The burning of the “May” (Tradiciones de Mayo)

Mayo se define en el “Tesoro de la lengua Castellana o Española”, escrito por Sebastián de Cobarruvias, como suele llamar en las aldeas un olmo desmochado con sola la cima, que los mozos zagales suelen el primer dia de mayo poner en la plaza y por usarse en aquel dia se llamó mayo.

Profundizando en los orígenes de esta tradición, en la Antigua Roma ya encontramos las primeras manifestaciones. Concretamente en la festividad del Arbor intrat dedicado al dios Atis, que consistía en cortar un pino, decorarlo con cintas y la imagen de la propia divinidad para llevarlo en procesión hasta el templo de Cibeles.

Los estudios actuales sobre la festividad del Mayo son del interés de no pocos especialistas en folklore, pero la casualidad de la fecha hace que saque a colación el de una estudiosa inglesa de Cornualles que se desplazó hasta los “pueblos de la vieja Castilla” hace justo una centuria.

En el transcurso de un breve viaje realizado en 1926 por varios pueblos de Castilla la Vieja, visitando primero Belorado y Pradoluengo, a orillas del río Tirón, en la provincia de Burgos, y después viajando por carretera desde Burgos, pasando por Salas de Infantes hasta Quintanar de la Sierra, en la cabecera del Arlanza, y desde allí, cruzando la divisoria de aguas hasta Duruelo de la Sierra, donde nace el Duero, para terminar finalmente en la ciudad de Soria. Obtuve información fragmentaria sobre las costumbres de mayo en esa parte de España.

La costumbre más generalizada parecía ser la de erigir un árbol llamado «El Mayo». En Quintanar de la Sierra, un pueblo de montaña entre bosques de pinos que son propiedad de los aldeanos, El Mayo es un asunto de los solteros. El primero de mayo, unos treinta de ellos forman un grupo para talar y traer hasta la plaza del pueblo (con el permiso del alcalde) un pino alto del bosque. Hacen un agujero en la plaza y colocan el árbol, sujetándolo con cuerdas y calzándolo en la base con estacas de madera. Lo dejan en pie hasta finales de mes, cuando lo desmontan y lo venden, y gastan el dinero en refrescos. A veces, por un deseo codicioso de que los participantes sean menos, reducen el número del grupo a ocho o diez. Esto ocurrió en 1926 cuando llegaron para la tarea un grupo reducido, los jóvenes se dieron cuenta de que eran muy pocos para la faena, y un hombre casado que se ofreció amablemente a ayudarles y murió al caerle encima una arquilla de madera (herramienta especial para el trabajo)

A veces, un muchacho, vestido con unos pantalones viejos, se sube al Mayo. Va como un gato, se quita los pantalones y los deja colgados allí.

En Duruelo de la Sierra, otro pueblo forestal justo al otro lado de la cuenca hidrográfica situado al límite de la provincia, ya no se monta el Mayo. Si hubo un tiempo en que esta tradición se llevaba a cabo y aquí no se hacía distinción entre casados y solteros. El grupo formado para la actividad plantaba el pino en la plaza del pueblo donde permanecía todo el mes hasta que el último día era vendido en subasta.

En Covaleda y en Molinos del Duero, vimos un pino despojado de sus ramas excepto por un penacho en la copa -estética apuntada en la definción de Cobarrubias-, y adornado con la bandera nacional (en el caso de Molinos). 

El conductor del autobús nos contó que después de que los solteros hallan puesto su árbol en Mayo, se pone otro durante el mes de Junio para beneficio de las niñas que compran dulces con los beneficios de la venta.

Dejando ahora los pueblos de montaña y bosque, y llegando a los asentamientos agrícolas del Tirón encontramos una nueva característica en la costumbre del mayo: asociar una efigie con el árbol, registrándose esta, en Belorado. 

Belorado es un pueblo rural de 4000 habitantes, en su mayoría agricultores. Aquí, el 31de mayo un monigote llamado «el Mayo», colgaba de una cuerda que atravesaba la calle Mayor en el antiguo barrio de San Nicolás. La figura vestía pantalones blancos, levita negra, sombrero, zapatos, guantes blancos y paraguas. A su espalda colgaba un cartel con la leyenda: “¡Por mi! Se ha entragado Abd el Krin”.

