En los últimos 10 años una media del 23% de las mujeres asesinadas por homicidio de pareja (HP) en España habían denunciado a su pareja por violencia de género. El porcentaje ha fluctuado entre el 17% y el 31%. Además, un 23% de las que sí denunciaron murieron pese a medidas de protección. La explicación que se da a estos datos es que las mujeres que no denunciaron eran, por supuesto, víctimas de violencia de pareja (VP) pero no se atrevieron a denunciar por miedo. El modelo explicativo que maneja el paradigma de género (la teoría feminista) del homicidio de pareja es el de un modelo continuo que comienza con agresiones leves y esporádicas para progresar hasta maltrato grave continuo y en último lugar el homicidio. Un equipo español acaba de publicar datos que muestran que ese modelo es erróneo: muchas mujeres asesinadas en un homicidio de pareja no habían denunciado violencia de pareja previa porque sencillamente no la había. Según los resultados del estudio, el fenómeno del femicidio está compuesto por dos grupos claramente distintos:
- Un primer grupo de femicidas sin historial de violencia conocida (33-40 % de los casos), que suelen presentar ideación suicida real, crisis vitales graves (despido, ruina económica, ruptura reciente) y que a menudo se suicidan o lo intentan tras el asesinato; este perfil es completamente diferente al de los maltratadores crónicos.
- Un segundo grupo de femicidas con historial de violencia previa (60-67 %), que sí comparten exactamente el mismo perfil y los mismos factores de riesgo que los agresores no letales: control, celos patológicos, amenazas, escalada, etc.
La conclusión práctica de este hallazgo creo que lo cambia todo: entre un tercio y un 40 % de las mujeres asesinadas en España nunca habían denunciado ni pedido ayuda porque no existía violencia previa detectable. Estos casos son los que el sistema VioGén y los protocolos actuales identifican peor, y para prevenirlos hay que buscar un perfil completamente distinto: hombre en crisis aguda con ideación suicida real y donde suele haber una ruptura reciente, muchos de los cuales cometen un homicidio-suicidio impulsivo. En cambio, los dos tercios restantes sí son la fase final del maltratador clásico. Por eso no se puede meter todo en el mismo saco tipológico y el artículo reclama urgentemente protocolos y estrategias de prevención diferenciadas según el grupo.

Este descubrimiento era algo que ya se intuía y que un grupo de investigadores relacionados con los autores de esta nueva publicación ya venía comentando. Os voy a poner algunas referencias. Por ejemplo, voy a citar profusamente, porque dice cosas realmente interesantes, este artículo de López-Ossorio y cols:
“La perspectiva de género explica la VP y el HP de manera integrada. Desde la perspectiva de género, o de «dominación», la violencia de pareja se considera un fenómeno unidireccional (del hombre hacia la mujer) y monocausal en su etiología (originada por las relaciones asimétricas de poder entre hombres y mujeres, propio de las sociedades patriarcales y machistas). Esta resulta diferente a otros tipos de violencia, de carácter instrumental (dirigida a perpetuar esa situación asimétrica de poder), que se expresaría de forma cíclica y ascendente en cuanto a la intensidad de la violencia, manteniéndose constante a lo largo de la relación de pareja (Walker, 2012) y que no obedece a desajustes de personalidad u otras singularidades del agresor ni se registra más en sectores con desventajas sociales. Aquí el homicidio se ha conceptualizado como una extensión natural de la VP o el último paso de una irreversible escalada de la violencia (Laurent, Platzer y Idomir, 2013), la punta del iceberg de un amplio fenómeno conectado por una progresión de acciones u omisiones intencionales de carácter violento («continuum de la violencia contra la mujer»; Kelly, 1988). De esta forma, para el estudio de los delitos habría que considerar principalmente la influencia de los factores culturales o de género del autor, asumiendo que todo machista ejerce violencia y que los más violentos llegan a matar después de una historia de violencia conectada, dirigida y en escalada.”
