Cuando llegué al bar del Hotel Alma, en Paseo de Gracia, donde me esperaba, lo vi a lo lejos, con una americana azul, un pañuelo blanco en el bolsillo del pecho y una corbata que, luego observé, tenía dibujitos de elefantes. Era difícil calcularle la edad, y aún lo fue más cuando me acerqué y me transmitió su alegría, su entusiasmo: una manera de vivir que parece el flujo continuo de un río cargado de significados y de colores que han aprendido a convivir en su interior con cierta coherencia, con amabilidad. Tiene 82 años, pero es un hombre sin edad, sensual, una suerte de dandy instalado en este tiempo aunque diga haber abdicado de la modernidad y busque el aliento de viejos maestros y viejos dioses. Parece conocer el secreto, haber sobrevivido gracias a una fórmula mágica que quizá ensayó cuando escribía en Jano, aquella revista de medicina y humanidades. En algún momento nos desliza algunas claves. Oponerse a las modas actuales. Saber refugiarse en lo importante: el estudio, la confianza, el reposo, la aventura, el juego y el placer. O, dicho de otra manera: un viaje en el Orient-Express a la caída de la tarde, conversando con una mujer hermosa de labios con sabor a Revlon Fire and Ice y un perfume dulce de jazmín, cítricos y maderas, como J’ai Osé. Y un buen libro cerca, o el proyecto de escribir una buena historia interminable.
Mauricio Wiesenthal nació en noviembre de 1943 en una casa modernista de la Gran Vía de Barcelona. Podía haber llevado una vida convencional, pero desde niño se quedaba en trance con un reflejo de luz, con la posibilidad naranja que se intuía en los horizontes lejanos. A los 18 años salió de casa para no volver, para seguir los pasos de Stefan Zweig, ser biógrafo de Rilke y comenzar una vida de carromato, literalmente enrolado en un circo que recorría el Danubio. Había dejado atrás Ítaca para emprender el sendero iniciático de la «vía ardua», como lo llama en El derecho a disentir. Iniciático es también El maestro de amor (Acantilado), su último libro, que empezó hace más de seis décadas, cuando era un adolescente, y en el que ha tratado de plasmar su búsqueda.
Para permitirse esa vida y ser, a la vez, un bon vivant, ha trabajado con alegría en múltiples ocupaciones: cantante en barcos y cafés, profesor de historia de la cultura, fotógrafo, extra de cine, catador de vinos… pero ha sido, sobre todo, escritor. Ha creado mundos propios a los que escaparse y ha escrito en periódicos y revistas, hasta de manera anónima. Lo ha hecho viviendo en Roma, París, Londres, Venecia, Kioto, Estambul, Calcula o en Costa de Marfil. Es un viajero errante que se considera ciudadano de una vieja Europa que se apaga y de la que solo quedan rastros: los cafés donde todavía se puede abrir un periódico, los caminos de peregrinación, los mercados de barrio, las tiendas de antigüedades, los hoteles con historia y los balnearios. Nunca le atrajeron los rebeldes sin causa, que solo piensan en destruir, ni los fanáticos de cualquier tipo. Se considera un enamorado de la vida, a la que renació tras una parada cardíaca cuando tenía 48 años. Tiene la voz suave y su mirada es acogedora. El tiempo vuela con él.
Preparando la entrevista, he recordado este fragmento de “Especie de espacios” de Georges Perec sobre dos maneras de estar en el mundo. Permíteme empezar, Mauricio, leyéndoselo:
“O bien arraigarse, encontrar o dar forma a las raíces de uno, arrancar al espacio el lugar que será nuestro, construir, plantar, apropiarse milímetro a milímetro de la propia casa: pertenecer por entero a nuestro pueblo, saber que uno es de la región de Cevennes o Poirou.
O bien no llevar más que lo puesto, no guardar nada, vivir en un hotel y cambiar a menudo de hotel y de ciudad y de país, hablar, leer indiferentemente cuatro o cinco lenguas: no sentirse en casa en ninguna parte, pero sentirse bien casi en todos sitios”
En definitiva, ir con los nietos a recoger moras por los angostos caminos nacionalistas o viajar y perder países, perderlos todos viajando en los trenes iluminados del mundo nocturno, ser extranjero siempre”
Me ha parecido que ha sido usted siempre de los segundos…
De los segundos, de los segundos… [Risas]. Has investigado bien. El perfil de circo, que le llamo yo. Era mi ideal desde pequeño. ¿Sabés que, incluso, llegue a vivir en un carromato? Cuando me mandaron a estudiar a Austria, a Viena (tenía entonces 19 años o 20 años), me fui a recorrer el Danubio y encontré un circo. Allí me enamoré de una trapecista y me enrolé con ellos. En el circo, como sabes, se hace de todo. Y esa fue mi vida un tiempo, vender entradas, preparar el escenario, ser jefe de pista… pero como yo no era un atleta de circo, no me subía al trapecio. Lo que hacía era sostener a mi amada. Es un buena metáfora de lo que ha sido mi vida, una vida llena de historias, la vida de un escritor.
