Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío,
tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya,
conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes.
Muchos males pasó por las rutas marinas luchando
por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres;
pero a éstos no pudo salvarlos con todo su empeño,
que en las propias locuras hallaron la muerte. ¡Insensatos!
Devoraron las vacas del Sol Hiperión e, irritada
la deidad, los privó de la luz del regreso. Principio
da a contar donde quieras, ¡oh diosa nacida de Zeus!
La Odisea, Canto I, traducción de José Manuel Pabon en Gredos
-El caballo de madera que sirve de ganzúa para sortear los muros de Troya estaba mejor pensado en la Troya de Wolfgang Petersen. Porque si los troyanos hubieran sabido algo de Física, se hubieran dado cuenta de que un caballo encabritado tan sólo puede mantenerse sobre sus dos patas traseras si su parte delantera está vacía, descansando su peso sobre el centro de gravedad del resto de la figura, esta sí necesariamente llena, como sucede en la estatua ecuestre a Felipe IV de la Plaza de Oriente de Madrid, realmente la primera en la que un caballo se encabrita gracias al consejo del mismísimo Galileo Galilei.
-El problema del color de la piel de Helena de Troya sólo es problema si a los críticos les da por hacer de ello un problema. Los griegos admiraron siempre a los africanos, a los que llamaban “nubios”, precisamente por sus cuerpos esculturales y su belleza, de manera que quejarse por eso es como quejarse de que el Odiseo de Matt Damon no luzca melenas, como Homero le adjudica, es decir: una fruslería.

-Es cierto que la hospitalidad griega arcaica obliga a acoger a los mendigos y vagabundos por si acaso fueran dioses disfrazados, pero difícilmente en el palacio de un rey con ocasión de un gran banquete, y desde luego tal costumbre nada tiene que ver con la guerra entre dos ciudades, que era el pasatiempo más apreciado por los helenos. No hay relaciones de hospitalidad entre dos póleis, como no la hay entre los estados modernos, y entre ellas tan sólo rige el estado de naturaleza, excepto con ocasión de los Juegos Olímpicos. Por ese motivo, el discurso pacifista del Odiseo de Nolan es completamente anacrónico, como lo es de creer que Odiseo haya acudido a Troya en la idea de que iba allí para darse calurosos abrazos con los troyanos o para celebrar un concurso de cosquillas. En la versión del año pasado de Ralph Fiennes de La Odisea titulada El regreso de Ulises, en cambio, película cien veces mejor que esta, en mi opinión, lo que pesa como un camión sobre los hombros del héroe es más la extrañeza sobrenatural de las terroríficas maravillas vividas que la guerra en sí, para la que cualquier hombre antiguo es preparado desde la infancia (el mismo divino Platón, por ejemplo, prescribe en La república que los niños, llegada cierta edad, deben contemplar una batalla real desde un punto alto donde no corran peligro, para que se vayan acostumbrando al espectáculo del horror y efusión de sangre de la carnicería).
-Así, no se entiende bien cómo es que Matt Damon se nos pone tan tierno y sin embargo poco después se dispone a descargar mamporros entre los pretendientes como un vulgar Chuck Norris de tercera. En la de Fiennes, la secuencia de la matanza es mucho más épica, dura mucho menos y transmite mucho mejor lo extremado y casi sacrílego de la situación. Nolan lo quiere todo: quiere mandarnos el recadito buenista y quiere también que asistamos a una coreografía a lo Bruce Lee. Lo tenía que haber pensado a lo western, tal como yo lo veo, porque son pocas las veces en las que un John Wayne se lamenta de llevar dos revólveres y tener que usarlos…
-Está muy bien traído, en cambio, lo de los “pueblos del mar”, un gran misterio histórico, pero yo no sé con qué intención exactamente, puesto que al principio de la película Odiseo le dice a Helena, con una clarividencia propia de Tucídides, que lo único que ambiciona Agamenón es abrir rutas comerciales a través del Mar Negro. Agamenón, por cierto, es aquí una mezcla entre Batman y Darth Vader, pero se nos cuenta cómo sacrificó a su hija Ifigenia, por ejemplo, sin especificar tanto con los nombres.

-En otro momento, se habla de las espuelas de un jinete, cuando las espuelas, que yo sepa, no se inventaron hasta bien entrada la Edad Media, como indicaba Jacques Le Goff en La vieja Europa y el mundo moderno.
-Una laguna extrañísima en esta adaptación es que se omite el mítico momento en que Polifemo pregunta a Odiseo quién es, y este le responde que “nadie” (outis en griego, nemo en latín), lo que tiene como consecuencia que haga el ridículo con los otros cíclopes… Para ser tan larga, La Odisea de Nolan es demasiado apresurada, y pasa por todo como de puntillas. Además, quiere ser realista pero al mismo tiempo los monstruos son VFX, lo que combina ciertamente mal. Hubiera sido mejor idea, tal vez, que todo tuviera una atmósfera onírica de principio a fin, como el Excalibur de John Boorman, que para ser de 1981 y con muchos menos millones está todo mejor logrado y resulta harto más verosímil y épico para el espectador.
-El episodio de la maga Circe, sin embargo, aunque se burla de Homero para que Matt Damon sea un buen marido, sí que cuenta con ese ambiente onírico y terrible, y es de lo mejor de la película.
-El momento de inapreciable lealtad de Argos (parece que sólo un perro podría ser tan leal, a juicio de Homero o de los aedos llamados “Homero”) está más subrayado en la de Fiennes que en la de Nolan, y resulta mucho más conmovedor.
-Asímismo, el Antínoo de la de Fiennes es un hombre de buen gusto, noble de carácter, no como el Robert Pattison de Nolan, con el que, además, hay que cebarse hasta el punto de ser derrotado en un duelo a solas con Odiseo, desenlace muy norteamericano pero que nada tiene que ver con el espíritu griego (sólo hay que recordar cómo arranca el duelo Héctor/Aquiles…)

-Al contrario ocurre con Telémaco. En la adaptación protagonizada por Fiennes Telémaco es un muchacho en perpetua presión y ya prácticamente desesperado, mientras que el Tom Holland de Nolan parece que está constantemente en una pasarela de modelos.
-También, en la versión de Ralph Fiennes, donde sí que hay tiempo para todo y sentido de lo trágico, cuando Ulises es consciente de que ha vuelto a Ítaca, se come literalmente la amada tierra de su patria, como versificó Miguel Hernández en la inigualable Elegía a Ramón Sijé…
(…) Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
-En esta, en cuanto Matt Damon acaba con los pretendientes coge a Anne Hataway y la lleva de crucero1. ¿A dónde? Al oeste, claro, es decir, hacia EE.UU 25 siglos después…
-Por último, Nolan ha escogido escenarios naturales nublados y mares oscuros, cuando La Odisea es un poema eminentemente solar, más que La Ilíada y no sólo al final. Mi impresión, pues, si se me permite el juego de palabras, es que lo han intentado pero Nolan, Nolan, no-lan conseguido…