“El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y eres la persona más fácil de engañar” — Richard Feynman
1.El abogado de mis ideas
Nunca me he considerado especialmente crédulo… salvo cuando se trata de mis propias opiniones.
Ahí aparece siempre un defensor hábil que encuentra atenuantes, selecciona pruebas favorables y construye argumentos elocuentes. El problema no es carecer de certeza, sino la facilidad con la que uno puede convencerse de que ya la tiene. Nuestro razonamiento no está diseñado solo para buscar la verdad, también para justificarnos.
De ahí la necesidad de otro criterio en CEFALICA: hacer un alto en el camino para examinar las razones personales que me llevan defender mis conclusiones.

2.Un espejo incómodo
En neurología se estudia un trastorno curioso: algunos pacientes que han perdido la visión no solo no ven, sino que tampoco son conscientes de ello. Tropiezan, chocan, y aun así elaboran explicaciones para darle sentido a lo que les ocurre.
Es una enfermedad, y rara, pero ilustra —sin equiparar, claro está— algo más cotidiano: la posibilidad de vivir en el error sin sospecharlo. No porque “no veamos”, sino porque nuestra mente tiende a completar lo que falta con explicaciones plausibles.
Admitir esa “ceguera” no es penitencia intelectual, sino buscar las grietas a mis propios juicios. Autoexaminarme significa detenerme un momento para revisar mi propio razonamiento con la misma severidad con la que examinaría el de un colega.

3.La coartada intelectual
Cuando no analizo mis juicios, dejo de sospechar de ellos. Y eso tiene un efecto silencioso: lo que pienso me parece razonable no porque lo sea, sino porque es mío.
Y hay una trampa adicional: la inteligencia no protege del autoengaño. Al contrario, cuanto más sofisticada es la capacidad de razonar, más convincentes son los argumentos… incluso cuando parten de premisas equivocadas.
Por eso conviene asomarse al espejo, aunque no siempre resulte agradable. Se atribuye a Fitzgerald esta ironía: “Analizarse uno mismo puede ser divertido… hasta que se descubre que el problema está dentro”.
La autocrítica quizás erosiona parte de mi seguridad, pero me aporta la posibilidad de dudar a tiempo

4.Cada cual ante su retrato
Orwell reconocía que incluso los textos escritos con las mejores intenciones pueden estar contaminados por el deseo de tener razón o de influir en los demás. Más de una vez se preguntó si escribía por convicción o simplemente por orgullo intelectual.
Como prevención, Darwin adoptó una disciplina curiosa: anotaba de inmediato cualquier observación que contradecía sus hipótesis. Sabía que la mente tiende a olvidar aquello que cuestiona nuestras ideas favoritas.
También yo me reconozco en esa trinchera del amor propio. Todos nos miramos; pero no siempre llegamos a vernos con nitidez.

5.Señales de stop
Me resulta sorprendentemente fácil hablar de los defectos o errores de los demás. Los míos no los veo tan claros.
He aprendido a desconfiar de ciertos indicios: cuando una idea encaja demasiado bien con lo que ya pensaba, cuando una opinión contraria me irrita más de la cuenta o cuando, en una conversación, dejo de escuchar para empezar a preparar la respuesta.
Son momentos en los que ya no estoy atendiendo, sino reaccionando. Lo más engañoso es que no suelen vivirse como errores, sino como decisiones razonables.
Ahí el autoexamen actuaría como un pequeño freno. Suele bastar con una pregunta sencilla: ¿estoy pensando o justificándome?

6.El péndulo errático
Conservo un recuerdo muy vivo —sobre todo en la vida profesional— de oscilar continuamente entre dos polos.
Por un lado, el síndrome del impostor, ese susurro interno que me inquieta: ¿valgo realmente para esto?, ¿y si descubren que no soy tan bueno como creen? Por otro, el extremo opuesto que describe el efecto Dunning-Kruger: decisiones graves tomadas con una convicción y una rotundidad que, vistas en la distancia, hoy no tendría.
Ese vaivén me hizo ver que la autopercepción es una herramienta poco fiable. Hoy intento observar esa fluctuación sin dramatizarla: la convicción es necesaria para actuar, pero no siempre es sinónimo de acierto.

7. Sombras bajo la lámpara cialítica
En el quirófano aprendí que el problema no es solo cómo pienso, también en qué condiciones actúo. No hablo aquí de fallos lógicos, sino de algo anterior: la presión del personaje.
Muchas decisiones aparentemente técnicas no siempre son tan racionales como nos gusta creer. Durante una intervención actuamos bajo múltiples influencias: mis propias emociones y el estrés del momento, la presión del caso clínico, la fatiga acumulada o el ambiente del equipo. Pero además intervienen otras predisposiciones menos visibles: la costumbre, pequeñas preferencias, o inercias y supersticiones que apenas reconozco.
A esto se suma el propio rol profesional. Cuando se espera de uno seguridad, la duda deja de ser una opción.
Esa exigencia puede deslizarse hacia una forma sutil de autosuficiencia que a veces se ha llamado “vanidad del cirujano”. En el quirófano la firmeza nace, además del análisis, de la necesidad de no vacilar.
El peligro está, entonces, en dejar que el papel sustituya al razonamiento.
Reconocer estas interferencias resulta incómodo, pero me hacía más consciente de los límites de mi propio juicio.

8.Consideraciones y matices
El autoexamen puede ayudarme a descubrir algunos sesgos, pero no me garantiza un conocimiento pleno de mis motivaciones. Sospecho que muchas de las explicaciones que doy a mis decisiones son reconstrucciones a posteriori: solemos elaborar relatos plausibles sobre procesos mentales que en realidad se nos escapan (Kahneman).
Analizarse no significa desconfiar de uno mismo ni convertir la autocrítica en una exigencia moral. Mirar cómo pienso es una herramienta práctica, no un ejercicio paralizante.
Pero siempre quedarán zonas opacas. Parte de lo que me mueve seguirá siendo difícil de ver, y además el análisis, no lo olvidemos, tampoco está libre de error.

9.En pocas palabras
El autoexamen no busca juzgar, su propósito es observar las trampas que la mente tiende para proteger sus propias convicciones.
A menudo lo que llamo “razones” no es más que emoción vestida de argumentos. Cuando logro reconocerlo comprendo que el cerebro, si se vigila, al menos aprende a hacerlo con menos impunidad.
En CEFÁLICA, el autoexamen me enfrenta a algo incómodo: el error más persistente no suele venir de fuera, sino de mis propias certezas.
Y, una vez apartados esos velos internos, queda otra tarea: comprobar si el camino que sigo desde las premisas hasta las conclusiones está realmente bien trazado.