Mi padre (y es un poco el comienzo de mi nuevo libro) había seguido su camino a la cátedra. Mi familia, mis tíos, eran diplomáticos. Yo pensé que quería hacer un camino diferente, el camino contrario, que es el que hace mi personaje, que dice que va a buscar la pobreza. Mi camino era la búsqueda de vivir haciendo la novela de mi vida. Por eso yo siempre intenté subirme a un carromato, vivir de país en país, de sitio en sitio, trabajando unas veces de marinero, otras veces de profesor de esgrima (porque yo fui campeón de esgrima cuando era jovencito)… me adaptaba a lo que iba apareciendo. En la época de las fotonovelas hice de modelo, de actor, de fotografo… He hecho de todo, de todo… de todo para seguir viviendo aventuras.
He leído que en una de ellas, incluso, llegó a conocer a Coco Chanel en el Hotel Ritz de París.
Yo vivía en París entonces, y en París, para ganarme la vida, entre otras cosas, hacía entrevistas. Entrevistas en las que aprovechaba para conocer a mis maestros. Porque, claro, cuando llamas a alguien y tú le dices: «Quiero conocerlo a usted porque lo admiro mucho», quien sea, dice: «Mire, vaya a conocer a otro que yo no tengo tiempo». Pero cuando le dices: «Voy a hacerle una entrevista», la gente se presta, como es lógico. Y más en aquella época. No hay que olvidar que en España había una dictadura y, por lo tanto, algunas de estas figuras no estaban bien vistas o no se sentían reconocidas. Sus nombres no aparecían en la prensa española con la frecuencia con la que aparecían en Francia, en Alemania, donde fuese. Con lo cual me abrían las puertas de su casa con mucha amabilidad, con una amistad infinita.
En una de estas entrevistas había conocido a Paul Morand, el viejo diplomático, el escritor de viajes, un personaje fascinante, que un día me dijo: «Mauricio, ¿a quién te gustaría conocer?». Yo aproveché y le dije rápidamente (sabía que era amiga suya): «A Gabrielle, a Coco Chanel». Y me dijo: «Pues nos vemos en el Ritz», que está en la plaza Vendôme, sobre la rue Cambon. Allí estaba el bar del Ritz, en la esquina de la calle donde ella tenía su atelier de costura. Y entonces nos conocimos.
Tuve dos ocasiones de verla en París, era un personaje tan interesante, tan interesante…
¿Cómo era ella personalmente, en el tú a tú?
Tenía una personalidad infinita. He conocido algunos personajes en mi vida que son como aquellos actores que cuando aparecen en una película de cine todo el mundo dice: «Se comen la pantalla». Puedes poner al lado a otro actor, a quien quieras, que por muy bueno que sea tú te pasas todo tiempo mirando solo a Ava Gardner, o a gente de esta estirpe. Coco Chanel era así. Ella tenía una personalidad que, cuando estabas con ella al lado, te imantaba, no hacías más que mirarla porque te encandilaba. Era realmente una pantera, tenía una mirada posesiva, una mirada intrigante, que te agarraba, ¿sabes?
El recuerdo de estos personajes es magnífico para la vida de un escritor. Reconocer dónde estaban los maestros, dónde había un alma, dónde había una personalidad que te atraía. Observar una escalera, y de repente, ver que de las 17 personas que la están transitando, solo tienes ojos para una. Para una sola. Esa es la que te trae lo que Rilke llamaba una carta sellada. Es un mensajero que viene para ti. Cuando lo miras dices: «A este lo tengo que conocer yo». Pasa así, como un rayo en la tormenta, como pasa también en un partido de fútbol cuando salen todos los jugadores y te fijas en uno. Aunque otros sean mejores, lleven mejores peinados, metan más goles… tú te fijas en uno, porque es el que te llama, el que más te interesa, no sabes por qué.

Una de esas personas, uno de sus maestros, fue Stefan Zweig. Hizo un viaje iniciático tras sus huellas. ¿Fue el inicio de su pulsión por escribir?
Fue por algo que yo leí (creo que fue precisamente Los ojos del hermano eterno, un pequeño relato), algo que había en mi casa. Yo he sido muy lector desde pequeño. Aprendí a leer solo. Lo cuento porque yo creo mucho que los seres humanos nos retratamos en nuestra autenticidad con las pulsiones que hemos tenido de manera natural, anterior al aprendizaje, anterior a la enseñanza, anterior a que tu padre te diga: «Hijo mío, yo quiero que tú seas médico o campeón de fútbol». La verdadera pregunta es ¿qué hacías tú antes de eso? A lo mejor tú antes te dedicabas a hacer juegos de magia. Me interesa mucho lo que los niños saben.
