Rafael Argullol: “La belleza es el acto extremo de la libertad”

Rafael Argullol. Fotografía Hugo González Granda

¿Cómo se mira un cuadro? ¿Cómo hay que acercarse a él? ¿Cuál debe de ser el ritual, qué se busca primero? En 2017, tres psicólogos estudiaron en las salas del Art Institute de Chicago cuánto tiempo se detenía la gente a mirar las obras de arte. El resultado fue de veintiocho segundos de media. El tiempo más repetido, apenas diez. Rafael Argullol, en cambio, propone en Pinacoteca soñada (Acantilado) otra manera de mirar, la que exige, en sus palabras, “el detenimiento, la pausa, el silencio, la aceptación de lo imperfecto y de lo inacabado”. La que necesita del eterno retorno, de “volver, volver y volver”, porque toda mirada, todo encuentro, es distinto. Durante tres años dedicó a cada cuadro una semana y un texto evocativo. El resultado son casi ciento setenta pinturas, cada una de un pintor diferente, reunidas en un museo imaginario que obedece a sus propias normas: las obras podían ser de cualquier época siempre que lo hubieran conmovido y sus autores estuvieran muertos. Salvo una excepción, Anselm Kiefer, que se coló por descuido y se quedó porque a Argullol su Nigredo le gustaba demasiado. De los retratos de El Fayum, que llevan dos mil años mirándonos desde el rostro vendado de las momias, a esa negrura alquímica de 1984, pasando por ese fabuloso despertar de la espiritualidad humana que fue el Renacimiento. El libro recorre la historia de la pintura sustentado por la emoción que produce la autentica belleza, esa sorpresa, ese desvelo, esos qualias intransferibles y verdaderos, propios, que según decía Dostoevsky tienen la capacidad de salvar el mundo.

Argullol nos espera, esta mañana de otoño, en un rincón tranquilo del hotel Alma, en Paseo de Gracia, vestido de negro, con un gesto sereno que se diluye de inmediato en cordialidad cuando comienza una conversación que, desde el principio, se toma en serio, dejándose llevar por los recuerdos y las convicciones, yendo de un sitio a otro de su obra y de su recorrido vital, defendiendo con energía lo que prefiere y sin miedo a subrayar lo que desdeña en el mundo o en la cultura actual, de la que parece no haber abdicado. Da la sensación de haber destilado su gusto y sus opiniones a lo largo del tiempo y saber, con cierta seguridad, qué cosas ya no le interesan, a pesar de que parece que casi todo le resulta interesante. Tiene setenta y siete años, melena densa y gris, escribe a mano y todavía tiene la suerte de disfrutar viajando con mapas de papel desplegables.

Lo primero que llama la atención es el objeto, el libro. Es una edición preciosa, muy cuidada.

Pero sobre todo es muy bonita porque yo puse como condición sine qua non que no fuera un libro de arte en el sentido rancio del término, quería que fuera en otra dirección, que fuera un libro que se leyera como una novela. Y Acantilado lo ha conseguido, ha hecho una edición increíble. Está muy bien impreso, muy bien reproducidas todas las imágenes, pero no tiene nada de esa cosa fosilizada habitual de los libros de arte.

¿Cómo le surgió la idea de crear esta Pinacoteca Soñada?  Los textos se fueron publicando primero en la prensa. ¿Ha cambiado el orden de los artículos para el libro?

Yo tenía en mente hacer un libro, una especie de museo imaginario que recogiera pintores y pintoras, cuadros que me hubieran conmovido a lo largo de mi vida.  Había decidido escribir un texto breve a la semana sobre una pintura distinta que hubiera visto con mis propios ojos. Estaba ya a punto de empezar cuando  me encontré con un amigo, Carles Capdevila, que era entonces director del Ara, un buen periodista que murió prematuramente. Me dijo: «Oye, ¿y esto no nos lo podrías mandar para publicar?». Le dije: «No creo que sea una cosa para un periódico». «Sí, sí, tú envíamelo y lo ponemos en la contraportada». Y lo puso en la contraportada.

