¿Y si muero a los 51? (Tributo a James Gandolfini)

Ayer –da igual qué ayer- conocimos la noticia de la muerte del gran James Gandolfini. Murió en Roma. De un infarto. Tenía 51 años. Yo tengo 50. Y medio, ya.

Un tipo afortunado, Gandolfini. O, al menos, un actor afortunado. Un buen actor afortunado. Pasar a la historia porque algún productor -alguien en el fondo tan exterior a él- decidiera ofrecerle el papel de Tony Soprano, es para estarle agradecido al azar durante toda tu -en este caso corta- vida.

A la lista de agradecimientos, James, si no era un tarado, seguramente ha sumado a los talentosos guionistas de la serie. Sí, también a los directores, los compañeros de reparto, los montadores, los eléctricos, el hábil conductor del coche que lo llevaba y lo traía y no lo estampó contra un árbol antes de los 51, etc…

Todos debemos agradecerle a muchísima gente que nos ayude -sabiéndolo y sin saberlo, odiándonos y queriéndonos, resultándonos ofensivamente indiferentes o deferentemente deferentes- a llegar a los 51.

Entonces: gracias os doy por adelantado por la parte que os toca. Y de nada por la parte que me toca en mi desinteresada ayuda prestada a todos, o a alguno, de vosotros.

Nuestra vida es una ficción tramada por guionistas que no tienen la menor conciencia de serlo.

(Necesitaba atravesar este escrito con una impostada sentencia como ésta última. Hay más -igualmente impostadas e igualmente sentencias- pero a ésta la necesitaba especialmente)

***

Admirable personaje, Tony Soprano. Despreciable. Un encanto.
Tenéis diez, doce, catorce años. ¿No quisierais tener un padre como Tony Soprano?
No, en serio, no me seáis políticamente correctos.
Yo no quiero ser un padre como Tony Soprano, pero, repito: ¿No quisierais tener un padre como Tony Soprano?
¿Eh?

***

No me adentraré en las razones inconscientes –o no tanto- que hacen que tipos infames, poderosos, sanguinarios, ciclotímicos y, en fin –digámoslo-, cabales hijos de puta como Tony Soprano o Don Corleone nos caigan tan entrañablemente bien. Mafiosos fascinantes, en el amplísimo sentido de ambas palabras. Esa misión se la encargo a la también inquietante -a su sensual manera- madura psicoanalista de Tony.

Hemos venido aquí a hablar de la muerte atravesándote a la altura del mojón de los 51. Es decir, hemos venido a disparar sin apuntar a la bandada de patos –patos como velitas sumándose a la tarta años tras año- que aterrizan, vete a saber por qué insondable designio, en la piscina-espejo de nuestra vida. Y levanta el vuelo -¡Levanta, abuelo!- un buen día después de una mala noche, vete, también ahora, a saber por qué.

Es decir: hemos venido aquí a hablar por hablar. Y a callar por no alertar a la de la guadaña.

***

La primera muerta que vi tenía 22 o 23 años.

El último, 62.

La hermana de un amigo, hace muchos años. Mi padre, hace algo más de 21.

Creo que ambos -a la altura de la vida de cada uno de ellos- han muerto jóvenes. Morir a los 51 es morir en la flor de la edad media. Casi equidistante –si tal concepto es concebible- entre la desaparición física de aquella chica y la de mi viejo. En algún sentido más o menos poético: una buena cifra.

(Dejamos para otro día, si llega, el análisis superficial de los eufemismos –alguno de ellos repartidos por estos párrafos- que usamos con la infantil pretensión de mencionar a la muerte cuanto queramos sin atraerla en ningún momento. Creemos que la muerte se tapa los oídos para no escuchar los sucedáneos de su nombre.)

***

Matemáticas aplicadas. Llegados a los 51, difícilmente consigas cumplir otros 51. Ve sabiéndolo. Y me parece razonable. Creo que después de los 80, lo que sobrevenga será propina. Y si, llegados a los 80, no recuerdas los, digamos, 79 años anteriores, que la propina premie a quienes aún conserven la memoria que les permita apreciara.

