Sexo y religión: el sexo en los conventos

Co-autor: Carlos Álvarez San Miguel. Psicólogo

              

 

En un principio, en la Iglesia primitiva, no existía ningún tipo de cortapisa a la posibilidad de que los dedicados al servicio de Dios pudieran tener una vida sexual igual a la del resto de los mortales, admitiéndose el matrimonio y la procreación entre ellos. Se sabe que tanto San Pedro como otros apóstoles estaban casados por lo que muchos clérigos seculares consideran el celibato como una imposición canónica contraria al espíritu evangélico primitivo.

La justificación del celibato está bastante extendida en muchas religiones. Entre los pueblos primitivos, por ejemplo, se creía que la magia curativa surtiría menos efecto si los hechiceros estuvieran casados; en algunas religiones orientales existe prácticamente una fobia al contacto con la mujer como persona impura y fuente de impureza. Restos de esta intolerancia los encontraremos en otras muchas religiones en mayor o menor medida, según el grado de influencia que recibieron de estas religiones primitivas y orientales que se habían extendido a través de todos los países y, por lo tanto, lo veremos en el cristianismo.

Así, existen en varios lugares del Nuevo Testamento textos en los que se ha basado la Iglesia para exigir el celibato en sus clérigos, como en la carta de San Pablo que dice: “Yo os querría libres de cuidados. El célibe se cuida de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado ha de cuidarse de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y así esta dividido”, y también “Si no pueden guardar continencia, cásense, que más vale casarse que abrasarse”.

Por otra parte, los Santos Padres de la Iglesia siempre se han manifestado como unos fervientes defensores de la virginidad y/o del rechazo frontal de todo placer sexual y para muestra haremos un pequeño repaso por los escritos que nos dejaron algunos de ellos. San Agustín Obispo de Hipona (siglo IV) decía que “la castidad de los solteros es mejor que la de los casados”; San Jerónimo (siglo IV), autor de La Vulgata, era una apasionado partidario de la virginidad tanto del hombre como de la mujer, siendo para él el matrimonio una alternativa de tipo secundario, un mal menor, y llega a decir que “el marido que ama a su mujer con exceso, sobre todo arrastrándola al amor físico es un adúltero” y que “la relación sexual inhabilita para la oración y los casados no se diferencian en nada de los cerdos”; Tertuliano (siglo II-III) sostenía que “el matrimonio se basa en el mismo acto que la prostitución”; Clemente de Alejandría (siglo II) uno de los maestros de Orígenes decía que “el coito es como una enfermedad perniciosa”; Orígenes (siglo II-III), el que se hizo eunuco, autocastrándose, era de la opinión de que “todo lo sexual es deshonesto”, y podríamos seguir con esta relación de Santos Padres de la Iglesia que más o menos coincidían en estos mismos principios morales. Hay que tener en cuenta que todas estas opiniones estaban en cierto modo provocadas por la relajación de costumbres que se vivían en aquellos siglos en el decadente imperio romano, pero es evidente que han tenido una enorme influencia en todo el desarrollo del pensamiento y la moral de la Iglesia hasta nuestros días.

 