“Un trabajo publicado en España en 2007 concluyó que muchos de los HP no registraban violencia previa (denominándose de «muerte silenciosa»), describiendo un patrón muy específico y diferenciado que no avisa por la inexistencia de un continuo de agresiones, explicando que «es posible que la sociedad, o la propia víctima, no esté actuando sobre muchos homicidios silenciosos porque cree que todos los homicidios avisan con agresiones anteriores» (Cobo, 2007). Así, un porcentaje de los HP no contienen los ingredientes mejor recogidos por la literatura de este fenómeno desde una óptica de género, al no dejar huella a partir de la escalada de la violencia u otros indicadores, por lo que el resultado letal es difícil de predecir, prevenir y gestionar con estrategias tradicionales.
La explicación de estos casos podría llegar desde un enfoque distinto, la «perspectiva de la violencia», que postula que las diferentes conductas violentas (dentro y fuera del hogar, con diferentes víctimas) tienen etiologías similares, que no hay grandes diferencias por sexo y que presenta vínculos con la desviación individual (desajustes de personalidad y trastornos mentales) y la desadaptación social (Felson y Lane, 2010). El HP no aparecería siempre como el final de una historia de violencia previa (Cobo, 2007; Contreras, 2014); desde este prisma, el estudio de los homicidas se centraría en la búsqueda de los factores individuales que les diferencien de la población general o de otros tipos de homicidas (Loinaz, Marzabal y Andrés-Pueyo, 2018).”

También sabíamos que la suicidalidad (ideas e intentos de suicidio previos) son un factor de riesgo para el HP o feminicidio. Sobre todo para los casos de homicidio-suicidio, es decir, homicidio seguido de suicidio, que son aproximadamente el 30% de todos los feminicidios. Casi 3 de cada 4 feminicidas-suicidas ya habían mostrado ideación suicida antes del crimen y si un agresor de violencia de género tiene ideación suicida o conductas parasuicidas, la probabilidad de que acabe matando a su pareja (y luego se suicide) se multiplica por 3-4. Dicen Lopez-Ossorio y cols:
“La ideación y los intentos de suicidio están entre los mejores indicadores de HP, lo que aumenta el riesgo de homicidio, debido a que los agresores no están tan preocupados por las consecuencias del delito (Liem y Roberts, 2009). Estudiando la intención primaria del agresor en los supuestos de H-S, los homicidas de mayor edad presentan procesos más próximos a la ideación suicida que a la homicida (Salari y Sillito, 2016). Hallazgos recientes en el Reino Unido apoyan la importancia de la ideación suicida y de los intentos autolíticos en los homicidios domésticos, concluyendo que aumentan la probabilidad de los homicidios entre 3 y 5 veces, así como que los marcadores de los sistemas de inteligencia de la policía para el suicidio o la automutilación pueden proporcionar información valiosa para construir modelos de predicción más precisos para los homicidios domésticos y las agresiones graves”
Sobre las diferencias entre homicidios seguidos de suicidio y sólo homicidios comentan:
“H-S y homicidio son dos poblaciones diferentes que deben examinarse por separado (Malmquist, 1995). Un macroestudio realizado en Suecia entre 1990 y 1999 de 164 HP comparados con 690 homicidas de otro tipo encontró una tasa cuatro veces más alta de suicidios en los primeros junto a más trastornos mentales (Belfrage y Rying,2004). Liem y Roberts (2009) examinaron 341 autores de HP, de los cuales 44 habían registrado un intento grave de suicidio, con el objetivo de analizar sus diferencias. Pese a que registraron factores comunes, establecieron claras diferencias respecto al desempleo en los suicidas (con cierta desvinculación social), menos educación académica, más miedo al abandono de su pareja, características dependientes, sospechas de infidelidad, amenazas suicidas y trastornos depresivos. La evidencia muestra que los agresores suicidas están más ligados caracterialmente a la corriente suicida que a la homicida y suelen presentar predictores más claros.”
