El jardín multicolor

En mi casa adosada tengo un pequeño jardín. Es sencillo y humilde, un jardín que no precisa jardinero, y al que no le he concedido ninguna licencia a la moda garden house. Un jardín sereno, en el que suelo sentarme a perder el tiempo, contemplando cómo crece la hierba.

Como lo cuido con más cariño que maestría suele lucir un verde generoso e intenso, pero irregular por sus diversas tonalidades. De hecho, aunque mi vecino, hombre instruido en jardinería, dice que “the graas is always greneer or the other side”, ni a el ni a mi nos parece que sea cierto.

 

Fotografía: Yann Arthus-Bertrand

En comparación con el mío el suyo es un jardín de un verde impoluto, limpio y uniforme, pero aburrido, con una única variedad de césped digna de un green de golf, el cual mantiene a raya con severa mano química y un segado semanal innegociable.

El mío en cambio es un jardín heterodoxo, con varios tipos de césped y diferentes hierbas. Por doquier crecen esperanzadores tréboles de tres hojas, y salen prímulas en primavera, y margaritas en verano, y otras florecillas cuyo nombre desconozco. Es un jardín mestizo y cosmopolita, tan entretenido como imprevisible.

 

Fotografía: Yann Arthus-Bertrand

De vez en cuando aparecen hierbas raras, cuyo origen y clase es incierto. Pero no pasa nada, todas son bienvenidas con tal de que no molesten al resto.

Pero a veces salen unas plantas grandotas, que crecen abruptamente y se enseñorean soberbias. Estas no le gustan al resto de las hierbas, pues devoran el abono y el agua de sus vecinas, que enseguida se resienten y marchitan.

Yo las arranco lo antes que puedo, pero enseguida vuelven a salir y a crecer con desmesura, subyugando a las que tienen a su alrededor.

 

Fotografía: Yann Arthus-Bertrand

He pensado en usar algún medio químico tajante y definitivo para eliminarlas, pero mi experto vecino, tras examinar detenidamente mi jardín, el cual, obvio es decirlo, desaprueba, ha emitido un dictamen muy juicioso. Asegura que eso puede ser peligroso para el resto de las hierbas y fatal para las florecillas.

Como no me decidiera por ninguna medida, he convocado a una consulta democrática a todas las hierbas y flores de mi jardín. Pero como hubo opiniones diversas, ninguna unanimidad, ni tan siquiera una simple mayoría, hemos pensado en reservar una esquina del jardín solo para las hierbas señeras. Pero eso a ellas no parece que les resulte suficiente, pues siguen brotando por doquier, y dando la lata al resto con mostrenca insistencia.

 

Fotografía: Yann Arthus-Bertrand

Hemos intentado reconducirlas varías veces, adoptando incluso un tono dialogante, pero ellas siempre acaban llenado su parte y aún así no dejan de brotar donde les conviene. Son, ya lo he dicho, unas hierbas testarudas, sin duda menos acomodaticias que egoístas.

Mi vecino me ha dicho que haga lo mismo que él, arrasar todo el jardín y replantarlo con un césped uniforme como el suyo, a prueba de invasiones y extrañezas. Así tendré un jardín de un verde brillante e impoluto, sin hierbas foráneas ni floraciones imprevistas.

 

Fotografía: Yann Arthus-Bertrand

Pero la verdad es que me da mucha pena. Qué culpa tienen mis céspedes plurales, y mis lindas florecitas, y mis tréboles ilusionantes, incluso las hierbas extranjeras que vienen de visita y se acaban quedando a convivir sin más quimeras. Este es, como ya he dicho, un jardín multicolor y tolerante.

Al final hemos convenido que tendremos aprender a convivir con ellas, y aguantar sus intransigencias, pero, eso si, siempre en actitud vigilante, para impedir que se adueñen del jardín y arruinen la delicada convivencia.

Yo mientras tanto he invitado a mi vecino a sentarse en mi jardín, a contemplar serenamente como reverdea y se florece, pero el ha declinado la invitación, alegando que tenía que segar y no sé qué de muchas prisas.

 

Fotografía: Yann Arthus-Bertrand

 

Lindes y fronteras

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