Los “garbanzos” de Don Benito (Pérez Galdós)

Para mi amigo Alfonso, que está de mi parte.

Estuve tan ocupado escribiendo la crítica que nunca pude sentarme a leer el libro.

Groucho Marx

Julio Cortázar fue profundamente injusto con Benito Pérez Galdós en Rayuela. Es verdad que no es él, sino su protagonista, Horacio Oliveira, el sujeto del apresurado juicio crítico, y que tampoco podemos ponernos muy exigentes con el texto magno de Cortázar, puesto que no es un ensayo literario en la debida forma, sino una colección de fragmentos líricos cazados al vuelo con un tenue hilo conductor. Pero no hay duda de que Cortázar se puso a sí mismo por entero en esa calificación, ya que, al fin y al cabo, Horacio Oliveira es lo que Cortázar hubiera querido ser y un poco también de lo que, desde luego, daba al público de sí mismo. Y tampoco caben muchas dudas de que Rayuela, que no es en absoluto una novela, le refleja a él de pies a cabeza, porque de lo que verdaderamente trata Rayuela, tal como yo lo veo, es de una actitud, la actitud que en opinión de Cortázar debe uno adoptar si lo que se quiere es ser el creador a la vez artístico y vital del mañana. El caso es que allí Oliveira se avergüenza de lo que lee la Maga, en un momento de resentimiento (emoción más Fama que Cronopio, por cierto), cuando descubre en su habitación un volumen abierto de Lo prohibido de Galdós, y piensa “pero mirá las cursilerías de este tipo… es sencillamente asqueroso como expresión“; y luego abunda “y las cosas que lee, una novela, mal escrita, para colmo una edición infecta, uno se pregunta cómo puede interesarle algo así. Pensar que se ha pasado horas enteras devorando esta sopa fría y desabrida, tantas otras lecturas increíbles”. ¿Es acaso la Maga, como corresponde a su sexo, lo que el propio Cortázar llama, siempre incorrecto políticamente, un “lector hembra”, de esos que permiten pasivamente que el autor lo haga todo por ellos? ¿O es que Galdós es verdaderamente tan rematadamente malo, el paradigma hispano de una literatura tristona, fácil e inclinada a la lágrima, una sopa pueblerina, basta y encima “mal escrita”, el anti-vanguardismo por excelencia?

Julio Cortazar

Pues si y no, creo yo. Por supuesto, Don Benito “el garbancero” era cursi, como le pedía su auditorio, y también requería de un lector manso, paciente y que recorriese las páginas una detrás de otra sin jugar a los saltos acrobáticos entre capítulos, eso que encontraba tan rompedor Cortázar, pero a cambio poseía un mundo abigarrado que compartía con su público, un público menos sofisticado sin duda que el de Cortázar y menos hambriento también de revoluciones estético-existenciales rarunas. Ese mundo solía ser a menudo -no siempre…- Madrid a fines del s. XIX, y Galdós lo documenta con un rigor del que se han alimentado muchos historiadores posteriores1. El realismo, el naturalismo, consistieron y todavía consisten en eso, le guste a Oliveira-Cortázar o no, y si uno, como lector, a lo que aspira es a enterarse de cómo funciona el entramado social de los hombres reales, en vez de aprender el imperativo estético de un escritor particular en funciones de guía generacional, entonces no hay “lado de acá” o “lado de allá” vacíos y abstractos a los que acudir, sino que no queda otra que visitar lugares tan densos y concretos como el Madrid finisecular de Galdós. Lo prohibido, que indignaba al freigeist argentino y a su alter ego literario, versa sobre eso, algo tan denso y concreto como el Madrid de las finanzas, pero yo prefiero su opuesto, Misericordia, en el que Galdós se patea las calles y barrios pobres de Madrid para contarnos las auténticas miserias de la Gran Miseria, porque en las novelas de Galdós los clochards (los mendigos o vagabundos parisinos del París de Cortázar y del París real) no recitan versos de Verlaine ni escuchan jazz a medianoche precisamente, sino que las pasan canutas de verdad, con licencia de la expresión castiza. Sobre aquel difícil “trabajo de campo”, como diríamos hoy -y luego es Galdós el que pasa por cursi…-, más bien deprimente y desolador, relata el propio interesado, en un magnífico texto que tomo directamente de la Wikipedia,

