Redemption song

En aquella época aún no sabía que anhelaría escribir como Bolaño y fotografiar como Avedon, ni tan siquiera, que algún día, llegaría a comprender el francés o la termodinámica. Pensándolo bien, creo que me dejaba llevar por aquella cita de Kurt Cobain, “no sé donde voy, no sé, solo sé que aquí no puedo estar”, que todavía no había leído, pero que permanecía escondida en el trastero oscuro de las cosas que desconocemos y que de repente descubrimos y pasan a formar parte de nosotros como si hubieran estado allí desde el principio. Solo era un adolescente normal, uno de esos adolescentes normales que vagan por el mundo sin que nadie les haga mucho caso, porque ya se encargan ellos de esconderse o de arrugar la cara cuando otra persona desdobla una sonrisa amable en su dirección. Alguien en busca de refugios donde guarecerse, donde esa madurez de la que se hablaba por todos los rincones no le encontrara. Alguien sediento de diferencia, de un alejamiento social que en una pequeña ciudad de provincias constituía todo un reto. Recuerdo con cariño uno de esos pocos refugios que me hacían sentir en calma, donde iba a husmear discos y donde terminaba comprando camisetas estrafalarias. Tipo era una de aquellas tiendas donde la iconografía rock se dejaba sentir; desde las orejas dilatadas del dependiente con dragones en el bíceps hasta los abalorios llenos de pinchos metálicos que adornaban las estanterías. Uno entraba y parecía habitar otra realidad, una realidad sugerente y casi onírica donde los acordes se mezclaban con los sueños de rebeldía. Allí fue la primera vez que escuche a Led Zeppelin o a Guns and Roses, y me deje seducir un poco por los Stones. Allí fue donde compre mis primeros discos.

Bob Marley me parecía por aquel entonces una figura apabullante. Había algo atractivo en esas rastas largas y fotogénicas, en esa sonrisa de niño bueno que escondía reivindicaciones que hacían temblar a los más conservadores, en esa adolescencia algo difícil debido a su mestizaje y a la ausencia paterna, en esa música reggae tan pegadiza y cuya letra dejaba intuir tanto. También en aquella leyenda urbana que decía que su mausoleo era el único sitio legal en Jamaica donde se podía fumar marihuana o en aquella frase que pronunció subido a un escenario, dos días después de que un atentado le produjera una herida de bala en el pecho, donde alentaba a luchar por un mundo mejor:

«La gente que está tratando de hacer este mundo peor no se toma ni un día libre, ¿cómo podría tomarlo yo? Ilumina la oscuridad».

 Así que cuando vi en el expositor de Tipo el disco negro con letras amarillas que recogía todos sus éxitos, no lo dudé, lo hice mío y después de esos fetichismos ya casi extintos, de abrir con cuidado la carátula, saborear el evocador olor a nuevo, curiosear y detener la mirada en los detalles del librito que acompañaba el cedé, mientras leía todas las letras de las canciones y veía todas las fotos, lo devoré. Lo devoré como si no existiera el mañana, como si solo tuviera esa tarde de otoño para deslizarme al ritmo de aquellos acordes reggae. Curiosamente, la canción que más me cautivó fue la de aspecto más intimista, una exenta del acompañamiento grupal de The Wailers, donde solo la guitarra acústica y la fantástica voz de Marley acariciaban el silencio. No había reggae, solo un Bob Marley sereno, con voz dulce pero cargada de sabiduría, cantándole al futuro las virtudes de liberarse de la esclavitud mental. Aquella canción era Redemption Song, su último single de 1980, y el último tema que tocó en directo en Pittburgh ese mismo año antes de morir.

 

Corría 1979  y Bob Marley intuía que le quedaba poco tiempo. El maldito melanoma que se le había descubierto unos años antes en el dedo gordo del pie, y que se negó a tratar (la extirpación del dedo chocaba frontalmente con su ideología rastafari) le provocaba intensos dolores, que intentaba ocultar, pero que, probablemente, le hacían consciente de su condición mortal. Quizá fue la constatación de ese solipsismo, de esa fragilidad íntima, la que le indujo a ponerse a solas junto a su guitarra y sintetizar en una mera canción todo aquello por lo que había luchado a lo largo de su vida. La revolución del futuro, la unión entre los hombres, los derechos humanos, la lucha contra la esclavitud. La capacidad del individuo para alzarse sobre su entorno y comenzar el cambio en busca de una universalidad mejor. Para ello, se basó en un discurso que dio el carismático líder panafricano Marcus Garvey (precursor, también, con sus ideas sobre la religión, del movimiento rastafari, del que Marley era un miembro comprometido)  en Escocia en 1937 en defensa de los derechos y el hermanamiento del pueblo africano:

“Vamos a emancipar nosotros mismos esa esclavitud mental, mientras que otros crean que el cuerpo es libre, pero nadie nos puede liberar la mente. El pensar es nuestra única regla, señores soberanos. El hombre que no es capaz de desarrollar y utilizar su pensamiento se ve obligado a ser el esclavo de otro hombre que usa su pensamiento…” 

Marley compuso con esta idea una canción sencilla pero llena de fuerza, de corazón. Se podía ser esclavo sin estar preso, y se podía estar preso sin ser esclavo. Nadie podía robarte la libertad de espíritu, de mente, si tú no lo permitías, porque eso era tu conquista personal, tu valor, tu fuerza. Ahí empezaba el camino hacía el cambio, hacia la paz y la igualdad que sonaban tan utópicas. La unión de mentes libres cantando canciones de libertad, canciones redentoras.

Escuchándola, uno no puede dejar de pensar en una de las figuras clave del siglo XX, Nelson Mandela. Mandela, símbolo ahora de libertad y perseverancia, fue el prisionero numero 466/64 en Robben Island durante 18 de los 27 años que estuvo en prisión, en una celda diminuta en la que apenas podía moverse, ni tan siquiera tumbarse, subsistiendo en unas condiciones precarias, de humillaciones continuas. Pero la tortura no le enloqueció, no le hizo perder la convicción en sus ideales, ni la voluntad de vivir. Nadie le pudo encadenar su esperanza, ni sus rituales, ni sus sueños. A pesar de los trabajos forzados en las canteras de cal, de la segregación por raza y la obtención de menos privilegios por su condición de negro y de preso político, a pesar de que su contacto con el exterior se redujera a una visita y una carta (mirada con lupa por los censores) cada seis meses, mantuvo esa energía íntima y primigenia que le permitió seguir viviendo, levantarse todos los días al alba y mantener sus rutinas aunque su yo físico estuviera reducido a dos metros cuadrados de terreno. Cuenta John Carlin en ese emocionante libro titulado “El factor humano”, que posteriormente Clint Eastwood llevaría con peor suerte a las pantallas, que Mandela se despertaba siempre a las 4.30 de la mañana, doblaba su pijama y hacía su diminuta cama. Luego, corría, sí, corría. Era una rutina que había adquirido tiempo antes de entrar en prisión. Correr durante una hora. Pasó 18 años corriendo sin moverse del sitio, trotando vagamente sobre una baldosa. A continuación, parece que meditaba. Meditaba y se recitaba a sí mismo ese poema de William Ernest Henley, titulado “Invictus”, que tantas similitudes guarda con la canción de Marley.

 

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo sin fin,
agradezco a los dioses quienes quiera que sean,
por mi alma inquebrantable.

En las garras de la circunstancia
no he parpadeado ni llorado en voz alta.
bajo los golpes del destino
mi cabeza sangra, pero erguida.

Más allá de este lugar de ira y lágrimas
yace el horror de la sombra,
aún con la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.

No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia,
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.

 

El resto de la historia es de sobra conocida por todos. Mandela, tras su liberación a principios de los noventa, y con la ayuda en el proceso democratizador del por aquel entonces presidente afrikáner De Klerk, con quien compartiría el Nobel de la Paz en 1993, se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica ya entrado 1994. No es difícil adivinar la sed de venganza de una raza oprimida, torturada, por el Apartheid más de cuarenta años, la presión social que recaía sobre los hombros de Mandela para buscar culpables, para devolverles el golpe a aquellos déspotas que habían tiranizado todo un país para conservar los privilegios de unos pocos y que le habían sustraído toda una vida, una vida que había tenido que imaginar entre rejas más de 27 años. Pero Mandela, en un gesto que reconcilia con la condición humana, dejó a un lado las vísceras, aquellos pensamientos fáciles y automáticos que surgen de las entrañas para intentar recobrar lo que ya nunca será recuperado, e inició una serie de movimientos para la reconciliación nacional por métodos pacíficos. Mantuvo a De Klerk como vicepresidente, y a muchos de los altos cargos Afrikáners en sus puestos y condujo al país a una situación de estabilidad impensable solo un par de años antes. Allí estaba, el hombre que vivió en el infierno durante tanto tiempo, que sintió lo que era el abismo de la despersonalización, demostrándonos con hechos que la revolución pacifica era posible, que el statu quo no es algo inalterable, que el cambio puede estar en un futuro cercano si las mentes libres y liberadas de prejuicios se lo proponen. Algo que Bob Marley también cantó y reivindicó durante su vida, con aquellas palabras que invocaban la paz y la unión entre bandos en una Jamaica en plena guerra civil callejera. Algo que recoge perfectamente esa obra musical mayúscula llamada “Redemption Song”