Un dia a mi me operaron de amigdalas y el médico dijo que tenía que estar callado, que aquello me tenía que cicatrizar. Yo, como era muy educado, me lo tomé al pie de la letra, no hablaba. Mi madre tenía miedo de que me hubieran quitado las cuerdas vocales, y decía: «Este niño ya no va a hablar más…». Al cabo de cinco días, seis, lo que fuese, le dije: «Tráeme un libro, verás cómo leo». Mi madre me trajo un libro, y yo leí de corrido. Y le dije: «Tráeme también un papel, verás cómo escribo». Entonces, con un lápiz, escribía, pero escribía de derecha a izquierda. Algo muy curioso que quizá algún médico pueda estudiar algún día [Risas]
Desde pequeño le sedujeron las palabras.
He tenido suerte, he tenido facilidad desde pequeño para ellas, para leer, para escribir. Como la he tenido también para los idiomas. A veces, en un país extranjero, con un idioma que yo no había estudiado nunca, cogía un periódico y lo abría y de algo me enteraba, no sé cómo. Utilizaba la intuición, las imágenes, el contexto, la actualidad que había, que se yo… pero me enteraba de algo. Hacía mi propio sistema. Sigo manteniendo esa admiración por la literatura, por la observación, por la interpretación. Creo que, el ser escritor, nació de una forma espontánea en mí. Tengo gusto por la palabra, gusto por la etimología. Lo tengo de una forma natural. Luego, claro, vinieron todas las enseñanzas humanistas, mi carrera, mis estudios de filosofía… pero lo realmente valioso era esa base que yo tenía.
He tirado toda mi vida de ese hilo, de ese instinto de descifrar, de descriptar. Soy un desencriptador nato. No puedo ver un signo raro, misterioso, sin poner toda mi atención en tratar de buscar qué hay debajo. Si encuentro un papel en un sitio, lo leo. Siempre curioseo. Siempre quiero más. Es mi vida. Otro será actor y te contará la vida de otra manera, y te dirá: «Yo no puedo dejar de ver personajes para imitarlo luego solo», porque es actor. Yo creo que todos llevamos algo dentro que es nuestra verdad.
¿Cree entonces que cada uno de nosotros hemos venido a descifrar a través de signos, a veces ocultos, el sentido de nuestra propia existencia? Este parece ser, en el fondo, el tema de El maestro de amor, su nuevo libro
La vida está llena de signos. Muchos no los interpretamos, los obviamos, los ocultamos porque a veces son preocupantes, incluso peligrosos, para nosotros.
Nos dan miedo.
Nos dan miedo. Un día te despiertas y tienes algo que hacer, y le das mucha importancia, pero de repente te suena un teléfono y te sale otra cosa. Habitualmente tú eliges la que tenías que hacer por ley, no la que te ha venido de repente. Porque no creemos en lo que aparece por vía de gracia, por vía de amor, por vía de misterio… como quieras llamarle. Creemos solamente en lo que tenemos calculado en la mente, y nos fabricamos una vida calculada que suele salir negativa, al final, suele salir mal el balance.

O sea, no cree en el azar, cree que de alguna manera todo lo que ocurre tiene un significado.
Sí, o al menos que nosotros podemos leerlo de forma que le encontremos un significado. Volvemos al concepto de Rilke de la carta sellada. Es una belleza como él lo expresa. Hay un mensaje y algunas personas intentamos interpretarlo o creemos haberlo interpretado. Otras personas, muy modestas, sencillamente se conforman con ser carteros y dejar esa carta en manos de otros. El escritor también es un continuador de testamentos. Rilke creía que estas cartas selladas pasaban de mano en mano a la espera de que alguien las descifrará.
Le describen como un gran continuador de la tradición literaria europea y me encantaría saber qué es para usted ser europeo, ahora que parece que todo se derrumba.
Para mí, Europa es un mundo que apostó por la civilización y por la cultura,. Tiene una personalidad muy clara cuyo raiz fue, precisamente, ese interés por todo lo que era la transmisión del saber, la transmisión de la belleza. Tenemos el Renacimiento, tenemos la Ilustración, las bases de nuestra cultura estaban ahí. Eso es lo que fue transmitiendo la cultura europea de padres a hijos, en nuestros idiomas, en la construcción de nuestras arquitecturas, en nuestro arte, en nuestra música. Ahí estaba también todo lo que heredamos del mundo clásico, la herencia de la que partimos los europeos. Tenemos dos lugares de herencia. Por una lado, el mundo de Oriente Medio, del Oriente Cercano, donde aparecen nuestras religiones y donde aparece la ingeniería, los números… y por el otro, la cultura grecolatina, que fue a través de la cual lo transmitimos en Europa, en una conciencia de que somos constructores de un mundo descifrable, porque es un mundo que tiene unos sistemas de civilización, unos pactos para poder transmitir la sabiduría, para poder transmitir la seguridad.
