Aprovechamos la publicación de “Aurora” el pasado mes de junio para reivindicar la obra de la mítica banda inglesa en su totalidad, pues hay mucho que descubrir más allá de los hitos habituales.
A mediados de los dos mil, mi yo adolescente que adoraba a Pink Floyd se alegró notablemente cuando descubrió que ahí afuera había más bandas que, como ellos, habían volcado sus esfuerzos en crear piezas de larga duración, ambiciones épicas y sonidos cósmicos unos treinta años atrás. El escueto y despojado nombre Yes no habría llamado de inmediato mi atención de no ser por dos cosas: tenían múltiples y elogiosas entradas en foros especializados y en sus discos abundaban los cortes que superaban con holgura los 15 minutos. Había uno especialmente jugoso, llamado Tales from topographic oceans y formado por 4 suites de entre 18 y 22 minutos, tan gigantesco que sobrepasaba a muchos de los que lo reseñaban y preferían títulos más balanceados. Pero para mis oídos ávidos de grandiosidad, entrar por esa puerta era la opción más clara, así que descargué el disco y escuché, a modo de tentativa, el segundo y el cuarto de sus movimientos.
Comenzó así un idilio que al poco ya se había extendido a la totalidad de Tales from topographic oceans, a Close to the edge (el buque insignia del grupo), a The Yes Album y a Fragile. Años después se sumaría Relayer, el más osado del catálogo, pero que menciono ya porque completa el Pentateuco de Yes, las cinco catedrales inauguradas en un compacto lapso de tiempo entre 1971 y 1974, a cargo de la formación “clásica” compuesta por Jon Anderson (voz), Chris Squire (bajo), Steve Howe (guitarras), Tony Kaye / Rick Wakeman / Patric Moraz (teclados) y Bill Bruford / Alan White (batería).
En estos discos está absolutamente todo lo que los convirtió en una banda legendaria, capaz de armar coherentemente piezas muy extensas y ambiciosas, aunar arrebatos experimentales con accesibles melodías de folk preciosista cantadas y armonizadas de forma primorosa, enérgicas estructuras combinadas de bajo, guitarra y percusión, y unos teclados mágicos que traducen sónicamente la fantasía y el colorido de las portadas (casi siempre obra de Roger Dean).

Estos cinco discos, prodigiosos e inagotables, son de tal envergadura que a la larga se han convertido en un agujero negro para el resto de su discografía. El listón vuelve recurrentemente a ellos, lo que ha desvirtuado la percepción de todos sus trabajos posteriores. Y aquí viene lo bueno: si los elimináramos por completo, Yes seguiría siendo una banda extraordinaria.
Durante casi 60 años se han sucedido los lanzamientos a nombre del grupo de forma más o menos constante, como constante ha sido también la entrada y salida de antiguos y nuevos integrantes y el problema asociado a una supuesta legitimidad según la cual sólo los miembros fundadores o que tuvieran parte en alguno de los 5 tótems sagrados merecen continuar la saga. Tras la expulsión velada de Jon Anderson en 2008 (probablemente el episodio más negro de la historia de Yes) y la muerte de Chris Squire en 2015, parecía antinatural continuar, pero lo cierto es que Steve Howe ha mantenido dignamente la nave a flote junto a una formación estable (Jon Davison, Billy Sherwood, Geoff Downes y Jay Schellen) que ha encontrado el equilibrio entre el respeto al legado y el compromiso de añadir nuevos capítulos con enjundia suficiente.

Cada nuevo álbum ha ido engrosando el corpus general y pocos han estado exentos de recibir críticas desde tibias a demoledoras. Generalmente, debidas a las expectativas depositadas (el agujero negro) y a que Yes llevan más de 40 años sin hacer nada que esté mínimamente de moda. Pero cuando se pasa de la escucha superficial a la escucha atenta y se toma cada trabajo por lo que es en sí mismo y no por comparación, empiezan a aflorar una serie de virtudes que se han mantenido inmutables a lo largo de las décadas y las formaciones: las composiciones sólidas y cuidadas, la ejecución de primer nivel, la riqueza instrumental y el compromiso con la marca. Aunque cada uno sea hijo de su tiempo, sobre todo a nivel de producción, no hay un solo disco de Yes que haya envejecido mal. Al contrario, la convivencia con ellos a lo largo de los años los va volviendo cada vez más poliédricos y disfrutables. Además, son tantos que cuando se ha terminado de revisarlos siempre hay alguno suficientemente lejano en la memoria como para poder empezar de nuevo.

Así, abordar en profundidad y desprejuiciadamente la discografía integral de Yes se convierte en una apasionante carrera de fondo llena de (re)descubrimientos. Adoro su debut limpio y emocionante (Yes, 1969). Sé que en Tormato (1978) hay un gran disco enterrado bajo una producción excesiva. De las malogradas sesiones de París del 79, que provocaron la primera gran fractura del grupo, salieron canciones nada desdeñables como In the tower o Friend of a friend. La era comercial y radiofónica comandada por Trevor Rabin entre 1983 y 1995 dejó su gran pelotazo (90125, de 1983) y varios hermanos de parto difícil: algunos denostados por público y crítica (Big generator, 1987) y otros denostados por público, crítica y los propios Yes (Union, 1991). Ni eso los libra de tener canciones tan fibrosas como Shoot high, aim low, tan atrevidas como I´m running, tan pegadizas y efectivas como Shock to the system o Lift me up. Open your eyes (1997) es a menudo despachado como terrible, debido a una producción inusualmente plana. Nada que no compense con creces la fuerza de canciones como New state of mind, Universal Garden, Wonderlove o la titular. Heaven and earth (2014), ya con la formación actual, es delgado y sin demasiada energía, casi elegiaco, pero también es indudablemente hermoso. La trilogía formada por The Quest (2021), Mirror to the sky (2023)y Aurora (2026) ha dejado perlas como Dare to know, Cut to the stars, Ariadne.
He mencionado primero y de forma muy somera algunos títulos que no gozan de aclamación general (más bien al contrario), dejándome otros que sí cuentan con el beneplácito de los acérrimos al grupo, pero desgraciadamente no llegan a ser explorados por el oyente más casual, caso de Going for the one (1977) y Drama (1980), que no son santos particulares de mi devoción, pero contienen las altísimas cumbres de Awaken y Machine Messiah. Caso de los 3 estupendos discos que más se acercan al espíritu de los 70 con la formación clásica reunida: The Ladder (1999) (Homeworld, qué canción más enorme), Magnification (2001) y Keystudio, recopilado también en 2001. Caso también de Fly from here (2011), una suite recuperada de los tiempos de Drama como carta de presentación de la era post- Jon Anderson. Y aún me dejo nombres en el tintero.
Yes son una mina. A pesar de que se haya pretendido darlos por muertos durante todo el larguísimo tiempo que llevan activos pasada su edad de oro, lo cierto es que el oro no se ha agotado nunca. Hay en ellos una fuerza creativa que no brilla siempre con la misma intensidad, pero está asombrosamente viva. Visiten, por supuesto, las 5 catedrales, pero si logran salir de su embrujo, hay una inmensa multitud de monumentos esperando a su lado para regalarles una belleza prácticamente infinita.