La evolución del libre albedrío


La mejor defensa científica que conozco de la existencia del libre albedrío es la que se basa en la selección natural, la que nos dice que la evolución creó el libre albedrío. Un ejemplo de esta visión es el libro The Evolution of Agency, de Michael Tomasello. Vamos a ver lo que plantea Tomasello y luego lo criticaré.

Tomasello propone que la naturaleza no puede cablear (preprogramar biológicamente) todas las respuestas de un organismo para cada posible contingencia, especialmente en entornos inciertos y variables. En lugar de eso, la evolución crea agentes psicológicos: sistemas de control por retroalimentación (feedback control) que persiguen metas, toman decisiones informadas según la situación actual y monitorean sus propias acciones. Por ejemplo, a una ardilla la selección natural la ha programado para que busque nueces. Pero cuando una ardilla se encuentra en un bosque o en un prado la selección natural no puede guiarla, no puede decirle que vaya a la derecha o a la izquierda. La selección natural no ve nada, lo ve el organismo y “le deja libertad” a éste para que decida.

Esto marca el límite entre la biología pura (que explica comportamientos fijos) y la psicología (que explica la toma de decisiones flexible del individuo). La agencia es la capacidad de dirigir y regular el propio comportamiento hacia metas, en lugar de reaccionar de forma puramente automática.

La evolución ha construido progresivamente formas más complejas de agencia (capacidad de actuar como agente) para lidiar con la incertidumbre. Cada nivel añade más planificación, toma de decisiones y control ejecutivo. Esto culmina en los humanos con una agencia que incorpora normas sociales y una visión compartida del mundo (objetivo y normativo). Tomasello ve esto como la base evolutiva de lo que llamamos libre albedrío o libertad de elección: en situaciones impredecibles, la evolución “deja” al individuo decidir, en lugar de dictar todo. Según Tomasello, no es un libre albedrío absoluto o místico (no hay homúnculo), sino un aparato psicológico evolucionado de control que permite elecciones reales dentro de los parámetros biológicos y situacionales.

Tomasello distingue cuatro etapas en la evolución de la agencia psicológica (cada una construida sobre la anterior):

1-Agencia* dirigida a metas (Vertebrados antiguos, ej. lagartijas)

Control sensorimotor básico por retroalimentación. Metas simples (comer, evitar depredadores). Flexible pero reactiva. Aquí comienza la agencia.

2-Agencia intencional (Mamíferos antiguos)

Representaciones mentales, intenciones simples, simulación y mejor aprendizaje. Mayor inhibición de impulsos y rol de las emociones.

3-Agencia racional (Grandes simios antiguos)

Razonamiento causal, planificación y control ejecutivo. Decisiones más estratégicas, especialmente en contextos sociales competitivos.

4-Agencia socialmente normativa (Humanos)

Incorpora normas, cultura y estándares compartidos. Autoregulación moral y coordinación colectiva. Permite cooperación a gran escala y culturas acumulativas.

Cada etapa añade mayor flexibilidad y complejidad para enfrentar la incertidumbre, culminando en un mundo percibido como objetivo y normativo. Toda esta visión de Tomasello encaja muy bien con la postura que mucha gente tiene de forma intuitiva hacia el problema del libre albedrío al que dan la respuesta de que no es un problema de todo o nada sino que es cuestión de grados. En esta visión, los humanos tenemos más libre albedrío que un perro y una persona sana mentalmente tiene más libre albedrío que una persona con esquizofrenia.

Bien, voy a exponer ahora los problemas que le veo a la postura de Tomasello. En primer lugar, me parece crucial diferenciar entre tomar decisiones y tomar decisiones libremente. Yo no discuto que muchos seres vivos toman decisiones. La cuestión es si esas decisiones son libres. Creo que Tomasello ve la parte de que los organismos toman decisiones pero no la de que esas decisiones están condicionadas o determinadas. Él mismo admite que la selección natural/evolución pone unos objetivos como evitar depredadores, comer, encontrar pareja y tener sexo, etc. Y todo eso es lo que en última instancia nos mueve.

