Vivir sin cultura

No faltan últimamente los artículos apocalípticos sobre el futuro de la llamada cultura o, sobre todo, de la cultura relacionada con los libros. Los editores se quejan de que faltan lectores, que nadie compra libros y, por tanto, escribir libros puede dejar de ser una forma de (ganarse) la vida. Así, sí los que escriben, tienen que hacerlo paralelamente con otra actividad que les de de comer (cada vez peor), el esfuerzo es considerable y, a menudo, imposible para conseguir escribir ciertos textos. Si además no hay incentivos, ni económicos, ni morales, porque escribir libros ha dejado de ser una actividad socialmente valorada, el resultado esta cantado: la cultura tal como la hemos conocido desde la Ilustración podría desaparecer.

Sería interesante pensar si esta sensación se tiene también en otros países europeos, sobre todo en Francia, o si es sólo cuestión de este país, donde cerramos muy rápido los círculos o desaprovechamos educativamente treinta años de bonanza por evanescentes motivos ideológicos. Aunque no habría que perder la perspectiva histórica. Todo puede desaparecer, pero los libros y los que los escriben han sobrevivido a muchas hogueras.

Rafael Argullol especula en este artículo sobre lo que podría ser la vida sin libros y sin lectores. Una vida sin cultura ….

Biblioteca Trinity College

“Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno epocal que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellersprefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellerstradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.

De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.

Biblioteca de la Abadía de Melk, Austria

El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.”

RAFAEL ARGULLOL “Vivir sin cultura”

biblioteca

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1 Comentario

  • “T.S. Eliot trabajaba en un banco. Wallace Stevens y Franz Kafka trabajaban en una compañía de seguros. A su modo particular, Eliot, Stevens y Kafka sufrieron tanto como Poe o Rimbaud. No tiene nada de deshonroso optar por seguir a Eliot, Stevens o Kafka. Él ha optado por vestir un traje oscuro como ellos, llevarlo como si fuese una camisa en llamas, sin explotar a nadie, sin timar a nadie, pagando a su paso. En la época romántica los artista enloquecían a escala desmesurada. La locura manaba en ellos en ríos de versos delirantes o grandes goterones de pintura. Esa época ha terminado: la locura de él, si es que su destino ha de ser el de padecer locura, será diferente: tranquila, discreta. Se sentará en un rincón, tenso y encorvado, como el hombre de la toga del grabado de Durero, esperando pacientemente a que acabe su temporada en el infierno. Y cuando haya pasado será más fuerte por haber resistido.”

    Juventud, de J.M. Coetzee.

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