La elección la iba haciendo yo cada semana, según criterios míos, muy subjetivos y muy personales. Hemos mantenido el mismo orden en el que se me fueron apareciendo las imágenes. No es un orden cronológico ni un orden estilístico. Al final, con el libro entre las manos, pienso que es un acierto, porque pone a dialogar a los pintores antiguos y a los pintores modernos, no con la típica pretensión académica, sino que están dialogando entre sí, y te das cuenta de hasta qué punto hay una especie de simbiosis entre ellos. A veces tratan los mismos temas, pero, claro, con las formas distintas de cada época.

Me fue gustando la idea, pero lo que yo hacía era un libro. De hecho, que saliera en un periódico me importaba relativamente poco. Si ya todo es efímero en un periódico, no digamos la imagen de una pintura. Quizá llama la atención un minuto y luego ya nada… Lo que yo quería hacer es este museo imaginario, que es lo que ahora hemos publicado, en el que es tan importante el texto como la imagen. Y el texto va variando mucho el enfoque. A veces apenas se refiere a la imagen, o se refiere muy elípticamente; a veces se refiere más. Es como un juego.

Rafael Argullol. Fotografía de Hugo González Granda


¿La pintura es el lenguaje artístico que más le gusta?

La pintura me tranquiliza. Por razones raras, es el lenguaje artístico que más me tranquiliza. Yo no hablo tanto de contemplación de la pintura como de encuentro con la pintura. Con una pintura nunca puedes decir: «Bueno, pues ya he oído su discurso». Eso no ocurre nunca. Con la pintura tienes que volver, y volver, y volver, y siempre encontrarás que es un discurso completamente móvil. Como es un encuentro, ese encuentro requiere toda una serie de condiciones, que son las que no se dan precisamente en el espectador actual: el detenimiento, la pausa, el silencio, la aceptación de lo imperfecto y de lo inacabado, porque cada pintura es inacabada.

Con la pintura, también parto de la idea de que la obra de arte o es actual o no es nada. Una pintura rupestre de Lascaux o de Altamira y una obra actual, las dos son del presente. Como el arte lo que hace es interrogarnos (no nos da respuesta, sino que nos interroga, nos hace preguntas), hay una especie de intempestividad que también ocurre con la poesía, con la literatura. Edipo rey es del presente. Las pinturas de Pompeya son del presente: cuando tú ves esa bailarina maravillosa, tiene un erotismo que es del presente.

En el libro escribe que Botticelli habría enloquecido con esa bailarina.

Enloquecería, sí. Para abordar este libro hay que tener en cuenta un hecho, porque vemos que sale mucho Renacimiento, y mucha modernidad. Cuando los renacentistas pintaron el arte renacentista, la pintura de la Antigüedad había desaparecido: es en el XVIII cuando se descubre Pompeya. Con la escultura era distinto. Ellos tenían las esculturas romanas y griegas, y no tuvieron que reinventar: Donatello, Ghiberti, hasta llegar a Miguel Ángel, los modelos los tenían allí. Los pintores, no. Los pintores reinventaron la pintura. Y eso hace que la aventura pictórica del Renacimiento sea uno de los fenómenos más impresionantes de la espiritualidad humana, porque aquello fue una reinvención brutal. Y hecha con un talento y una fuerza impresionantes. Impresionantes.

“La tempestad” Giorgione, 1508

¿Cómo se acerca Rafael Argullol a un cuadro? ¿Tienes algún ritual?

Mira, intento ir a contracorriente. Pero, claro, tal como está el panorama, a veces es imposible. Te voy a poner un ejemplo. Ahora he hecho un viaje precioso por lo que podríamos llamar el mundo de Giotto y Piero della Francesca, es decir, la Italia del centro-norte. Fui por Padova, Ravenna, Urbino; Borgo Sansepolcro, donde nació Piero; Monterchi, donde está la Madonna del Parto; Asís, Arezzo… Había alquilado el coche en Venecia (en Venecia no entré) y tenía que entregarlo en Florencia. Todo el viaje lo hice a mi satisfacción, es decir, con dos condiciones previas. El tiempo: era octubre y, por tanto, ya no era verano. Y con un plano de los que se utilizaban antes para viajar, desplegable, no con Google, porque lo que quería yo era ir por carreteras secundarias y locales, y Google te hace ir por la distancia más corta. Tuve la suerte de ver cosas increíbles estando casi yo solo.

