Mis monstruos toman café y están en vela toda la noche

“Deberías saber que te siento bien adentro, que te quiero con toda la pasión de una amante y que te deseo con todo el pensamiento de una loca enamorada. De ti y de la vida. De la vida que sé que puedo pasar contigo”.

Sé que era porque me encogía cuando te soñaba.
Sé que fuimos porque apurábamos el paso para encontrarnos.
Sé que soñamos porque idealizamos el futuro sin saber que ni teníamos un presente.

Mi corazoncito te recuerda como a pocos. Qué coño, como a ninguno.
Mis labios querrían volverse a cruzar con los tuyos. Para trazar memorias que recuerden nuestros nietos.
Mis sentidos se desordenan como los poemas de Carilda. En verdad sólo era un poema. Sí, ese que te recitaba cada tarde en el parque. Ya, sólo fue una tarde.

Siento que el olvido me entrecorta las palabras para que jamás pueda escribirlas. Y jamás te sentiré, ni me sentirás. Pero nos sentimos. Follábamos como hacen los buenos amantes. Con tu lengua recorrías mis miedos y te burlabas de mis actos; actos de niña. Y nuestros motes jamás serán de otros. No de la misma manera.

Han venido hombres al mismo lugar y nunca de la misma manera. Les he llevado al mismo sitio, todos hablaron de amor. Me quedaba quietecita, inmune a las heridas. De esas ya tengo muchas. Jamás han cicatrizado. No lo sabes, no lo sabrás. Aunque muchos te lo habrán dicho. Las palabritas que vuelan como volaron nuestros anhelos y nuestras sábanas. Me rompiste.

Hice locuras y salí corriendo tras de ti en noches oscuras. Cuando más miedo da la felicidad. Y daba igual la lluvia. Compararé a los demás contigo. Desde el principio hasta el fin.

Tuve que dejar veranos atrás. Y tuve que resetear mi memoria una y otra vez. Y olvidar canciones, cartas, sonrisas. Tuve que intentarlo porque así, a veces, dolías menos. Pero lo cierto es que dueles casi tanto como el primer día.

El amor se fue, la ira pasó y el recuerdo persiste. Me vuelvo pequeñita cada vez que hablo de ti y los monstruos salen del armario, se montan una fiesta de retortijones y se preparan café bien cargado para aguantar toda la noche. Como no me gusta el café, no me invitan. Yo pensaba que el amor, cuando duele, se supera, se olvida y se pasa página. Pero todas las páginas me recuerdan a ti pese a haber empezado libros nuevos.

Lo más curioso sucede en el día a día.

Cuando voy andando por la calle, ajena a los llantos, pasa un hombre con tu perfume. Y, de vez en cuando, me quedo inmóvil y espero que aparezcas de entre la gente. Y nunca llegas. Apresuro el paso y pienso que no estoy cuerda. Jamás llegarás. Ya no soy niña jugando a querer. Y sólo lo entiendes tú. No quiero que ningún hombre se quede mucho tiempo por temor a encariñarme de su olor.

Porque tu olor se quedó. Ya ves, un olor, una fragancia. Una mierda. Durante mucho tiempo sólo tú podías consolarme. Y cuando los peldaños estaban muy separados los unos de los otros, tú construías atajos. Y la vida era mucho más fácil.

Las decisiones pesan. Y, quizá…sólo quizá… si no hubiésemos cometido tantos errores. Errores, ¿quién los quiere? Dicen que de ellos se aprende. Se aprende a vivir gracias a los tropezones. Yo ya no sé si sé vivir o sobrevivir. ¿Qué es vivir? Dueles. Duele saber que dolerás aunque cambies de perfume. ¿Usan los hombres perfume? El cuento de siempre. Llegaron otros y otras. Y ocuparon nuestras vidas. Cambiaron los muebles, la decoración, la perspectiva. Y perdí el rumbo. Me recompuse. Cogí capa y espada y me peleé con los monstruos. Los del armario, ¿recuerdas?

Me rompiste, me recompuse, compré libros nuevos. No todo lo que soy es gracias a ti. Eso es una gilipollez. Soy lo que soy porque la gente duele, no sólo tú. Duelen las alegrías, las lágrimas. Duele cuando te cortas pasando de página.

No me dueles todos los días. Me duelen los finales felices que imagino cuando los monstruos están calladitos y me dejan pensar. Ya ves, en mis sueños olvidamos todos los fallos y retrocedemos en el tiempo. En mis sueños me vuelvo canija, coqueta, insegura, tímida. ¿Sabías que no son capaces de darse cuenta de mis inseguridades? Qué vas a saber tú si dejaste olvidados los planes encima de mi mesita de noche. A veces los escondo para poder intentar ser feliz.

En mis sueños vuelvo a escribirte cartas y a apagar velas. Esa manía tuya en poner velas cuando sabías que las detestaba. Y en mis sueños vuelvo a llorar si decides irte lejos unas cuantas semanas. Bueno, a quién pretendo engañar, sólo fueron días. En mis sueños no cometo errores. En mis sueños te agarro tan fuerte que te dejo marcas. Ojalá pudiese haberte hecho marcas porque así, al menos, me recordarías.

La vida no es más sencilla ahora que ya no estás. Lo sé, hace mucho tiempo que te marchaste y algunos se preguntan cómo es posible que pueda seguir sintiéndote, padeciéndote. Algunos me preguntan por esas heridas que llevo en la espalda. Por el equipaje. Yo les digo que no son sólo de sexo, que todos llevamos un equipaje lleno de culpas, de fracasos, de arañazos. Ninguno ha conseguido saber qué sucedió. Quiero que tú seas el primero.

Temo que jamás lo sabrás. Me quedaré en silencio y no podré articular palabra. Y serán pequeños secretitos guardados en mis bragas. Puede que algún día, alguien consiga adivinarme y consiga que trace círculos en su barriga. Puede que quiera trazar círculos y dibujar mapas del tesoro.

Me tengo que preguntar a menudo cómo es posible que, aún habiendo pasado las páginas (algunas las apuró el aire), a veces me sienta tan rota. Y otras mañanas me siento recompuesta. Y las canciones, la cajita de recuerdos (la roja) y todas esas pequeñas cosas no duelen. Aún sigo buscándole preguntas a algunas respuestas. Aún sigo culpándome y buscando excusas en mis tropiezos.

Cuando se trata de ti olvido qué es entender el mundo. Cuando las personas consiguen adivinarme sin preguntar pierdo el equilibro. Me tambaleo como mala funambulista, ahora que tan de moda está la palabra. Te suplicaría, pero ya he pasado por eso otras muchas veces.

Me romperé el mentón de caídas. Volveré a ser niña jugando a que la quieran.

 

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