Además de la suicidalidad, hay también otros factores que se asocian más a HP que VP: el acceso o posesión de armas de fuego en el hogar (OR 5-6), los episodios previos de estrangulamiento o asfixia manual (OR 6,9-7,5), las amenazas explícitas de muerte (OR 5,4), el acoso o stalking persistente tras la ruptura (OR 4,2), la violencia física durante el embarazo (OR 3,8), la separación reciente o en curso (OR 5-9), los celos patológicos extremos, la presencia de hijastros en el hogar (OR 2,5-3), el desempleo reciente o prolongado del agresor (OR 4), los conflictos económicos graves, la historia de violencia contra exparejas anteriores, y el quebrantamiento repetido de órdenes de alejamiento (OR 3,5).

López Ossorio y cols hacen una recapitulación de factores de riesgo en HP con y sin historia de VP previa:
“Recientes trabajos en Australia sobre HP, con y sin historia previa de violencia (Johnson et al., 2017), concluyen que en general los agresores muestran bajo nivel de estudios, toxicomanías, abusos físicos/sexuales en la infancia, dificultades económicas, presencia de hijastros en la relación, problemas de salud mental sin diagnosticar, separación no deseada, vivencia de maltrato en el hogar por parte del padre hacia la madre, celos sexuales, acoso y antecedentes criminales violentos. En el año previo al homicidio la mitad habían sido violentos con su pareja y una quinta parte lo fue también fuera del hogar. Además, se añadió que los HP sin historia previa de agresiones presentan un perfil más normoadaptado y mayor nivel de estudios, son más propensos a mantener relaciones sentimentales, tienen menos problemas con el alcohol, menos violencia en su infancia, menos control coercitivo hacia las mujeres y menor acoso y abuso psicológico y sexual”.
También destacan la importancia de los trastornos mentales:
“Los estudios también enfatizan la importancia de la enfermedad mental en este tipo de delitos, donde un subtipo ligado a determinados trastornos mentales agrupa un tercio de los casos de homicidio seguido de suicidio, sumando otros elementos, como un gran deterioro de la salud, la dependencia y la diferencia de edad víctima-victimario (Heron, 2017). El metaanálisis de Kivisto (2015) muestra cuatro categorías de homicidas de pareja: a) enfermos mentales, con trastornos psicóticos, poca violencia de pareja y sin abuso de sustancias, b) controlados/desregulados, con trastornos del estado de ánimo y ansiedad, abuso de sustancias moderado e intentos de suicidio, c) agresores crónicos antisociales, con rasgos narcisistas y sin psicopatología marcada, y d) sobrecontrolados, con personalidad dependiente y esquizoide, sin psicopatología grave y pocos antecedentes de violencia. La relación entre algunas enfermedades mentales y los homicidios también se pone de manifiesto en una revisión sistemática realizada por Abreu, Barker y Bedford (2017), en la que se concluye que la presencia de un trastorno mental aumenta el riesgo del comportamiento homicida en hombres y mujeres y se destaca una clara asociación entre el homicidio no planificado e impulsivo y el uso de armas blancas en los agresores con trastornos psicóticos, dual, con abuso y dependencia de alcohol y drogas, resultando significativamente más probable en el contexto familiar que fuera de este. Los agresores con trastorno bipolar eran propensos a utilizar diferentes métodos de homicidio en diferentes fases de la enfermedad, resultando más probable el homicidio doméstico en fase depresiva que en fase maníaca, en la que se registran más homicidios fuera de este contexto.”
Concluyen López-Ossorio y cols:
“Si, como parece, existen distintos tipos de agresores letales, es probable que ningún dispositivo o institución sea capaz por sí mismo de evaluar el riesgo de HCP como primer paso y pilar básico en la prevención, sin descartar muchos homicidios potenciales (e.g., los cuerpos policiales) y también responder ante los homicidios ampliados (Smith, Fowler y Niolon, 2014). Un ejemplo de ello aparece en los estudios que revelan que más del 50% de los homicidas con depresión mayor estaban en contacto con los servicios de salud mental en los tres meses anteriores al homicidio, circunstancia que no se tuvo en cuenta en la valoración del riesgo (Yoon et al., 2011).