Cuando llegué a Florencia evité, evidentemente, los Uffizi, porque aquello es ya el horror que sabemos. Aunque en Florencia mismo descubrí que era culpa mía no haber estado antes en una perla maravillosa, libre de libre de turistas, que es el convento de San Marco, donde están todas las celdas con frescos de Fra Angelico. No había nadie. En cambio, a trescientos metros de eso…

Volviendo a tu pregunta creo que en estos momentos, para ver, y no únicamente mirar, se necesitan unas condiciones que llamaríamos intempestivas y de contracorriente. Nos guste o no, es así. A mí no. A mí me gustaría llegar y poder ver la Mona Lisa. Pero no. Yo ya he renunciado a ver la Mona Lisa. He renunciado. Las últimas veces que lo intenté, aquello era imposible… En cambio, quizá ibas veinte metros más allá y había un espléndido Tiziano, sin nadie alrededor.

La contemplación del arte se ha convertido en algo en que es muy importante el ir a contracorriente. En estos momentos, pasa en casi todos los campos, todo lo que sea lo contrario al fast food, exige un compromiso, una búsqueda, una actitud subversiva. Si quieres acercarte al erotismo, es mejor ver la escena de Rita Hayworth en Gilda que la pornografía más dura, que es el fast food del erotismo. Si quieres ver una obra de arte, tienes que intentar ir en condiciones de contracorriente.

¿Cómo realiza esa contemplación? ¿Se para un rato, camina, vuelve?

Me paro todo el rato que puedo. En este viaje pude ver la Madonna de la Misericordia de Piero della Francesca y la Flagelación, en Urbino, completamente solo. Un lujo. Aproveché, igual estuve veinte minutos en uno y media hora en otro.

¿Y consigue mirar con ojos limpios? Ha sido catedrático de Estética durante décadas. Eso tiene que crear sesgos.

Sí, porque lo que intento es desprenderme de todo. Por ejemplo, los letreritos de explicaciones no los miro, o, si los miro, a posteriori. Yo también viajo así, o viajaba (ahora ya es más difícil), leyendo las guías a posteriori. Iba primero, aunque me perdiera cosas. No me importaba perderme cosas, con tal de que hubiera una relación de espontaneidad. Y con los cuadros me sigue pasando lo mismo. A veces esta actitud me ha hecho perder cosas valiosas, o interesantes. Me acuerdo observando “La batalla de San Romano” de Paolo Uccello, en Londres: me había perdido el cadáver que hay, que es una especie de efecto óptico, que se va moviendo a medida que tú te vas moviendo. Lo descubrí más tarde, pero como voy un poco con la idea del eterno retorno, de que tengo que volver… La Parca acabará con eso, pero yo voy con el espíritu de que voy a volver.

Siguiendo esa idea del eterno retorno, ¿cómo ha cambiado su mirada desde que eras estudiante? ¿Qué ha ganado y qué ha perdido?

Una pintura que efectivamente te magnetice, que te conmueva, es como un espejo. Tú miras una pintura y te estás viendo. Entonces, lamentablemente, cuando yo tenía dieciocho años tenía menos arrugas que ahora, o no tenía ninguna. Ahora tengo arrugas. La pregunta es: ¿tienes que enfrentarte cara a cara con el espejo, sí o no? Conforme han ido pasando los años, con mi entrada en la vejez, mi respuesta es sí. Con una pintura es exactamente lo mismo. Si ves una pintura en una determinada circunstancia de tu vida y luego la ves en otra, siempre va a cambiar algo. Si estás triste, melancólico, enamorado… Por eso digo que son encuentros entre la pintura y tú. La misma pintura va variando continuamente porque tú vas variando continuamente. Es un espejo de ti, y es un espejo de la época. Si tú ves, qué sé yo, El jardín de las delicias del Bosco en una época de oscuridad, lo ves de una determinada manera, y lo haces conectar más o menos con ciertas partes de ti. 

“Círculo negro” Kazimir Malévich

En el libro, desde Giotto hasta Bacon, dices que la figura humana sigue siendo el gran escenario donde Occidente ha pensado su destino. ¿La belleza necesita ese mundo figurativo, visible?

