El toro que mató a Belmonte.

“Cada suicidio,
es un sublime poema de melancolía”

Honoré de Balzac.

Juan Belmonte no murió en la plaza. Pero murió víctima de los toros. Seguramente por las cornadas de muchos toros. Hay muertes que se anuncian, aunque tarden tiempo en llegar. Y en algunos seres, la muerte no es otra cosa que una condena que deben sufrir, por la victoria o por el éxito obtenido. Una amargura mantenida mientras caminan hacia el fin.
El éxito de Belmonte, su genio, radicaba simplemente en que fue capaz de vulnerar todas las reglas que regían el arte de torear, en ejecutar una lidia que hasta entonces parecía imposible. Su manera de torear no era producto de una herencia ni de una evolución: era una revolución. Belmonte no aceptó nunca ninguna de las reglas admitidas sino que se empeñó en violarlas en una continua búsqueda de una perfección, que en sus manos adquiría el carácter de lo sublime, de una extraña belleza a la vez enfermiza y misteriosa.

Cuando él lo hizo, todos los toreros tuvieron que seguirle, hasta el mismo Joselito. Joselito, el heredero de todos los grandes toreros y acaso el diestro más grande que haya existido nunca, con su gracia de gitano y un conocimiento de los toros que ningún torero logró jamás, tuvo que aprender la manera de lidiar de Belmonte. Y el estilo decadente, perverso, casi depravado de Belmonte echó raíces y se desarrolló en el genio intuitivo y vigoroso de Joselito, y así en aquella época de competencia entre ambos, el arte del toreo conoció una edad de oro que duró siete años y que provocó la autodestrucción de ambos genios.

“Si queréis ver a Belmonte, corred a verle, porqué no durará mucho; ningún hombre puede torear tan cerca de los toros” profetizó en vano “Guerrita”. Pero Belmonte no murió en la plaza. Quedaban muchos toros aún por venir para cornearle el alma, un alma que había abrevado en las oscuras aguas de D´Annunzio y de Anatole France.

La tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera, Joselito toreaba una corrida para congraciarse con el crítico taurino de ABC Gregorio Corrochano, en un mano a mano con su cuñado Ignacio Sánchez Mejías. El quinto de la tarde, “Bailaor”, negro y pequeño, resultó bronco y con poder y muy certero hiriendo. Dice Cossío, que el morlaco era burriciego, de la especie de los que ven de lejos pero no de cerca y que José no calibró esta condición del toro y se puso a trastearlo sin darse cuenta de que el toro obedecía a la voz pero no a la franela a la que apenas veía. Al distanciarse el torero de él, entró en la zona en la que el toro percibía los objetos y se arrancó como un torbellino sobre la espalda. Este marcó la salida con la muleta, pero el cornúpeta fijo en el objeto, no podía ver el movimiento de la misma y enganchó al diestro volteándolo en el aire. El cuerpo vino a caer sobre el pitón en el momento en que el toro tiraba un derrote, por lo que el asta se introdujo en el vientre asestando la mortal cornada.

Belmonte y Joselito

Cuando se produjo el fatal suceso nadie quería creerlo. ¿Cómo era posible que Joselito, esa criatura portentosa, con la insolencia de la juventud, el duende de una dinastía y un dominio de la técnica nunca visto, hubiera muerto herido por un toro?. Belmonte tampoco podía creerlo. Cuenta Chaves Nogales, que Juan se hallaba aquella tarde jugando a las cartas con unos amigos en su casa, cuando a la caída de la noche recibió la noticia. Se miraron los unos a los otros con espanto y cuando los amigos fueron yéndose, él se quedó solo en un diván mirando el tapete. “El Pasmo de Triana” lloró como nunca lo había hecho en su vida mientras no dejaba de repetirse: “A Joselito lo ha matado un toro”. Su gran amigo, su apoyo, el que conducía los destinos de ambos (“lo que diga José”) le había dejado solo.
Aquella noche, el II Califa de los toros, Rafael Guerra “Guerrita” declaró el fin de la tauromaquia. Paco Madrid que fue compañero en las noches en que toreaba desnudo en las dehesas sevillanas, confesó que desde aquella tarde, “Juan llevaba en la boca la tristeza de una muerte ajena”. Realmente era la tristeza de su propia muerte. Aquella tarde talaverana,” Bailaor” también mató a Belmonte.

Manuel García “Maera”