Debemos tener presente que la anticipación de eventos poco frecuentes (como el homicidio de pareja) es complicada y está sujeta a un elevado nivel de error, quizás un fenómeno similar a los descritos por Taleb (2007) bajo la denominación de cisne negro para referirse a «sucesos improbables con consecuencias importantes, cuyas explicaciones a posteriori no tienen en cuenta el azar y solo buscan encajar lo imprevisible en un modelo perfecto». En cualquier caso, es necesario seguir avanzando en la investigación de los HCP para diseñar herramientas validadas en diferentes escenarios, tales como el ámbito policial, sanitario, forense y servicios sociales, con protocolos y procedimientos integrales que permitan combatir y prevenir esta lacra de manera más eficaz.”

Dejando ya este artículo, aquí tenemos otro estudio español que encuentra que no todo homicidio es la fase final de una escalada larga de violencia. El artículo analiza la evolución de la herramienta policial española VPR5.0 (Valoración Policial del Riesgo, parte del Sistema VioGén) para mejorar la predicción de homicidios de pareja (HP) contra mujeres, diferenciándolos de la violencia no letal (VP). Los autores destacan que el HP es un fenómeno heterogéneo y de baja prevalencia (0.30 por 100.000 mujeres en España), que no siempre es una escalada de VP previa, y que requiere predictores específicos. Hay dos “caminos” distintos hacia el homicidio de pareja:
- El clásico: maltratador crónico que un día mata (56 % de los casos).
- El “situacional/impulsivo-suicida”: hombre sin denuncias previas, con depresión/suicidio, crisis económica, separación reciente y que comete un homicidio-extendido (mata a la mujer y luego se suicida o lo intenta). Este perfil es el que más crece en los últimos años. Son casos “out of the blue”.
Por esto han creado el protocolo dual VPR5.0 + H-Scale: la policía española ahora rellena dos algoritmos distintos al mismo tiempo. Uno predice “reincidencia normal” y otro predice específicamente “riesgo de homicidio”. Así capturan mejor esos casos “sin historial” que antes se escapaban con riesgo “bajo” o “no apreciado”.
En resumen: aproximadamente la mitad de las mujeres asesinadas en España nunca habían denunciado y no hay datos de que hubiera violencia previa. Y los indicadores más claros de que alguien puede matar (aunque no haya pegado nunca antes) son: amenazas de suicidio, ruina económica, celos enfermizos y separación inminente. La suicidalidad es el principal factor de riesgo. Eso es lo que ha cambiado la forma en que la policía española prioriza casos desde 2020.
Y comento, para finalizar, otro estudio que tiene que ver con este asunto. Se trata de un estudio español que encuentra que la creación de los juzgados de violencia de género no han disminuido el número de homicidios de pareja. Dicen los autores:
“Además, la ausencia de un efecto sobre los homicidios también estaría en consonancia con la hipótesis de que los hombres que suelen cometer homicidios relacionados con la violencia de género podrían no ser los mismos individuos denunciados por cometer delitos moderados de violencia de género como consecuencia de la creación de los tribunales de violencia de género.”

El Modelo Continuo en el Suicidio
En este punto voy a cambiar de tema porque es muy interesante que, de una forma similar, este modelo continuo es el predominante también en el caso del suicidio y también acaban de surgir datos de que no es aplicable a todos los suicidios. Se piensa que el suicidio es consecuencia de un trastorno mental (la depresión esencialmente) y que la persona que acabará suicidándose comienza con síntomas depresivos, luego va apareciendo la idea de suicidio, luego la de planes de suicidio, luego los gestos o intentos de suicidio y al final el suicidio consumado. Ya teníamos estudios que nos avisaban de que este modelo estaba cojo -es verdad que se aplica a un porcentaje de casos de suicidio pero no a todos- y que nos dicen dos cosas: a) que muchos suicidios no tienen antecedentes previos de suicidalidad y no parecen relacionados con depresión y b) que no hay un continuo entre ideas/intentos de suicidio y suicidio consumado, es decir, que el intento de suicidio y el suicidio consumado son dos fenómenos diferentes, aunque se solapan.
