SMS: Salud Mental Social

Diane Arbus. Woman on the street with her eyes closed, N.Y.C. 1956.

¿Qué significa SMS?

Short Message Service: Servicio de Mensajes Cortos. La menor cantidad de información necesaria para comunicar algo. El sistema que permitió enviar y recibir mensajes de texto de hasta 160 caracteres a través de redes móviles. Nació dentro del estándar GSM y se ha mantenido vigente incluso en redes actuales como 4G y 5G. Pero en este texto, el acrónimo alude a la Salud Mental Social, que, como veremos, no está muy alejada de la de los mensajes.

Los labios

Los labios sirven para muchas cosas. Alabados sean los labios, pues son un virtuoso instrumento que los seres humanos tenemos en la puerta de la vida. Ellos saben besar, reír, hablar, susurrar, mamar, cantar, rezar, acariciar, soplar, silbar, sanar, gemir… y también callar. Los labios rojos van al beso, al sexo, a la vida. Los labios hablan sin saber hablar; cuando aprenden sus sonidos, nos humanizan. Polifacéticos y políglotas, generosos y también un poco egoístas. Alabada sea su belleza, pues anuncia placer, sensualidad, pasión, amor, vida. Alabados sean sus sonidos, que saludan y respetan, que asienten y apaciguan. Alabadas las personas que cuidan sus labios y los usan para mejorar la vida. Para hacer la paz.

Fotografía de Diane Arbus

Una definición imposible

La SMS es un estado mental inestable de la sociedad en la que vivimos, que vendría a ser como el promedio de toda la salud mental de todas las personas individuales, más algo más, un no sé qué sutil pero potente, como el hilo de una tejedora incansable, una tarántula, la tela de araña de la información, o un gusano: el dorado hilo de la seda.

La sutileza que conecta los cerebros humanos —quizá a otros también, animales o mecánicos— trama la estructura y urde el funcionamiento de una inmensa e intensa red de relacionantes; nos reúne o enfrenta, nos concilia o nos perturba… ¡todas esas criaturas!, nadie o nada puede sustraerse.

De esa complejidad deviene la dificultad de definirla, de acotarla, de entenderla, de controlarla. La salud mental de esta red solo puede ser entendida desde una perspectiva global y evolutiva. La globalidad empezó por unos pocos sitios del planeta —pongamos Babilonia o Nueva York— y se fue hinchando a lo largo de la historia; actualmente es planetaria. La evolución genética —mestizaje— y memética —cultural— ha hecho que la red se haya complejizado, tupido, enrevesado. Luego, la SMS, la de todos sus componentes y conexiones, es colectiva, global y evolutiva, laberíntica. No una Ariadna con un hilo, sino millones de ellas: infinidad de hilos, miríadas de cabos sueltos, insinuantes, tentadores.

Si la salud de un cerebro y su persona ya es difícil de entender, la de la sociedad humana es inabarcable para la comprensión humana. Si nadie entiende a su cerebro, ¿cómo vamos a entender el cerebro colectivo? Sus crisis, enfermedades, saludes, terapias… Vamos a necesitar ayudas externas para entenderla e intervenir sobre ella; ¿acaso técnicas avanzadas?, ¿tal vez la IA?

Fotografía de Diane Arbus

El mundo

El mundo que nos acoge es inmundo en muchas cosas: acelerado, tóxico, venenoso, polucionado, infeccioso, explosivo, trastornado. Pero también es limpio, aséptico, seguro y sano. Vivimos en un mundo más “mundo” —en su acepción original— que nunca, pero también más inmundo. En su vertiente psicosocial, es decir, en la mente colectiva humana, es más insano que nunca. La SMS nunca ha sido más insalubre, sus conexiones nunca han sido tan desordenadas, “trastornadas”. Nunca han sido más necesarios los psiquiatras, psicólogos clínicos, trabajadores sociales… nunca se han solicitado y realizado más atenciones y tratamientos. Es abrumador.

Por eso, además de los métodos científicos y recursos suficientemente experimentados, cunde una plaga de terapeutas de postín, de psicoanalistas de pose, que nos entretienen con sus consejoterapias vanas e influencerismos banales, no todas ni todos, por supuesto. Pero esa especie de “socio‑terapia” aplicable a la SMS enferma no tiene solidez, no se estudia en ninguna carrera, no tiene principios teóricos ni métodos prácticos, no hay socioterapeutas titulados. Prescribir socioterapia para la SMS enferma vendría a ser como aplicar naturalismos o consejoterapias a las enfermedades mentales. Optimistas intenciones, mas ingenuas. En ese terreno, todos los que nos arrimamos somos —me incluyo— meros aficionados, cuando no interesados advenedizos. De diferentes terrenos y disciplinas, las que de alguna manera se arrogan esa potencialidad no son, somos, más que tanteadores de penumbras, entretenedores de grupos, animadores de la verbena social, pero no terapeutas en su sentido más verdadero. Claro que, en un mundo en el que añadir psico- por delante o ‑terapia por detrás de una palabra la encumbra a profesionalidad y ciencia, cuando a lo sumo son —somos—trabajadores u oficiantes de esa especie de religiosidad que sustituye a la ciencia cuando esta no lo tiene claro.

