“Una teoría que no puede ser refutada por ningún hecho imaginable no es científica — Karl Popper
Pensar contra uno mismo
Cuanto más convencido estoy de una idea, menos escucho lo que la contradice; es un mecanismo cómodo, defensivo.
En la cirugía lo he comprobado: si una técnica me entusiasma, empiezo a verla funcionar antes de que esté probada del todo. Interpreto los resultados a su favor y minimizo los fallos. Y fuera de la profesión creo que me dejo llevar aún más.
Por eso, dentro de mi esquema CEFALICA, necesitaba algo más molesto que dudar: aceptar que la realidad pueda llevarme la contraria.

Por dónde se resquebraja la idea
En mi esquema traduzco la falsabilidad científica de Popper en una pregunta práctica ¿qué tendría que ocurrir para que admitiera que estoy equivocado?
Porque si no puedo imaginar ningún hecho que contradiga una idea, probablemente estoy ante un dogma o una creencia. También nos hemos referido a otras afirmaciones que no se pueden rebatir —“la energía fluye”, “la salud es simplemente un estado mental”—, pero que no me ayudan a decidir nada; Wolfgang Pauli señalaba : “Esto no solo no es correcto; ni siquiera es falso”.
De ahí que entienda que lo interesante no son las ideas que siempre tienen razón, sino las que se exponen al riesgo de perderla. Me resulta útil imaginar que cada idea tiene una pequeña grieta por donde podría entrar la realidad a contradecirla: una hipótesis es sólida no porque nadie la discuta, sino porque pudiendo ser rebatida, todavía no ha sido desmentida.

Recelar enseña
Esa actitud de buscar el punto débil no se queda en el terreno teórico: también puede orientarme cuando pienso y decido. Por eso procuro escuchar al “raro” que discrepa; suele ser el único que se atreve a señalar las fisuras, los puntos vulnerables.
En el fondo muchas decisiones se basan en suposiciones que tratamos como si fueran certezas. Recordar que podrían ser falsas introduce algo útil: prudencia.
Si ignoro esto, tiendo a justificar, reinterpretar… y la realidad no me corrige. Cuando asumo que cualquier interpretación es provisional puedo rectificar sin drama.

Ideas que se arriesgan
La Relatividad se puso a prueba en 1919: si la luz de las estrellas no se hubiera curvado cerca del sol durante el eclipse, la teoría habría quedado dañada. Me impresiona esa valentía: una idea que acepta ser derrotada por un dato.
Sobran ejemplos de lo contrario. Se descartó que “todos los cisnes son blancos” cuando se vieron cisnes negros en Australia. Y, durante décadas se reconstruyó el Iguanodon con un gran cuerno en la nariz; finalmente se demostró que, en realidad, era su pulgar. Las refutaciones hacen avanzar la ciencia… y el pensamiento.
Irrefutable o irrelevante
En conversaciones informales circulan ideas sugerentes pero difíciles de poner a prueba. Quizá sea deformación profesional, pero me cuesta aceptar afirmaciones que no indiquen qué hechos podrían refutarlas.
Muchas pseudociencias funcionan así: cualquier resultado acaba tomándose como confirmación de la teoría. Un ejemplo clásico es la grafoterapia. Aparte de que sus aplicaciones no presentan evidencias sólidas, sus interpretaciones suelen ser tan amplias que casi cualquiera puede reconocerse en ellas, es el llamado efecto Forer.
Algo parecido me sucede con ciertas lecturas sobre las experiencias cercanas a la muerte, presentadas a veces como prueba de que el alma sobrevive al cuerpo. ¿Qué observación podría refutar esa afirmación? Si no existe ningún dato imaginable que pudiera desmentirla, queda como una convicción personal. Como resumía Hitchens: «Lo que puede afirmarse sin pruebas puede descartarse sin pruebas».
Otro caso es el de hipótesis que, en principio, sí serían falsables, aunque su plausibilidad sea extremadamente baja. Las supuestas visitas de civilizaciones extraterrestres a la Tierra pertenecen a esta categoría. Las distancias interestelares, los tiempos evolutivos y las enormes exigencias energéticas hacen extraordinariamente improbable la coincidencia entre dos inteligencias tecnológicas en el mismo lugar y momento del cosmos. Sin datos verificables, la idea permanece en el terreno de la especulación.
A mi juicio, para el conocimiento lo irrefutable suele terminar siendo irrelevante.