San Ambrosio y San Agustín

A pesar de estas opiniones, una gran parte de los religiosos de la Iglesia Católica, incluidos obispos, presbíteros, abades y diáconos, seguían desposándose a la manera tradicional o bien mantenían una convivencia sexual sistemática con alguna mujer, que acostumbraba a ser su ama de llaves o su cocinera y que en castellano se conocía con los nombres de sobrina de cura o de barragana; si la tal barragana era una compañía amistosa, el clérigo caía en el simple amancebamiento y si la relación se establecía de forma habitual y permanente y bajo el mismo techo se llamaba concubinato. Se trataba de un contrato de amistad y compañerismo que aunque no era reconocido legalmente se consentía para evitar males mayores y así consta en Las Partidas de Alfonso X el Sabio. En el “Fuero viejo” se recoge el carácter permanente del vínculo en su “Carta de mancebía o compañería”. Alfonso X especifica que: se toma barragana “a pan, mesa y cuchillo mientras viviese”, que la tal barragana puede ser “ingenua, liberta o sierva”, y que “no ha de ser virgen, ni menor de 12 años ni viuda honesta”. Mas tarde en el “Fuero Juzgo” se prohibió legalmente y de hecho la barraganía de los clérigos. Ante los intentos de prohibición, cuenta el Arcipreste de Hita en su Libro del Buen Amor, que los clérigos se negaron alegando que la moza que tenían en su casa era una criada, muchas veces rescatada de la orfandad y que eso más parecía un acto de caridad y que además el abandonar a estas buenas mancebas redundaría en la perdición de las mismas ya que acabarían en alguna casa de prostitución por lo que el amancebamiento para ellos (y para ellas), era claramente un mal menor. En Suiza, la situación de prohibición de las concubinas llegó a tal extremo que los maridos hicieron una petición destinada a salvaguardar a sus esposas del ministerio de los curas según la cual debería permitirse a cada uno de ellos mantener al menos una manceba en la rectoría para entretenerse con ella y así dejar en paz al resto de las mujeres. El Arcipreste de Talavera, en 1438, cuando él tenía 40 años, escribe su obra “Reprobación del amor mundano o Corbacho” en la que describe cómo se pierde el eclesiástico por amar con deshonestidad. Tras explicar que los casados con defectos físicos, (cojos, tuertos, jorobados, etc.) o mal parecidos, “como son la mayor parte de los que poseen a las mujeres más hermosas” no deben llevar a casa hombre lozano, mozo y hermoso por el peligro que esto conlleva, ya que con mucha probabilidad se harían dignos de tocar la cornamusa, añade: “pues si hablamos de frailes y abades, no digo nada, que animales son de rapiña; cuando no tienen de suyo, toman lo de su vecino”. Ya lo dice el sabio refranero español: “¿Tanta gente de bonete dónde mete? Porque estar sin meter no puede ser”. Fue tan escandalosa la relajación de costumbres de la Edad Media que en el congreso de Valladolid de 1351 llegan a proclamar un Ordenamiento en el que se dice que hay muchas barraganas de clérigo “así públicas como escondidas, que andan muy sueltamente e sin regla” que se visten con grandes cofias y ricos paños con lo que no es posible diferenciarlas de las “dueñas honradas e mujeres casadas” por lo que ordenan que las tales “trayan pannos viados de Ipre, sin adobo ninguno” para diferenciarlas y apartarlas de las honradas y casadas.

 

San Pablo de Masaccio

En aquella época, solo los llamados ascetas y eremitas se negaban de forma categórica a cualquier tentación de la carne y a través de una severa y voluntaria disciplina física y moral, de austeridad y mortificación pretendían la purificación y la elevación moral del alma. No podemos por menos que citar aquí el relato de Boccaccio en el que una joven, llamada Alibec, que busca la perfección espiritual, tras ser rechazada como discípula por varios ermitaños veteranos por el peligro que representaba para ellos, se encuentra con Rústico, un joven eremita que se compromete a orientarla. Pronto advierte Alibec que Rústico posee una protuberancia corporal de la que ella carece. Rústico le aclara que se trata de un temible diablo que se encrespa y revive solo con verla pero que afortunadamente ella posee un verdadero infierno donde puede y debe ser castigada su altivez. Deciden de mutuo acuerdo doblegar al diablo de Rústico, metiéndole en el infierno de Alibec y a pesar de que la primera vez que realizan el castigo la resulta muy grande la brusquedad del demonio, posteriormente Alibec se da cuenta que este servicio a Dios es la cosa más dulce del mundo y se lanza a una desenfrenada carrera de perfección a través del ya conocido método de castigar al enervante diablo metiéndolo en su infierno. La alimentación del eremita, a base de raíces y este ejercicio de perfección tantas veces repetido, además de enflaquecer a Rústico, hicieron que se sosegara enormemente su demonio, pero Alibec seguía sintiendo su infierno en llamas y solo la marcha de Alibec a su casa por un problema en su familia salvó la vida de Rústico y de su diablo. (Es posible que este problema de la alimentación escasa en calorías, incompatible con una vida sexual muy activa, sea lo que realmente haya preservado a los ascetas de las tentaciones de la carne, al menos en lo que a los actos físicos se refiere, no tanto a los de pensamiento).

 