No quiere decir con esto que a los 80 acepte con hidalguía que mi tiempo ha acabado, me ponga el traje de estas últimas ocasiones, me ajuste temblorosamente el nudo de la corbata, y me tumbe sobre la colcha con la nota final -No se culpe ni disculpe a nadie de mi muerte- teatralmente apretada contra mi pecho con ambas manos.

A mis 51 creeré que la vida siempre vence. Y querré jugar y ganar –o empatar lastimosamente, vale- el siguiente partido. Si a los 80 no pienso lo mismo, habré merecido haber muerto a los 51.

***

Hubiese bastado con un discreto QEPD, un minuto de silencio antes de desatar la lluvia de balas, un coro de Cuac, cuac, cuacs…, y un Te echaremos de menos, Tony –y tu loquera, ni te cuento-. Pero uno se empeña en escribir más de lo necesario. Tal vez porque la hora final se acerca, y aún hay mucho vacío que intentar llenar vanamente antes de los 51.

The end.

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6 Comentarios

  • Una pena,un referente para los políticos españoles actuales que nunca nos arrancarán sonrisas como hizo este gigantón de la pequeña pantalla.

  • Esa idea del padre que gustaría tener, aunque cueste reconocerlo, me trae a la cabeza aquel personaje de “Una historia del Bronx”,  Sonny un gángster peligroso, que interpreta Chazz Palmintieri (por cierto, guionista de la película), que fascina a un chico, con un progenitor honesto, pero que intuye que nunca le enseñará algunas cosas que puede necesitar para vivir un cierto tipo de vida.  O simplemente para salir de un barrio en el que puede terminar asfixiándose, lo que es otra forma de decir lo mismo. 

     Sobrevivir tiene un precio y plegarse a todas las normas sociales no siempre asegura el éxito en esta vida. No todo el mundo tiene el temperamento para coger impulso y romper algunas puertas. Por eso fascinan tanto personajes como Tony Soprano, quizá uno de esos tipos con un temperamento indomable del que hablaba Freud y que terminan en las cárceles o en alguna posición de poder. Aunque tengan fragilidades y sean conscientes que les faltan muchas cosas, y se ahoguen en muchas contradicciones. Pero atesoran una rabia y una inteligencia salvaje que los hace sobrevivir en la selva, aunque quizá no hubieran querido estar en ella, pero la vida es dura y tiene sus reglas y no las elegimos. Y a veces hay que elegir vivir o no vivir. Y quizá se necesita un padre que enseñe eso y dé aliento, precisamente para no convertirse en un gángster, como hizo Sonny con el chico. 

     Me vi dos temporadas de la serie hace un par de veranos. Me veré ahora las que quedan.  La he recomendado muchas veces para esa gente que se despierta con angustia de madrugada y no sabe qué hacer. Nadie me ha dicho que empeorara. Consuela mucho que un tipo como Tony también acuda a la terapeuta.

    Me ha encantado tu artículo

  • Una historia del Bronx es una de mis imperfectas películas favoritas. Las que prefiero -algo en lo que caí hace ya algunos años- son las “pelis con padre”. Smoke. Martín (h). En busca de Bobby Fisher… Sí, Freud tendría mucho que decir al respecto. Pero yo hago odios sordos. Perdón: oídos.
    Muchas gracias por tu comentario, Ramón.

  • No le he visto apenas en Los Soprano, pero le adoraba de La noche cae sobre Manhattan y esa con Brad Pitt y Julia Roberts donde se los comía a los dos. Buen recordatorio.

  • Desde que Caperucita nos pareció una gilipollas, ese primer lobo con sentido del humor nos tiene cogidos por las pelotas. Sin Perrault o los Hermanos Grimm, a David Chase, Pelecanos o Lehane todavía los tendríamos fregando platos. Que Gandolfini haya muerto a los cincuenta y uno es el sellado del personaje. El fundido a negro de su nombre en el rodillo de los créditos. El que le faltaba a la sexta de Los Soprano. Imagínate que Borges siguiera vivo por ahí después de haber escrito “Ficciones”. Qué espanto. Un placer leerte, Roberto.

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