Lo que yo considero belleza es lo único que escapa al mecanicismo de nuestra época, y al mecanicismo en general del ser humano con respecto al mundo. Porque el ser humano (no ahora: el ser humano) es codicioso, es avaricioso, es utilitario, es cómodo. Lo único que escapa a eso, a inteligencias artificiales, a todo, es la belleza entendida como belleza: la conmoción que tú o yo tenemos en un momento determinado ante algo. Eso no es sustituible. Es insustituible, inabarcable, intransmisible. Es tuyo, tuyo, tuyo. Puede ser que sea un crepúsculo que sea bello para todos, o una mujer, o un hombre, pero lo que cada uno siente en aquel momento no se puede encadenar. La belleza no se puede encadenar. Es lo único que no se puede encadenar.

Por eso entiendo tan bien la frase de Dostoievski: «Solo la belleza salvará al mundo». Porque la belleza es el acto extremo de la libertad. Yo lo veo así. Nunca eres más libre que cuando sientes esa conmoción por la belleza. Nuestra relación con las cosas es todavía mutable, a excepción de eso. ¿Quiere decir eso que las cosas que te producen la belleza sean inmutables? No digo eso. Lo que es inmutable es que este es un acto, un resquicio de libertad que tiene el ser humano. Y eso marca mucho lo que hemos llamado arte. El arte es, para mí, la actividad humana que más ha luchado por proporcionar belleza. No digo que sea eso, sino que ha luchado por proporcionar eso.

¿Y da igual que sea figurativa o abstracta? ¿Puede haber belleza en la abstracción más radical?

Lo figurativo o lo simbólico abstracto no importa. Es una discusión equivocada. Cuando yo era pequeño, en el colegio, nos enseñaban que el arte rupestre más antiguo era aquel simbólico, estilizado, y que luego, cuando aprendieron, hicieron Altamiras y Lascaux. Pero ahora se sabe que son simultáneos. Es decir, que en el ser humano hay, por así decirlo, un alma naturalista, realista, con la mirada abierta al mundo, y un alma simbólica, abstracta, que quizá sea la mirada abierta hacia ti mismo. Todo es susceptible de crear esta convulsión. Y hemos perdido muchísimo tiempo, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, con esa discusión.

Pero luego es verdad que uno va a ARCO o a muchos de los museos contemporáneos y encuentra lo que encuentra. Para mí es difícil emocionarse. Desde Duchamp parece que las vanguardias han convertido el arte en una pregunta sobre sí mismo. Hemos vivido unas décadas en las que parece que  todo tiene que ser vanguardia. Es casi como una obligación ideológica. Tienes que admitirlo porque es lo que se lleva.

Es que a mí no me interesa nada eso. Neos, post, trans…

Te has quedado fuera de esa discusión.

Estoy fuera. En lo que yo converso sobre arte desde hace muchos años no tiene que haber ni sociologismo, ni psicologismo, ni ideologismo, ni mercantilismo, ni modismo.

“Almuerzo sobre la hierba”, Edouard Manet, 1863

El problema es que de hecho los hay. Y el valor de una obra es algo que no se puede medir. En lo figurativo es posible que estuviera más claro.

Por eso yo escribo este libro, y no escribo como un crítico de arte o como un profesor. Y respeto, ¿eh?, las otras facetas, pero a mí me interesa el arte en el sentido más esencial, que puede ser Miguel Ángel o puede ser una maravillosa línea —me acuerdo del último Miró, que es una linea pura…), y puede ser Malevich, o Rothko, o puede ser Tintoretto. Depende de muchas circunstancias: de tu propensión, de tu estado de ánimo, de la belleza objetiva que tiene la obra… Pero todo lo otro no ocurre. Mira, llegó un momento en que acabé hasta aquí. Acabé hasta aquí de todo. Hasta aquí, hasta aquí. En todos los campos, no solo en la pintura. Por ejemplo, en Literatura: el posestructuralismo, el estructuralismo, el nouveau roman. ¿Quién caray se lee ahora un nouveau roman? Nadie, por favor. En música, igual: los bla, bla, bla dodecafónicos y posdodecafónicos. A uno de ellos le dije: «Tú coges el coche y te vas a Figueras, y solo tienes dos posibilidades de escuchar música clásica: la radio de Madrid o la radio de aquí. ¿Qué es lo que rogarás a los dioses que te pongan en la autopista? ¿Stockhausen o Mozart?». Se quedó así. Pues ya está todo dicho.