Todo esto culmina en un momento determinado (no de la única forma que era posible) en la cultura burguesa. Una cultura materialista, fundamentada sólo en la seguridad, en la herencia, en el testamento, y esto tiene muchas posibles interpretaciones, muchas conexiones posibles…
…qué son las que usted intenta hacer en El maestro de amor.
Sí, porque esa cultura cree que todo se transmite a partir del racionalismo, por el Discurso del método, por una ley racional, por un cálculo mental. Y esto es un problema, porque cuando la razón, algo maravilloso, se convierte en racionalismo se convierte en un dogma. Y entonces, ¿dónde queda la intuición?, ¿dónde quedan los sentidos?, ¿dónde quedan muchas de las mejores experiencias?, ¿dónde queda la magia?, ¿dónde quedan muchos elementos que forman parte de nuestra ignorancia? Esto es lo que a mí me interesa, lo que es para mí el fundamento de toda sabiduría.
La subjetividad poética.
La subjetividad poética, el arte, la manifestación de realidades por las que Chagall puede hacer volar un violín, ¿no? Todo ese mundo… el surrealismo… todo eso, ¿dónde lo dejamos con el realismo pragmático? Y eso es lo que en Europa, en un momento determinado, se ha perdido, pero no hay que olvidar que formó parte de nuestra historia. Es una pena que cuando aparece el racionalismo, nos divorciamos de toda esa realidad poética, espiritual, y consideramos que ese mundo mágico es sospechoso, lleno de supercherías, de tramposos, y comenzamos a tener desconfianza en toda realidad que se base en los sentimientos.
Pero, ¿no crees que el problema es la dogmatización? ¿no crees que, al final, las dos miradas tienen un origen, una semilla, común? Es la curiosidad última por la realidad lo que mueve las matemáticas y la poesía, la razón y la subjetividad, también la espiritualidad.
Por eso no me gusta la palabra racionalista, me gusta la palabra Ilustración, la luz. Aufklärung, en alemán.
Claro, la luz, la luz….
El problema es cuando la razón se convierte en racionalismo. Entonces todo se atribuye solamente a lo calculable y la filosofía se convierte en una cárcel de métodos exclusivos de academia. No se permite el pensamiento libre de la vida. No se permite el ejercicio de la canción, el ejercicio de la fábula, el ejercicio del aforismo, del cuento, de la parábola, del misterio. Todo eso es lo que queda refugiado en el buen arte. La literatura era una de las bellas artes hasta que comenzó a confundirse con un medio de comunicación, con un relato, y perdió todo lo que es el mundo de la fantasía. Lo que la convertía en arte. Se echa mucho de menos eso en la literatura moderna. Recuerdo ese chiste de Woody Allen, que decía: «Hice un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme Guerra y paz en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia». Es inconcebible la idea de que tú puedas llegar a comprender la magnitud de una obra de arte pensando en la productividad del tiempo.
Yo tengo también la sensación de que las narrativas actuales son muy doctrinarías, muy ideológicas, excesivamente hiper-explicadas, como si todo el rato te quisieran explicar una moraleja muy pensada previamente de antemano. No te permiten pensar, interactuar con la obra, sacar tus propias conclusiones.
Yo por eso echo de menos a André Gide. Algunos han dicho que encuentran en mi influencias de Hermann Hesse, porque la temática de mi libro transcurre en la India y parece una especie de Siddhartha. Pero no, no es un Siddhartha. Hermann Hesse, en esto, no fue maestro mío, no le tenía yo una afición especial. Yo estoy más cercano a Zweig, incluso a Thomas Mann, que a Hesse. Pero, como te digo, me acuerdo mucho cuando André Gide dice que la literatura está necesitada de que se abran las puertas a los sentidos. Por eso escribe Los alimentos terrenales, porque él está reclamando que podamos volver a hablar del mundo de la sensualidad. Porque hay un mundo puritano, racionalista, dogmático, que ha intentado eliminar los sentidos haciéndolos pasar por unos órganos de confusión, cuando los sentidos son los únicos órganos de información que tenemos. Son nuestra vista, nuestro oído, nuestro sabor… nuestra experiencia sensible. Son nuestros órganos de comunicación. ¿Cómo podemos llegar a concluir que los sentidos son órganos de extravío, cuando los sentidos son órganos de guía? Me parece que estamos entrando en un mundo que es ya el mundo de la locura.