Pero la sociedad enferma, la red titubeante que la sostiene, necesita sus propios diagnósticos y tratamientos, su propia socioterapia científica. Pero ¿cómo se hace?, ¿acaso podría ayudar la vieja filosofía?, ¿deberíamos contratar sociólogos en los hospitales?, ¿incluir en el MIR a los Sociólogos Internos Residentes?

Fotografía de Diane Arbus

Sí, o no, pero ya, o nunca: la vida vuela

La SMS y sus desórdenes, en gran parte, se deben a que vivimos en la era de la información. No es que antes no la hubiera, es que ahora es el caldo, el sostén, el texto, el pretexto y el contexto en el que todo sucede. Eso determina cómo somos, estamos, sentimos, hacemos, vivimos, convivimos, enfermamos, sanamos o morimos. Los seres humanos hipermodernos somos infofílicos o infofóbicos, infoadictos e infotóxicos. Todo lo que nos ocurre, incluyendo los sufrimientos y enfermedades, está influido por la necesidad, la obligatoriedad, la compulsividad de compartir información. No podemos sustraernos a esa condición.

Los seres humanos hipermodernos somos infofílicos o infofóbicos, infoadictos e infotóxicos. Todo lo que nos ocurre, incluyendo los sufrimientos y enfermedades, está influido por la necesidad, la obligatoriedad, la compulsividad de compartir información. No podemos sustraernos a esa condición. De hecho, si hemos llegado a ser monos sabios es gracias a la explosión del simbolismo que sucedió en nuestro cerebro hace unos centenares de miles de años. Poco después inventamos las palabras y los signos. Luego, enseguida, descubrimos las banderas y las guerras, las religiones y el arte, las bibliotecas y las ciencias. De ahí al SMS y a la SMS solo ha habido que esperar un par de segundos de años luz. Pero nuestro cerebro va más lento: ha tardado milenios en adaptarse a esa condición de instrumento comunicacional social, un ingenio biológico conectado a la mayor red social de todas, la raza humana, pero lento, premioso, inseguro.

Los seres humanos compartimos, sobre todo, informaciones que configuran nuestro modo de estar, ser, sentir y actuar: nuestra conducta y comportamiento. Si es cierto que nunca se ha podido ser humano sin los demás, ahora eso es una verdad global, inevitable, incuestionable. Nuestro cerebro es un ingenio social que se nutre de información y la genera, y al hacerlo se expande, se extiende, se enreda con otros como él. El cerebro humano ya no es propiedad del cuerpo que lo aloja, ni viceversa. Es parte de la red de 5, 15, 35, 150 miembros y sus múltiplos infinitos, que Robin I. M. Dunbar, el sociólogo, descubrió. Por eso nunca como ahora ha habido tanta velocidad en el trasiego de información, y nunca se ha sufrido tanto por tenerla, compartirla o carecer de ella. Ninguna soledad peor que la soledumbre del navegante solitario en el inmenso océano de Internet. Por eso hay tantas soledades patológicas en la poshipermodernidad: por avitaminosis informacional o infosaturación emocional. Ambas son fuentes de angustias y depresiones, del estresante “sinvivir” de la vida moderna, de tantos espejismos morbosos, ansias posesionistas, apresuramientos vitales, neurosis debilitantes y miserias morales.

Es notorio que la poshipermodernidad y la SM se llevan fatal. En el mundo del SMS, la SMS padece por tanta velocidad y brevedad apresurada. La SM ya no es cosa solo tuya: es nuestra, suya, de ellos, de todos. Precisamente por eso hemos de aprender a protegerla y mejorarla globalmente, adaptativamente. Y los agentes de dicha promoción hemos de ser todos los seres humanos: sociales, globales, plurales, conectados, generosos, comprometidos, creativos y eficaces. No solo los agentes sanitarios y sociales, sino todos los seres y recursos humanos y técnicos, individuales y globales. Tal vez también los aconsejadores e influencers, ¡los buenos!, ¡las buenas! Pero ¿sabremos hacerlo?, ¿podremos hacerlo?, ¿querremos hacerlo?