Tertuliano

Teniendo en cuenta la religiosidad que impregnaba la sociedad, la jerarquía eclesiástica formaba una parte importante de la cumbre y gozaba de un gran prestigio social, económico y político. Las monjas, naturalmente, participaban de este mismo poder aunque en grado menor por razón de su sexo. Sin embargo una monja estaba situada por encima de cualquier otra mujer casada de la época ya que ella se había casado con el Señor, y no digamos las madres abadesas de algunos conventos de gran importancia, algunas de las cuales eran parientes cercanos de la realeza o de la nobleza de mayor alcurnia, por la costumbre que existía de obligar a tomar los hábitos de monja a muchos familiares como una salida digna, bien sea para no repartir el patrimonio entre varios hermanos o por una falta de dinero o bienes para juntar una dote suficiente que la permitiera un casamiento con persona de su rango. Las “vocaciones” eran muy numerosas llegando, solo en la Corona de Castilla, a contabilizarse más de 20.000 monjas a finales del siglo XV. La existencia de las monjas obligadas a recluirse en un convento en contra de su voluntad o en una edad en la que no podían conocer donde se metían y no llegaban a cuajar una vocación más tarde, era lo que daba un ambiente quizás algo desordenado al convento en el que estaban. Por ello, Santa Teresa de Jesús, tras su vida durante treinta años en el Convento de la Encarnación y por el conocimiento que tenía de lo que ocurría en otros conventos de monjas, desaconseja a los padres que metan a sus hijas en ellos, advirtiéndoles que: “quieran más casarlas muy bajamente que meterlas en monasterios semejantes”. Inicia la famosa reforma de la Orden del Carmelo fundando la de las Carmelitas Descalzas y escribe el libro de las Constituciones en el que regula de forma drástica y muy minuciosa toda la vida de las monjas en sus conventos. Entre otras muchas cosas ordena que para evitar cualquier tentación de relación impura entre las monjas:”Ninguna hermana abrace a otra, ni las toque el rostro ni las manos ni tengan amistades en particular” y “más aún cuando entrare el médico o el barbero o las demás personas necesarias, siempre lleven dos terceras que nunca les pierdan de vista y si es el confesor siempre esté una tercera desviada que pueda ver al confesor y sólo hable la enferma en secreto con él.

 

 

Si nos adentramos en otros de los escritos de la Santa en los que nos muestra su vida interior vemos como, a pesar de su trabajo ascético y su vida mística y cercana a Dios, no dejaba el diablo de asaltarla y a veces confiesa actuaciones y sentimientos en los que cabría la posibilidad de entrever una debilidad por su parte o una cesión a algunos descensos a lo mundano. Confiesa Santa Teresa explícitamente que “doy gracias a Dios porque nunca fui molestada con tentaciones ni de pensamientos deshonestos” al contrario que otra Santa igual de mística y de casta como es Santa Catalina de Siena que se restregaba con zarzas y ortigas para controlar sus deseos libidinosos. A pesar de esta absoluta falta de tentaciones sexuales, si admite, aunque siempre racionalizando sus intenciones algunas debilidades de tipo afectivo, apegos sentimentales “con alguna demasía y exceso”. Resulta tan difícil la separación de lo espiritual y lo sexual, que la propia Santa dice “va tan entrometido lo sensual con lo espiritual, que a veces no hay quien lo entienda, en especial si es con algún confesor”.

Hay que tener en cuenta que casi toda la literatura de los místicos en la que cuentan sus experiencias más íntimas se basa en la comparación de su estado y relación con Dios con la relación matrimonial y el enamoramiento, siguiendo el Cantar de los Cantares como único medio de poder comunicar sus experiencias místicas,. Como ejemplos podemos leer lo que escribe Santa Teresa: “Durante los éxtasis el cuerpo pierde todo movimiento, la respiración se debilita, se emiten suspiros y el placer llega a intervalos”o la descripción de la famosa Transverberación de la Santa: “En un éxtasis se apareció un Angel tangible en su constitución carnal, y era muy hermoso; vi en la mano de este Angel un largo dardo; era de oro y llevaba en la extremidad una púa de fuego. El Angel me penetró con el dardo hasta las vísceras y cuando lo retiró me dejó un ardiente amor hacia Dios”, o el verso “que mi amado es para mi y yo soy para mi amado”

 

Decamerón

En las épocas quizás más licenciosas, entre el año 1200 y el 1700 aproximadamente, en las que realmente había una gran relajación de la moral y las costumbres tanto en los palacios como en los conventos, las monjas que escogían con verdadera vocación la vida en la clausura corrían dos peligros, el de pecar y el de no pecar. Si pecaban perdían su alma pero salvaban su cuerpo y su mente; si no pecaban conservaban su alma pero perdían su cabeza en la enfermedad mental y la histeria y muchas veces su cuerpo y también la cabeza a manos de la Santa Inquisición.