Se ha perdido la cultura iniciática: cuando iniciamos los órganos, nos pueden llevar hasta el arrobo, hasta el éxtasis, que es lo que hacían los místicos. Pero hay que iniciarlos, hay que adiestrarlos. Los místicos no olvidaban los órganos. San Juan de la Cruz entra en trance cuando ve una imagen del Niño Jesus, por lo que es la vista la que le lleva al arrobo. Tenía eso sí, organizados sus ojos, hacia la ternura.

Tratar de tener los sentidos afilados para maximizar la apertura a la experiencia, como decían los psicólogos humanistas
Claro, claro. Los ojos no solamente están hechos para ver pornografía por gozoso que pueda ser, también uno tiene ojos para que produzcan otras sensaciones dentro del cuerpo. Los sentidos son los que nos permiten comunicarnos con nosotros mismos pero también con otros seres humanos. Yo he sido catador de vino y he tenido mucha relación con mi nariz. En uno de sus libros, Kant dice que la nariz es el órgano inferior de todos. Yo no creo que sea verdad, me niego. Es un órgano de comunicación absoluto.
Va directo a las emociones, al instinto. Todos recordamos momentos como los de aquella magdalena de Proust.
Curiosamente, esto hoy día sería una conversación que valdría para la disputa de género: las mujeres han conservado la evolución de la nariz mejor que los hombres. Esto lo saben todos los otorrinos. Ellas, cuando se hacen catas, tienen una sensualidad especial a la hora de percibir los olores, porque los olores forman parte del sexo, sobre todo. Cualquier otorrino sabe que cuando se castra a un ser humano, desgraciadamente, una de las cosas que pierde es la nariz. Por eso les digo a los amigos, de broma, cuando dicen: “He tenido una gripe y he perdido el olfato, la nariz”, yo les digo: “no lo cuentes hombre, tienes que conservar la nariz siempre” [Risas]
Yo me diferencio en esto del mundo budista, que aunque sé que hay muchas versiones, viene a decir que los sentidos son siempre órganos del dolor. Para mí los sentidos son órganos del dolor, sí, pero son también órganos del placer.
Hace poco me hice un retiro vipassana de diez días, y comprendí allí muy bien su idea de que el deseo es lo que genera la verdadera insatisfacción. Para ellos es la raíz del sufrimiento, de la desdicha. Usted en cambio, parece que se acerca siempre con mucha sensualidad al deseo y al placer.
Sí, al deseo, al placer. No tengo miedo porque considero que existe algo muy precioso que es el hastío. La razón no se hastía jamás, por eso es peligrosa. Sin embargo, los sentidos sienten el hastío, y el hastío, que es el cansancio, es el que te da la medida justa. Luego, los instintos están educados en medida.

¿Cuándo dejó Europa de ser humanista? ¿En qué Europa, la mejor, hubiera vivido?
Yo, sin duda, hubiera vivido en el último siglo de oro de Centroeuropa. Aquella Centroeuropa que encarnaba y recogía todavía la totalidad del espíritu de la Ilustración, aquella en la que latía todavía el corazón de las viejas religiones, La Centroeuropa que se rompe con las dos guerras nacionalistas europeas. El mundo de Zweig, el mundo de Thomas Mann, de Rilke, el mundo de los que fueron mis maestros, en los que yo encontraba todavía la sensualidad, el gusto por la vida, el sentido…
Pero esa Viena no era solo el mundo de la seguridad, ordenado y culto, que escribió Zweig en “El mundo de ayer” ,también era la Viena de Freud, de la represión, del antisemitismo, de la hipocresía sexual.
Sin duda, sin duda… toda época tiene sus sombras, sus contradicciones. Quizá ya estaba plantada la semilla de lo que vino después.
Ha dicho que Europa fue, en un momento, transmisora de conocimiento y de belleza. ¿Qué es para usted la belleza?
La belleza es un éxtasis de los sentidos. Sé que esto es muy subjetivo porque depende y va unido, precisamente, al desarrollo, al florecimiento, en nuestro interior de los sentidos. Eso es lo que estará luego en el exterior con la manifestación de la belleza. Por ello creo que una de las crueldades de nuestra cultura es unir la pobreza con la fealdad. Al pobre no se le condena solo a no tener, diríamos, medios para algo. Se le condena a vivir en sitios sucios. Yo he vivido en Calcuta, y ahí, en medio, hay unos seres que se salvan de repente con un sentido de la estética, de la belleza, increíble. Ponen de repente una flor en una lata y lo cambian todo… o se dejan llevar por un rayo de sol y se acercan a él porque está filtrándose a través de una lona, donde el monzón está echando un chaparrón tremendo y produce unos reflejos de colores.