Me ha interesado eso que ha dicho de que te tranquilizan los museos. Mi padre y mi hermano son médicos, yo soy Ingeniero, aunque tambien estoy estudiando psicólogía. Ahora mismo vemos que las consultas están llenas de trastornos adaptativos, de gente con angustia que busca…

… yo estudié Medicina.

Lo he leído en algún sitio.

Pero lo dejé en tercero.

¿Por qué?

Mira, porque yo quería ser cirujano, y en tercero me di cuenta claramente de que el cirujano exigía una disciplina vital a la que yo no me podía entregar… Era una época en la que lo que más me ilusionaba era viajar. Yo no quería ser profesor ni nada: lo que quería ser era viajero. Y lo que yo quería ser como médico, que era cirujano, era una cosa que necesita mucha estabilidad, casi un orden en la vida.

Lo que vemos en las consultas, y en el sentir de la gente en general, es que la religión se abandonó, y ante los avatares de la vida (el tiempo, la muerte, los problemas con los otros..) parece haber pocos clavos a los que agarrarse. Queramos o no, vivimos en un mundo existencialista y hay que intentar darle sentido a una existencia que quizá no lo tenga. Quizá la cultura sea lo único que pueda aportar cierta tranquilidad, y quizá eso es lo que se encuentra en un museo, que parece aislado del tiempo. Como ese tiempo circular sobre el que has escrito.

La contemplación, la contemplación real y en serio de una obra de arte, rompe la lógica del tiempo. Tú ves a Saturno devorando a sus hijos, que es como el tiempo devora al hombre, pero en aquel momento ese tiempo queda congelado.

“Las bacantes”, Villa de los Misterios, Pompeya, siglo I AC

Y parece que estás a salvo.

Fíjate en esta paradoja, que se me acaba de ocurrir ahora, ¿eh? El tema es lo efímero, la fugacidad, pero en aquel momento queda cortado. Eso es lo maravilloso, creo, que tiene la obra de arte.

Por eso me parece tan buena la idea la de hablar poéticamente de otras otras disciplinas (literatura, filósofia, música…) a través de un cuadro. Es un poco el espiritu de Hyperbole. Lo integra todo. Hace que la gente descubra obras, se acerque a la belleza y, luego, piense, conecte, curiosee.

Me ocurre que hay un drama en nuestra época. Tú has hablado de existencialismo. No sé si es la palabra. Yo diría que hay un nihilismo apático presidido por la ignorancia terrorífica.

Pero el nihilismo, si te das cuenta, parte un poco del existencialismo: el propio Heidegger…

No, no me refiero a eso. Ojalá pudiera referirme a eso, que son referentes culturales. El otro día un catedrático de medicina me decía que en la Autónoma de Barcelona el profesor que enseñaba Historia de la Medicina se había quedado pasmado, pasmado —y yo me lo creo por completo—, al ver que más del 50 % de los alumnos que tenía delante no sabían el significado de la palabra piedad.

¿Piedad?

Sí. Estudiantes de medicina… Y esto pasa en todo. En este mismo viaje que os estoy contando, por Italia, un joven actual es incapaz de entender nada, porque, al no tener formación mitológica, cristiana o clásica, están perdidos, su mirada es superficial. Pueden ver u oír referencias en torno a la torre de Babel, y no saben interpretarlas, no saben qué quiere decir.

“Retrato del compositor Modest Petróvich Músorgski”, Iliá Repin, 1881

¿Está seguro de que en otras épocas había jóvenes mejor y más formados? Ahora vivimos en una época de muchas posibilidades, seguro que hay gente joven bastante bien formada. La tecnología ha traído muchas posibilidades. Por ejemplo, es verdad que está muy bien ver un cuadro en directo, pero también puedes estudiar arte, leer el Gombrich y ver y buscar sobre los cuadros en Google&Arts. Quizá no sea lo mismo, pero también puedes emocionarte, encontrar,si tienes curiosidad, todo lo que necesitas para seguir aprendiendo. 