Años más tarde, por esa afición mía a los covers, a ver mis canciones favoritas en la textura de otras voces, en otra dimensión interpretativa, descubrí la estupenda versión que Johnny Cash y Joe Strummer le dedicaron al tema de Marley. Dos chicos malos, de aquellos que sacan los pies del tiesto, cantando la canción redentora. Hay algo maravilloso en esta versión. La voz del hombre que vestía de negro como una manera de rebelarse contra el mundo, “contra las iglesias hipócritas y contra todos aquellos que cierran su mente a las nuevas ideas”, curtida por la vida y los excesos, llena de aplomo y entereza, con el contrapunto algo mas tierno pero lleno de pericia de la voz de The Clash.

 No se cuál de las dos versiones elegiría si se diera el caso. Elegir es en muchas ocasiones renunciar a algo valioso, aceptar una derrota. Me quedo, por el contrario, con aquel Marley casi destrozado por la enfermedad, deprimido y triste, que decidió mandarle su último mensaje al mundo. Con esa canción que perdurará a través del tiempo, que seguirá inspirando generaciones y que fue capaz de hacer creer a un adolescente algo perdido que no había barreras físicas que pudieran detener sus sueños.

Redemption song está incluida en el álbum Uprising, el último de Bob Marley & The Wailers, y fue elegida en el puesto 66 en la lista Rolling Stone de las 500 mejores canciones de todos los tiempos. Ha sido versionada por multitud de músicos entre otros Stevie Wonder, U2, Rihanna y Pearl Jam.

Mención especial para esta versión realizada por la fundación Playing for a Change, que con músicos callejeros de todo el planeta, utiliza la música como vinculo de unión entre culturas.

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4 Comentarios

  • Pues ahora sabemos, gracias a papeles desclasificados, que es cierto que Marley estuvo vigilado de cerca por la CIA, y muchos dan por cierto que sufrió un atentado que le obligó a exiliarse a Londres. En los informes de tan ilustre agencia se lee eso: que este hombre nos está predicando la revolución en el Tercer Mundo en un momento en que rock blanco parecía ya totalmente amaestrado… No es extraño, entonces, que las teorías de la conspiración vayan por ahí diciendo que el cáncer fue inducido y tal, como ahora se dice del de Chavez, y yo no me atrevería a descartarlo del todo…

    Estupenda evocación.

  • Uff que increíble historia y que buena canción, la acabo de escuchar por Chris Cornell, de verdad que la letra tiene mucho de verdad.
    “…Emancipate yourselves from mental slavery;
    none but ourselves can free our minds.
    have no fear for atomic energy,
    ‘cause none of them can stop the time.”

  • Hugo, acepta este pequeó regalo en compensación por la belleza de tu post. Lo escribí en Jamaica, para un concurso de poesía en la radio…

    JAMAICA’s SONGS
    Jesús J. de la Gándara

    en las tardes cansinas
    de jamaica
    bob canta libertad

    sentados sobre sus cajas de rumbas
    descansan
    los esclavos
    mientras suenan en la radio
    las canciones del dios

    marley suena a song
    y organiza por las tardes
    las tormentas
    y llueve
    sobre los campos de golf
    agua bendita

    ¡ qué curioso !

    siempre llueve
    por las tardes
    sobre los campos de golf
    mientras los ricos digieren
    sus siestas de langosta

    y los esclavos descansan
    sobre sus cajas de rumbas

    son
    esas tardes cansinas
    de jamaica

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