Muhammad Ibn ‘Abd el-Krim El-Jattabi, lider rifeño que escribió una de las páginas mas trágicas de la milicia española a comienzos del siglo XX, había sido apresado el 26 de mayo por las fuerzas francesas. Noticia que nos muestra la trascendencia y viralidad (diríamos ahora) que tuvo en su momento para recalar tan rápido entre las gentes del barrio de este pueblo burgalés.

Había sido colocado por la esposa de un labrador, Maria Paz Ronda, moradora de una de las casa de las que estaba colgado hasta la de su vecina de enfrente, Benita. Nos dijeron que, en realidad, el Mayo se colocaba el 1 de mayo y se mantenía durante todo el mes y que solía haber un árbol para el muñeco en la plaza de San Nicolás

María Paz lo había colocado el 30 de mayo, después de que se conociera la noticia de la rendición de Abd el Krin y, «como ahora no hay árbol», ella y su vecina lo habían colgado entre sus casas.

Francisca Pérez “la Gerona”, una anciana vecina de las protagonistas, nos contó que el Mayo siempre lo ponen las mujeres, tradición que ella mantuvo hasta que se hizo vieja.
María Paz dijo que el Mayo se desmontaría esa noche y nos invitó a ir a ver cómo se quemaban. 

El sobrino del posadero que vive al otro extremo del pueblo dijo que hacía mucho tiempo que no veía un «Mayo».
Las mujeres de la familia del posadero nunca habían visto uno quemado, no fueron a ver este, y nos dio la impresión que lo consideraban una diversión de agricultores y bastante vulgar.
A las once menos cuarto, unas muchachas vinieron a buscarnos a la posada para llevarnos hasta la calle Mayor a la altura de San Nicolás. Al llegar contemplamos al gentio alegre y emocionado, cantando y bailando, y bromeando nuestras mozas acompañantes con los chicos con los que se cruzaban, hasta el momento en que se encontraron con el sereno. 

Había una pequeña multitud, en su mayoría jóvenes, corriendo arriba y abajo por la calle bajo el «Mayo». Nos llevaron al primer piso de la casa de doña Benita, cuyo marido, Eustaquio “el Montanes”, es miembro del Ayuntamiento; sus documentos oficiales estaban esparcidos sobre la mesa. 

Doña Benita salió a comprar unos petardos para ponerlos dentro de la efigie. El teniente alcalde, al que los habitantes del Barrio de San Nicolás llaman «el alcalde del Barrio», entró y dio permiso para quemar el «Mayo», pero estipuló que debía hacerse en la plazuela, no en la estrecha calle, por miedo a que se produjeran accidentes. Se dijo que el alcalde, en un primer momento, se había negado a dar permiso para quemarla, pero finalmente lo había concedido.
Al cabo de unos minutos, el «Mayo» fue bajado al suelo y llevado por algunos hombres a la casa de doña Benita. Tan pronto como fue depositado en el suelo, María Paz se arrojó sobre el cuerpo con sollozos y lamentos, llamándolo «¡mi pobre Juan!», meciéndole y juntando sus manos. Otra mujer gritaba: «¡Ah, se han llevado al novio de mi hija!». Algunos amigos sostuvieron a María Paz y la apartaron, y la efigie fue llevada escalera abajo a la calle, seguida por una multitud de niños y niñas con gritos ensordecedores de emoción

Unos jóvenes trajeron dos palos que unieron a manera de mástil donde fue colgada la efigie y a continuación fueprendida. Mientras la efigie ardía, su portador corría hacia la multitud que se dispersaba con gritos de miedo y alegría, y el jolgorio se hacía aún mas fuerte cuando retumbaban los estruendos pirotécnicos incorporados en el pelele que hacía inquietarse hasta los ancianos que observaban la escena apoyados en las fachadas de las casas.

Tampoco faltaron las voces que exigían que se acallara el ruido.

Cuando el Mayo estuvo a punto de ser quemado se oyeron gritos de los jóvenes sentenciando «Está a punto de morir el pobrecito» y algunos saltaron para golpearlo y tirar de la paja y los trapos ardientes. Finalmente arrojaron los restos al suelo provocando una última lluvia de chispas entre los muchachos.

María Paz profirió gritos histéricos, pero la retuvieron para que no corriera al lugar. Seguidamente una anciana se apresuró con un cubo de agua para apagar los rescoldos.

La multitud se agolpó alrededor de María Paz y a sus dos hijas, y enseguida vimos a dos o tres mujeres llevar el cuerpo postrado de una de ellas a casa de Francisca Pérez, donde nos encontrábamos.