Pero recientemente, acaba de salir un estudio que creo que es muy importante porque confirma lo que ya iba apareciendo en estudios previos. El estudio analizó 2.769 personas fallecidas por suicidio en Utah (EE.UU.) con datos genéticos y registros médicos. Los dividieron en dos grupos:
-SD-S (1.432 personas): habían tenido ideación o intentos suicidas previos.
-SD-N (1.337 personas): No había evidencia de suicidabilidad previa (es decir, casi la mitad de todos los suicidios completados NO tenía pensamientos ni conductas suicidas previas).
Bien, las personas que se suicidaron sin intentos ni ideación previos (SD-N) tienen estas características:
-Muchos más hombres (83 % vs 68 %)
-Edad promedio mayor (47 vs 41 años)
-Cargas genéticas (polygenic scores) significativamente más bajas para varios trastornos neuropsiquiátricos que las personas que sí tenían suicidabilidad previa:
Depresión mayor
Ansiedad
Neuroticismo
Afecto depresivo
Enfermedad de Alzheimer
Tendencia también para TEPT, trastorno bipolar y esquizofrenia
De hecho, en depresión, neuroticismo y Alzheimer, las personas del grupo SD-N tenían cargas genéticas iguales a las de la población general sana (controles).

La Conclusión clave del estudio: El suicidio “de sorpresa” o “sin señales previas” (que representa casi el 50 % de todos los suicidios consumados) no es lo mismo desde el punto de vista biológico/genético que el suicidio en personas con historia de intentos o ideación. Esto desafía la idea tradicional de que “todo suicidio viene siempre de un trastorno mental grave”. En este grupo grande sin suicidabilidad previa, el riesgo genético de enfermedad mental es mucho menor (o incluso normal).
¿Cuáles son las implicaciones prácticas?:
-Mezclar ambos grupos en investigaciones diluye los resultados y dificulta encontrar causas reales del suicidio consumado.
-Las estrategias de prevención basadas solo en detectar y tratar depresión/ansiedad pueden fallar en este 50 % de casos “sin señales previas”.
-Hace falta investigar otros factores (impulsividad extrema, eventos vitales agudos, acceso a medios letales, dolor crónico, rasgos de personalidad no patológicos, etc.) y desarrollar enfoques diferentes para este subgrupo.
En pocas palabras: hay al menos dos “tipos” biológicamente distintos de suicidio consumado. El que ocurre sin intentos previos parece tener mucho menos que ver con la carga genética de enfermedad mental clásica y por tanto no se ve afectado por las estrategias y planes de prevención actuales ya que éstos se basan exclusivamente en la enfermedad mental o la depresión.

Ejemplo Práctico de HP sin VP previa
Para que no quede todo lo aquí hablado en algo teórico y abstracto os voy poner un ejemplo real del tipo de HP del que hemos hablado en toda la entrada. Está sacado de este estudio, Análisis de los feminicidios en Castilla-La Mancha, de Meritxell Perez y cols. y lo podéis leer ahí. Es un caso real, que ponen de ejemplo las autoras del estudio, de intento de feminicidio (por suerte no acabó en muerte) y es contado por la propia mujer, la víctima del intento de feminicidio.