En Misericordia me propuse descender a las capas ínfimas de la sociedad matritense, describiendo y presentando los tipos más humildes, la suma pobreza, la mendicidad profesional, la vagancia viciosa, la miseria, dolorosa casi siempre, en algunos casos picaresca o criminal… Para esto hube de emplear largos meses en observaciones y estudios directos del natural, visitando las guaridas de gente mísera o maleante que se alberga en los populosos barrios del sur de Madrid. Acompañado de policías escudriñé las “casas de dormir” de las calles de Mediodía Grande y del Bastero, y para penetrar en las repugnantes viviendas donde celebran sus ritos nauseabundos los más rebajados prosélitos de Baco y Venus, tuve que disfrazarme de médico de la Higiene municipal. No me bastaba esto para observar los espectáculos más tristes de la degradación humana, y solicitando la amistad de algunos administradores de las casas que aquí llamamos “de corredor”, donde hacinadas viven las familias del proletariado ínfimo, pude ver de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas…

  (Prólogo a la edición de Misericordia de 1913).

El Rastro

Para los paisajes de la pobreza no pasa el tiempo, y estoy seguro de que algo parecido a esta apretada descripción podemos encontrar todavía hoy, en Madrid o en otros enclaves menos destacados del planeta. Los paisajes de la riqueza, en cambio, varían enormemente más con el transcurso de los siglos, y, así, la diferencia entre, por ejemplo, la ciudad de Los Ángeles hace un siglo y medio y hoy es más que considerable. Sin embargo, sincrónicamente la riqueza también ostenta parecidas características en los lugares más remotos, de manera que por ejemplo Dubai pretende imitar los rascacielos de Nueva York pero a lo bestia. Galdós, cuando pinta las afueras de Madrid, o sus rincones más depauperados, casi nos ofrece un panorama desdichadamente eterno, pero al menos los cielos son anchos y azules, y el sol calienta los cuerpos en verano, mientras que hoy la pobreza también conoce los males de la contaminación o del tráfico de coches o aviones. Las criaturas que habitan esos márgenes merecen una descripción minuciosa, y Galdós, aunque descarnado como la realidad misma, las mira con cierta simpatía y así nos las acerca (Misericordia, Alianza, pág.157):  

Como grieta que da paso al escondrijo de una anguila, así era la puerta, y la mujer el ejemplar más flaco, desmedrado y escurridizo que pudiera encontrarse en la fauna a que tales hembras pertenecen. Tan flaco era su rostro, que al verlo de perfil podría tenérsele por construido de chapa, como las figuras de las veletas. En su cuello no cabían más costurones, y en una de sus orejas el agujero del pendiente era tan grande, que por él se podría meter con toda holgura un dedo. Los dientes mellados y negros, las cejas calvas, las pestañas pitañosas, los ojos tiernos, de mirada de lince, completaban su fisonomía. Del cuerpo no he de decir sino que difícilmente se encontrarían formas más exactamente comparables a las de un palo de escoba vestido, o, si se quiere, cubierto de trapos de fregar suelos; de los brazos y manos, que al gesticular parecía que azotaban, como los tirajos de un zorro que quisiera limpiar el polvo a la cara del interlocutor; de su habla y acento, que sonaban como si estuviera haciendo gárgaras, y aunque parezca extraño, diré también, para dar completa idea de la persona, que de todas estas exterioridades desapacibles se desprendía un cierto airecillo de afabilidad, un moral atractivo, por lo que termino asegurando que la Pitusa no era antipática ni mucho menos.

Porque son las mujeres, esta “Pitusa” o Benina, la protagonista de la novela, las que verdaderamente sostienen en vilo el mundo de la miseria y le impiden hundirse irremisiblemente. Galdós no tiene ningún discurso de corte feminista ni deja especialmente de tenerlo (aunque para los años de esta novela era “novio” de Emilia Pardo Bazán, que sí fue muy activa al respecto, de modo que algo familiar tendría que ser el feminismo de la época para él…), pero intuitivamente se percata de que son siempre las mujeres las que salvan la peor situación cuando queda todavía algo por salvar. Y llega más lejos, haciéndole sentir a Benina en algunos momentos de la novela su propia importancia, la importancia de quién dedica su vida a los demás y por tanto no tiene nada de lo que arrepentirse, salgan como salgan finalmente las cosas (Misericordia, Alianza, pág. 308):

Rechazada por la familia que había sustentado en días tristísimos de miseria y dolores sin cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que ingratitud tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables consuelos: miró la vida desde la altura en que su desprecio de la humana vanidad la ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y su espíritu se hizo fuerte y grande. Había alcanzado glorioso triunfo; sentíase victoriosa, después de haber perdido la batalla en el terreno material.

