No atracamos un banco con nuestra voluntad

Retrato de Arthur Schopenhauer por Angilbert Wunibald Göbel (1859).
Pre-textos para médicos (y pacientes)

“Con objeto de aclarar de manera especial el origen de esta ilusión tan importante en el estudio que estamos llevando a cabo, y para completar de ese modo la investigación de la autoconciencia que iniciamos en la sección anterior, imaginémonos un hombre, en medio de la calle, que se dice para su capote: “Son las seis de la tarde; ha terminado la jornada. Puedo dar un paseo; o puedo ir al club; o puedo subir a la torre para ver cómo se pone el sol; también puedo irme al teatro; o visitar a este o aquel amigo; o puedo salir a campo traviesa y no volver más. Todo esto puede hacer, en plena libertad: sin embargo, no haga nada de eso, sino que me marcho a mi casa, porque me da la gana, adonde mi mujer.” Es como si el agua dijera: “Puedo formar olas inmensas (¡ya lo creo!, ¡en el mar embravecido!); ¡puedo deslizarme con rapidez (en el lecho de la corriente); o precipitarme espumoso (en la cascada); saltar libre en el aire (en una fuente); puedo hervir y desaparecer (a los 100 grados); pero, en fin, prefiero quedarme tranquila y clara en este arroyo espejeante”. Del mismo modo a como el agua puede hacer cada una de esas cosas únicamente cuando concurren las causas determinantes de cada una de ellas, así el hombre referido no puede hacer nada de lo propuesto sino con loa misma condición. Le es imposible mientras no se presenten las causas; pero tendrá que hacerlo en cuanto se halle colocado en las circunstancias correspondientes como le ocurre al agua. Su error y el error en general que se origina de la falsa interpretación de la autoconciencia, que pudo hacer igualmente todo lo que le pasó por la cabeza, descansa, si bien se mira, en que solo una imagen puede serle presente a su fantasia, excluyendo por el momento todo lo demás. Si se representa el motivo de una de esas acciones que se le ofrecen como posibles siente inmediatamente su acción sobre su voluntad, que es solicitada de ese modo; es lo que, en el lenguaje artístico, se llama una Velleitas. Pero al creer que puede convertirla en en Voluntas, esto es, llevar a cabo la acción propuesta, es cuando se equivoca. Porque inmediatamente le invadiría la reflexión y le presentaría los motivos divergentes o contrarios; que es cuando vería que no llevaría a efecto aquello propuesto. En esta representación sucesiva de motivos que se excluyen mutuamente, con el acompañamiento constante de “puedo hacer lo que quiero”, la voluntad gira, como una veleta bien montada y con viento caprichoso, a mercedes de cada motivo, y piensa el hombre, cada vez, que puede quererlo y fijar la veleta en esta dirección; lo que no pasa de ser una ilusión. Porque su “puedo hacer lo que quiero” es en realidad hipotético y  lleva implicado: “si es que no prefiero aquello otro”que elimina ese poder querer. Volvamos sobre ese individuo de las seis de la tarde y supongamos que nota ahora que yo estoy junto a él, filosofando sobre su caso, y negando su libertad para todas esas acciones posibles para él; fácilmente podría ocurrir que, con objeto de contradecirme, cumpliera con una de ellas; pero, en ese caso, mi negación y su acción sobre su espíritu de contradicción le hubiera servido de motivo necesario. Sin embargo, de seguro que no le movería más que una de las acciones menos trascendentales entre todas las propuestas, a ir al teatro, por ejemplo, pero no a ir a correr el mundo; el motivo hubiese sido bastante fuerte para ello. Igualmente se equivoca quien con una pistola cargada en la mano piensa que podría descerrajarse un tiro. Lo de menos para eso es la presencia del artefacto ejecutivo, lo principal sería un motivo tan fuerte y, por ello, tan raro, que tuviera la enorme fuerza necesaria para sobrepujar al deseo de vivir o, más exactamente, al miedo a la muerte. Sólo cuando se halla presente un motivo semejante, podrá y tendrá realmente que matarse; a no ser que se presente, si ello es posible, un contramotivo todavía más fuerte que lo impida.

