIS CLAMAVI, en Las flores del mal 

Imploro tu piedad, Tú, el único al que amo, 

desde lo más profundo del oscuro abismo donde mi corazón ha caído. 

Un universo triste con un horizonte plomizo 

donde nadan en la noche el horror y la blasfemia; 

Un sol sin calor planea por encima seis meses 

y los otros seis la noche cubre la tierra; 

es un país más desnudo que el suelo polar; 

— ni animales, ni arroyos, tampoco vegetación ni bosque. 

Pues bien, no hay horror en el mundo que sobrepase 

el frío cruel de ese sol helado 

ni la noche inmensa parecida al antiguo Caos; 

Envidio la suerte de las más viles criaturas 

que pueden sumergirse en un sueño estúpido, 

mientras la madeja del tiempo lentamente se despliega.   


[1]Pero entre todas las facultades y talentos es el gusto, precisamente, aquel que ha mayormente menester –porque su juicio no es determinable por conceptos y preceptos- de ejemplos de aquello que en el curso continuo de la cultura se conservado por más tiempo en aprobación, a fin de no volverse, al punto, otra vez zafio y caer de nuevo en la rudeza de los primeros ensayos”, Immanuel Kant, Crítica de la facultad de juzgar, Monte Avila, 1992, pg.195. 

[2] Mujeres al borde del ataque de nervios siglo y medio antes de las perversiones fílmicas de nuestro Pedro Almodóvar: “No necesito, se dijo el poeta, que mi heroína sea una heroína. Con que sea suficientemente bonita, que sea nerviosa, que tenga ambición, una aspiración irrefrenable hacia un mundo superior, ya sería interesante”, Charles Baudelaire en L´Artiste de París (18-X-1857), a propósito de Madame Bovary, citado en El arte romántico, Madrid, Felmar, 1977, pág. 185. 

[3] -“Hoy que indagaciones más sutiles y un gusto más fino han reducido el arte de agradar a principios, reina en nuestras costumbres una vil y falaz uniformidad, y todos los espíritus parecen haber sido arrojados en un mismo molde; sin cesar la cortesía exige, la conveniencia ordena; sin cesar se siguen los usos, nunca el genio propio. Nadie se atreve ya a parecer lo que no es; y en esta ocasión perpetua, los hombres que forman ese rebaño llamado sociedad, puestos en las mismas circunstancias, harán todos las mismas cosas si motivos más poderosos no los apartan de ello. Por tanto, nunca se sabrá a ciencia cierta con quién tiene uno que habérselas; para conocer al amigo, habrá pues que esperar a las grandes ocasiones, es decir, esperar a que ya no sea tiempo de ello, pues que para esas ocasiones es precisamente para lo que hubiera sido esencial conocerle”, J.J. Rousseau, Discurso sobre las ciencias y las artes, de 1750, en Alianza 1998, pg. 175. 

[4] Seguramente alentadas por Sketches by Boz de Dickens e inspiradoras de las estupendas Historias de Nueva York de Stephen Crane. Ese abordaje de la gran ciudad como objeto poético (y de bombardeo) ha traspasado entero el s. XX. 

[5] No obstante, no cabe tomar a broma esta apelación a la inmoralidad en la génesis de la estética moderna. Un esteta puro es alguien que efectivamente valora una situación por su distinguida singularidad muy por encima que por la corrección ética de la misma, y recuérdese que Hitler antes de ser Hitler fue pintor y Mao antes de ser Mao fue poeta…  

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2 Comentarios

  • INSTANTE
    Por Marta Peirano

    En El Spleen de París, el poeta cambia de habitación sin moverse de sitio. La estancia fragante donde las pareces sueñan, la muselina llueve y las telas hablan en su lengua muda y deliciosa se transforma en un cuchitril mohoso de muebles necios, la morada del aburrimiento eterno, imperio de acreedores, concubinas y editores de actualidad. La vida implacable “ha reasumido su brutal dictadura. Y me azuza, como si fuese un buey”. Baudelaire no quiere ser buey. Encuentra la eternidad en lo efímero, en los ojos de los gatos, la niebla fina de la noche y los oscuros muslos de su amante, Jeanne Duval. Y con ayuda del láudano, detiene los relojes. “¿Qué le importa la condena eterna a quien ha encontrado, aunque solo sea un segundo, lo infinito del goce?”. Esa entrega al instante luminoso, eterno y a la vez transitorio recibe un nombre nuevo: modernité.

    Hoy lo moderno es no tener tiempo; ni para salir de casa, ni para leer poemas. Ni para vagar por las calles o emborracharnos en los cafés sin convertirlo en un anuncio de Instagram. Es sacrificar cada luminoso instante en el altar del entretenimiento eterno, un ejército de bueyes atrapado en un simu­lacro de realidad.

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