Existía en aquel tiempo una cierta propensión a poner cerco a los conventos con la intención de conseguir el amor de alguna monja o novicia, generalmente de aquellas a las que la vocación no era lo que las había llevado al convento, dándose el caso de muchos nobles que se enamoraban de alguna e iban a los oficios religiosos que se celebraban en el convento para conseguir una mirada o un roce con las manos a través de las rejas que hacían estallar de gozo a los enamorados. Eran llamados popularmente “devotos de las monjas” y las hacían regalos que eran correspondidos con dulces hechos por ellas mismas o con alguna medalla que luego era lucida con orgullo por el galán. Tuvo esta conducta tanta extensión en la época que estos personajes son atacados por el mismo Quevedo con su consabida y ácida ironía, de la siguiente manera:

“Todos aquellos que, descuidados de si mismos, pusiesen sus sentidos en la monja que aman y, trayendo consigo medalla o insignia, hicieran exclamaciones solitarias, coplas o sonetos en su alabanza, y les escribiesen cartas contemplativas, se les conceden quince años de bobería y otras tantas cuarentenas de tiempo perdido.

Item: cualquier devoto que llevado de su afición diere dinero, piezas de oro, plata y otras cosas de valor a su devota, se le conceden veinte años de arrepentimiento y otros tantos de bolsa vacía..

Últimamente, cualquier devoto que muriese con una de estas medallas e invocare a última hora el nombre de su devota, se le concede que, sin pasar por el purgatorio, se vaya derecho al infierno”

Fray Antonio de la Anunciación envía una carta a Felipe IV quejándose de las misivas que estos enamorados hacían llegar a las monjas ya que el tono de las mismas era bastante subido “encontrándose allí la palabra lasciva y deshonesta de que forzosamente se sigue el escándalo” y sus quejas a los prelados son inútiles “porque hacen oreja sorda y me salen con decir que es costumbre”

 

 

 

No sabía muy bien el bueno de Fray Antonio a quién dirigía sus quejas ya que el propio rey no estaba libre de pecado: se cuenta del rey Felipe IV, que habiéndose enamorado de una monja a la que había tratado a través de las rejas, y que seguramente estaba encantada con este regio galanteo, la dice que va a ir esa noche al convento para satisfacer su amor; la hermana, que no puede negarse a una petición real, viendo en peligro su virtud, avisa a la superiora y entre las dos preparan una estratagema que salva a la monja: se concierta efectivamente la cita y cuando llega el rey y se cuela en el convento acompañado de su fiel Conde Duque de Olivares que ejercía de acompañante tanto por su experiencia en el asalto de conventos en lo que era un verdadero experto, como porque así podía controlar mejor al monarca en los negocios del poder y del gobierno del reino, y llega a la celda de la monja a la hora señalada a través de los oscuros y lúgubres pasillos del convento y, en lugar de ver a la hermana corriendo hacia él enamorada, se la encuentra tendida en un ataúd, rodeada de cuatro cirios funerarios encendidos; el rey, aterrado, creyéndola muerta, huye a toda prisa de allí con lo que se salva la honra de la hermana sin tener que enfrentarse al rey.

Nos encontramos, pues, con un espacio cerrado, el convento, lleno de mujeres, muchas de ellas jóvenes y con poco conocimiento y experiencia en las cosas del mundo, en manos de algún director espiritual que era el único hombre con entrada libre al convento que en muchas ocasiones se convertía en un verdadero serrallo a su disposición. A través de la confesión seducían con todo tipo de estrategias a las monjas para tener acceso carnal con ellas. Unas veces eran engañadas a base de preguntas, más o menos insistentes e insidiosas que incitaban y excitaban la imaginación y los deseos casi siempre reprimidos de las monjas, y otras veces haciendo gala de la más fértil fantasía y creatividad como en el caso de un monje capuchino valenciano que pervirtió a trece de las diecisiete monjas de un convento, del que fue nombrado director espiritual, con la siguiente estratagema: durante el ejercicio de su dirección espiritual y confesión decía a las monjas:

 

Inquisición

“Nuestro Jesús ha tenido la bondad de dejárseme ver en la hostia consagrada y díjome: Casi todas las almas que tu diriges en el convento son muy agradables en mi presencia porque tienen verdadero amor a la virtud, pero particularmente Fulana (aquí el nombre de la que estaba en confesión). Su alma es tan perfecta que ya tiene vencidas todas las pasiones menos la sensualidad…Y para que se una perfectamente a mi amor y me sirva en la tranquilidad que no goza, te encargo que la concedas en mi nombre la dispensa parcial que necesita y le baste para su tranquilidad diciéndole que puede satisfacer su pasión con tal que sea precisamente contigo y de modo que para evitar escándalo guarde riguroso secreto con todo el mundo, sin decírselo a nadie, ni aún a otro confesor.”