Puedo hacer lo que quiero; puedo, si quiero, entregar todo lo que tengo a los pobres y convertirme yo mismo en uno de ellos -¡si quiero!- , Lo que no puedo es querer, porque los motivos contrarios gozan de un poder demasiado fuerte sobre mi para que yo lo pudiera. De tener otro carácter, pero de tal categoría que yo fuera un santo, entonces sí que podría querer, pero tampoco podría menos de quererlo y lo tendría que hacer…

No es metáfora ni hipérbole, sino la pura verdad, decir que, del mismo modo que es imposible que una bola billar se mueva sin que reciba antes un golpe, así también es imposible que un hombre se levante de la silla sin un motivo que lo empuje o lleve; con lo que su levantarse es algo tan necesario e inevitable como el rodar de la bola después del choque. Esperar que alguien haga algo sin que algún interés le solicite, es lo mismo que esperar que un trozo de madera se venga hacia mí sin la cuerda que tire de él. Si quien sosteniendo esta verdad fuera contradicho obstinadamente en una reunión, saldría triunfante del paso si hiciera prorrumpir repentinamente a un tercero: ¡que se cae el techo!; los contradictores verían claramente cómo un motivo puede ser tan poderoso para lanzar las gentes fuera como podría serlo una causa mecánica.”

Sobre la libertad de la Voluntad“. Arthur Schopenhauer

Esta idea, que voy a intentar transmitir, es para mí una de las ideas más importantes que hay que entender en la vida. El argumento de Schopenhauer es redondo y completo. Básicamente, lo que nos está diciendo el filósofo es que la voluntad no actúa en el vacío, que la voluntad tiene causas que la empujan a actuar. No es la voluntad la que inicia la acción sino la que la termina. Es como una bola de billar que está parada y llega otra que colisiona con ella y la precipita a la tronera. 

Desafío al lector, si no nos cree a Schopenhauer y a mí, a que robe un banco. Si no es un psicópata o un ladrón de bancos, verá que no puede. Puede imaginarse a sí mismo robando un banco pero no tiene motivos para hacerlo y por tanto no quiere hacerlo, y por tanto no lo hará. Es como el hombre del que nos habla el filósofo que está en la calle al final de su jornada laboral y se imagina que puede irse a dar la vuelta al mundo. No lo hará porque no tiene motivos. Pero si yo no tengo trabajo, mis hijos no tiene para comer, etc., etc… -y yo tengo un determinado carácter-, entonces igual sí que robo un banco. Pero no habré robado el banco con mi voluntad, lo habrá robado con unos motivos. El agua puede convertirse en vapor sí, pero si la calentamos a 100 grados. Yo puedo robar un banco sí, pero si me estoy muriendo de hambre, no porque mi voluntad se imagine que puede hacerlo.

Schopenhauer repite mucho en este libro que el hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere. Esta es la esencia que nos está argumentando aquí. Yo puedo robar un banco si quiero, claro, pero tengo que querer robar un banco. No puedo decidir que voy a querer robar un banco porque no elegimos nuestros deseos. La voluntad no saca sus acciones de la nada, las saca de motivos, de causas previas. Pero como podemos imaginar en nuestra cabeza que nos levantamos y que vamos a recorrer el mundo o que nos levantamos y podemos ir a robar un banco, pensamos que realmente podemos hacerlo. Eso es imaginación y un pensamiento hipotético, no es la realidad. Son opciones que parece que tenemos pero que no tenemos realmente. Como no podemos dar nuestro dinero a los pobres y que nuestros hijos se mueran de hambre. Si fuéramos santos eremitas sí, pero no lo somos. Es esencial diferenciar entre las opciones que parece que tenemos y las opciones que realmente tenemos. Cada mañana cuando espero el metro para ir a trabajar, parece que me puedo ir a la playa a pasear, tomar un café y leer el periódico. Pero en realidad no puedo, porque dado que soy una persona responsable que no quiere que sus hijos se mueran de hambre por perder mi trabajo, esa opción en realidad me está vedada.

Esto mismo lo decía Spinoza: “Los hombres se creen libres porque ellos son conscientes de sus voluntades y deseos, pero son ignorantes de las causas por las cuales ellos son llevados al deseo y a la esperanza”. No nos damos cuenta de las causas que nos mueven a realizar una acción. Vemos que somos nosotros los que actuamos y creemos que somos nosotros los que iniciamos la acción. No nos damos cuenta de que esa acción tiene historia, de que ha habido muchas bolas chocando unas contra otras hasta que una última bola ha chocado contra nuestra voluntad y la obligó a actuar. Entender esto hace que ya nada sea igual en nuestra vida.

Aplicaciones de esta idea a la Psiquiatría y la Medicina

La comprensión de que el ser humano puede hacer lo que quiere, pero no puede querer lo que quiere, creo que tiene profundas implicaciones en el campo de la medicina y, especialmente, en la psiquiatría. Lejos de ser una reflexión meramente filosófica, esta idea transforma radicalmente la forma en que entendemos el comportamiento de los pacientes, en especial la culpa, pero también el cumplimiento terapéutico y el rol mismo del médico.