Decía “Bombita”, que el orgullo y la codicia en un torero eran peores que un morlaco manso. Cuatro años después de la tragedia talaverana, había muerto con un tubo en cada pulmón, arrebatado por una tisis galopante, el que parecía destinado tras la desaparición de José, a ser el más grande de todos: Manuel García, “Maera”. Cuenta Hemingway, que de muchacho fue vecino de Juan Belmonte en el barrio de Triana, y como Belmonte, que trabajaba de peón de albañil, no contaba con nadie que le ayudase ni le enviara a una escuela de toreo. Algunas noches, Belmonte, “Maera” y “Varelito”, otro muchacho del barrio, atravesaban el rio a nado con las capas y la linterna sobre un tablón, y empapados de agua escalaban la empalizada del corral donde se refugiaban los toros de Tablada para sacar a alguno de ellos de su sueño. Y mientras “Maera” sostenía la linterna, Belmonte, desnudo daba pases al toro. Cuando Belmonte llegó a matador, “Maera”, grande, moreno, de caderas estrechas y ojos sumidos, de barba azulada incluso después de haberse afeitado, arrogante, astuto y sombrío, lo acompañó como banderillero y peón de confianza. Fue un gran banderillero y en los años en que estuvo con Belmonte lidiando de noventa a cien corridas por temporada y trabajando con toda clase de toros, acabó por conocerlos mejor que nadie; mejor incluso que el propio Joselito. Belmonte no ponía jamás las banderillas porque no podía correr. Joselito se las ponía casi siempre a los toros que iba a matar, y para competir con él, Belmonte empleaba a “Maera” como rival de Joselito. “Maera” sabía banderillear tan bien como Joselito y Belmonte le presentaba en el ruedo con trajes mal cortados y ridículos a fin de que pareciese un peón y rebajar así su personalidad para dar la impresión de que él, Belmonte, tenía un simple peón que como banderillero podía medirse con el gran Joselito.
En el último año de carrera de Belmonte, “Maera” le pidió un aumento de salario. Ganaba doscientas cincuenta pesetas por corrida y le pidió trescientas. Belmonte que entonces ganaba diez mil pesetas por corrida, le negó el aumento.
— Muy bien, entonces me haré matador y verás lo que es bueno, dijo “Maera”.
— No harás más que el ridículo, contestó Belmonte.
— No, replicó “Maera”; eres tú el que hará el ridículo cuando yo no esté contigo.
Manuel García, “Maera” tomó la alternativa en el Puerto de Santamaría en agosto de 1921 de manos de Rafael “El Gallo”. Al año siguiente Belmonte anunció su retirada en Lima. El toro de la soberbia le había herido seriamente.

Belmonte y Curro Romero

Cuando Juan conoce a Enriqueta, ella tenía veintidós años y él, ya retirado de los ruedos, cincuenta. El interés por protegerla durante un periodo en el que ella enferma, culmina en un amor apasionado. Cuando la mujer le pide trabajo, él le confiesa sus sentimientos. “No me dejes por favor, soy un hombre que está solo y te ama”, acaba suplicándole. Así comenzó una tormentosa relación que duró quince años. Un amor oscuro, como son siempre los amores imposibles, los que destruyen a su paso cualquier atisbo de cordura o sensatez. “A mí me basta con que no sean gordas y sepan sentir”. Ese era el prototipo de mujer que Belmonte confesaba a su amigo el periodista Gómez Hidalgo. Y Enriqueta sabía sentir. Y Juan la amó como jamás había amado nunca a una mujer. A diario, a escondidas, entre el trasiego de la felicidad furtiva y el dolor de la ausencia. Entre el fragor del deseo de posesión y las negativas femeninas a aceptar la renuncia del torero a toda vida en la que ella no fuese permanente presencia. Entre las peleas, los abandonos y la insatisfacción. Cuenta Andrés Amorós, que cuando se despedían, ella solía lanzarle una zapatilla, y él la guardaba en el bolsillo para devolvérsela al día siguiente.

La mañana del 8 de abril de 1962, Juan que estaba a punto de cumplir setenta años, se vistió de corto con esa sobria elegancia del ganadero que entonces era, para visitar por última vez a Enriqueta en su piso de la calle de San Vicente. Iba en busca de su última consejera, de su última cita con el amor oscuro, de la última tarde de crepúsculo violeta al lado de la mujer amada. Junto a un cofre en el que había depositado las últimas esquirlas de una vida de recuerdos: un portacalcetines de oro, una pitillera de oro y un bolígrafo para el frac, le entrego un fajo de billetes. “Ahí tienes 450.000 pesetas – le dijo- . Si de aquí a Semana Santa no te las pido, quédate con ellas”. También le dejó un sobre con varias fotografías dedicadas: “Cuando yo me muera, si necesitas más dinero, véndelas a una revista extranjera, que te las pagarán bien”. Ella replicó: “Estás más loco que cuando te conocí”. Y como tantas veces al despedirse, ella le tiró la zapatilla, que él no le devolvería jamás. Ya anocheciendo casi a dos luces, dio la única “espantá” de su vida en la finca de Gómez Cardeña frente al toro cárdeno del revolver que siempre llevaba encima.

Este año se han cumplido cien años de la muerte de Joselito y cincuenta y ocho de la muerte de Belmonte. El de Gelves víctima de un astado de la viuda de Ortega. El de Triana recibió su última cornada del morlaco manso y sombrío del desamor. Lo dejo escrito el poeta Benítez Carrasco, en el poema que le dedicó tras su muerte:

¡ Cómo pudo, cómo pudo/

con un torero tan grande

un torillo tan menudo

los pitones van torcidos

el plomo marcha derecho

aquellos te hirieron tanto/este, una vez, y estás muerto!

¿Fue que volviste la espalda/que única vez con razón

al eral florido y tierno

y astifino del amor?.

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