Resumen del caso: la relación era larga y sin problemas aparentes hasta unos meses antes del intento. El agresor empezó a mostrar apatía, depresión y pensamientos delirantes (síntomas de depresión psicótica), como paranoia: decía “tonterías en su cabeza que no eran lógicas”, como que había “cámaras ocultas” o que “tenía el teléfono pinchado”. La mujer no lo veía como amenaza para ella, sino para él mismo (temía un suicidio), así que no denunció violencia de género. En cambio, lo llevó “engañado” al centro de salud, utilizando un “catarro” para que fuera voluntariamente. El médico de atención primaria no diagnosticó nada grave ni derivó a psiquiatría o psicología. Ella nunca imaginó que él la agrediría, en sus propias palabras dice esto al respecto:
“los días anteriores es que estaba mal…estaba mal, lo notaba yo que estaba mal…yo sabía que o tenía depresión o tenía algo porque (…) decía muchas tonterías en su cabeza que no eran lógicas (…) últimamente empezaba a decir que había cámaras ocultas…que tenía el teléfono pinchado, bueno…
(…), y luego yo que sé lo que te digo, fui al médico, lo llevé una vez engañao, bueno me lió aquí una… porque lo llevé medio engañao, porque claro como tenía que ir él, por su voluntad, pues aproveché que había cogido un catarro, y digo y con la excusa del catarro, como ya había hablado yo con el médico de cabecera digo pues ya aprovecho y a ver si así…, en ese momento se calló y, bueno en el médico dijo que él… que yo nunca le había dicho que estaba loco ni na, na más que digo “ves a un especialista y a ver si, porque dices tonterías que no son lógicas”
“yo es que la verdad, yo es que no pensaba que me iba a hacer a mí nada, yo no pensé que iba a ir a por mí, yo pensaba que se lo iba a hacer él, nunca pensé… mi familia sí, mi familia luego después me lo dijo, dijeron “nosotros pensábamos que sí iba a hacer algo”
¿Qué vemos aquí? Pues vemos a un hombre que seguramente sufría una depresión psicótica con ideas de suicidio que no recibió el tratamiento psiquiátrico que necesitaba. Si hubiera sido tratado probablemente el intento de homicidio no habría ocurrido.

Conclusiones
Si el modelo continuo es incompleto, tanto en el suicidio como en el HP, el resultado es que estamos invirtiendo dinero, recursos y esfuerzo en el lugar equivocado. Y además eso tiene efectos secundarios aunque sólo sea por el coste de oportunidad: lo que se invierte ahí no se dedica a otros asuntos importantes. Es como el borracho que busca las llaves donde está la farola porque le viene bien. Si invertimos el tiempo y el esfuerzo de los profesionales de salud mental en conducta parasuicida no vamos a reduce ir el suicidio. Se han puesto en marcha planes de prevención donde se sigue a personas que han cometido intentos suicidas de baja letalidad y los suicidios han aumentado.
Con la VP pasa algo parecido. Invertir dinero y el tiempo de los profesionales y jueces en la VP leve o situacional (empujones, insultos…) no va a tener ningún efecto en los homicidios de pareja. Como hemos visto, parece que podemos concluir que la narrativa feminista de un modelo continuo entre la VP y el HP es demasiado simplista. Hay diferencias entre la VP y el HP. Y dentro del HP hay diferencias entre el H-S y el homicidio simple. Esto no quiere decir que los intentos de suicidio y la violencia de pareja no merezcan una atención y esfuerzo por sí mismas pero tenemos que saber sobre qué fenómeno estamos actuando y sobre cuál no.
Es lamentable que cuando hace unos años el equipo de investigadores del Ministerio del Interior, entre los que están muchos de los autores de estos estudios que hemos comentado, realizó estudios para afinar en las razones por las que los hombres matan a las mujeres, hubiera una respuesta feminista en contra de estos estudios. Según las feministas, estos estudios no eran necesarios, porque ya sabíamos todos por qué los hombres matan a las mujeres: por machismo y punto.
El paradigma de género de la VP no es que sea erróneo e incompleto, es que es perjudicial para los propios intereses de las mujeres y cuanto antes nos libremos de él mucho mejor para la sociedad y para las propias mujeres. Centrar la explicación de la VP y el HP exclusivamente en el machismo está obstaculizando entender y tratar el problema a todos los niveles. Si no tienes un buen diagnóstico de una enfermedad no puedes hacer un buen tratamiento. Todos estos datos confirman que el diagnóstico del paradigma de género impide el avance y el progreso en las investigaciones y en las medidas que necesitamos para abordar este problema.