La contemplación de la belleza está en la raíz de los seres humanos. A muchos de ellos los hemos condenado a vivir en guetos, en barrios llenos de miseria, y con la miseria, fealdad. Por eso, la idea más clara que tiene el protagonista de El maestro de amor, Chandala, es que la madre de la belleza es la madre de la compasión, y que no existe compasión que no sea llevar la belleza a otro sitio. El mundo materialista nos lleva a pensar que la compasión consiste en dar dinero o becas a la gente para que tenga medios, pero la primera compasión es llevar belleza, limpieza, higiene, salud. Chandala, por ello, se hace médico y maestro de niños.
La compasión me lleva al amor. ¿Qué es para usted el amor? ¿De qué nace, qué busca, qué promete?
Para mí el amor es una voz instintiva del interior. El amor nace de una forma espontánea cuando el niño busca amparo. El amor va unido al amparo, va unido a la sensación de sentirse abrigado, va unido a la sensación de supervivencia, puesto que es difícil sobrevivir en un mundo donde no hay amor. Es instintivo, somos unos seres abandonados que tenemos el valor para aprender a buscar dónde está el mundo del amor, con los riesgos que implica. El amor implica la muerte, el amor implica el desamparo, el amor implica la soledad. El amor está en el camino y hay que ir a buscarlo.
¿Se aprende a amar o el amor te encuentra?
El amor es una búsqueda. El amor no es una cosa que se posea, afortunadamente. El amor es un ave libre, el amor es una exploración, el amor es un horizonte, el amor es una fe. No hay amor sin fe.
¿Y el amor carnal (pienso en La llama doble, de Octavio Paz), donde el deseo se transmuta en erotismo y en amor? En sus libros veo a dos Mauricios. Por un lado, a un gran moralista, el de La puerta estrecha, el que se escapó de una Ítaca, la casa de sus padres, como le pasa al príncipe, para buscar otro mundo de una manera esforzada, por una puerta estrecha. Lo que llama también el camino de la montaña, el camino arduo, y le lleva a Cristo, al héroe, a la pasión, dentro de la tradición humanista. Y por el otro, también veo a un gran hedonista, capaz de acordarse del nombre del lápiz de labios de su amante. Ha sabido mezclar ideas y vida, con todas sus contradicciones, para vivir una vida gozosa y sensual. ¿Cómo ha vivido el erotismo, la relación con las mujeres, desde la trapecista hasta hoy?
Es muy interesante ese tema porque yo desde muy pequeño he tenido la sensación erótica unida a una sensación más trascendente, que no era puramente sexual. Se me despertó pronto el deseo, la libido. En casa había unos lavaderos donde las muchachas lavaban y, desde muy pequeño, recuerdo que gateaba para vislumbrarles las piernas. Era un instinto, supe desde el principio que en la mujer había algo que a mí me gustaba. Hablaba un día con una amiga y decía: «¿Te acuerdas de los amigos de tu padre?». Y decía: «No». «Y, sin embargo, de las amigas, sí». Y, es cierto, me gustaba que algunas me besaran más, me acariciarán más que otras, sí. ¿Y por qué pasaba esto? Porque algunas me atraían más, recuerdo que tenían mejores curvas, una manera de moverse más animal. O sea, es verdad que el deseo lo tenía, estaba ahí.
Por otro lado, también tengo muy nítidas esas experiencias de tener amigas que venían conmigo a la calle, con las que jugaba, y de las que tengo una imagen mitológica, casi mística. Llevo todavía conmigo todavía nuestros retratos de pequeños, de nuestra primera comunión. He tenido muchas historias eróticas pero siempre fundidas con un elemento que un místico reconocería como un trance. Para mí, el misticismo, el trance místico, es un trance erótico, dicho de otra manera. Y esto me hace recordar a historias que están documentadas como la de aquella pianista que entraba en orgasmo cuando su amante, un violinista, le tocaba el violín. Esto es fácil de entender para mí. Todo mi erotismo, ese que tú ves en mis libros, va unido a la vez a un misticismo desaforado. La experiencia mística, el arrobo, es lo más parecido que hay en mí al éxtasis del amor.
Esa experiencia es muy difícil de conseguir.