A ver, para que se me entienda bien. Yo tengo experiencia, he sido muchos años profesor. Si tuviéramos una balanza de Osiris creo que la porción de jóvenes inteligentes, sensibles, es siempre la misma en todas las épocas. El platillo pesaría igual en todas las épocas. Yo siempre lo digo. Siempre hay esos interlocutores y alumnos buenos. Cierto. Pero nuestra época es muy propensa a ir cediendo atributos valiosos, y eso es innegable… Hemos cedido cosas. Hemos cedido la memoria, hemos cedido la capacidad de concentración, y en ese sentido se nota mucho, mucho, mucho en la universidad. Hay jóvenes verdaderamente inteligentes que te dicen: «Ostras, esta novela que tiene cien páginas… se me olvida el nombre del protagonista». Son cesiones que hemos ido haciendo en los últimos decenios, por la tecnología, por la prisa, por el fast food, por lo que sea. Las hemos ido haciendo, y en estos momentos hay mucha gente sin memoria. Lo que estudiamos antes era muy parecido todavía a lo que estudiaba alguien de la época de Goethe, el cual era muy parecido a la época de Dante. Hubo dos mil años de continuidad. Eso es lo que ahora se ha roto, lamentablemente, al menos de momento. Y eso hace que, aunque la sensibilidad para ver una pintura sea la misma, los sostenes referenciales de una pintura sean más complicados. 

También ha cambiado el valor que se le da a la cultura. Antes tenía un valor incluso simbólico, casi de estatus, y ahora eso se ha perdido.

Sí… De todos modos, en eso España es particularmente sórdida. Yo no he escuchado en ningún otro país) por ejemplo en Latinoamérica, que he viajado mucho por allá, la frase «¿Y para qué sirve la cultura?». En plan agresivo. En plan arrogante. Y eso aquí lo puedo escuchar. En Italia tampoco lo escuchas. Pero aquí, en España, hay una especie de arrogancia negativa, terrorífica, como de amor a la ignorancia. Italia en muchos aspectos es un desastre también. Pero en esas pequeñas ciudades, o incluso pueblos, el amor que tienen por la cultura… Llegas, sales de la estación, y lo primero que te encuentras es la calle Dante, la calle Petrarca, la calle Leopardi, la calle Botticelli… La cultura todo el rato te interpela.

Volviendo al lado amable de la vida, tiene una frase muy bonita, en la que dice que el erotismo es la fuerza del universo a flor de piel. ¿Dónde está hoy el erotismo?

Es muy complicado de ver en un momento en el que la rapidez, y el fast food, como he dicho antes, se impone en todos los campos. En el campo del viaje, por ejemplo. La misma pregunta que me haces se podría reformular diciendo: ¿dónde está el viajero en el mundo actual? El viajero es una figura señera…

“Autorretrato con una modelo”, Ernts Ludwig Kirchner, 1910

…frente al turista…

El viajero era capaz de ponerse en otro mirador, de mirarse a sí mismo desde otro mirador, y a partir de ahí tenías una idea más polifacética, más plural. Ser viajero me apasionaba, y aún me apasiona, pero se ha convertido en algo muy difícil.

El erotismo está basado en el claroscuro. Hay unas pinturas, no sé si lo habéis visto en el libro, que digo yo que son el nacimiento del erotismo: Masaccio, el momento en que el hombre es obligado a vestirse. Al ser expulsado del paraíso, el erotismo empieza entonces. Mientras ibas desnudo había una especie de ingenuidad primordial en la que no cabía el erotismo. El erotismo es el juego entre la sombra y la luz. En el momento en que a niños de nueve y diez años les puedes proporcionar la pornografía más dura del mundo, no hay erotismo posible. Y eso está sucediendo: una especie de destrucción de la sexualidad a partir del fast food sexual, que es la pornografía.

El arte, claro, tiene mucha relación con lo erótico. Lo erótico es como el enigma. El enigma es una palabra preciosa que quiere decir velar y desvelar al mismo tiempo. Y el erotismo es velar y desvelar. Cuando una cosa está desvelada abruptamente, deja de ser erótica. Pero eso pasa en todos los campos. Un profesor malo de arte dice: «Botticelli: nació tal, tal; obra tal, tal, tal; muerte tal». Para mi, se está cargando la obra de Botticelli, porque está diseccionando, como en cirugía, pero como si fuera un forense. No es materia viva, es materia muerta. Y con el erotismo está pasando un poco eso: la pornografía trata lo erótico como materia muerta. Aunque pueda parecer una paradoja, es así. Y el viajero automatizado del turismo de masas es materia muerta. El viaje no depende del número de kilómetros. No hace falta ir a Australia o a la Patagonia. El viaje es la experiencia del viaje.