Cortázar se ratificaría en su acusación de cursilería, y seguramente tendría toda la razón, pero no deja de haber cierta dignidad a prueba de bomba en lo que es prácticamente el discurso final de Benina, la humilde mujer que inadvertidamente y con mucho trabajo arregla las arrastradas existencias de los demás sin apenas hacer ruido, y que, a pesar de lo mucho malo y duro de lo vivido, filosofa con las siguientes alentadoras palabras ante el “moro” Almudena (Ibídem, pág. 312):

Andando, andando, hijo, se llega de una parte del mundo a otra, y si por un lado sacamos el provecho de tomar el aire y de ver cosas nuevas, por otro sacamos la certeza de que todo es lo mismo, y que las partes del mundo son, un suponer, como el mundo en conjunto; quiere decirse, que en donde quiera que vivan los hombres, o verbigracia, mujeres, habrá ingratitud, egoísmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad. Por lo que debemos hacer lo que nos manda la conciencia, y dejar que se peleen aquellos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como los niños, o estos por mangonear, como los mayores, y no reñir con nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pájaros… Vámonos hacia el Hospital, y no te pongas triste.

Y algo no muy distinto de esto es, creo, la materia de que están hechas las grandes novelas… al menos las novelas de la tradición decimonónica europea. Desde luego que desde nuestra actual ironía y descreimiento2 siempre resulta de un cierto amaneramiento rancio esos -me inventó el ejemplo- “sulfuróse grandemente Don Matías” que leemos en las obras de Dickens, Gogol, Hugo, etc., sobre todo en traducciones viejas y a menudo anónimas. Pero, lo siento por Cortázar y muchos otros ases de del rimbaudiano changer la vie, lo cierto es que esa fraseología característica es el lenguaje de las mejores novelas de todos los tiempos, aquellas que más y mejor conectaron con la gente corriente y no con las Musas de la Revolución. Aquellos que, como Nabokov, Borges, Benet o ahora Cercas (no pretendo situar a este último en la misma liga que los primeros) sostienen el carácter enteramente artificial de la obra literaria, en un revival del viejo “el arte por el arte”, me parece que incurren en una contradicción, puesto que atacan a los llamados “realistas” o “costumbristas” o “naturalistas” -importa poco la denominación, tan útil a los profesores- por algo que a la vez reputan de imposible: tratar de calcar el mundo tal más allá de la literariedad. No, señores, si la “literariedad”, ese concepto crítico de Jakobson existe, tiene sentido, y yo personalmente creo que sí, entonces Galdós, o Aub, o Barea, todos lo que le han seguido, son tan poco garbanceros y tan estilistas como ustedes, de modo que habría que aclarar de qué estamos hablando en realidad. Porque igual de lo que hablamos es de que el Libro de Manuel o Los premios son relatos con los que uno se lo pasa muy bien, pero que no tratan de nada. Yo los leí, y me encantaron, pero sólo recuerdo gritos en un cine del primero, y conversaciones cultas en un barco del segundo. Personajes, los de Cortázar, enteramente olvidables, puros intelectuales irónicos como los de Óscar Wilde, mientras que Benina es de carne y hueso, aunque sea una señora que no sabe nada de Fenomenología, y Marianela (que es lo que les obligan a leer a los pobres alumnos de la ESO, justamente aquellos que deberían iniciarse en los cuentos de Cortázar…) una niña conmovedoramente naif y sensiblera, de clara inspiración anglófila.