Fotografía de Diane Arbus

Algunos datos sugerentes

Psicólogos y psiquiatras denuncian un aumento de las consultas por trastornos emocionales, ansiedad e insomnio, no muy graves pero muy molestos: los trastornos de la mala vida hipermoderna (Trastornos del Malvivir). La Atención Primaria denuncia un aumento del número de bajas laborales por los efectos secundarios de las crisis sociales, de que la mala SMS al final se rompe por el eslabón más débil, el menos fuerte de sus miembros. Se denuncia, con más alarma que conocimiento, un imparable aumento mundial del consumo de ansiolíticos y antidepresivos, y menos mal, porque esa aparente desmesura tal vez nos libre de multiplicar el consumo de drogas químicas (legales, ilegales), físicas (deportes, riesgos, retos) o sociales (compras, compulsiones, conexiones, devociones).

A lo largo del siglo XX, las grandes crisis económicas (Gran Depresión del 29; las Grandes Guerras; las crisis bancarias de 2008; las catástrofes y atentados terroristas) se han asociado a afectaciones severas de la salud mental individual y colectiva: aumento de enfermedades psicosomáticas, ansiedades, depresiones, suicidios… ¿también trastornos de la SMS? Posiblemente, aunque no sabemos cómo medirlo. Multitud de encuestas de salud —de nuestro MSC, europeas (ESEMeD), de la OMS, del NIMH americano— evidencian que los niveles socioeconómicos bajos, y especialmente la pérdida del estatus socioeconómico, se asocian a aumentos de la morbilidad psiquiátrica y consumo desbordado de recursos sanitarios. El gran miedo, el sentimiento humano más común del siglo XX, ¿también lo será del XXI?

Fotografía de Diane Arbus

Factores determinantes

Hay factores objetivos: pérdida de recursos, restricción de medios y opciones, disminución de la calidad de vida… Pero también, y especialmente, la percepción subjetiva de disminución de apoyos, es decir, la creencia subjetiva de que, llegado el caso, no vamos a disponer de apoyos para salir adelante, ya sean familiares, laborales, sociales o sanitarios, y, por supuesto, financieros.

Así pues, no es de extrañar que en la situación en la que estamos, en esta encrucijada de crisis sucesivas que venimos padeciendo en lo que va de siglo XXI, los médicos detecten más trastornos de adaptación con ansiedad, depresión y conductas anómalas —los que, metafóricamente, hemos denominado “Trastornos del Malvivir”—; que aumente la prescripción de ansiolíticos y antidepresivos, así como las bajas laborales, los abandonos profesionales o los retiros anticipados. También las huidas al etéreo mundo de las vanidades virtuales, o los regresos a las religiones y sectarismos, a las credulidades y supercherías, a los primitivismos naturópatas o al viaje definitivo sin estación de llegada. Todo eso, una vez más, no es ya individual: es compartido. No es un problema de la SMI, es de la SMS. En esa escala estamos, en la orilla de la infinitud.

Fotografía de Diane Arbus

Nuestro cerebro tiene redes sociales

El cerebro social no existe. O al menos no sabemos si existe. De existir, sería un conjunto de redes y un entramado de habilidades que permitirían articular y gestionar la complejidad social, siendo la pertenencia grupal y la capacidad de relacionarse las claves básicas para el bienestar de ese cerebro —o esa mente— y de la SMS.

Pero lo que sí tiene cada cerebro individual es una red social. Algunos mejor y otros peor, con más o menos extensión y eficiencia, con más o menos inteligencia social, pero todos disponemos de mecanismos neuronales y neuroquímicos para ello.

La Red Social Cerebral incluye múltiples regiones y trayectos, vías, conexiones distribuidas por todo el cerebro que permiten el procesamiento y manejo de la información social. Por ejemplo, el hipotálamo regula la necesidad de interacción social, de manera similar al hambre o al placer. La oxitocina es un neurotransmisor útil para fomentar lazos sociales y de confianza. La dopamina y la serotonina están involucradas en el sistema de recompensa, el placer de las interacciones sociales. Durante las conversaciones, los cerebros de dos personas pueden sincronizarse en una vibración sostenida por la atención y la intención, la empatía. O enfrentarse: arrítmicos, disonantes, hostiles. Son ejemplos, modelos de neurosociología.