Tus libros están llenos de ese transitar, de ese caminar, encontrando materia viva.

Claro, claro, claro. Yo llegué a encontrarme en Túnez a unas señoras italianas que decían: «Si sta così bene qui in Turchia». Estaban en Túnez. No sabían realmente ni en qué país estaban. Como el día del gran apagón, en el paseo de Gracia: como los turistas no podían tener el móvil para orientarse, no sabían ni dónde estaban. Iban perdidos por completo. Porque el turista masivo, organizado, no comprende ni el país en el que está, porque no lo busca, porque no lo lucha, no lo pugna. Busca resultados.

Una catedrática de física de Cambridge dijo el otro día una cosa muy exacta. Le preguntaron por los estudiantes: unos resultados fabulosos, mejores que nunca, en los exámenes. Pero nadie sabe nada. Claro: los resultados, sí, pero el proceso, lo que era la universidad, que era el aprendizaje, es lo que esta fallando, lo que se está saltando. Buscas el resultado. Dices Voltaire, y lo buscas. Ilustración, lo buscas. Revolución Francesa, lo buscas. Pero no sabes nada, no queda poso, no puedes conectar las tres cosas.

“El taller del pintor, alegoría real”, Gustavo Courbet, 1884-1885

Es lo que decía Steiner. No es lo mismo saberse un poema de memoria, poder recitarlo, interiorizarlo, mezclarlo con tu propia emoción y que te acompañe en el tiempo, que leerlo, consumirlo y dejarlo, que es lo que casi todos hacemos ahora.

Podemos hacer una prueba. Llevamos cuatro o cinco años oyendo hablar mucho de Ucrania. Ve con un mapamundi y dile a alguien por la calle: «Sitúa Ucrania en el mapamundi». No saben situarlo. Pero el problema no es la universidad. El problema es, evidentemente, la educación anterior, el ir delegando atributos y capacidades humanas. El momento en que tú renuncias a que un chico haga multiplicaciones, divisiones, etcétera, porque hay una máquina que se lo va a hacer…

Algo se gana y algo se pierde.

No: algo sustancial se pierde. Algo utilitario se gana, pero algo sustancial se pierde. Todos tenemos experiencia con los médicos. Algunos médicos aún saben leer el cuerpo: saben leer el fondo de los ojos, el color de la lengua, saben palpar… Pero lo que te dirá la mayoría de la gente es que la experiencia de ir al médico, desde hace años, es llegar y que el médico tenga la mirada fija en el ordenador. Comprueba tu historial en el ordenador. No te mira ni a los ojos. Mira tu historial en el ordenador, saca los informes para las pruebas o para las recetas y al siguiente. 

Es verdad que los médicos parecen haber abandonado lo humano,  sobre todo el conversar. Pero por otra parte la medicina de ahora tiene una eficacia y unos medios que no son comparables a los de antaño. Habría que intentar recuperar cierto humanismo y conectarlo con la técnica. Nosotros, en Hyperbole, creemos mucho en la tercera cultura.

Es cierto. Son dos cosas distintas. Lo prometeico y lo fáustico son componentes que pueden ser muy enriquecedores para el ser humano. Lo mefistofélico es lo que no lo es. Una cosa es utilizar, por ejemplo, la inteligencia artificial y darle buen uso. Utilizarla para tener a tu disposición la biblioteca de Alejandría ilimitada que es. Esto es maravilloso. Ahora, no es tan maravillosa la sustitución del criterio humano por el criterio técnico, mecánico, que puede llegar a producirse. Acuérdate del primer día de la guerra entre Irán y Estados Unidos (bueno, de Estados Unidos en Irán—) mataron a 200 niñas en un colegio de Irán  por una intervención de la inteligencia artificial sin mano humana. Ese es el aspecto peligroso, el asunto oscuro. 

