Tengo una imagen de los primeros tiempos del AVE, cuando todos estábamos admirados de poder viajar en un tren así después de haber conocido los viejos trenes de compartimentos, en los que la gente llevaba la cesta con el queso, la bota de vino y el bocadillo de chorizo porque eran lentísimos y paraban en todas las estaciones. Era por la tarde, quizá ya anochecía, y el bar estaba lleno de tintineos y voces, del optimismo espontáneo de mucha gente que volvía de Madrid sintiéndose ciudadana de un país moderno, aunque unos vinieran de trabajar en la construcción y otros fueran estudiantes, empresarios, funcionarios o gente que volvía del médico o de ver el Museo del Prado. El tren era confortable, si llegaba tarde te devolvían el billete, y en el país se respiraba todavía el espíritu del 92, el de aquella flecha encendida que prendió el pebetero olímpico e inauguró otro lugar de España en el mundo. Nos creíamos ya europeos, habitantes de un país libre y próspero donde la meritocracia era un valor progresista, porque aún se daba por hecho que las cosas había que hacerlas bien. Quizá fuera en parte una fantasía de juventud porque ya se presagiaban nubarrones que, pasado el tiempo, fueron más oscuros de lo que creíamos. Pero entonces viajar en tren era seguro y cómodo. Y así creo que se percibía socialmente.
Escribí este párrafo el 18 de Octubre dentro de un AVE a Barcelona que había salido con media hora de retraso después de que seis días antes se hubiera incendiado la cabina de cola de otro AVE a la altura de Ricla (Zaragoza) donde tuvieron que evacuar a sus 283 pasajeros y la línea Madrid-Barcelona quedó paralizada durante horas. Estaba algo enfadado por la situación de los trenes en los últimos tiempos y me vino a la cabeza Dagny Taggart, la protagonista de “La rebelión del Atlas“, la novela de Ayn Rand. Me la imaginé inquieta y llena de determinación en aquel tren detenido en la noche ante una señal en rojo, averiada por la desidia de los que tenían que mantenerla, como en el primer capítulo de la novela. La inercia acumulada por los mejores trabajadores de todos los niveles que se va agotando con el tiempo, cuando van desapareciendo y los sustituyen burócratas incompetentes que toman decisiones por criterios solo ideológicos o sentimentales. Lo valioso que al final deja de funcionar cuando, además, no hay incentivos para mantenerlo.

Ahora escribo en un tren AVE desde Barcelona a Ciudad Real que circula con retraso porque hoy, nueve meses después del accidente de Adamuz, ha ocurrido otro en la línea Madrid-Sevilla entre Los Yébenes y Urda, a las 8.54 de la mañana. Oigo el llanto de una mujer mayor y los murmullos de frustración o de rabia de los viajeros de mi alrededor. Miro, una y otra vez, los periódicos observando como suben el número de víctimas y como se multiplican las especulaciones sobre las causas. Oficialmente se apunta al error humano de un operario del centro de control, pero también leo que un sistema de seguridad que funcione eficazmente, en una red bien mantenida, tiene que contemplar esa posibilidad y controlarla. Creo que a la mayoría de la gente que coge el AVE con frecuencia, este nuevo accidente no les extraña demasiado, aunque a la vez, los que ahora vamos en el tren, nos sintamos estupefactos y abatidos porque el anterior accidente no ha servido para corregir nada.
Leo que España invierte hoy en infraestructuras públicas por habitante apenas un tercio de lo que invertía en 2009. Hemos pasado de 752 a 265 euros anuales por habitante, en términos reales. Una caída del 65%. El desplome afecta a casi todas las infraestructuras. La inversión ferroviaria cae un 66,7 %, la viaria un 59 % y la hidráulica un 61,7 %. Algo que depende del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible que se ocupa de la política del Estado en infraestructuras y transporte terrestre, aéreo y marítimo el que tiene mayor capacidad de inversión pero también, por eso, el más vulnerable a la corrupción. El que tendría que ser dirigido por personas de alto nivel técnico y moral, pero que ha caído en manos de desalmados incompetentes, algunos de ellos ahora en la cárcel, que probablemente han desincentivado y han hecho abandonar a los que los que sí eran. Lo que anticipaba Dagny Taggart en azul tren detenido y que ahora parece cumplirse en este país. Lo que no será fácil revertir.

Y luego el azar. El escalofrío que produce la fragilidad de la vida, pensar en los 68 muertos de hoy, en la angustia de los familiares que los estarán buscando ahora mismo, en todas las cosas que dejaron de hacer o de decir a alguien, en los sueños que ya no podrán realizarse. Y también la importancia del trabajo bien hecho, de ese conocimiento racional persistente y anónimo que hace circular con seguridad los trenes, que permite encender la luz o beber agua del grifo. La cooperación necesaria para que un país funcione que debería estar a salvo de los charlatanes y los felones. Lo que debería comenzar a cambiar.