“Como médico llegas a descubrir que la lucha por atender a las personas es más a menudo contra lo que no sabes que contra lo que sabes…
Se supone que en medicina las decisiones se basan en observaciones concretas y pruebas concluyentes. … A falta de algoritmos y pruebas que indiquen qué hacer, uno aprende a tomar decisiones por intuición. Cuentas con tu experiencia y tu criterio. Y eso no deja de resultar inquietante. … Pero, ante la incertidumbre, ¿qué otra cosa aparte de su juicio tiene el médico, o incluso el paciente? …
No obstante, los expertos sostienen que ésta no es la manera de proceder, y cuando decidimos de manera instintiva, dicen, sólo estamos camuflando esta realidad. Sin embargo, llevar a cabo un análisis formal en cualquier marco temporal práctico resultó del todo imposible. Llevó un par de días (no los minutos que habíamos empleado en realidad) y muchas idas y venidas con dos expertos en decisiones. Pero proporcionó una respuesta. De acuerdo con el árbol de decisión final, no debíamos haber ido al quirófano para hacerle una biopsia. La probabilidad de que mi presentimiento inicial fuera correcto era demasiado pequeña, y la probabilidad de coger la enfermedad a tiempo tampoco era demasiado alta. La biopsia no podía justificarse, decía la lógica. No sé pues qué conclusiones habríamos sacado de esta información. De todas formas, no teníamos el árbol de decisión. Y fuimos al quirófano.”
Confesiones. La pierna roja — Atul Gawande

Gawande cuenta cómo operó a una paciente, con una pierna roja e hinchada, sin pruebas claras. Días después, el análisis formal concluyó que no debía haberlo hecho.
En medicina (y en la vida) con mucha frecuencia actuamos con datos incompletos y con inquietud por el resultado. Pero sabemos que nuestro juicio también puede equivocarse y, en el momento de la verdad, con la presión en el pecho, uno no se para a pensar si el cerebro está jugándole una mala pasada, y siente la necesidad de agarrarse a algo.
Por eso, cuando faltan certezas, cualquier apoyo resulta bienvenido. Y pedir una segunda opinión es, en situaciones serias, casi un gesto automático. A veces para afinar el diagnóstico y otras, para compartir la responsabilidad de decidir o, simplemente, como una especie de analgésico emocional que haga más llevadera la duda.
Pero tengo recuerdos incómodos. El pasillo estaba en silencio y la hilera de luces del techo me conducía a tomar una decisión ante la puerta del fondo. El paciente empeoraba, y yo tenía la impresión de que había que intervenir cuanto antes. Aun así, le pedí su opinión a mi colega de guardia. Quizás la decisión pesaba tanto que yo necesitaba oír que no estaba solo. La respuesta fue serenar, observar, dar tiempo. Fue entonces cuando me pareció razonable esperar.
El desenlace me hizo volver muchas veces sobre aquel momento.
Tal vez me resultaba más fácil asumir el riesgo de la demora que el de intervenir. Nunca lo sabré. Sospecho que, si la situación hubiera sido la inversa —yo partidario de esperar y otro cirujano insistiendo en operar— me habría costado mucho más cambiar de idea.

Con los años he pensado que esos errores dejan una marca distinta. No tanto por el desenlace como por la sensación de no haber seguido el juicio clínico que entonces consideraba mejor. Y eso deja un coste doble: el daño real de las consecuencias y la carga moral de saber que podría haber actuado de otra manera.
El resultado final tiñe el recuerdo con el color del fracaso. Quizás sea un sesgo muy humano, porque tengo la convicción de que si las cosas hubieran salido bien por puro azar hoy no sentiría este peso. Me habría convencido a mí mismo de que la espera fue un ejemplo perfecto de prudencia y decisión colegiada.
Los demás pueden aportar datos, contrastar una impresión o ayudar a pensar mejor. Pero no deberían servir para aliviar mi ansiedad ni tienen la culpa de mi actuación. Por muchas opiniones que haya alrededor, incluida la del paciente, la decisión final lleva mi firma, y me deja sin defensa si actúo contra mi propio juicio.
Gawande asumió la incertidumbre de su propia intuición y actuó: su decisión salvó la pierna de la paciente. Yo, buscando certezas donde no las había, preferí seguir el criterio de otro. No digo que él hiciera bien porque acertara y yo mal porque no; pero sí aprendí que, en el momento de decidir, cuando las razones de ambos lados están en tablas, solo hay una voz que debería pesar más que las demás: la de quien va a actuar.