Una docena de mujeres subieron las escaleras empujándose y amontonándose; la hija, gritando histéricamente, fue colocada en una silla, y ella, y María se abrazaron. Durante unos minutos, mezclaron sus lamentos, María Paz profiriendo una serie de gritos en los que frecuentemente exclamaba: “¡La flauta! ¡La flauta!” y de nuevo: “¡Ah, cuantas flautas me dió!”, mientras la hija exclamaba: “¡Ese buen padre!”. Ambas hijas gritaron “¡Ay madre! ¿Qué remedio tenemos?” y María Paz respondió “¡Un marido puedes conseguir, hija, pero no otro padre!”. Cayó de bruces al suelo y las dos hijas lloraron sobre ella.

De repente, se levantó de un salto; dijo que se casaría de nuevo mañana, y ella y sus hijas bailaron una jota, chasqueando los dedos.

El espectáculo había terminado: el marido de María Paz entró y nos presentaron. Dijo que también se llamaba Juan y chascarrilleó diciendo que le iban a quemar también. 

Todo el asunto fue intensamente dramático; todos los actores asumieron sus papeles e improvisaron con total compenetración de lo que se les exigía. En cuanto a María Paz, que es una actriz nata, se dejó llevar por completo. (Los vecinos dicen “Esa Maria Paz es un poco diabla”)

Unas jóvenes, todavía muy emocionadas, se ofrecieron a acompañarnos a la posada, pero declinamos. Mientras caminábamos a la fonda en que nos alojábamos, vimos que las zonas más prósperas del pueblo ya estaban oscuras y cerradas. Nadie fuera del Barrio de San Nicolás mostraba interés en el espectáculo. Cerca del exconvento nos cruzamos con el sereno, envuelto en sus mantas y con una varita blanca en la mano, voceó: “Las doce y nublado”.

No vimos ninguna otra celebración de la costumbre del Mayo en la forma de Belorado; pero la esposa del comerciante de paños de Belorado nos contó que, en su aldea natal, cerca de Belorado, los solteros solían salir a talar un chopo y colocarlo en la plaza con un pelele en la cima. En Pradoluengo, un pueblo industrializado de tejedores aguas arriba del Tirón, los miembros más jóvenes de la familia del posadero nunca habían oído hablar del Mayo, y a todos les hizo gracia saber que la gente de Belorado mantenía la costumbre.

Naturalmente preguntamos en Belorado sobre cualquier aplicación política de la costumbre del Mayo, similar a la costumbre inglesa de quemar personajes impopulares en efigies, pero no escuchamos nada de este tipo.

En Belorado y sus alrededores inmediatos parece haber existido la coalescencia de las costumbres del árbol y la efigie/ser humano. Pero cuando la costumbre del árbol cae en desuso, la otra tiene la vitalidad suficiente para sobrevivir en una independencia recuperada. El mecanismo de supervivencia es, aparentemente, el conservadurismo de las mujeres, que proporcionan la efigie y toman un papel principal en el drama, aunque los muchachos jóvenes lleven a cabo la quema. 

Una razón se sugiere por si misma por la actividad de las mujeres en la conservación de le efigie de Mayo. Este “Juan” por quien las mujeres se lamentan, el “novio de sus hijas” el “esposo” de la intérprete principal, evidentemente tiene alguna conexión con el matrimonio o la fertilidad. El nombre Juan recuerda un aspecto del día de San Juan como la fiesta de la juventud casadera. En Belorado, las chicas nos dijeron: “San Juan es la fiesta de los muchachos y las muchachas, cuando nos volvemos locos. Las chicas van bailando arriba y abajo de la calle en filas, brazo con brazo, y cantando; y los chicos les dan chocolate a las chicas. Al final de cada canción todos vitorean: ¡Larga vida a San Juan, porque es soltero!

(Aiteken, Bárbara. “The burning of de `may´ at Belorado”. Folklore, vol. 37, 1926, pp. 289-96. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/1256583)

Bárbara Freire-Marreco fue una mujer pionera en la titulación de antropología y folklore en la Universidad de Oxford, donde se graduó en 1909. Y desde 1926 formó parte de la Sociedad Folklórica de Londres, de donde proviene este artículo al que no lograba acceder hasta que apareció en mi ayuda Carlos Muñoz Mendoza. ¡Muchas gracias amigo! Juntar estas letras es culpa tuya 😉

Bárbara contrajo matrimonio con el reputado geólogo Robert Aitken y siguiendo los cánones matrimoniales de la Gran Bretaña adoptó el apellido de su esposo. Antropología y geología maridaron a la perfección y la Sierra de la Demanda fue un destino frecuente del matrimonio pues reunía todos los alicientes para seguir desarrollándose en sus profesiones. 