Yo he tenido mucha suerte. He tenido experiencias de amor desde muy joven. Te voy a contar otra de las primeras. Conocí a una muchacha que había tenido un matrimonio muy infeliz. La pobre había tenido el infortunio de que la habían casado en su casa con un marido que estaba mal de la cabeza, que, en un momento, había tenido un ataque de paranoia y en plena iglesia había formado un lío de cuidado. Por la ley canónica, como había permanecido con él, un tiempo, no sé cuánto, aunque era poco, el cura lo considero suficiente para casarlos y se acabó su vida en libertad. Mi padre intentó ayudarla, pero no pudo. Entonces esta muchacha no podía salir con nadie, porque como estaba casada, si hubiera salido con cualquier otro hombre, el marido podría haberlo considerado adulterio. Era una pena, tenía veintitantos años, era guapísima, estaba llena de vida. Lo recordaré siempre. El caso es que me utilizaban a mi (yo tenía 12 años) como carabina, para acompañarla al cine cuando iba sola. Yo he visto tantas películas con ella… Siempre derramaba lágrimas. Era una muchacha que lloraba, que lloraba todo el día, bellísima. Yo llevaba un pañuelo. Me acostumbré siempre a llevar un pañuelo, un pañuelo limpio, perfumado, en mi bolsillo, para secarle las lágrimas. Yo me sentía… me sentía… Imagínate, era para mí una experiencia profundamente erótica a los 11 años, casi espiritual, secarle las lágrimas. Ella me lo agradecia, me abrazaba. Imaginate.
Las mujeres han sido siempre grandes interlocutoras para usted.
Creo que he sabido crear con ellas una gran correspondencia, porque tú sabes que en la relación entre los géneros, a veces, hay mucha desconfianza. Probablemente yo cultivo (y esto sé que podría ser interpretado de cualquier manera) una cierta ambigüedad en mi comportamiento, incluso en cómo me visto y no he tenido nunca ningún problema en reconocerlo.
Recuerdo que, en la universidad, en los primeros cursos tenía un compañero de estudios que era gay, que iba todo teñido en aquella época, fíjate tú, qué valentía, y este compañero gay era el que más ligaba de todos, porque no producía desconfianza en las mujeres. Y le decía yo: «Oye, tú, ¿qué has hiciste ayer?». Y decía: «Coño, he estado en casa de la Pepita…. » y yo decia: «¡Joder! Pero si vamos todos detrás de ella. Pero ¿cómo has podido estar en su casa?». En aquella época, para entrar en casa de una muchacha, tenías que verte con la Guardia Civil en la puerta. «Pero ¿qué habéis estado haciendo?». El decía: «No, es que se había comprado unas medias y algo de ropa, y yo he ido a aconsejarla». Yo pensaba: «Puñetero, esta es la unión de los seres humanos». ¿Por qué un hombre no puede pasarse un rato hablando de medias con una mujer?
Por eso yo me he dedicado toda mi vida a estudiar los pañuelos de mujer. Es lo que me unió a Coco Chanel, ¿sabes? Yo cojo y me pongo un pañuelo de seda en el cuello sin problemas. A mí me gusta lo que me gusta, a cada uno le gusta lo que le gusta. Me gustan las mujeres. Si con eso en el cuello yo me acerco a ellas, si puedo conversar con ellas, yo me lo pongo, por mi fantástico.

Eres un gran erudito de las religiones de Oriente y de Occidente. ¿Cuál es su relación con Dios, su concepto de Dios, después de haber vivido una larga vida?
Mira, en una de mis novelas, Luz de vísperas, que es mi preferida, cuento la historia de un gitano. Yo me he sentido muy unido al pueblo gitano, por eso que tengo de carromato. El circo del principio, al que yo me uní, estaba dirigido por un gitano rumano. Medio rumano, medio italiano. Algo muy normal en el Danubio, porque el Danubio es esa mezcla, es el abanico de Centroeuropa. En Luz de visperas, por ello, aparece un gitano. El protagonista de la novela es un soldado que está viviendo la Primera Guerra Mundial, que ha sido herido en el frente y vive en una fortaleza en los Alpes. Allí aparece el gitano, que viene de una aldea que ha sido quemada por los austríacos en Rumanía, y viene con su nietecita (los padres de ella se han quemado en el pueblo). El gitano va buscando a alguien con quien dejar a esa nietecita, porque él sabe que está enfermo del corazón y que va a morir. Es un personaje curioso, con el que el soldado se ve en la taberna que hay en la fortaleza, donde también hay un hospital de campaña (por eso está el protagonista ahí, porque está herido). A la niña, finalmente, la recogen los médicos del hospital de campaña, y la niña se comporta como Cenicienta: cuando la riñen, cuando se enfandan con ella, se va, vestida siempre de negro, coge una escoba y barre. Poco a poco, allí en ese fuerte, se va creando una relación entre nuestros personajes.