Pero la tecnología no es acaso como un cuchillo: te puedes cortar un dedo, puedes matar a alguien o puedes hacer cosas maravillosas, como cortar con facilidad un jamón.

No es lo mismo. Cortar jamón… No es lo mismo. Hay dos momentos cruciales, modernos los dos, en los que el ser humano desarrolla inventos extraordinarios, pero que hacen cualitativamente distinto el invento. Uno es cuando desarrolla la bomba atómica, porque por primera vez la humanidad se podía autodestruir. Hasta entonces eso era cosa de los dioses o de la naturaleza. A partir de Hiroshima se vio que podíamos autodestruirnos. Y actualmente, que la autodestrucción puede ser espiritual.

¿De verdad tenemos que ser  tan pesimistas?

Es un riesgo. Es un riesgo. Ahora, evidentemente, uno quiere que la inteligencia artificial se aplique a una analítica suya, si le puede dar más detalles, más esperanzas de curación. Evidentemente. Obviamente.

¿Utiliza la inteligencia artificial?.

Claro que sí. Como asesor. Aquel acto que antes me llevaba horas, el de ir a la Enciclopedia Británica, ahora lo resuelvo más rápido. Lo agradezco mucho. No, quiero que te confundas: no soy anti técnico. Yo he estudiado ciencias.

¿No crees que incluso podría haber un florecimiento de las humanidades si la máquina nos quita el trabajo burocrático y mecánico?

Sí, sí, eso mismo pienso yo, estoy cansado de decirlo… para el escándalo de algunos académicos.  Estoy encantado de haberme librado de todos esos eruditos pesadisimos y de las notas a pie de página. Justificaban su vida con eso. Es maravilloso. Por eso te digo: para mí la inteligencia artificial, junto con su parte muy inquietante, es una biblioteca de Alejandría ilimitada, es un archivo general de datos y es un laboratorio con todas las experiencias. Es un asesor que, bien trabajado, es un cómplice fabuloso.

En tus libros se entrelazan la literatura, la música, la pintura. ¿Qué lees? ¿Eres más de contemporáneos o de clásicos?

Leo un poco de todo, hago como con el arte. Leo antiguos y modernos. Los pongo en el mismo nivel. Leo de todo, tanto ensayo como novela. Si alguien me recomienda un libro de poesía rabiosamente contemporáneo y de alguien completamente desconocido lo leo. También me encanta, no sé, volver a leer a Sófocles. No es que sea un democrático, sino que creo que las dos cosas están siempre en diálogo.

¿Y cómo eliges, cómo haces la curación? Se publica muchísimo, y además tenemos acceso a todo lo clásico.

Mira, en primer lugar, tengo que decir que nunca he sido un fetichista de libros. Tengo una buena biblioteca, creo yo, pero a base de las cosas que me gustan, me han recomendado y que he ido encontrando. No tengo muchos libros de esos que me resultan indiferentes. Los libros están manoseados en mi biblioteca. En muchos casos me oriento por mi propio manoseo y vuelvo a eso. Y, hombre, dejarme aconsejar por buenos consejeros me gusta.

¿Suelen ser amigos?.

Amigos, sí. Tengo la suerte también de que, por ejemplo, Acantilado, que es una editorial muy buena en cuanto a línea, me envía casi todos los libros. La propietaria me cuida, lo cual es una buena nutrición. No es que vaya mucho a librerías, pero voy, siempre, con ojo. Voy combinando.

¿Hay algún libro al que vuelvas siempre?

Pues sí. Dos: los Ensayos de Montaigne y el Fausto de Goethe.

Para terminar, si pudiera robar un cuadro para colgarlo en tu salón y encontrarlo cada día, ¿cuál sería?

La tempestad de Giorgione. Sí, sin duda, La tempestad de Giorgione. Porque, además, por formato, se presta a robarlo. Y no solo eso. Yo he vivido en Italia varias veces, y una vez, cuando Italia estaba en crisis, con mucha decadencia, en el Véneto, en la Academia de Venecia, la desidia era tal que La tempestad de Giorgione estaba torcida. La miré bien y pensé: si la cojo y me voy creo que no pasaría nada, nadie se enteraría. Pero por suerte no lo hice jaja

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