Si aceptamos tomar decisiones que no están programadas del todo (acciones que tienen un margen de libertad) como criterio de libre albedrio, tendríamos que conceder que muchas máquinas y robots también son libres porque no programamos todas y cada una de sus acciones. Por ejemplo, un coche autónomo. Al coche le ponemos también un objetivo, le decimos a dónde tiene que ir y le damos también una serie de instrucciones como “no te choques con otros coches”, “no atropelles a nadie”, “si te estás quedando sin batería para a recargar”, etc. Pero cada acción individual la decide el coche. Si se cruza un camión y el coche lo esquiva haciendo una determinada maniobra, esas maniobra concreta no se la hemos dictado nosotros. Nosotros sólo le hemos dictado unas normas generales. ¿Por qué un organismo biológico que tiene unos algoritmos o instrucciones muy claras (podemos decir que la vida es información) es libre y una máquina no? Mi punto sería que si aceptamos como libre albedrío lo que hace una ardilla -o nosotros mismos- también serían libres los androides de Blade Runner (que conducían naves más allá de Orion) o los Tesla de Elon Musk. Y desde luego, lo serán los robots que aparecerán en el futuro: ya estamos viendo ahora máquinas que aprenden solas sin instrucciones a jugar al Go o a plegar proteínas.

Quiero decir, si el criterio es sólo “tomar decisiones locales no completamente pre-especificadas según objetivos generales”, ambos sistemas (organismos y robots o coches autónomos, o la IA) lo cumplen. Ambos sistemas tienen metas impuestas desde “fuera” (evolución vs. programador); ambos sistemas operan con algún tipo de control de feedback (perciben, evalúan discrepancia, actúan, ajustan); ambos tienen cierto margen de variabilidad y aprendizaje y , en conjunto, sus decisiones concretas no están dictadas línea por línea. Si aceptamos que la ardilla tiene algo de libre albedrío, entonces muchos robots actuales también lo tendrían.

Creo que la cuestión última con respecto a si existe o no el libre albedrío reside en el problema de qué consideramos que cualifica como libertad. Decía E. O . Wilson en su libro On Human Nature: «Los genes sujetan a la cultura con una correa. La correa es muy larga, pero inevitablemente los valores quedarán constreñidos según sus efectos en el acervo genético humano». También se cuenta una anécdota sobre Henry Ford: cuando sacó el Ford T la publicidad decía algo así como “Puede elegir su coche en cualquier color, siempre que sea negro”. De igual manera podríamos decirle al organismo: “Puedes hacer cualquier acción siempre que sea comer, beber, evitar depredadores y tener sexo (y las acciones intermedias que necesitas para ello)”.

Mi postura es que la biología ata a la voluntad con una correa también. No se trata de una cadena corta e inflexible, sino de una correa lo suficientemente larga como para permitir movimiento, exploración y cierto margen de maniobra. Podemos correr, saltar, elegir caminos diferentes y sentir, en muchos momentos, que somos dueños de nuestros pasos. Sin embargo, por larga que sea, la correa siempre está ahí. En última instancia estamos atados. Los objetivos últimos -supervivencia, reproducción, homeostasis, búsqueda de recompensa y evitación del dolor- no los decidimos nosotros, sino que fueron fijados por la evolución hace millones de años. Podemos negociar con ellos, posponerlos, sublimarlos o incluso desafiarlos temporalmente, pero no podemos liberarnos completamente de ellos.

Podemos ver la botella medio llena: admirar la longitud de la correa y celebrar la libertad relativa que nos otorga. O podemos verla medio vacía: reconocer que, en última instancia, seguimos atados. Ambas visiones son ciertas. La diferencia está en dónde ponemos el acento: en la amplitud del margen o en la inevitabilidad del límite.

*Nota del editor. Agency en inglés tiene un significado algo distinto al que, según el diccionario de la RAE, tiene la traducción, “agencia”, en español. En el contexto de este artículo y en contextos académicos la capacidad de agencia incluiría La capacidad de actuar (no solo padecer o reaccionar), la dirección por metas o razones (conducta orientada, no mero automatismo) y capacidad de control y autorregulación (capacidad de monitorizar y ajustar la acción).

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