En psiquiatría y en el tratamiento de las adicciones, esta tesis resulta especialmente reveladora. Un adicto no recae por falta de voluntad o por ser “débil”. Puede dejar la sustancia “si quiere”, pero no puede querer dejarla mientras los motivos contrarios -el alivio de la ansiedad, el trauma no resuelto, la alteración neuroquímica, el entorno y los hábitos- sigan siendo más poderosos que el motivo de la abstinencia. Decirle “tienes que tener más fuerza de voluntad” es tan inútil como pedirle al agua que se convierta en vapor sin alcanzar los 100 °C. En general decirle a cualquier paciente “Tienes que” (se hace mucho también con los depresivos) no suele ser una buena idea porque el paciente ya sabe lo que tendría que hacer y le vamos a culpabilizar por no hacerlo. El tratamiento, por tanto, no debe centrarse en exigir una voluntad más fuerte, sino en modificar los motivos que la determinan, sea mediante psicoterapia, medicación, cambios ambientales, apoyo social o la creación de nuevos incentivos más potentes. Esto reduciría drásticamente el estigma y la culpa que suelen acompañar a estas patologías.

Como decía, lo mismo ocurre con la depresión mayor y otros trastornos que afectan la voluntad, como los casos que están aumentando en jóvenes de cuadros amotivacionales (hikikomori y similares). El paciente que “no tiene ganas de nada” no está siendo perezoso ni carece de carácter. Su voluntad está bloqueada o desviada por causas neurobiológicas, psicológicas e históricas que escapan a su control consciente. Exigirle que “se anime” o que “tenga más disciplina” (o que salga o haga ejercicio) ignora por completo la cadena causal que Schopenhauer describe con tanta claridad.

En las enfermedades crónicas y los llamados “estilos de vida poco saludables” (obesidad, diabetes tipo 2, tabaquismo, sedentarismo), la aplicación es igualmente directa. El paciente obeso que “no puede” seguir una dieta no sufre un problema de libre albedrío, sino que su carácter, sus hábitos profundamente arraigados, su entorno alimentario, su genética y posibles factores emocionales generan motivos mucho más fuertes hacia la ingesta descontrolada que hacia la restricción. La medicina tradicional ha cometido el error de moralizar estas situaciones (“ponte a dieta”, “ten disciplina”, “es cuestión de voluntad”). Entender a Schopenhauer obliga a cambiar el enfoque: en lugar de juzgar la voluntad, el objetivo debería ser crear motivos más potentes que inclinen la balanza hacia la salud (terapia cognitivo-conductual intensiva, fármacos como los agonistas del GLP-1, modificación del entorno, apoyo económico y social, etc.).

Esta visión también afecta profundamente a la ética médica y al concepto de autonomía del paciente. La ética contemporánea se construye sobre la idea de que el paciente es un agente libre que toma decisiones autónomas. Si aceptamos que la voluntad está siempre determinada por motivos previos, la autonomía deja de ser absoluta y se convierte en una ilusión útil que, sin embargo, debemos preservar. El médico no debe manipular, pero sí tiene la legitimidad de actuar inteligentemente sobre los motivos del paciente generando confianza, ofreciendo información clara y “empujando” con empatía y respeto hacia las condiciones que hagan más probable la elección saludable que buscamos.

Incluso en situaciones extremas, como el deseo de morir en cuidados paliativos o las solicitudes de eutanasia, la perspectiva schopenhaueriana resulta iluminadora. El deseo de acabar con la vida no surge de la nada ni de una “falta de voluntad de vivir”. Surge cuando un motivo extremadamente poderoso -dolor insoportable, pérdida total de dignidad, agotamiento existencial- supera al instinto de supervivencia. El médico que entiende esto no juzga una supuesta debilidad moral, sino que evalúa si ese motivo es irreversible o si puede contrarrestarse con otros más fuertes (alivio eficaz del dolor, acompañamiento humano, conexión con los familiares, etc.). En definitiva, entender que la voluntad no actúa en el vacío obliga al médico a dejar de ser un juez de la voluntad ajena y a convertirse en una especie de ingeniero de motivos.

Conclusión

Aplicado a la medicina, la tesis de Schopenhauer implica que no existen pacientes sin voluntad; existen pacientes cuyos motivos no han sido aún suficientemente modificados.

El médico no es un juez de la voluntad, sino que debería ser un ingeniero de motivos; su trabajo sería colocar las causas necesarias para que la voluntad del paciente se dirija hacia la salud.

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