El Ventorro.

Ten siempre a Itaca en mente

Llegar allí es tu destino

Más no apresures nunca el viaje

Mejor que dure muchos años

Y atracar, viejo ya , en la isla

Konstantinos Kavafis

                                                                                                                                    

                                                                           

                                                                            

                                                                           

Recordaras sin duda, mi querida Cris, la tarde que vimos “El Ángel exterminador” en el cine fórum de tu Colegio Mayor. “Reparadoras” se llamaba y estaba en la calle del Conde de Montornés. Allí fue donde nos conocimos y donde al finalizar la cinta te pedí volver a salir juntos. Al principio dudaste, y yo utilicé para romper tu reticencia, el viejo truco del recital.

… ¿ Por qué no me acompañas al recital de Cafrune la semana que viene en el Principal

La primavera ya estaba rota y tú tenías parciales.

… Al menos en este recital no tendré que dar carreras, me dijiste

… Supongo que te refieres a la que montó esta Navidad pasada Pi de la Serra en Derecho.

Yo también estuve con unos colegas del Colegio Mayor “Santo Tomás” y antes de terminar, ya estaban los grises dentro dando palos. Me escapé por una ventana y creo que no paré de correr por la margen del río hasta que llegué a Campanar.

Al final caíste en la trampa y vimos juntos al barbudo en un lateral  de la platea. La tarde  invitaba a la rebeca y la tuya era de angora. Y que bien ligaba con una falda de flores rosa tipo hippie de esas que tanto te gustaban. Estabas preciosa y yo a esas alturas ya estaba enganchado a ti. 

… Cris, me tienes que acompañar a “Don Carlos” un día de estos. Necesito un jersey.

… Shhh. Calla ya pesado. Cafrune cantaba entonces: “de poco vale un paisano sin caballos y en Montiel”.

… Es prodigioso, suena en directo igual que en el disco, dijiste, cuando salíamos a la acera de la calle de las Barcas. 

… ¿Has visto como he acertado?. Sabía que acabaría el recital con la canción esa que al final proclama: “tal vez alguno se acuerde, que aquí cantó un argentino”.

… No me ha gustado nada su falta de coherencia entre lo que canta y lo que hace.

… ¿Por qué dices eso?, te pregunté

… Mucho hablar del cantor que canta a los pobres y me he enterado de que el tío está alojado en el “Astoria”.

… Bueno supongo que es normal. Será cosa del Empresario y de su manager. Por cierto, podíamos ir ahora un rato a su discoteca. Dicen que está genial.

.. No. No voy a “La Bruja”. Eso está lleno de pijos y de busconcillas. No me gustan las discotecas. Prefiero que vayamos al “Ventorro”. 

Entonces hiciste la propuesta:

..Vamos al “Ventorro”..

… ¿Y eso que es?

… ¿ No lo conoces?. Mi tugurio favorito. 

Nos pillaba muy cerca de tu Residencia y así podíamos aprovechar todo el tiempo para estar juntos antes de salir disparados y llegar a tiempo para no te quedaras sin cenar. Pero no era solo eso lo que nos gustaba de aquel sitio. Nos gustaba la cerveza Henninger, el entarimado de madera del piso de arriba y la ausencia de bullicio ya que no era un bar de tapas tradicional. Para eso estaban “Casa Vicente” y el Mesón Universitario con sus míticas bravas  y tantos baruzos que poblaban la calle de las tascas al otro lado de la calle de la Paz, la que daba al río.

Y así comenzó mi historia de amor con “El Ventorro” y contigo.  

Al día siguiente  me llevaste a la librería “Dau al Set” para regalarme un libro, ya que mi santo era el 30 de Mayo.  Los de Filosofía erais muy de librería progre y de compromiso, y tú una lectora compulsiva heterodoxa y memoriosa. Se te notaban mucho las costuras lectoras. Y se notaba que ya estabas en primero de Filosofía y Letras mientras que yo no pasaba de ser un mísero repetidor de Preu en el “Luis Vives”.