Un regalo de despedida
En mi última guardia mi compañero se asomó con ese gesto de rutina y gravedad que hemos vivido tantas veces: “Tenemos un esófago”. La radiología mostraba una perforación esofágica, tras la ingestión de un cuerpo extraño, nítida y preocupante. La tradición —y mi propia formación— empujaban hacia la cirugía urgente. Las complicaciones podían ser devastadoras y la intervención, además de arriesgada, tenía un posible componente mutilante.
Pero el paciente parecía estable y el cuerpo extraño había pasado al estómago. En lugar de dejarnos llevar por la inercia técnica formulamos una conjetura falsable, simple y serena: “Puede que no necesite cirugía todavía”.
Y fijamos la condición que la derrumbaría: “Si en cuatro horas aparece fiebre o leucocitosis progresiva, operamos sin dudar.”Expectativa armada: no esperar a ver qué pasa, sino definir qué dato nos haría cambiar de criterio.
El paciente mejoró sin cirugía.
No recuerdo aquel caso como un acierto, sino como una lección, porque contemplar la posibilidad de estar equivocados formaba parte del buen juicio clínico No fue una refutación científica, sino una decisión médica bajo incertidumbre: dimos a la realidad la oportunidad de corregirnos a tiempo.

Cirugía y efecto placebo
Operar siempre se ha visto como la forma más directa de demostrar que algo funciona en la medicina: entras, reparas y cierras. El concepto es simple; sin embargo, algunos ensayos con cirugías simuladas me obligaron a mirar más de cerca.
En los años cincuenta la ligadura de la arteria mamaria interna se utilizaba para aliviar la angina de pecho. La idea parecía razonable: mejorar el riego del corazón. Por eso me sorprendió leer que cuando se la comparó con simples incisiones sin ligadura real, las mejorías fueron prácticamente iguales (Cobb). La conclusión no fue que la técnica “no sirviera para nada”, sino que no servía para lo que creíamos.
Algo parecido ocurrió décadas después con ciertas artroscopias en la artrosis de rodilla. (Moseley). No se invalidó la artroscopia, sino su uso en todos los casos.
Estos estudios ilustran bien la lógica de la falsabilidad, pero también sus límites éticos: implican riesgos reales sin beneficio directo para algunos participantes, lo que en cirugía no es un detalle menor. Aun así, me enseñaron que incluso el acto médico más físico y patente está impregnado de expectativas, tanto del cirujano como del paciente.
Someter nuestras “verdades” a pruebas capaces de desmentirlas es la única forma de no acabar operando fantasmas. Solo así distingo lo que realmente sana de lo que solo es coreografía quirúrgica.

Consideraciones y matices
No vivo desconfiando de todo lo que pienso; sería paralizante. Hay afirmaciones —definiciones, verdades formales— que funcionan como reglas del juego (2+2=4) más que como hipótesis sobre el mundo. Lo que sí puedo someter a contraste son las afirmaciones sobre lo que podemos experimentar: lo que veo e interpreto cuando decido o aconsejo.
De todas formas, las hipótesis no se abandonan al primer tropiezo. Las teorías funcionan como programas de investigación que se mantienen mientras sigan generando resultados fértiles (Lakatos).
Por otro lado, aunque no estén formalmente descartadas, algunas ideas dejan de ser útiles cuando sus resultados son peores que las alternativas.
En cirugía, un resultado insatisfactorio aislado no invalida una técnica que funciona en la mayoría de los casos. Son pocas las propuestas que se derrumban de golpe; más bien vamos ajustando su valor a medida que aparecen nuevos datos.
La falsabilidad, al menos como yo la vivo, no es un gesto brusco de demolición, sino una vigilancia tranquila sobre aquello que empiezo a dar por seguro.

En pocas palabras
Quizás la Falsabilidad tenga un toque de escepticismo, pero hacer de abogado del diablo es buscar la verdad sabiendo que mañana puede cambiar. Consiste en dejar un margen a la posibilidad de aprender.
Que una idea sea refutable no la convierte tampoco en verdadera, pero la coloca en un terreno distinto al de la simple creencia.
En CEFALICA la Falsabilidad me permite distinguir lo que supongo de lo que podría comprobarse.
Cuando una idea sobrevive a las objeciones externas, toca preguntarme qué parte de mí quiere que sea cierta. Pensar contra uno mismo no es solo vigilar mis hipótesis, sino también a quien las formula.