Tranquilo, ahora viene Dios, ahora viene lo que me preguntas. Este gitano, que es un lector de Nietzsche (lo cual llama la atención de mi protagonista, porque no sabe cómo este gitano lee a Nietzsche), resulta que también es un artesano platero, y le explica un día (que es la frase que pongo al comienzo de mi novela y que para mí es básica) que él ha estado trabajando en una iglesia rumana, en una iglesia ortodoxa, en el andamio, arreglando como platero los iconos, cuando el pueblo cantaba abajo el Phos hilaron, el himno al Espíritu Santo. Y él dice: «Cuando el pueblo cantaba (unas mujeres llorando, otros hijos buscando a sus padres, cada uno con la pena que lleva adentro), la voz de ellos llegaba hasta mí. Y no llegaba al Espíritu Santo; era yo quien recibía la iluminación».
Esta es mi idea de Dios. La figura de Dios, para mí, es la voz de todos los seres humanos que en un momento determinado en la vida hemos tenido que imprecar. El «¡Oh, Dios mío!», «¡Oh, madre mía!», es una frase que repetimos en las guerras. Es la frase que más se oye. «Madre mía», «mamma mia» en italiano.
La herida eterna.
La herida eterna.
Eso supone un Dios que es la proyección de una necesidad humana.
Sí, sí, yo nunca he conversado con ese Dios que parece un titán. Nunca me llegó, ni siquiera en el colegio.
Usted que ha viajado tanto, ¿ha encontrado alguna patria verdadera?
No, no, me gusta ser extranjero en tierra extraña. Ser libre es huir de los que quieren cazarnos. Siempre he sentido que en toda patria hay alguien que quiere cazarme. Yo me siento bien en muchos sitios. Cumplo las leyes del sitio donde estoy, me adapto a ellos. Pero estoy de paso. Yo creo que la lengua sería mi patria principal. No tengo más patria que mi lengua, mi propio idioma, la lengua materna. He escrito en diferentes idiomas pero mi lengua es la lengua española, y ahí es donde me siento en mi patria. Pero ya está.
¿Y el paraíso?¿Ha encontrado algún paraíso?
No lo he encontrado probablemente porque no lo busco, porque considero que tanto los paraísos como los apocalipsis para mí son de mal gusto. No conozco ninguna pintura del paraíso que me atraiga. Son excesos. Cuando alguien habla de paraisos, de los paraísos islámicos, o los paraísos judíos, o un mundo donde hay ríos de miel (a mí me da mucho asco pensar en ríos de miel, un asco enorme), de mujeres desnudas con un harén… yo no aguanto tantas mujeres desnudas, porque me tiraría por una ventana. No tengo esa capacidad colectiva.
¿De dónde saca usted tanto entusiasmo? Da gusto oírle. Revitaliza, da fuerza.
A los 48 años tuve un infarto y me fui al otro lado. Debe ser eso [Risas]

¿Cambió eso su relación con la muerte? ¿Cree que hay vida después de la muerte?
Estuve en un estado de limbo, de falta de tiempo. Estuve dos minutos en anoxia. Me llevaron al Hospital de Barcelona. Los médicos que me atendieron recuerdan que yo llegué muerto, que me metieron en una ambulancia y me empezaron a dar masajes sin respuesta. La enfermera en un momento dijo: «Dejadlo, está parado ya, el electro no da señales de vida». Y un médico dijo: «Una vez más». Y entonces se lanzó sobre mí, la última vez, con todo. Reaccione. Cuentan que la enfermera gritó: «¡Sigue, sigue, se mueve, parece que está vivo!».
Recuerdo que cuando volví la mano del médico estaba sobre mí. Dicen que el tacto y el oído son los últimos sentidos que se pierden. Sentí la mano del médico como una ola de calor infinito (me emociona pensarlo) en mis venas. Me dijo: «Mauricio, no tengas miedo, has tenido un accidente, estás reaccionando, estás acompañado. Soy tu médico. Ven poco a poco. Vuelve, vuelve, vuelve». No lo olvidaré nunca.
Un amigo de mi hermano, muy religioso y curioso, vino porque quería saber si yo había visto algo. Entró como pudo en la UCI y consiguió sacarme lo que yo había visto. Le dije: una luz blanca, grande. Y sí, tengo ese recuerdo. No túneles como dice la gente, sino una luz vibrante en un sitio fuera del tiempo. Una luz vibrante, pero no una tela, no un tejido, algo como formado de miles y miles de cristales tililando. Eso debe ser el estado de anoxia, supongo que es lo último que uno ve en el momento final. O sea, no es que tenga yo de ello una interpretación, no quisiera convertirlo en un ángel, ni en nada por el estilo. No sé si habrá algo después de eso, no se si habrá vida después de la muerte. Solo sé y cuento lo que vi.
MUY interesante. No he leído nada suyo pero después de esta entrevista lo haré. Gracias