Como se puede ver en este caso hay un acercamiento claro a las doctrinas místicas quietistas del siglo XVI, que afirmaban que el alma, para alcanzar la perfecta contemplación de Dios, necesita sentir la vivencia de la pasividad total, la absoluta inanición y, cualquier esfuerzo o incluso la realización de meditaciones o prácticas religiosas externas es, no solo innecesario e inútil, sino contraproducente. Según estas teorías, si en medio de la contemplación, el místico se ve asaltado por la visión tentadora del sexo, en lugar de dedicar días o meses a resistirse a las tentaciones abandonando en ese tiempo los asuntos espirituales como harían los que siguen las doctrinas más ortodoxas de la iglesia, los molinosistas se dejan de tonterías, solucionan sus apremios sexuales lo más rápidamente posible y, como si nada hubiera pasado se entregan de nuevo y, ya con toda la calma, a la contemplación de Dios. “Los actos cometidos durante el éxtasis y en la contemplación divina son inocentes aunque parezcan pecaminosos…”. No se puede negar el atractivo de este misticismo que permitía todo tipo de satisfacciones a los que lo creían o fingían creerlo y así, y de hecho en España prenden con rapidez estas doctrinas. Estas ideas las recoge y las sistematiza un teólogo aragonés llamado Miguel de Molinos (1628-1696) en un tratado místico-teológico que alcanzó un éxito inusitado y una gran difusión siendo editada y traducida en múltiples ocasiones: “Guía espiritual que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz” (1676) y que se conoce habitualmente como “Guía Espiritual”.

 

 

“Auto de fe presidido por Santo Domingo de Guzmán” ” de Pedro Berruguete

Si tenemos en cuenta que en estas épocas, como ya se ha dicho, un buen número de monjas y frailes llegaban al convento o a la vida religiosa de forma obligada, sin ninguna vocación, es lógico pensar que buscarían todo tipo de estratagemas para poder satisfacer sus deseos, llegando a propagarse la creencia de los Íncubos (demonios sexualmente masculinos) y los Súcubos (demonios sexualmente femeninos), por lo que esta doctrina del Quietismo, que en España se llamó también Molinismo o Molinosismo en honor del citado Miguel de Molinos, que tenía la virtud de disfrazar de ciencia y teología mística autorizada los excesos sexuales, tuvo un gran éxito de crítica y público alcanzando un seguimiento muy elevado. Hay que pensar que Miguel de Molinos llegó a ser un teólogo y confesor muy renombrado y sus obras anteriores de carácter místico estaban muy extendidas y aceptadas y por lo tanto el apoyo que proporcionaba a las conductas licenciosas era mayor por el prestigio de que gozaba el autor.

A mediados del siglo XVI ante la promiscuidad que existía en muchos de los conventos en los que incluso se celebraban fiestas, bailes y orgías y normalmente podían convivir monjas y monjes, el Concilio de Trento inventa e impone la Clausura. En la clausura de las monjas, no podía entrar ningún varón salvo el director espiritual que, en privado, las confesaba y recibía sus cuitas y deseos más íntimos. Las palabras de Molinos eran aquí de gran utilidad, ya que la monja podía pasar por la experiencia sexual como quien esta ausente, siempre pendiente de la contemplación divina y lógicamente podía ver su buena fe sorprendida por un íncubo que, iba sorprendiendo indefectiblemente la buena fe de las demás monjas de buen ver del convento.

 

“San Francisco arrodillado con una calvera en las manos” de Zurbarán

Son muy numerosos los conventos que fueron atacados por un gran número de estas sectas de curas, frailes, monjes, etc. que recibieron nombres como Fratricellos, Herejes de Durango, Dexados, Alumbrados, y de otros curas seculares de los cuales hay constancia fundamentalmente gracias a los procesos que contra ellos eran levantados por la Santa Inquisición y que abundan en todo tipo de detalles sobre cada caso. En muchos casos además de las ideas referidas encontramos otras muchas desviaciones de la ortodoxia católica negando unas veces la virtud del agua bendita, otras el matrimonio, otras las ceremonias religiosas, o la transubstanciación de la hostia consagrada, o la necesidad de hacer penitencia, el culto a las imágenes y un largo etcétera. Alguna secta como la del Padre Cristóbal Chamizo en Llerena, localidad extremeña, si que cree en la consagración de la hostia y hasta tal punto lo hace, que hacía comulgar a sus penitentes con varias hostias porque decía que “cuanta más forma, más gracia”. En su proceso inquisitorial se le adjudican treinta y cuatro penitentes a las que se benefició seguramente llenas de gracia. Hernando de Écija llegó aun más lejos afirmando que “una beata recién comulgada es tan adorable como el mismo sacramento”.

