La selenofilia se define como el amor o atracción (de manera no sexual) hacía la luna. Y yo, en lo personal, tengo un gran problema con esta filia. Me explico: no es como que vea ilógico que haya gente que adore a esa satélite que nos rodea, el problema es que por su culpa considero que no se le presta la atención que merece a la verdadera estrella (metafórica y literalmente).
Cómo puede ser que históricamente poetas como Machado, Hernández, Alberti, Bécquer, Góngora o incluso mi queridísimo Lorca hayan hecho alabanzas a ese desdichado trozo de roca y luego hayan menospreciado a nuestra estrella magna.
Mis mientes no comprenden qué seduce a estos poetas a inclinarse a favor de la luna. Los clásicos no opinaban igual, a día de hoy todos nos acordamos de Apolo o Ra, pero pocos recuerdan a Selene o Jonsu.Y es que mirándolo objetivamente ¡El sol tiene mucho más potencial poético que la luna! ¿No se aprecia de la luna su sensualidad, su belleza inalcanzable, sus rayos, su relación con la muerte? ¡Pero es que el sol es mejor que ella en todo eso con creces!
El sol llega a ser tan inalcanzable que el mero hecho de contemplarlo nos ciega, los rayos de la luna en realidad son rayos de sol que está opaca levemente ¿Y le van a hablar de muerte a él que nos da la vida? Él mata mucho más que una luna desubicada a la que a veces le da por pasearse por algunas fraguas en ciertos romanceros. Y es que cuando se aleja nos enfría, haciendo que más de uno muera congelado anhelando su contacto, y cuando este se acerca de más, más de uno muere de golpes generado por este mismo contacto (por no hablar de cierta expresión sobre la flecha de Apolo que usaban los griegos para referirse a la muerte).
¿Pueden hacer estas proezas vuestra luna? Tanto es el poder de esta estrella que hasta se quema a sí misma poco a poco, ¡Y qué potencial poético dan características como estas! Pero, sin embargo, los poetas históricamente han decidido relegarle a un papel alegre, casi infantil, como si el ver como todos giran alrededor tuya sin poder acercárseles no fuese trágico. ¡Ay mi sol! Condenado a vivir solo mientras los planetas rumian a tu alrededor sin que puedas evitarlo. Todo para acabar banalizado por la historia, por eso yo condeno a todos estos escritores ignorantes que deciden desaprovechar su atención hacía ti para centrarla en alguien tan insulsa e insípida como la luna.
¡Que te hagan justicia, sol!

(Y para terminar dejo yo este poema personal, en el que trato de demostrar mi punto)
Todos dependientes de él
¿No es acaso un ser perfecto?
Nuestros ojos, dos Ícaros al verlo
¿Pero y qué siente él?
¿No se abruma ante tal presión?
Cuál Fénix ardiendo por voluntad
¿No nos exhorta con su autolesión
“Oh, por favor piedad”?
Él pide que dejemos de girar torno a él
Cansado de fingir magnificidad
Pues sabe que somos futuros Sémeles
Ya que, por él, arderemos en hermandad
De todas las religiones que se han inventado para controlar las poblaciones o por mero afán de poder las menos inventadas a mi juicio son las religiones solares. Su divinidad no sólo puede verse, sino que hace ver, y sin embargo es lejana, lo suficiente como para que no le alcancen las rogativas. Cuando David Hume hizo de la salida del sol cada mañana un hecho contingente, ejerció un ateísmo mucho más potente que el de los nihilistas rusos posteriores. Es cierto que el Sol puede apagarse, como en la película Sunshine, y la expresión “fin del mundo” no tiene ni puede tener ningún otro sentido racional. Sería absurdo adorar al Sol, cuando nuestra necesidad de él es más profunda, y sería necio amarlo, cuando basta con contar con él. La palabra “fidelidad” no es capaz de registrar esa extrema seguridad por ambas partes. Placas solares repartidas por toda la inmensidad del desierto del Sáhara -que, por cierto, significa “lugar de paso”- podrían abastecer de energía al mundo; sin embargo, ¡ay del día en que a los pobres de la tierra se les encargue administrar los rayos del sol! Un desierto de hielo encapotado alberga más vida que uno de arena y sol abrasador: donde es protagonista absoluto, no cabe más que Sol…
Igual que los niños cierran todas sus pinturas con un Sol más grande que el resto de sus monigotes -situándolo arriba a la izquierda: lo último en dibujarse es lo primero que se lee-, pero uno sólo les celebra los monigotes, nuestros días se ocupan más alegremente en lo importante si están presididos por lo necesario. El Sol es el único monoteísmo jubiloso porque sabe que no es verdadero.