El paso custodiado

Vincent van Gogh, «Primeros pasos (según Millet)», 1890. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York

Muchos recibieron la llegada de los inversores como una oportunidad; otros, como una amenaza. El largo viaje de aquel dinero desde Alemania hasta Bari Vecchia suscitó no pocas críticas entre quienes no querían renunciar a su identidad y quienes, por el contrario, temían perder su derecho a un pingüe beneficio.

—¡Estos vienen a hacerse los amos en nuestra casa! —se quejaba el panadero al alcalde—. ¿Y luego nosotros adónde vamos?

—Tranquilo, Lino —lo calmaba el alcalde—, nadie viene a mandar. ¿No te das cuenta? Es una ocasión única.

Las palabras del alcalde no lograron convencer a Lino, el panadero. Pero llegado el momento, tampoco él se echó atrás a la hora de traspasar su negocio a aquella multinacional de Bremen que, en una sola operación, compró la manzana entera. No hubo expropiación, sino una compra en regla y bien pagada que consoló a los vendedores, tan apegados a sus raíces hasta hacía poco.

La inversión de allende los Alpes no perdonaba viviendas ni comercios, pero compensaba con generosidad: a la mayoría le sirvió para mudarse de ciudad y, en algún caso, de país. Solo Vito, el viejo zapatero del barrio, parecía insensible al hechizo del dinero.

—Abuelo, ¿por qué no quieres entenderlo? —le insistía el nieto cada vez que llegaba una oferta mejorada—. Nos vendría muy bien ese dinero. ¿De verdad quieres que me quede aquí toda la vida, como has hecho tú?

“Taller de zapatero”, Max Liebermann, 1881–82

—Te crié como a un hijo —le respondía el abuelo mientras quitaba el exceso de cola del pincel frotándolo contra el delantal de cuero—. Antes de que se nos fuera para siempre, le prometí a tu padre que te transmitiría el mismo amor por tu tierra que le transmití a él.

—¿Y eso qué tiene que ver? ¿No puedo seguir queriendo a Bari Vecchia desde lejos?

—La memoria no se lleva de viaje. Se custodia.

Y empezó a martillear sobre la horma de madera; el golpeteo agudo ahogó los pensamientos del nieto.

Entretanto, el barrio seguía transformándose. En las viejas casas de piedra, ahora de fachadas impecables, empezaban a abrirse pequeños hoteles. Los puestos de comida callejera dejaron su sitio a restaurantes y cervecerías, y los pocos comercios que quedaban se convirtieron en lujosas tiendas de objetos de madera. El pequeño taller de Vito seguía allí, como fuera de lugar.

Cada mañana, sin hacer caso de las miradas torvas de los vecinos de local, y molesto además por el sonido gutural de sus voces, alzaba la persiana, sacaba la mesita de madera con el taburete, disponía con esmero las herramientas heredadas de su padre y retomaba el trabajo que la víspera había dejado a medias. No era un combatiente, Vito, sino un fiel.

Aquel trece de noviembre, poco antes de cerrar, Vito dio el último martillazo sobre la horma de madera, y con él concluyeron su trabajo y también su existencia.

Pasada la tristeza por la pérdida de aquel hombre al que a veces no conseguía llamar abuelo, el nieto de Vito se vio heredero de un oficio que no sabía ejercer y que, aun así, le traería riqueza. No tuvo que acudir a los inversores: se presentaron ellos en el taller el veinte de noviembre, a las doce en punto. En las manos, solo un papel para firmar.

—Denme tiempo para que lo lea mi asesor —mintió, para hacerles creer que estaba a su altura.

“Un par de zapatos” Vicent Van Goch,1888

Y quedaron en verse al día siguiente para firmar la escritura de compraventa.

El nieto del zapatero guardó con cuidado el documento en un bolso y se arremangó la camisa. Antes de ir a brindar con los amigos al bar del centro, tenía que vaciar el taller del abuelo.

Se quedó un momento mirando aquel cuarto en el que tanto él como su abuelo habían pasado la vida entera. Decidió qué cargaría en el carro alquilado y qué se llevaría a casa. De algún modo sentía el deber de no tirarlo todo.

La trastienda era oscura y angosta, ocupada casi por completo por estanterías atestadas de hormas. Enseguida supo que nada de aquello se lo llevaría a casa. Cogió una bolsa de plástico negra, de las grandes, y empezó a recoger las hormas, pero al hacerlo se dio cuenta de que llevaban algo grabado. No un número, sino un nombre.

Leyó el nombre del hijo del relojero, el del carpintero, el de la mujer del farmacéutico. Leyó también el suyo. Estampado en el interior de una huella. El abuelo no solo fabricaba zapatos: conservaba el molde del paso de cada niño del barrio que había aprendido a andar.

Por un instante, comprendió. Devolvió las hormas a su sitio. Luego volvió al taller, se bajó las mangas de la camisa, echó la persiana y se encaminó a casa. Desde aquel día, Vito el zapatero sería él.

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