De modo que la diferencia entre cocinar un perolo de garbanzos y el Arte con mayúsculas debe ser esa: lo vulgar de la materia literaria escogida. Los puñeteros garbanzos de Valle-Inclán, entonces –pero ponte hoy a leer La lámpara maravillosa, que es de una pretenciosidad insufrible…. Es decir, que mientras Galdós sería capaz de escribirte un serial acerca de la tripulación de un transbordador espacial actual, Cortázar es el hombre que de un viaje en furgoneta con su mujer saca Los autonautas en la cosmopista. Por lo demás, Galdós no era menos políglota que Cortázar, ni menos traductor que Cortázar, ni menos progresista que Cortázar, ni menos mujeriego que Cortázar, ni menos loco de los gatos que Cortázar, ni menos melómano que Cortázar, y, desde luego, mucho más prolífico y generoso que Cortázar –también personalmente: es conocido que en su vejez se le iba el dinero en limosnas callejeras… Benito Pérez Galdós no supo nunca nada de La deshumanización del arte, esa preceptiva que Ortega y Gasset urdió fijándose muy de cerca en El gallo y el arlequín de Jean Cocteau el mismo año de la publicación de El Gran Gatbsy o La metamorfosis, qué menuda puntería también el hombre… No lo supo, no, pero se recorrió toda España en tren cuando era joven y durmió en las fondas más inmundas para conocer bien qué era aquello de lo que sentía su misión escribir. Yo sólo he leído la primera serie de los Episodios nacionales, y es cierto que la relación de su protagonista con sus novias es empalagosa a más no poder, pero Zaragoza4 y Gerona son dos relatos bélicos escalofriantes, y el final de Juan Martín el Empecinado pone la piel de gallina. Quizá la Maga no era tan tonta y sentimental, ni Oliveira tan inteligente y enrollado, quizá todo consista en leer para intentar realmente comprender la vida del prójimo o leer para soltar frases interesantes y desengañadas en torno a un asado porteño. Nabokov, Borges, Cortázar, Benet… son sin duda escritores admirables, de los que ya no hay ni seguramente habrá, pero para seguir siéndolo en nuestra memoria lectora y sentimental no necesitan hacerle una peineta a la estatua de un gigante literario, de un señor que quedó prendado y luego preñado del mundo y no sólo del Arte, y que si se metía a reformista en política fue porque resultaba más directo y franco que pasarse la vida mirándose en el espejo de la Literatura Contemporánea preguntándose si uno es o no es la más bella del reino…

En este sentido, yo estoy con Antonio Muñoz Molina en la actual polémica en torno al centenario de la muerte de Galdós, aunque sólo sea porque de él podemos garantizar que ha leído al canario, que hay mucho Groucho Marx suelto en las grandes cabeceras de España. Pero no importa: ya nos gustaría a muchos que siguiera habiendo más controversias de interés cultural como esta, por lo cual en rigor deberíamos estar agradecidos también a Javier Cercas y a Almudena Grandes.

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1 O eso me aseguró Quintín Racionero, hace mucho, una vez de paseo y volviendo de algo por las calles aledañas a la Plaza de Cibeles de Madrid. Yo le había dicho, en broma, lo de esos tebeos en los que el alcalde entregaba al héroe del día “las llaves de la ciudad”, que consistían en una inmensa llave dorada reposando en un cojín carmesí. Él me replicó que sí, que ese homenaje era real, que se hacía tal cual en tiempos históricos, y que Galdós lo contaba. Yo le hice ver, un poco para fastidiar y otro poco para que soltase más, que Galdós sólo era un novelista (ya había leído yo el entretenidísimo Fortunata y Jacinta: la idea, la pícara idea…), y él respondió que a menudo Galdós es la fuente de numerosos historiadores…

2 Alfonso me recomienda un libro, Permafrost, de Eva Baltasar, que parece que trata de una mujer que se pasa la narración queriendo matarse, pero mientras tanto descubre los placeres de la masturbación. Naturalmente, esto hubiera escandalizado a Don Benito, pero nunca se sabe: él fue capaz de escribir sobre sexo a través de la historia de una prostituta -antes que Stephen Crane, un año después de Zola-, de manera que los temas entonces considerados sórdidos no le eran ajenos, lo que pasa es que él los enfocaba desde la compasión y la desigualdad de clases, no desde el vacío y la inanidad individual, además de ser, claro, menos explícito con el morbo venéreo. En el mundo de Galdós no se suicidaría nadie.

4 Ya he citado alguna vez este párrafo impresionante en el desenlace de esa novela devastadora: El resultado es que España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena -de 1815-, desacreditada con razón por sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas más o menos declaradas, sus inmortales partidos, sus extravagancias, sus toros y sus pronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuación de su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece que hemos llegado al último grado de envilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve a la conquista de esta casa de locos.

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3 Comentarios

  • Todo en su justa medida y su contexto real.
    No fue muy feminista ,porque no se estilaba,pero describió perfiles femeninos de muy alta y acertada enjundia.(Fortunata u Jacinta).

  • Tema altamente resbaladizo, puesto que es cierto que el patriarcado siempre ha comprendido a la mujer bajo el triple aspecto esposa/puta/monja. La esposa es Jacinta, la puta Fortunata y la monja, por ejemplo, Benina. Galdós era mucho más amplio que eso, valga Tristana de ejemplo. Y además lo dicho: contaba con el beneplácito de su amante, Doña Emilia Pardo Bazán, que de tonta no tenía un pelo (y Los pazos… es buenísima…)

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