Sería muy largo enumerar todos los nombres de personajes que siguieron estas mismas corrientes por lo que voy a citar solamente algunos de ellos elegidos por alguna característica de interés:

Citaremos en primer lugar a Fray Francisco de la Parra, también de Llerena, elegido por ser otro mago de la gramática erótica en la solicitación en pleno acto de la penitencia. Su estrategia consistía en asegurar a sus penitentes que Dios le “había quitado todos los afectos y pasiones de hombre y que nada había en sus acciones de pecaminoso, antes bien con la unión del cuerpo se unen los espíritus con Dios y se fortalecen en su servicio”, y muchas se fortalecieron.

Otro estratega del mismo cuño es Francisco de Ocaña que aseguraba que le había sido revelado que debía juntarse con diversas mujeres santas para engendrar en ellas profetas.

Quizás otro caso curioso sea el de la beata Catalina de Jesús y el Maestro presbítero Juan de Villalpando que en 1627 fueron procesados por haber creado una sociedad místico-sexual que administraba la eucaristía de muchas formas llegando a “creérseles incursos en el horrendo sacrilegio de otorgar a la fellatio caracteres sacramentales”.

 

“Don Juan Tenorio” por Dalí

Gregorio Marañón describe esta época histórica como aquella en “se produce una progresiva conversión de un error espiritual en un desenfreno carnal”, en una España capaz de sublimes místicos a la vez que de obscenos y lujuriosos iluminados que cada vez se volvían más atrevidos a la hora de apañárselas para dar su alma a Dios y su cuerpo al diablo, pero sobre todo lo segundo. Compara a estos confesores con uno de sus mitos más estudiados y queridos como es el mito de Don Juan Tenorio, llegando a la conclusión que tanto los confesores como el propio Don Juan iban a lo mismo, pero los primeros lo hacían amparándose hipócritamente en el rito religioso para así suplir su falta de belleza física y de posibilidades de seducción personal que eran las armas del segundo. Describe Marañón el conocido caso del convento de San Plácido de Madrid que alojaba a treinta monjas benitas “casi todas jóvenes y algunas casi niñas”. El Prior y confesor de estas monjas era Francisco García Calderón que decía, según consta en este proceso que: “Los actos ilícitos no son pecados, antes bien, haciéndose en caridad y amor a Dios disponen a mayor perfección y no son estorbo para la oración y contemplación, sino que por ellos mismos, y poniendo el corazón en Dios, se puede conseguir un alto grado de oración”. Las monjas e incluso el propio médico del convento estaban convencidos de la existencia de un demonio que las poseía al que llamaban El Peregrino Raro y lógicamente se prestaban voluntariamente a los exorcismos del director espiritual, lo cual era aprovechado por éste para satisfacer sus más bajos instintos. Fray Francisco, acompañado de algún que otro religioso se pasaban la noche en el convento para aplicar el hisopo, el agua bendita y las oraciones de la Iglesia en los lugares y momentos más oportunos. Al decir de estas monjas en la descripción de lo que les ocurría cuando eran poseídas, decían que el demonio que las poseía se presentaba ante ellas bajo los más variados disfraces, unas veces, cuando llegaba por detrás gruñía como un cerdo y si lo hacían por delante veían frailes o jóvenes que buscaban su boca y la besaban. Esto nos hace ver con claridad por un lado la ignorancia en temas de sexualidad, la ingenuidad y la total indefensión de las monjas y por otro la inagotable imaginación y puesta en marcha de las tretas necesarias para conseguir este tipo de objetivos que no cede a lo largo de toda la historia de la humanidad.

 

“Monjas carmelitas ante Ávila” Guido Caprotti, 1937

Este tipo de actividades fue perseguido por la Inquisición que, aunque como todo el mundo sabe se dedicó con más ahínco a la persecución de herejes y de brujas, también se ocupó de muchos casos de usos y abusos sexuales, encarcelando y abriendo procesos de los que quedan los escritos pormenorizados de las confesiones y testimonios que sirvieron para las condenas de un buen número de beatas, monjas y abadesas. En muchos de estos procesos se mezclan las actividades sexuales en los conventos con la brujería y/o la posesión demoníaca dando así, por un lado más razones para la intervención de la Santa Inquisición y por otro lado una interpretación de lo ocurrido que de alguna manera exculpaba a la Iglesia y a la vida monástica de los escándalos que suponían este tipo de acontecimientos: la intervención del Demonio en persona o a través de las posesas o de las brujas era la causa verdadera de la relajación de las costumbres dentro de los conventos.