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Verificación, neurosincronía y tecnologías emergentes

Todo lo anterior se puede verificar no solo aplicando el viejo modelo teórico de la SMS derivado de la sociología de la salud, sino incluso mediante propuestas emergentes que analizan el funcionamiento cerebral social. Por ejemplo, el Global Consciousness Project (GCP), una iniciativa científica y paracientífica que investiga si la conciencia humana colectiva puede producir efectos medibles en sistemas informáticos. El proyecto nació en el laboratorio PEAR (Princeton Engineering Anomalies Research Lab) en 1998. Su premisa era que, cuando millones de personas comparten emociones intensas —guerras, atentados, un campeonato mundial de fútbol—, surge una coherencia mental que podría alterar “sutilmente” la generación de series de números aleatorios por setenta ordenadores distribuidos por todo el planeta. Más allá de su validez científica, el GCP funciona como una metáfora poderosa de la interdependencia emocional de la humanidad. Tal vez fuese ingenua la idea y algo primitiva la metodología, pero algún día, pronto, tendremos tecnologías capaces de probarlo: la IA.

Ya estamos a punto (principios de 2026) de poder detectar el funcionamiento cerebral social que sustenta la SMS mediante técnicas de neuroimagen complejas. La investigación en conectividad cerebral social y neuroimagen se centra en el análisis de redes funcionales a gran escala y su interacción en tiempo real (hiperscanning), impulsado por la IA. Nuestras redes cerebrales sociales están estructuradas desde la infancia y cambian a lo largo de la vida, incluyendo una ventana crítica de neurodesarrollo durante la adolescencia, hipersensible a la hiperestimulación digital.

Gracias a sistemas portátiles de fNIRS (espectroscopia funcional de infrarrojo cercano) se puede estudiar la conectividad social en entornos reales, revelando cómo las interacciones cara a cara sincronizan las actividades cerebrales entre las personas. Mediante IA y técnicas como el modelado predictivo basado en el conectoma se pueden detectar y entender las habilidades interpersonales, demostrando que la conectividad eficiente de las redes temporoparietales de dos o varias personas denota habilidades sociales más eficaces.

La conectividad cerebral social es la red de estructuras y funciones cerebrales individuales (como el hipotálamo y la corteza prefrontal) dedicada a procesar interacciones, interpretar señales sociales (emociones, lenguaje corporal), fomentar vínculos y activar el circuito de recompensa durante la interacción “sincrónica” entre cerebros que conversan, se entienden y se emocionan juntos. Este sistema de neurosincronía social se ha ido perfeccionando evolutivamente para mejorar la supervivencia; no está desatinado, aunque a veces parezca un desastre. Así de complejas son las redes humanas, y por ende la SM, y aún más la SMS: dos estados inestables que no auguran nada bueno.

Fotografía de Diane Arbus

Crisis, estrés y toxicidad para el cerebro

Pero no es solo la SMS, no es solo el mundo de la información, no es solo el entramado virtual en el que vivimos lo que se afecta, enferma y nos enferma. Es nuestro cerebro —o mejor dicho, el cerebro que somos— el que enferma.

El estrés intenso, crónico y sin utilidad adaptativa —es decir, que no sirve para atenuar o resolver el problema que lo ha causado— puede ser lesivo para el cerebro que lo padece. Citaré solo tres aspectos con apoyos de alto rigor científico.

Durante la etapa fetal, si una madre está sometida a un estrés intenso, el hijo tendrá más riesgo de padecer trastornos metabólicos, endocrinos o psiquiátricos en la vida adulta. El estrés intenso durante la etapa prenatal genera un exceso de glucocorticoides que afecta al desarrollo del feto, que nacerá con menos peso, disfunciones cardiovasculares, metabólicas o endocrinas, que, en la vida adulta, disminuirán la capacidad para afrontar el estrés. La crianza de niños en ambientes de estrés intenso, por personas sometidas a elevados niveles de estrés, no solo genera riesgos psicológicos, sino que puede afectar a la formación de las estructuras cerebrales que le capacitarán, cuando sea adulto, para enfrentarse al estrés, lo cual aumenta el riesgo de padecer trastornos psiquiátricos secundarios al estrés. Morbosa paradoja de la pescadilla estresada que se muerde la cola.

Además, mediante sofisticadas neuroimágenes, podemos ver cómo se alteran la actividad y la estructura cerebral, tanto en regiones de procesamiento de la información como en las que controlan los aspectos emocionales. Otra paradoja morbosa, ya que esas zonas y funciones alojan los mecanismos que utilizamos para enfrentarnos al estrés. Peor funcionamiento del cerebro social, peor afrontamiento del estrés social, peor SMS… y vuelta a empezar. Otra pescadilla estresada.

