A Woman Left Lonely: 50 años de la sobredosis de Janis Joplin

A todos nos caía, nos sigue cayendo bien Leonard Cohen, pero en Chelsea Hotel presume sin rebozo de las cositas ricas que le hacía Janis en el célebre establecimiento. No he leído ninguna biografía de Janis Joplin, pero apostaría a que fue ese tipo de trato el que la mató. Maltrato no, si no demasiado buen trato, diríamos, el trato que se dispensa a un compañero de farra. Los hombres con los que se liaba la tenían por el mejor de los colegas, una chica lanzada que iba a claramente a por ti, que se colocaba contigo y que casi siempre sabía marcharse discretamente por la mañana. Eso que llamaban una chica cool en la película Perdida de David Fincher. Leo hoy en El País que cuanto era adolescente en su universidad -Bellas Artes, por cierto- los cabrones locales colgaron carteles de un concurso al “hombre más feo del campus” con una foto de Janis, y ya me lo explico todo. Me cago en la competición por la popularidad de la cruel juventud norteamericana, de entonces y de ahora, y que se está infiltrando en nuestros institutos, donde ya comienzan a abundar visitas al psicólogo, cortes en los brazos y chistes macabros de autolesión. Un país cuyo proceso de socialización es así lo tiene muy crudo internacionalmente, por muy poderosos que sean sus “aparatos ideológicos de estado”. El adolescente no es un lobo para el adolescente, eso si acaso viene después, y tan solo en aquellos sistemas económicos donde se premia al insolidario y al Trump-oso. Imaginad dentro de veinte años, la Tierra con un grado más de temperatura, las naciones musulmanas acostumbradas al calor y con cien veces más espíritu de clan que el sector occidental del mundo, donde sólo hay que esperar a que nos odiemos y matemos entre nosotros en nombre de una imagen de marca, pongamos Victoria´s secret, Angeles Lakers o Instagram. No, si el capullo de Michel Houllebecq, ese hombre al que parece que se lo ha tragado una vieja, como dice una amiga, va terminar por tener razón y todo… 

Janis Joplin llegó a ser la mujer que todos admiraban, algunos disfrutaban pero ninguno amaba. No sabía jugar al juego de hacerse valer, de hacerse desear y de hacerse de rogar. Al contrario, la sinceridad de mostrarse tal como era resultaba más fuerte que ella, lo que otro amigo mío llama “sincericidio”. Se había tragado el cuento jipi del amor libre, y regalaba en consecuencia su amor recibiendo a cambio únicamente sexo, o una línea sucio/lírica en una canción de Cohen. Tendría que haber entendido que la gente no cambia de la noche a la mañana, que los hijos de los que sobrevivieron a la guerra no podían ser tan distintos de sus padres como sus melenas hacían creer. Janis tenía un chorro de voz, te rompía el corazón en el escenario, pero al terminar la función supongo que no sería a los ojos de los tíos más que una “guarrilla” algo loca, una colgada hambrienta de amor, o algo así. Pues bueno. El caso es que, antes de esa estúpida sobredosis, Janis fue la María Callas del rock, y lo sigue siendo. Pero, como la Callas, con un ala rota, que es muy del tipo de letra que cantaba Janis. Siete años antes de su muerte, Sylvia Plath había metido la cabeza en un horno por motivos parecidos, es decir, por ser más admirable que querible, más póster gigante que mujer amada. En su último poema, Límite, dejo dicho: Su cuerpo se ha perfeccionado./ Su cuerpo.// Muerto luce la sonrisa del acabamiento,/ la ilusión de un anhelo griego.// Fluye por las volutas de su toga,/ sus pies.// Descalzos parecen decir/ hasta aquí hemos llegado, se acabó.    

Y Gwendolyn Brooks, en 1966, cuatro años antes: 

Nosotros muy cool 

(Jugadores de billar. 

Siete en la pala de oro. 

Nosotros, muy cool. 

Nosotros, abandonamos la escuela. 

Nos acecha la tarde. 

Nosotros, atacamos directamente. 

Nosotros, cantamos el pecado. 

Nosotros, ginebra rebajada. 

Nosotros, jazz de Junio. 

Morimos pronto. 


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