Muchos de estos hechos se conocieron a través de cambios de confesor de alguna de las monjas, venganza de alguna monja desairada o arrepentida, por envidias dentro del convento entre las monjas o por alguna otra circunstancia parecida y los protagonistas fueron castigados en general con penas muy leves como penitencias, reclusión en un convento por tiempo más o menos largo para las monjas o la prohibición para el ejercicio del sacramento de la penitencia para los frailes, si bien algunos de los protagonistas sabemos que acabaron en la hoguera.

Si alguno ha pensado que el erotismo y la laxitud de costumbres en materia de sexo que se supone a Francia son recientes, de la época en la que en España estaba Franco cercenando los anhelos y deseos sexuales de los españoles, esta muy equivocado. Justo en la época anterior a la Guerra de los Cien Años que se desarrolla entre el 1240 y el 1340 un Arzobispo de Ruan y confesor del Rey, llamado Rigault, hizo una gira por los monasterios de Normandía y elaboró un informe sobre la conducta de los eclesiásticos. Comprobó que los frailes y las monjas “estaban entregados al desenfreno y la perversión”, que “habían cambiado los crucifijos por espadas que muchas veces eran utilizadas para resolver las diferencias que se producían entre los monjes”, que en lugar de escuchar oraciones y observar meditación escuchó proposiciones amorosas, que la meditación se practicaba por parejas y acababan en actos carnales y en partos o abortos, etc. Durante la época de Enrique IV ciertas religiosas francesas recibían visitas, daban bailes y se entregaban a una vida mundana que a nadie llamaba la atención. ¡C´etait la France!

 

“Felipe IV” de Velazquez

Un cronista llamado Massée cuenta el caso de una monja de Quesnoy, Jeanne Pothierre de 45 años, que confesó a su confesor los ardores amorosos que la acometían, el confesor los desoye como es natural, pero el diablo que se entera de todo, se cuela en el convento por la noche, llega al lecho de la monja y al verla en semejante estado de ardor “herida por la espina de Venus, toma astuta y sutilmente la figura del Padre Confesor y tal maña se da con la incauta religiosa que, por confesión de ella misma, la poseyó en varias noches nada menos que cuatrocientas treinta y cuatro veces”.

Realmente el director espiritual de un convento no encontraba demasiadas dificultades a la hora de convencer a las monjas de que pecar con él era santificarse. En Francia, las queridas de los sacerdotes se llamaban “consagradas”; en España, “santificadas”. Si se estudia el fenómeno con ojos actuales podemos encontrar varias razones que favorecen su aparición: el encierro precoz, el ambiente opaco, la falta de satisfacción sexual de temperamentos muy ardientes, la falta de ocupaciones externas y la gran ignorancia de la mujer. Si a esto añadimos una dosis de Quietismo o Molinosismo que engrase el engranaje, la cosa va sobre ruedas.

En este contexto se plantea una disputa muy curiosa entre los distintos tipos de eclesiásticos según fueran de órdenes mendicantes, que eran los que recorrían los caminos, o de los confesores. Cuenta Michelet que los frailes astrosos, los que andaban por los caminos, gustaban sobre todo a las monjas españolas pero no a las francesas que les rechazaban porque eran demasiado sucios para ellas. Los capuchinos, los recoletos y los carmelitas andarines habrían sufrido así la humillación de ver como en Francia preferían al confesor, al jesuita, para sus historias de amor. Las italianas y las españolas que fueron víctimas del asalto sexual del confesor de turno, se adaptaron con la mayor resignación sufriendo calladamente el uso arbitrario que hacía de ellas el confesor, “eran admirablemente pasivas” al decir de las crónicas. Sin embargo las francesas, de personalidad más fuerte, despierta y exigente, odiaban y amaban de forma tremebunda; eran verdaderos demonios que carecían de discreción y gustaban del escándalo y revelaban sus pecados con la misma claridad y facilidad que los cometían.

 

 

Los siguientes casos todos ellos de gran notoriedad podrían considerarse paradigmáticos de los muchos que ocurrieron en Francia. El primero sería el de las monjas de Loudun, en la ciudad de Poitou, en el que el padre jesuita Grandier con su precioso verbo consolaba a jóvenes y viudas de la ciudad de forma no muy acorde con su estado eclesiástico y por el mismo método se hace con los favores de gran parte de las de las religiosas, acabando en la hoguera en 1634 por el delito de haber enviado demonios que poseyeron a las monjas y que varios exorcistas celebres, a pesar de tenerles identificados y saber sus nombres: Asmodeo, Leviatán, Behemol, Blimi, Gresil, Aman, y un largo etcétera, no habían conseguido expulsarles veinte años después de ser ejecutado el padre Grandier.