La importancia de la comunicación es evidente. El aprendizaje (educación) y la estimulación social (cursos, actividades, amistades, terapias) ayudan a mantener la salud cerebral, ya que estamos evolutivamente programados para prosperar con la interacción. El fallo en esta conectividad puede llevar a problemas como la ansiedad social, donde una hipervigilancia visual provoca reacciones desmedidas. Las neurosis sociales.

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Luego…

En conclusión, el cerebro humano es una máquina maravillosa pero sumamente sensible, en su formación, desarrollo y maduración, a las amenazas y agresiones de eso que, genéricamente, denominamos estrés social. Cuando el estrés es moderado y el cerebro logra enfrentarse a él con éxito, se desarrollan mecanismos adaptativos que aumentan la resiliencia; pero cuando el estrés es excesivo y mantenido, y no se logra atenuar o resolver, se producen efectos deletéreos acumulativos que incapacitan para enfrentarse a situaciones similares en ocasiones futuras. La SMS se deteriora, nos deteriora.

Pero lo anterior, aun sabiéndolo y siendo incuestionable científicamente, no sirve para nada si las organizaciones sociales y sanitarias, los gobiernos y sus políticas, los líderes y gobernantes que tienen la inmensa potestad de apoyar su dedo índice de la mano derecha —o la izquierda— sobre el botón rojo de la guerra, la economía, la información, las redes sociales, no hacen nada por evitarlo, por mejorarlo. Por cuidar la SMS.

Fotografía de Diane Arbus

El rojo de la sangre produce un estrés negro

Pero hay otros rojos más amables. Los labios rojos saben chupar, balbucir, silbar, besar, comer, hablar, investigar, escribir, amar… y decorar la vida; también declarar la guerra y firmar la paz. Entre ellos caben el caos y el cosmos.

Pero los rojos labios, además de todo eso, saben de economía y política, de estrés y de SMS. De hecho, el mejor indicador del estado de la SMS son los labios de rojo carmín.

En efecto, se sabe que la venta de barras de labios aumenta antes o durante las crisis financieras, sociales o bélicas. Se observó durante el siglo XX, que padeció las mayores crisis sociales históricas. Las grandes marcas de cosméticos aseguraron que siempre que hay crisis se vendían más pintalabios. Es el denominado Leading Lipstick Indicator, comunicado hace décadas por Leonard Lauder, presidente de Estée Lauder. También sabemos que la compra compulsiva aumenta cuando estamos ansiosos, preocupados, estresados, pero no cuando estamos francamente deprimidos. Estos indicadores indirectos sugieren que la sociedad está estresada y busca microlujos para elevar el ánimo colectivo. Desde la Segunda Guerra Mundial sabemos que el rojo de los labios se asocia a resistencia (resiliencia) y aumento de la moral. Nada más elocuente que el efecto de la famosa fotografía de El beso de Doisneau ante el Hôtel de Ville de París, una de las imágenes más icónicas del siglo XX, encargada por Vogue para aumentar el bienestar emocional del mundo tras la guerra que lo asoló.

Ya en el siglo XXI, aunque no haya datos desglosados por crisis (Ucrania, Gaza, Venezuela, Irán), sí se evidencia que cada episodio de inestabilidad económica o política (crisis del 11‑S de 2001; recesión de 2008‑2009; crisis económica de 2023; guerras más recientes…) coincide con repuntes en ventas o búsquedas en internet de barras labiales. Ese pequeño artículo funciona como un termómetro de ansiedad social. Es un ejemplo perfecto de cómo la conducta colectiva activa mecanismos de resiliencia residuales, y de cómo el fracaso de la adaptación al estrés colectivo afecta a la SM individual y a la SMS.

Fotografía de Diane Arbus

En cuatro palabras

La SMS es un estado mental colectivo inestable y en riesgo.

Siempre, desde que somos sociales, lo ha sido, pero ahora mucho más que nunca.

Una sociedad mentalmente enferma, enferma mentalmente a sus miembros; ¿o es al revés?

La sociedad de la información es causa primordial y, tal vez, también su solución.

No tenemos recursos específicos para sanar las alteraciones de la SMS; la socioterapia, como técnica terapéutica, aún no existe.

Por eso recurrimos a hacer cosas que generan sensaciones de seguridad, serenidad y satisfacción.

Deportes, aficiones, retos, aprendizajes, redes sociales, riesgos, adicciones. Virtuosismos, morbosidades o gestos simbólicos.

Como el rojo de los labios.

Y esgrimir un lema, o evocar un deseo:

“Labios rojos sin fronteras para la salud del Planeta”.

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