El café de la mañana en un hueco del trabajo. El hombre del sombrero lee y de vez en cuando levanta la cabeza y observa lo que le rodea. Todas las mesas están ocupadas y cuchichean iluminadas por el sol del primer verano. El viejo pasea despacio, despistado o deslumbrado, con esas gafas verdes de aviador que le quedan grandes y torcidas. Camisa blanca, pantalón azul deslustrado, gorrilla roja. Una chica se le acerca, melena negra, vestida de blanco. Hablan de pie y luego se sientan en un banco. Quizá sea una nieta, piensa el hombre del sombrero, o tal vez su cuidadora, y vuelve a los titulares en el iPad. La chica le habla muy cerca y le coge las manos, una y luego la otra, como quien las examina o las calienta. El viejo la mira a través del cristal verde, inmóvil, dócil. Nota el café con hielo amargo (se le ha olvidado echar la sacarina), justo cuando la chica se levanta y se aleja sin prisa, sin que nadie en las mesas levante la cabeza. El hombre del sombrero remueve el hielo con la cucharilla y ya no la encuentra entre la gente. El viejo se ha quedado solo, mirándose las manos, girándolas despacio hacia la luz. Pensando en las otras manos de entonces, que olían a goma de borrar o a las palomitas del cine de los domingos. Y en el perfume de un cuello largo como un vaso de leche, hace ya mucho tiempo. Pero los anillos de oro habían desaparecido de sus dedos.
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