Lo ocurrido en el convento de franciscanas de Louviers esta relatado en el libro “Histoire de Madeleine Bavent”, editado en 1652, que se encuentra depositado en la Biblioteca Nacional Francesa. En esta historia se dan algunas circunstancias que la hacen diferente de las por la utilización de drogas del tipo de la belladona, algo no tan raro en la época, porque al ser de uso común en la medicina de la época y sobre todo entre las brujas, se conocían bien sus efectos sobre la mente y la capacidad de engañar los sentidos de los que lo tomaban y así fueron muchos los que lo utilizaron para doblegar las resistencias de las novicias y monjas en sus ataques sexuales y para que después pudieran hacerlas creer que habían sido seducidas por el mismísimo diablo como ocurrió en este caso que Madeleine fue desflorada a los catorce años por el diablo Dagón, que tomo la forma de su confesor el padre David. Después, un segundo confesor, el padre Picart, vence también la resistencia de Madeleine a base de altas dosis de belladona llegando a embarazarla y posteriormente, con el uso “de ciertas drogas” provocarla el aborto. Madeleine, posiblemente ayudada por el efecto de la belladona, comienza a ver como el demonio tomaba la forma de un gato de fuego que la perseguía, la desnudaba e intentaba forzarla; las otras religiosas se contagiaron de esta agitación hasta el punto de que fue llamado el cirujano de la Reina, el Doctor Yvelin, que debía ser un hombre poco dado a creer en demonios, y tras estudiar a las monjas, concluye: “Eran cincuenta y dos religiosas de las cuales seis, posesas, lo que necesitaban era un buen correctivo, las diecisiete supuestamente encantadas no eran más que víctimas, niñas aquejadas del mal de los claustros. Están sanas, pero histéricas. No hay demonios, sino tempestades de matriz. Lunáticas y algo extraviadas, el único diablo que las acosa es la compañía. Hay que separarlas.” Madeleine es encerrada en el calabozo del Palacio Episcopal.

 

Concilio de Trento

Por último citaremos el caso del padre Girard, jesuita de gran fama por sus predicaciones en toda Marsella, que era admirado y pretendido por muchas de las mujeres de la alta sociedad de la ciudad a pesar de su aspecto desgarbado, sucio y la mala costumbre de escupir a cada momento. Se convirtió con el tiempo en el confesor de Catherine Cadière que había ingresado en el convento carmelita de las Hijas de Santa Teresa. Presentaba tal fragilidad de carácter y resignación que se doblega en todo a las sugerencias del padre Girard y esto acaba por hacerla caer enferma en la cama. Girard empezó a visitarla en su habitación para confortarla, primero acompañado por un seminarista, luego dejó al seminarista a la puerta y por último echaba el cerrojo de la puerta y permanecía a solas con ella. En sus toques y caricias paternales por toda la anatomía de Catherine hizo un descubrimiento interesante: bastaba tocarle un pezón para que Catherine se desmayara y no desaprovechó el padre Girard las ocasiones que esta peculiaridad le brindaba cada vez que la tenía a mano. En la trascripción de los testimonios de Catherine que constan en el libro del Proceso abierto contra ellos, “Procedure du Père Girard et de la Cadière” de 1733, en Aix, se describe como tras algunos de los desvanecimientos se encontraba, bien con la faldas arrebujadas o en posición indecente, bien con el padre Girard reptando entre sus piernas.

Aún podríamos extendernos más con otros muchos casos pero creemos que con el repaso hecho, hemos podido dar una idea general de una realidad, en general poco conocida, aunque teniendo en cuenta el conocimiento que todos tenemos de la naturaleza humana, muchas veces ha podido ser imaginada e intuida

Hay que resaltar que los hechos que se han relatado aquí están perfectamente documentados por historiadores y eruditos, incluso en muchos casos han sido juzgados y sentenciados por las autoridades de la propia Iglesia, y así constan, con todo lujo de detalles, en las actas de los procesos de los juicios eclesiásticos y de los promovidos por la Santa Inquisición.

Naturalmente que a lo largo de la historia ha tenido que haber clérigos y monjas que han vivido en sus conventos haciendo honor a sus votos, entre ellos el de castidad (y que por ello no aparecen en estas narraciones que pretenden poner de manifiesto justamente lo contrario), siguiendo un camino de perfección espiritual y de acercamiento a Dios ya sea ascético o místico, y que, dicho sea en justicia, han tenido que ser una mayoría.

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1 Comentario

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