La huella que dejaron por esta tierras era aún recordada en los años 60: “Con asiduidad llegaba anualmente a Belorado un matrimonio inglés Mr. & Mrs. Aitken, al princio de la temporada para instalarse en su acreditada fonda y disfrutar allí los dos o tres meses que duraba el buen tiempo. Mientras don Roberto hacia excursiones al campo (…) doña Bárbara, frecuentaba sus amistades y, aficionadísima a estudiar las costumbres y tradiciones rurales, se pasaba las horas contemplando el funcionamiento de los telares a mano, de la rueca y encanillado, el arte de fabricar cacharros de barro, etc., etc.” (Diario de Burgos. 29 de Julio de 1962). El periodista lamentaba que la presencia por tierras burgalesas de este matrimonio se interrumpiese por achaques de salud, sobrevenidos curiosamente, a partir de 1936.

Este artículo de la intrépida señora Aitken quizá haga caer un mito. La tradición no solo se pierde o abandona durante nuestro presente (recuérdese también el ejemplo citado de la extinta tradición que señala en Duruelo de la Sierra). En aquel mayo de 1926 no hubo una comitiva dispuesta para bajar al soto y cortar el chopo mas alto, limpiarlo de ramaje, acarrearlo hasta el pueblo y erigirlo en la plaza. Y a juzgar por los comentarios de los habitantes externos al barrio no parecía estar muy consolidado este rito pagano en todo el pueblo.  Y así se desprende también de sus líneas que aquel año la tradición se retomó de manera casual, como respuesta al notición proveniente del norte de África, improvisándose con el mestizaje del Judas. Otra tradición marcada sobre el calendario de muchos pueblos burgaleses en Pascua.

La enumeración del provinciano periodista sobre las actividades de la Sra. Aitken resuena a caverna y no hacen justicia con el desempeño de su trabajo. Por indicar algunos de los estudios que tenemos constancia podemos empezar señalando que durante ese mismo año 26, envía a Menéndez Pidal una recopilación de romances (de gran importancia según juzga el nieto docto gallego) recogidos en pueblos de Burgos, La Rioja y Soria. 

“El arado castellano: estudio preliminar” es el artículo que firma junto a su marido, publicándolo en las actas del “II Congrés International du Génie rural” y traducido al español se puede consultar en Anales del museo del pueblo Español(Madrid 1935).

El exoterísmo tampoco escapaba a sus inquietudes y así descubrimos, gracias a otro de sus artículos (A conversation on Castilian witchcraft, poltergeists, magic and sugestion), como el farmacéutico de Belorado tenía la capacidad de embrujar a la gente, pues cuenta, como un grupo de jóvenes comenzó a tirar piedras a cacharros de cerámica, cual campeonato de tiro al plato moderno, indicándoles el licenciado que eran palomas a batir. Esta tragedia para el vecino riojano que apareció acarreando su producción de enseres debió producirse entre 1842 y 1843, periodo en que regentó la farmacia Carlos Mallaina y Gómez, notabilísimo farmacéutico, creador de “El mensual farmacéutico”, publicación decana en farmacia y coautor de la primera “Historia de la farmacia” publicada en 1847. 

La arqueología fue otra de las vías para acercarse desde un punto de vista mas prosaico al paso siguiente a la expiración en una pequeña aldea (ya despoblada en 1932) de Sierra de la Demanda. Guiada por los oriundos de la zona descubrió como los enterramientos durante el siglo XIX en aquellas escarpadas tierras quedaban resueltos con la excavación de una pequeña zanja enchapada con losetas de piedra sin apenas trabajo de cantería. 

La cantidad de detalles que recogen los artículos de Mrs. Bárbara, creo que los podríamos asemejar con la oportunidad de escuchar a nuestros bisabuelos narrando sus vivencias y quehaceres cotidianos, con el aliciente de ser tomado desde el punto de vista exótico del extranjero dotado de conocimientos etnográficos.

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