Me despierto aturdida, desorientada. No reconozco la habitación ni esta cama. No sé dónde estoy ni cuánto tiempo llevo aquí. Poco a poco, el zumbido constante de las máquinas y ese olor inconfundible me devuelven a la realidad. Aquí nunca hay silencio y la oscuridad no existe del todo.
Miro alrededor. Lo encuentro en ese sillón de polipiel, incómodo, vencido sobre sí mismo, roncando. Tiene el cuello en una posición imposible, de esas que duelen con solo mirarlas. No sé por qué sigue aquí.
Tengo la lengua pegada al paladar; ni siquiera puedo tragar saliva. Intento incorporarme despacio, con la poca fuerza que me queda, pero él despierta de golpe, como si una cuerda invisible nos atara. Me mira fijo, con los ojos aún atrapados entre el sueño y la pesadilla. Se levanta enseguida y me pregunta si estoy bien. No puedo responder: apenas asiento y le indico con la mirada el vaso junto a la cama.

Se acerca torpe, alarmado, con el pulso aún acelerado, y me ayuda a sentarme. El líquido baja por mi garganta como cuchillas. No sé qué duele más: la sed o beber esa cosa tibia que me dieron por agua.
—¿Quieres algo más?
Niego con la cabeza y me dejo caer otra vez. Él no aparta la mirada: tiene los ojos dulces, cansados.
—Hoy compré un chocolate caliente de la máquina. Estaba asqueroso. Debería darles vergüenza… y encima cuesta 70 céntimos.
Lo miro con una mezcla de ternura y culpa y, como puedo, le digo que en casa podría hacerse uno de verdad.
—Pero tú no estás para hacérmelo —responde, con una sonrisa forzada.
—¿Y el microondas?
—No me sale como a ti. Siempre quedan grumos.

Vuelve a su sillón, rígido, inhóspito. Cuando creo que se dormirá otra vez, habla, casi como si protestara contra algo más grande que nosotros:
—No te voy a dejar sola. Pronto volveremos a casa.
Asiento. Lo escucho. Se queja de la máquina de café, de los médicos que no responden, de las enfermeras que irrumpen cuando por fin consigo dormir.
—Solo te falta quejarte de mí —le digo, sonriendo.
—Nunca me quejaría de ti.
Sigue hablando. Está cansado, preocupado. Su español se deshilacha; se le cuela el francés entre las palabras. Traduce sobre la marcha, como puede, para acompañarme, para distraerme.
—¿Por qué no vas a descansar a casa? —lo interrumpo.
—Porque tú no estás allí para hacerme el chocolate caliente.
No insisto más. Le pido que me arrope. Me toma la mano con cuidado y me acaricia la cabeza con una torpeza dulce. Como la mayoría de los franceses, no sabe muy bien cómo hacerlo; no está acostumbrado al contacto, al cariño. Es el mismo gesto con el que acaricia a los gatos de sus abuelos. Así me acaricia a mí, y en ese esfuerzo reconozco un amor que roza la devoción: la de dos compañeros de vida.

—Descansa —dice en voz baja, antes de volver a su sillón frío.
Cierro los ojos y finjo dormir para que él también se rinda. Al poco, sus ronquidos regresan. Entonces intento dormir de verdad, aferrándome a una idea sencilla: que mañana podamos volver juntos a casa y que yo pueda hacerle ese chocolate caliente.
Muy linda y noble lectura. Efectivamente el amor creo que está en esos pequeños actos de entrega y compañía que uno hace.
Maravillosa escritora, disfruto muchísimo de sus relatos. Sigan publicando sus obras escritas e ilustraciones, por favor.