Olímpicas

Quinta ola funesta nos oprime el pecho cuando el celeste verano debería venir cargado de días soleados para disfrutar de la vida y los placeres, y también para celebrar el símbolo más antiguo de la virtud de los hombres, las olimpiadas, en las que el esfuerzo, el valor y la excelencia humanas son contadas y cantadas al mundo entero, y laureadas con la corona y el oro que al hombre engrandece.

Así hablaría el poeta Píndaro, a quien se considera el primer cronista deportivo de la historia, quien hacia el año 550 antes de nuestra era, en sus odas “Olímpicas”, contaba las hazañas de los atletas que competían en los Juegos Panhelénicos, entre ellos los Olímpicos, los primeros en la historia en medir la fortaleza y virtud de los grandes héroes del estadio y la palestra.

Entre ellos estaba Jenofonte de Corinto, procedente de una familia de atletas reconocidos y posiblemente el deportista más completo y laureado de su época, que conseguía ganar a la vez en carreras cortas y largas, y también en la difícil disciplina del pentalón.

Cuatro siglos después otro poeta, de origen latino, llamado Juvenal, nos enseñó que la fórmula “mens sana in corpore sano” es uno de los secretos más eficaces para alcanzar una vida virtuosa, proclive a la salud y cercana a la felicidad. Y muchos siglos después Sir William Osler (1849-1920), uno de los mayores sabios que han cultivado la medicina, asegurada que practicar ejercicio no sólo era una buena recomendación higiénica, sino un signo de sana moralidad.

Han pasado los siglos y han regresado las olimpíadas en su versión moderna, y contra los vientos y mareas de la historia, contra guerras injustas y virus violentos, han logrado mantenerse para solaz y grandeza de la comunidad humana.

Mas ahora los periodistas que las retransmiten no son poetas, son mucho más prosaicos, y no cuentan las hazañas de los héroes olímpicos en odas egregias, sino a gritos infamados y con imágenes impactantes. Ahora también tenemos filósofos y científicos, pero los primeros tienden al estrellato mediático y los segundos compiten en ser los más rápidos en mostrar al mundo sus hallazgos con el mayor factor de impacto posible.

Jesse Owens, Berlin 1930

Y también estamos los ciudadanos y espectadores, que somos muchos más y mucho mejor comunicados. Pero también somos más perezosos y orondos, más partidarios y fanáticos, y admiramos a los héroes del deporte acomodados frente al televisor cerveza en mano.

Pero ahora estamos en tiempos funestos, por tercera vez desde 1896 ha sido necesario aplazar unos Juegos olímpicos , y por eso mismo no estaría mal que ahora que ya se pueden celebrar, aunque en condiciones precarias, recobrásemos el espíritu olímpico que emana desde los organizadores y participantes al mundo entero. Este espíritu incluye la práctica del ejercicio físico saludable, no competitivo, pero si frecuente y constante, lo que nos hace estar y ser mejores. También beneficia a la belleza de los cuerpos, a la gracia de sus movimientos y la resistencia de sus funciones. Y todo eso junto engrandece a las almas humanas, pues facilita la cooperación y la convivencia que nos alían contra las debilidades y carencias, y estimula la compasión y solidaridad para con los más vulnerables y afligidos.

Fermín Cacho, Barcelona 1992

Releamos pues a poetas los clásicos que nos orlan la vida, aprendamos de los sabios y científicos modernos que nos enseñan y protegen, pero no olvidemos incorporar a nuestro debilitado espíritu el fuerte espíritu de los Juegos Olímpicos que ensancha nuestras vidas.

Si así lo hacemos, aunque individualmente apenas lo percibamos, colectivamente estaremos más protegidos contra la ignorancia y la holgazanería que nos despoja los cuerpos y las almas, contra la anomia y los dislates sociales que nos arriesgan y enferman, y contra las pendencias menores de los falsos políticos que nos amenazan y desorientan.

Mas por si todo eso nos pareciera excesivo o inalcanzable, deberíamos al menos ponernos ante nuestros televisores a contemplar las hazañas de los héroes modernos, pero, eso sí, sentados encima de nuestras pacientes bicicletas estáticas, las que nunca se quejan de que las tengamos arrumbadas en el rincón mas polvoriento de nuestras casas, a ser posible con una copa bien fría de bebida isotónica en mano, y al acabar el ejercicio, si nos sentimos mejor, deberíamos agradecerle a los dioses su ayuda y protección, como lo hizo Píndaro al acabar su oda dedicada al atleta Jenofonte:

¡Zeus, que todo lo cumples, danos modestia y una dulce fortuna de gozos!

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3 Comentarios

  • Estupendísimo, Jesús, esto había que decirlo. La antigüedad terminó justo en el mismo instante en que la Iglesia Católica suspendió los Juegos Olímpicos, y renació no hace tanto en Atenas, dónde debía ser. Los cristianos entendían que en los Juegos había demasiada gente en pelotas exhibiéndose ante los dioses -y ante el público en las gradas-, lo cual no sólo era pagano, sino que era una guarrería. Desde ese momento, la perfección pasaría a medirse exclusivamente por las prendas del alma, lo cual tiene de malo dos cosas: que los cuerpos enfermos o descuidados albergan almas enfermas y descuidadas, y dos, que es imposible competir con las virtudes de Dios. Dios es el eterno vencedor de las Olimpiadas ontológicas, y siempre con amplísima diferencia, un muermo, por tanto. Gracias y va una vieja contribución:

    https://www.culturamas.es/2012/01/02/la-fiesta-de-las-olimpiadas/

  • Todo lo que viene de mi es ambrosía divina para tu rebosante copa servida sin duda por el bello Ganímedes… casi siempre… XD

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