.. Te regalaría este libro, me dijiste, pero me da miedo de que en uno de los “saltos” que hacen en Paseo al Mar nos lo encuentren los grises y acabemos en el TOP. Están muy revolucionados ahora después de lo de Burgos. 

Era el “Canto General” de Neruda. Al final  me compraste los “20 poemas de amor y una canción desesperada”. Y un L.P. El “Tapestry” de Carole King. Con el tiempo llegué a comprender que este libro era más subversivo que el anterior.  Sin embargo entonces yo no sabía quién era Neruda ni Pasolini, ni Madariaga, ni Ferlosio, ni Borges, ni me gustaba ir al “Aula 7” a ver “El Perro Andaluz” y “Arroz Amargo” y “La caída de los dioses”. Yo lo que más deseaba era ir los sábados por la tarde al “Carnaby” para poder besarte en la penumbra mientras  cantaban solo para nosotros cosas tiernas Gilbert O`Sullivan, Nilsson o los Procol Harum.

Pero tú eras más del “Café Madrid”, te gustaba esconderte allí después de haber husmeado por la Plaza Redonda buscando libros de viejo. Y tus charlas sobre Marcuse resultaban más misteriosas sobre sus asientos de terciopelo rojo frente a un agua de Valencia. Entonces aún creíamos en los cafés bohemios, pensábamos que podíamos llenarnos de literatura, de música o de pintura solo por estar en ese sitio rodeados de las pinturas de Constante Gil escuchando  a aquel pianista que golpeaba las teclas con sus rugosos dedos con una extraña mezcla de rudeza y sensibilidad. E incluso podías cruzarte con Marqués o con Bruno Lomas.  Supongo que en  aquellos días aún no nos habíamos vuelto cínicos. 

Otras tardes paseábamos sin prisa en dirección al barrio del Carmen para terminar en el “Yes”. Era un fascinante y extraño tugurio donde podía pasar de todo. Había estanterías con textos de Lacan o de Simone de Beauvoir para deleite del respetable y en lo tocante a la música pasaban del saxo de Coleman Hawkins a la copla de Juanita Reina sin despeinarse. Eso sin contar con que algún día te podías topar con un melenudo que huyendo de Videla entonaba malamente “Alfonsina y el mar”.  Un extraordinario saturnal que a ti te encantaba.

Poco después, el barrio se pobló de yonkis y dejamos de ir, porque en cuanto anochecía llegaba la brigada 26 con sus hombres de guantes negros y revólveres Smitht & Wesson entrando en los garitos y acojonando a todos los parroquianos. 

Por eso, el final siempre era recular en “El Ventorro” entre la penumbra del reservado de arriba y los tercios a morro de Henninger. Y a mí, pues que me daba como un poco igual las cosas que me contabas de un tal Heidegger o de Bakunin o de lo que había hecho Truffaut con Bradbury, pero te escuchaba absorto pues así, en silencio, era la mejor manera de sumergirme en tus ojos color canela y estrechar tus manos pálidas e inciertas.

Mucho  tiempo después regresé a aquellos lugares buscando las deshilachadas costuras de una historia que hablaba de lo que fuimos y lo que somos. Del “Yes” no hallé mención alguna  y el “Café Madrid” apenas era un sótano en ruinas. Solo “El Ventorro” permanecía en pié inasequible al paso del tiempo y de los recuerdos amargos o agridulces, aunque te confieso que nunca me atreví a volver a entrar en él por miedo a las sombras que seguro revoloteaban en un ayer de filósofos y pensadores y de progres antiguos de pana y trenca, y de voces de Raimon o de Jaime Gil de Biedma.

Lo que nos pasó después al acabar el curso 71 lo he olvidado por completo. Bueno, se jodió y eso es suficiente.  En esta Ítaca valenciana solo me quedaba de ti “El Ventorro” y ahora también lo he perdido. Estos asnos de la política lo han hecho pedazos.

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